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El guardían -cuento de Navidad-


Foto: Manuel Zavala y Alonso
Un cielo atronadoramente azul me recibió en la plancha de concreto del Zócalo de la ciudad de México. El viento frío barría la extensión ritual, el corazón político y religioso, el ombligo de la otrora región más transparente del aire, que para ese momento estaba ocupado por transeúntes desvelados y desmañados que olisqueaban y comían sus tortas de tamal, deglutidas con atoles aguados y tragos de un aguardiente escondido entre los ropajes de invierno.

Botellas vacías, colillas de cigarro, alguna pantaleta rota y algún plato carcomido de tacos al pastor eran los rastros de la noche anterior en el graderío que el reyezuelo de la ciudad había mandado colocar para realizar una más de sus celebraciones populacheras con motivo del día de Reyes. Por esa fiesta popular, por esas gradas que tenían que terminar de ser montadas para el siguiente día era que urgía fotografiar el árbol de navidad más grande de Latinoamérica –a decir del propio gobierno de la ciudad-; lo iban a desmontar a pesar de las protestas de la gente.

El encargo de fotografiar ese símbolo popular me lo había encomendado la propia empresa que lo construyó. Empresa que después me haría un fraude enorme, producto de su siempre proceder corrupto y oscuro, como muchos contratistas de esta patria tan amada y tan lastimada.

Mi labor fotográfica no era nada fácil. Tenía que hacer el registro exterior del árbol, pero también el interior, a fin de mostrar la complicada estructura. Además, había que realizar una serie de esferas virtuales para internet a fin de mostrar cómo se ubicaba la pieza en el Zócalo, y cómo era su estructura. Para ejecutar estas tareas tenía que acceder al interior del objeto y para eso necesitaba de la ayuda de quienes lo custodiaban.

Un vigilante uniformado se me acercó con su enorme barriga que se desparramaba por encima del cinturón, su cachucha colocada como broma involuntaria y un aliento pestilente, me dijo “oiga Don, necesita pedirle permiso al duende del árbol, para que lo deje fotografiar”, y me señaló hacia dentro de la formidable estructura revestida con listones y guirnaldas de plástico con apariencia de metal, esferas descomunales, cometas que no llegarían al cielo y figurillas ridículas que supuestamente justifican la época navideña.


Foto: Manuel Zavala y Alonso
Brinqué las vallas que protegían al árbol navideño, rodee algunas figuras que componían un Nacimiento con todo y reyes, pastores, peregrinos y el Niño Dios. Cuando llegué al borde de los listones y guirnaldas y me abrí paso hacia dentro, un grito me detuvo: “detente, estás entrando a la Navidad, nadie puede irrumpir de manera violenta en ella”.

Me pareció exagerada la advertencia; la voz estridente provenía de una pequeña casa de campaña ubicada junto al poste central de la estructura. Era uno de esos refugios que los niños utilizan en sus campamentos de exploradores, rasgado y con manchas de suciedad en sus paredes.

“No te rías, la Navidad es cosa seria y hay que defenderla”… Yo le advertí que venía a fotografiar el árbol; que lo empezarían a desmontar en cuestión de horas y que me urgía realizar mi tarea. De pronto la pequeña casa se empezó a zarandear, el hombre se empezó a vestir –según lo que podía entrever por la silueta que se dibujaba por efecto de la luz del amanecer.

Mientras que el guardián del árbol se vestía, me puse a admirar los efectos de la luz sobre el material metalizado, las figuras y esferas proyectaban una sinfonía de colores y efectos luminiscentes, y la verticalidad hasta el punto de fuga de la parte superior de la estructura producía un efecto casi gótico, casi arbóreo, casi selvático en los amaneceres. El efecto alucinante de luz, sombra y color me recordaban mis andanzas por la selva, contrastando en el recuerdo los trinos de las aves con los aullares de sirenas, claxonazos, gritos y silbidos de la vida urbana.

Después de un breve momento, el hombrecillo salió de su endeble refugio y se me acercó. No sobrepasaba el metro cincuenta. Desmadejado, con la melena encrespada, sucio y con aliento flamígero; las babas secas en las comisuras de los labios y las lagañas en las pestañas se unían a unas manos aceradas producto del trabajo brutal para dar la imagen de un duende urbano, maléfico en apariencia y tal vez bondadoso en el fondo.

Volvió a increparme por querer desmontar el árbol; yo le dije que eran órdenes del gobierno de la ciudad y que además nada tenía que ver en su desmontaje y que yo solo iba a fotografiarlo. Me dijo que la furia del pueblo se haría sentir. Que él había estado custodiándolo desde el primer día del montaje y que de ninguna manera permitiría que lo quitaran, así fuese por órdenes del propio zar de la ciudad.


Foto: Manuel Zavala y Alonso
De principio me pareció cómica su reacción y tal vez impostada. Pero después de un rato de discutir sobre la importancia del árbol, la Navidad, el significado para el pueblo de ese símbolo, la necesidad de las familias de concurrir al Zócalo y fotografiarse junto al ornamento, entendí que el hombre verdaderamente estaba defendiendo algo en lo que creía profundamente. Él estaba en su papel de duende defensor, de guardián de la Navidad y su árbol como signo. Poco a poco lo fui convenciendo de que teníamos que realizar juntos la tarea fotográfica, cosa que le pareció buena idea: “si se ha de destruir un símbolo del pueblo, por lo menos que quede un registro histórico de él”.

Con mis ayudantes, metí al centro de la estructura todo el equipo que llevaba conmigo. Conforme empecé a armar el equipo, él me miraba con detenimiento, con interés y me hacía preguntas; se notaba un hombre educado por sus expresiones y sus cuestionamientos. Le pregunté que cuál había sido su formación, y me contestó que era ingeniero en estructuras con una especialidad en cibernética. Cuando me lo dijo, me sorprendió. No pude más que preguntarle que qué hacia como cuidador del árbol. Me confesó que tenía más de cinco años sin trabajo fijo y que cuando vio que estaban colocando el árbol se ofreció como operario, como ayudante para subir por los andamios; y que una vez terminado el ornamento, se ofreció a ser el guardián del mismo.

Poco a poco me fue contando su historia. Cómo lo había abandonado su esposa y su hija por no tener empleo; por más que había hecho de todo en todos los oficios posibles, la crisis económica familiar lo había empujado al rompimiento y despojo emocional.

Sus estudios los había realizado en la Universidad Nacional Autónoma de México. Era un buen ingeniero a saber por los empleos que había ocupado; incluso se podía presumir que era un profesional brillante y que su situación actual era producto de una sociedad injusta y la circunstancia de un hombre marcado por la mala suerte.

Su familia no había aguantado la brutal presión de vivir sin los recursos económicos de cuando él tenía éxito. Los pobres viven su precariedad con el estoicismo de haber nacido con la marca de no haber tenido recursos nunca, de la injusticia eterna y del desdén social; en cambio, la gente que ha tenido en algún momento abundancia, jamás se resigna a la pobreza. Eso le había sucedido a su familia: lo abandonaron cuando él fracasó.

Cuando tenía estabilidad económica vivían en un condominio en la colonia del Valle, con la crisis lo perdieron y fueron a parar a un departamento desvencijado en la Roma; cuando vino la debacle final acabaron en una unidad de interés social en los rumbos de Coapa. Ella decidió que lo mejor sería marcharse a Tijuana con su familia, y si se podía, intentar trabajar en Los Ángeles.

Un veintidós de diciembre, antes de partir rumbo a Tijuana, a ella y a su hija las asaltaron en el andurrial de Canal de Chalco. Les pusieron un golpiza que la esposa casi pierde un ojo. Al día siguiente, partieron rumbo a la frontera. Nunca más supo de ellas. Eso fue hace más de dos años.

Desde la siete de la mañana hasta casi el mediodía duró la sesión de fotografías. Durante esas horas el hombrecillo me iba contando su historia poco a poco; era el relato de un hombre que se había hecho de la nada hasta convertirse en un profesionista de éxito. Después empezó su ruina; primero, fue pelearse con sus jefes, después con sus compañeros, con sus amigos y al final con su familia, aunado todo eso a la situación económica y social del país. La soberbia en la que vivía y la falta de empleo lo habían hecho perder todo. Su éxito se le fue, como se extingue una voluta de humo. Si la pérdida de su posición económica le pesaba, aún más era la pérdida de su familia, de su hogar.

Conforme íbamos terminando de fotografiar desde dentro y fuera al árbol navideño, el hombre tuvo que subir al tope de la estructura para empezar a quitar los listones y guirnaldas que daban cuerpo al símbolo navideño. De cuando en cuando se asomaba entre esferas y muñecos, su cabeza era la de un verdadero duende enloquecido que sonreía y saludaba a los transeúntes. Me posaba como si verdaderamente él fuera el dueño del árbol, de la Navidad.

Poco a poco la estructura fue quedando desnuda, su tienda de campaña se veía desamparada, desvencijada, sucia… era la huella de haber estado ahí casi tres semanas defendiendo y protegiendo ese símbolo que era tan caro para él. En las tardes y noches de esas semanas, él ahuyentaba a vendedores de droga que ofrecían su pasaporte a los sueños imposibles a jóvenes y adolescentes que iban a visitar el ornamento en la plancha de concreto; y las putas también ofrecían sus favores a los caminantes con el permiso de los policías que custodiaban el escenario decembrino. Las noches eran las más temibles, entre amantes calenturientos y asaltantes de poca monta, las horas trascurrían de manera casi eterna. En más de alguna ocasión tuvo que sacar parejitas semidesnudas del pesebre; sus gemidos de placer se unían al monótono ritmo de la música navideña que estaba en el sonido ambiental del decorado, y esos quejidos era lo que lo hacían despertar de su duermevela. A gritos ahuyentaba a esos trasnochados, a esos ladrones, a esos desposeídos, todos ellos producto de una ciudad desesperanzada que no ha sido capaz de darse empleo a sí misma en décadas.

Cuando terminé mis labores, le extendí la mano y le agradecí que me hubiera dejado fotografiar su árbol, el símbolo navideño de una ciudad, una ciudad carcomida por la soledad y la desesperanza. Él me dijo por último: “ya no hay árbol de esta Navidad, espero estar el año entrante para cuidarlo, de esa manera mi familia seguirá viva en mí…”

Manuel Zavala y Alonso

Ciudad de México
 
Autor/Redactor: Manuel Zavala y Alonso
Editor: Manuel Zavala y Alonso
 





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