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Lunes, 15 de mayo de 2017

El legado de Ida
Escrito por Bettina Cetto

El tema del destinatario, la conservación, el manejo, su libre acceso, las dificultades que se enfrentan debido a la escasez de recursos y de personal en las instancias públicas para su escaneo y cuidado —o de su lamentable abandono en muchos casos— y la difusión de los legados de notables en nuestro país, afortunadamente ha sido puesto sobre la mesa de discusión, gracias a Jill Magid y al Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC-UNAM). Si bien el foco ha sido el Archivo Barragán de Suiza, lo que nos deja este debate es aplicable a los legados en general y, en particular, a los de arquitectos mexicanos1. Pero eso no quita que el tema también lo sean los archivos de notables en otras disciplinas. Por ejemplo, hoy me pregunto, ¿cuál será la instancia que adquiera el archivo de Ida Rodríguez Prampolini? ¿o ya tiene destinatario?

 

Un acontecimiento que celebro es la publicación, bajo el sello editorial de la UNAM, del libro Ida Rodríguez Prampolini: La crítica de arte en el siglo XX, culminación de una larga, ardua y amorosa actividad de Cristóbal Andrés Jácome. Me puedo bien imaginar a Ida, al ver su trabajo compilado, llena de vida a pesar de su frágil estado de salud. Ojalá le permitiera su condición viajar a la Ciudad y estar ahí para la presentación2 del libro, mismo que incluye también ensayos preliminares de Rita Eder, James Oles, Jennifer Josten, y del propio Cristóbal. ¿Será que sí?

 

Le tengo un cariño y admiración enormes a Ida. El cariño me nació desde bien pequeña, cuando la conocí en la casa de Temixco en visita con mis papás. Y la admiración data del momento en que fue la única voz autorizada que denunció con vehemencia la destrucción de la casa orgánica, polícroma y fantástica de mi Tío Tlacuache, Juan O´Gorman. A partir de entonces, siempre seguí con atención sus escritos, busqué sus libros, en fin, me volví fan de la Dra. Ida Rodríguez Prampolini.

 

Pero todavía es ese capítulo de la vida de Ida uno de los que más me gustan. Su defensa de la casa O'Gorman fue muy valiente, y coincido con Cristóbal Andrés, quien en algún intercambio epistolar me dijo  “Creo que su noción de ‘subdesarollo cultural’ sigue en pie dadas las condiciones que vive nuestro país y sus supuestos arquitectos que no hacen más que destruir el propio legado constructivo. El ejemplo que citas de la casa Friedeberg me da muchísima pena, no pensé que eso hubiera pasado tan pronto como haya salido a la venta.” Esto, en respuesta a un comentario mío en el sentido de que “la casa Friedeberg en el Pedregal —catalogada como ‘bien artístico’ por el INBA— tardó nada en cambiar de manos cuando apareció el letrero ‘en venta’. Y menos todavía en ser destruida. Su suerte fue muy a tono con el destino de buena parte de las casas emblemáticas de la arquitectura original del Pedregal. Ya tengo bien detectado al dúo de arquitectos (padre e hijo) que se dedican a destruirlas para construir condominios horizontales.”

 

Para levantarme el ánimo, Cristóbal Andrés procedió a compartirme ese texto de Ida que marcó el inicio de mi gran admiración hacia ella y que no se encuentra al zambullirse en la web. Ahora seguramente podrá leerse en el libro de reciente publicación.

 

CRIMEN EN LA CASA DE JUAN O’GORMAN.

PRUEBA DEL SUBDESARROLLO CULTURAL3

Ida Rodríguez Prampolini

 

Cuando se habla de México como un país en vías de desarrollo, se asocia esta idea generalmente al estado económico-social ya que, del desarrollo cultural, por lo menos de ciertas esferas privilegiadas, estamos más convencidos. Sin embargo, justo en esos círculos supuestamente superados, se producen con frecuencia ciertos actos de barbarie que nos imponen la duda: ¿llegará el día en que los mexicanos no tengamos que avergonzarnos también, de nuestro subdesarrollo cultural?

 

Hace menos de un mes, el grupo de historiadores reunido en Oaxtepec fue ridículamente calumniado por la prensa y un nacionalismo mal comprendido produjo la grave descortesía contra los intelectuales (muchos de ellos extranjeros) de cerrarles en las narices las rejas del Castillo de Chapultepec, al cual se les había invitado a cenar.

 

Así como ésta, podrían enumerarse otras hazañas en el terreno cultural, pero si alguien lo hace, el público entra en sospecha: ¿Qué busca esta persona con sus declaraciones amargas? ¿Cuáles son los verdaderos propósitos de este recuento de ignominias? ¿Aspira un puesto?, y arriesga uno que le digan el estribillo: ¡No eres buena mexicana! Nadie aceptará que se trata, exclusivamente, de un desbordamiento de indignación, dolor o vergüenza. Estamos, como ciudadanos, tan acostumbrados a callar estos sentimientos que han dejado ya de funcionar positivamente en nuestra sociedad. No los hacemos públicos por comodidad, por miedo o porque sabemos, de antemano que es inútil exteriorizarlos. Somos conscientes de que, después de nuestras lamentaciones, nada sucederá, todo continuará igual hasta la próxima vez en que nos enteremos, con escalofrío, de otra torpeza más y sufriendo resignadamente volvemos a callar.

 

Hace unos días supe de uno de esos casos que hacen descarrilar el tren en que se supone que el país camina hacia delante y vuela hacia arriba. Como el accidente sucedió en el campo que ocupa mi actividad intelectual, ni quiero ni debo callar mi indignación aunque vaya a ser mal interpretado o caiga en el vacío. Como catedrático de Historia del Arte y como mexicana, siento la obligación de denunciar el crimen cometido contra la casa del arquitecto Juan O’Gorman, obra que debería haber sido respetada por su valor artístico universal.

 

Cuando hace años la UNAM “acondicionó”, por no decir destruyó, el edificio El Eco en las calles de Sullivan, para instalar un Teatro de la Universidad (por supuesto, sin pedir la asesoría de su autor que, siendo profesor universitario desde hacía muchos años, podría haberlo arreglado y salvado al mismo tiempo) no me atreví a protestar por la obvia razón de ser la esposa del diseñador. Ignoro quiénes fueron las autoridades universitarias que ordenaron el desmantelamiento, pero si me consta por las “condolencias” que recibió mi marido, que la opinión de muchos críticos, artistas o arquitectos de distintas partes del mundo consideraron este acto innecesario como una muestra de falta de respeto e incultura. México tenía en el edificio de El Eco el ejemplo clásico de la Arquitectura Emocional; y la escultura La Serpiente que se encontraba en el patio, fue considerada uno de los primeros antecedentes de la estructura primaria del arte contemporáneo. Un mural, el único diseñado en el mundo por Henry Moore, también desapareció de este lugar. La ignorancia y el afán de destrucción prevaleció sobre el respeto al valor artístico y nadie levantó la voz para impedir el acto de vandalismo.

 

Ahora bien, el crimen que me siento obligada a denunciar en este artículo ha sido cometido contra la obra de uno de nuestros arquitectos de mayor renombre internacional, que ha dado al país el edificio que simboliza para el mundo entero toda una fase del México moderno: la Biblioteca de la Ciudad Universitaria. La casa de Juan O’Gorman, situada en la Avenida San Jerónimo (Pedregal) fue adquirida por el matrimonio Kirsebom que, acto continuo, la destruyó. Se pregunta uno ¿fue para destruirla que la compró?

 

Desde el punto de vista histórico, la construcción de O’Gorman continuaba la línea de los visionarios de la Arquitectura-Fantástica. Estaba emparentada con ciertas realizaciones internacionalmente admiradas, que aparecen de vez en cuando como testimonio de extrañas iluminaciones.

 

O’Gorman, después de haber invernado en el funcionalismo arquitectónico, del cual es uno de los precursores en nuestro país, rompió con la sequedad de la pura razón y dio salida a un mundo personal de rica fantasía. Las construcciones de Gaudí en Barcelona, los Torres de Simón Rodia en Los Ángeles y el famoso Palacio del Facteur Cheval, en Francia (al cual O’Gorman dedicó la casa) eran algunos de sus antecedentes. Cuando en Los Ángeles, por razones de seguridad pública, las autoridades intentaban destruir las Torres de Rodia, una ola de indignación se levantó en el mundo entero (también de México se enviaron telegramas de protesta) y, a la postre, la obra quedó intacta. La cultura se impuso y las “Torres de Watts” se convirtieron en un lugar de peregrinación de gente procedente de muchos países.

 

En el caso de la destrucción de la obra de O’Gorman, nadie parece haberse enterado. Sin saber lo que iba a encontrar, acompañé a un historiador extranjero que vino a México ilusionado por escribir sobre este increíble y fascinante malabarismo arquitectónico. Me quedé atónita ante los hechos. A golpe de piqueta estaban destruyendo los mosaicos que íntegramente la cubrían. Las esculturas, despedazadas en su mayor parte, eran sacadas en camiones, como escombro. Un día más tarde, hablé del asunto con un conocido historiador del arte moderno mexicano, la respuesta que obtuve fue “¡Qué importa! ¡A mí no me gustaba! ¿Para qué te metes?”

 

Algunos artistas de nuestro medio ambiente saben defender la conservación de sus obras a través de una hábil publicidad. Cuando alguien las toca, se levanta una ola de protesta y un llamado a la conciencia nacional. David Alfaro Siqueiros es, seguramente, el más experto en la organización de su propia defensa.

 

En este caso, el silencio del famoso artista-constructor, me sorprende y me desconcierta. O’Gorman probablemente no previó que su casa-fantástica sería demolida de esa manera (ya que debió haber pensado que los compradores eran personas cultas). Pero, en última instancia, aunque por razones desconocidas para mí, el propio O’Gorman hubiera dado el permiso para destruir su obra, persiste el hecho de que se trata de un salvaje atentado contra el arte de México.

 

Cuando existen razones poderosas y no enajenadas, de interés colectivo, de bienestar o progreso, la destrucción puede tener una justificación; pero destruir un monumento histórico y artístico por el puro interés personal, no tiene otra explicación que la patológica.

 

La señora Helen Escobedo de Kirsebom corresponsable de tan sorprendente “acierto de independencia cultural” tiene en su contra dos agravantes: por un lado es escultora, o sea, presume de artista y ya esto debía haber sido suficiente para que respetara la obra de su ilustre colega; pero, y esto agrava el asunto, es también la Directora del Museo Universitario de Ciencias y Arte. ¿Cómo puede una persona sensible y teniendo semejante cargo público, cometer consciente o inconscientemente un atentado semejante? ¿No son los directores de museos los encargados de conservar el arte? ¿Es concebible que miembros de la máxima casa de estudios del país sean los que se dediquen a destruir los valores de la cultura? Si es cierto que la señora Escobedo quiere construir su propia “casa-escultórica” ¿no pudo comprar otro terreno o una casa sin interés artístico? Si le gustó tanto esa propiedad ¿por qué no construyó su casa al lado de la de O’Gorman o en otro rincón del terreno? ¿Qué móviles la llevaron a comprar, justamente, una obra de arte para luego hacerla pedazos? Son todas preguntas que no puede uno dejar de formularse.

 

No me siento autorizada para analizar el lado psicológico del caso, pero un olfato elemental me hace estar segura que la nueva construcción, levantada sobre los cimientos de la casa de Juan O’Gorman, no estará –ni de lejos– a la altura de la que fue destruida.

 

Cuando en otros tiempos se lanzaba un “yo acuso” se esperaba una respuesta, una resonancia y hasta quizá, una enmienda. Con mi denuncia no espero nada positivo. La humanidad vive hoy en una sociedad endurecida, en la cual casi nadie quiere hacer frente, con conciencia, a los factores poderosamente destructivos que ella misma fomenta.

 

El subdesarrollo moral y cultural de nuestra civilización arremete contra las vidas de hombres, animales, árboles; contra los ideales, los sentimientos ¿por qué se iban a salvar el arte y la belleza?

 

¿A quién dirigirse en el caso de la casa de O’Gorman? ¿Al presidente de la República? ¿Al Rector de la Universidad? ¿A los críticos de arte? ¿A los arquitectos y artistas? Ante la indiferencia general, lo único que queda, como ciudadano, es buscar alivio en la protesta pública, aunque el grito rebote en el vacío y sólo produzca enemigos.

 

Mientras los hombres no aprendamos que es imposible construir a base de vandalismo, no podremos salir del subdesarrollo, aunque queramos tapar el sol con la frase: “estamos en vías de desarrollo”.

 

__________

Notas:

 

1) En mi entrega anterior en este blog, omití mencionar el Archivo de Arquitectos Mexicanos, importantísimo espacio de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, creado en el año 2002 por Felipe Leal, y que a la fecha cuenta con los archivos de 22 arquitectos.

2) Presentación del libro, y jornada “Historia y crítica de arte en Ida Rodríguez Prampolini”.

Sala de conferencias, Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC-UNAM)

Jueves 18 de mayo, 2017 / 17:00 horas

Participan: Rita Eder, Elia Espinoza y Cuauhtémoc Medina. Moderador: Cristóbal Andrés Jácome.

Relacionado con el trabajo pedagógico y experimental de la Dra. Rodríguez Prampolini durante los años setenta, se proyectará el documental "Tlayacapan" (1976) de Sergio García, director e integrante del Taller Experimental de Cine Independiente.

3) Fragmentos de este texto fueron publicados en la nota “O’Gorman, Ida Rodríguez, Helen Escobedo, una ‘casa fantástica’ y la cultura mexicana”, Excélsior, miércoles 17 de diciembre de 1969. Publicado completo en Ida Rodríguez Prampolini, Una década de crítica de arte, SEP/SETENTAS, México, 1974.

                                                                                                                      15 de mayo de 2017.



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