Blogs Artes e Historia México

compartir en facebook  compartir en twitter

 

Viernes, 23 de junio de 2017

Radio Educación en la época de Miguel Ángel Granados Chapa I [1]
Escrito por Raúl Casamadrid

A Miguel Ángel Granados Chapa;

a su instruida voz,

a su pluma esencial,

a su generoso corazón.

 

 

 

Radio Educación (XEEP), nacida en 1924 con el proyecto educativo de José Vasconcelos, inició sus operaciones bajo las siglas CZE, en una pequeña cabina del tercer piso de la entonces Secretaría de Educación. El anuncio de la entrada en operaciones de la radiodifusora fue realizado por el Secretario de Educación, el ministro, doctor y diplomático sinaloense Bernardo José Gastélum Izabal (1886-1981). La estación pretendía ser –en palabras del propio Dr. Gastélum– “la más poderosa de todas las hasta ahora instaladas en el Distrito Federal”. El doctor, quien falleció casi centenario en la ciudad de México, destacó no solamente por haber sido el artífice de esta emisora, sino también por su importantísima participación como impulsor de una de las generaciones –y una de las revistas literarias– más importantes de nuestra literatura: la de Los Contemporáneos (Sheridan, 2012: 102).  

 

Entre los primeros eventos que transmitió la emisora, bajo la batuta de su primera encargada, María Luisa Ross, estuvo la toma de protesta, en vivo, del candidato Plutarco Elías Calles como Presidente de la República. Ahora que la emisora llega a sus primeros 90 años es importante recordar a sus fundadores y dedicarle, al menos una de las velitas del pastel cumpleañero, a la primera persona que encabezó los esfuerzos de sus trabajadores. La maestra, escritora, periodista y traductora, María Luisa Ross Landa, nació en la ciudad de Tulancingo, en 1880; fue normalista, estudió en el Conservatorio, en la Escuela Nacional de Altos Estudios (antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras) y llegó a dominar varias lenguas. Destacada como oradora y declamadora, dirigió, también, El Universal Ilustrado, suplemento cultural del importante diario de circulación nacional El Universal. La maestra fue también fundadora de la Benemérita Cruz Roja Mexicana y, además, una de las destacadas feministas que lucharon por la igualdad de derechos y el voto para la mujer; fue, así mismo, integrante del Comité Feminista de México. Falleció en 1945, dejando atrás su legado como un modelo a seguir para las mujeres de hoy y del futuro.

 

La emisora transmitía, desde aquel entonces, conciertos de música y programas –a los cuales llamaba “audiciones”–. En esa época, a finales de 1924, existían únicamente quince emisoras en todo el país, entre las cuales destacaban: la Excélsior-Parker (CYX); El Buen Tono (CYB); La Casa del Radio (CYL), la de don Jaime Macouzet (2X), en Morelia; la de don Federico Zorrilla (CYF), en Oaxaca y Educación Pública (CYE), en la ciudad de México.

 

Radio Educación llegó a transmitir programas de relevancia nacional, como lo fueron, en 1928, una serie de emisiones, en vivo, con los detalles del proceso penal a José de León Toral, el asesino confeso del presidente electo Álvaro Obregón. Por sus ondas radiales el público y la nación entera pudieron enterarse de los alegatos de su defensor, el Lic. Demetrio Sodi, así como de la comparecencia de los importantes testigos implicados en ese hecho, el cual modificaría la historia política del país.

 

En 1929, a sólo cinco años de su salida al aire, la emisora de la Secretaría de Educación Pública, dejó de transmitir. Sin embargo, retomó sus operaciones durante los primeros años de la década de los treinta, bajo las siglas XFX. Inclusive, por sus micrófonos se transmitió, también en vivo, la magnífica inauguración del Palacio de las Bellas Artes –el 29 de septiembre de 1934–, a cargo del entonces presidente Abelardo L. Rodríguez.

 

Luego, a lo largo de toda la época durante la cual gobernó el presidente Lázaro Cárdenas (del primero de diciembre de 1934 hasta el 30 de noviembre de 1940), la XFX mantuvo una gran actividad, apoyando así el proyecto socialista que impulsaba el gobierno. Luego, la estación de la Secretaría de Educación Pública salió y entró al aire un par de ocasiones más, durante el régimen avilacamachista y a la llegada del gobierno del presidente Miguel Alemán Valdés.

 

Posteriormente, mientras ejercía el gobierno Adolfo López Mateos, en 1960, se creó la Unidad de Grabación, de la SEP, cuyos estudios se localizaban en la calle de Gabriel Mancera, en la colonia Del Valle del Distrito Federal. Esta Unidad sería luego el germen de donde más tarde surgiría XEEP, Radio Educación. Luego de retirar sus transmisiones y al regresar al aire en 1967, las condiciones de la emisora resultaban muy difíciles para trabajar. Durante aquellas  transmisiones, (ubicadas ya, dentro del cuadrante radiofónico, en la frecuencia de los 1060 kilohertz) se utilizó un transmisor de mil watts de potencia y una pequeña antena improvisada. La emisora laboraba, pues, con un equipo deficiente, escaso personal, dificultades en captación de su sintonía y un horario quebrado: de siete de la mañana a dos de la tarde y de las seis de la tarde hasta las diez de la noche, hora en la que daba por finalizadas sus transmisiones.

 

No fue sino hasta el régimen de Luis Echeverría cuando se construyó la maravillosa planta transmisora que catapultó a Radio Educación hasta los primeros ratings en la preferencia del público receptor. Ubicada en Fuerte de Loreto y Prolongación Calle Seis, allá por la delegación Iztapalapa, muy cerca de la monumental Cabeza de Juárez –mole de más de trece metros de altura y seis toneladas de peso, que alberga al Museo del mismo nombre–, la planta transmisora fungió como una especie de motor en el cual se apoyó la emisora para lograr un sostenido desarrollo que se prolonga hasta nuestros días. En aquella planta se montó un transmisor con una capacidad de 50 mil watts de potencia, el cual permitió a la estación ir aumentando, poco a poco, su alcance; con ello se consolidó su presencia activa y singular en el cuadrante y en el gusto de su auditorio.

 

 

 

     

Durante ese mismo sexenio, y con una visión innovadora y profesional, se construyó el bello y funcional edificio situado en la esquina de Ángel Urraza y Adolfo Prieto, en la colonia Del Valle. Bajo la conducción de Enrique Atonal –principal colaborador de la directora, María del Carmen Millán– los trabajadores se mudan a “la casita”, una pequeña oficina ubicada en los terrenos donde ya se construía el hermoso local (exprofeso edificado para ser una radiodifusora) en donde se encuentra hoy Radio Educación, y que cuenta con amplios estudios, luminosas oficinas y adecuadas áreas para su fonoteca (la cual conserva más de cien mil fonoregistros), su biblioteca, su cabina de transmisión, las de grabación, sus oficinas de producción, el área de noticieros, la de continuidad, los espacios de ingeniería, mantenimiento, áreas administrativas y de dirección.

 

Esta magnífica construcción sustituyó a las estrechas instalaciones desde donde se operaba con anterioridad –dentro de una pequeña oficina situada en el último piso del edificio situado en las calles de Circunvalación y Tabiqueros– en la delegación Venustiano Carranza del Distrito Federal.

 

Sociólogo egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, con estudios de maestría y doctorado por la Ecole d’Hautes Etudes Sciencies de la Universidad de París, y autor del libros como 1968: Estado y universidad; orígenes de la transición política en México y Apuntes para una historia de la cultura mexicana en el siglo XX, tocó a Gerardo Estrada Rodríguez, durante el último mes de 1976, sustituir a María del Carmen Millán como Director de la emisora, y comenzar una nueva era dentro de Radio Educación, donde su labor principal estaría fundada en los valores de diversidad cultural, inclusión, convivencia democrática, libertad de expresión, responsabilidad y ética informativa.

 

Gerardo Estrada entregó, a finales de 1977, la estafeta de la Dirección al maestro Miguel Ángel Granados Chapa, a quien correspondió implementar estos altos objetivos los cuales, a la postre, habrían de cristalizar y materializarse en el cumplimiento de una importante función dentro del panorama mediático de la ciudad de México y del país entero. A 90 años de su fundación, y con el papel que juega la radio pública en la sociedad mexicana, las aportaciones de Radio Educación en el ámbito de la comunicación y del periodismo han sido sobresalientes y de gran importancia, tanto en los procesos educativos como en el desarrollo democrático del país.

 

Al llegar a dirigir la emisora, a finales de 1977, Miguel Ángel Granados Chapa detectó severos problemas endémicos al interior de la emisora. Él lo recuerda así:

 

… tuve la ventaja de que teniendo una relación cercana con el propio secretario de Educación Pública, fue posible eliminar varios de los problemas de la radiodifusora. La radio no tenía un estatuto jurídico dentro de la Secretaría correspondiente a su importancia (…) lo que me pareció necesario y conveniente fue fortalecer la situación jurídica de la emisora. Le propuse al secretario Solana el acuerdo –que se llamó después el Acuerdo 21–, que le permitió tener una personalidad jurídica a Radio Educación, de la que carecía hasta ese momento (Sosa Plata, 2008: 72-73).

 

Fue el 22 de noviembre de 1978 cuando la SEP expidió un documento llamado Acuerdo 21, en el cual se define a Radio Educación como un organismo desconcentrado de esa Secretaría, lo que le otorgó el mismo rango y la misma situación jurídica que al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), al Instituto Politécnico Nacional (IPN) o al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

 

Así, ya bajo la dirigencia de Miguel Ángel Granados Chapa, la estación dejó de ser sólo una emisora más para pasar a ser un organismo público, entre cuyos objetivos se encontraba, principalmente, la operación de la frecuencia denominada XEEP, y que además estaba facultada para operar otras frecuencias y ayudar al cumplimiento de los objetivos que, en materia de radio, fijaran la Secretaría de Educación Pública y los diversos ordenamientos legales en vigor.

 

La historia de la radio en el país había comenzado apenas tres años antes de que saliera al aire la primera transmisión la emisora de la Secretaría de Educación: a las once de la mañana del 27 de septiembre de 1921, desde la sede de la Exposición Comercial del Centenario –en donde hoy se ubica el monumento a la Revolución Mexicana, en Plaza de la República–, se transmitieron emisiones radiofónicas que fueron escuchadas claramente hasta el Castillo de Chapultepec.

 

Los aparatos empleados en esa ocasión fueron construidos por don Agustín Flores y don José Valdovinos, en los talleres de la Dirección General de Telégrafos Nacionales. Esa misma noche se realizó otra emisión desde al desaparecido Teatro Ideal, situado en la calle de Dolores número cinco, en el centro de la capital. Los productores de esta emisión fueron los hermanos y médicos militares Adolfo Enrique y Pedro Gómez Fernández; ellos hicieron funcionar un pequeño transmisor, de 20 watts, que había sido incautado por las autoridades navales mexicanas a un pesquero estadounidense que había franqueado, sin autorización, las aguas territoriales nacionales (Gálvez Cancino, 2002: 273-289).

 

 

             

Durante el mandato de Luis Echeverría, México vivió una intensa etapa de desarrollo en lo que a comunicación colectiva se refiere; el propio Presidente de la República animó el despertar político y social de los sectores público y privado en torno a los medios de difusión: radio, cine y televisión. Por cuanto toca a la radio, su fuerza era enorme, pues irradiaba diariamente, a través de más de ochocientas radiodifusoras privadas, casi un millón de anuncios comerciales y más de diez mil canciones, impulsando las carreras de los artistas y cancioneros de moda. De las 863 emisoras que transmitían a finales de los años setenta, 816 eran comerciales y solamente 47 de corte no-comercial, la mayoría, pertenecientes a las universidades públicas y al gobierno.[1]

 

El impulso gubernamental a los medios masivos tomó por sorpresa a los tradicionales consorcios comunicativos quienes, de pronto, sentían patente la amenaza de ver sus intereses afectados. La querella, sin embargo, no llevó la sangre al río ni duró mucho tiempo. En breve, las cosas retomaron su acostumbrado cauce. Al respecto, el maestro Miguel Ángel Granados Chapa escribió:

 

Todo fue solo fuego de artificio. La querella, aparente o real, entre Estado y medios electrónicos, se resolvió en una victoria para éstos. En efecto, el cuatro de abril de 1973, apenas unos meses después de la supuesta embestida gubernamental contra la radio (…) el Ejecutivo dictó un reglamento que favorecía los intereses de los concesionarios (Granados Chapa, 1986: 28).

 

Pero no todo el panorama fue oscuro, las emisoras universitarias continuaron encendiendo sus transmisores (algunos, desafortunadamente, acusaban una débil potencia). Aun así, pese al poco apoyo económico que recibían las emisoras no comerciales, éstas continuaron apareciendo y desarrollándose.

 

Durante el sexenio del presidente José López Portillo (1976-1982) privó la concordia entre el gobierno y los empresarios radiofónicos, quienes progresaron extendiendo sus intereses incluso a los medios escritos. El estado, por su parte, creo nuevos organismos, entre ellos, uno especialmente importante: la Dirección General de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC). Por su parte, el apoyo a las emisoras culturales continuó, llegando a sumar catorce el número de difusoras culturales universitarias en operación. Emisoras de carácter eminentemente social, como Radio de la Montaña, en Tlapa, Guerrero, consolidaron sus transmisiones y, en la ciudad de México, Radio Educación recibió un notorio impulso al ser dotado de una nueva estructura legal, técnica y programática (Gálvez Cancino, 2002).

 

Sin embargo, el panorama general que dibujaba la radio en el país seguía mostrando un abrumador porcentaje inclinado hacia la radio comercial: 95 por ciento para empresas privadas, en contraste con apenas un cinco por ciento para la radio cultural.

 

Las transmisiones, a su vez, se encontraban –como hasta la fecha– saturadas por anuncios comerciales y, en menor medida, por programas informativos y periodísticos (noticieros), programas de música extranjera, programas de música folklórica mexicana, crónicas de informaciones deportivas, retransmisiones originadas en el extranjero, crónicas sociales y radionovelas. Con lupa había que buscar, en el cuadrante radiofónico, emisiones de música clásica (extranjera o mexicana) y programas netamente culturales. Por ello, Felipe Gálvez Cancino, estudioso del fenómeno radiofónico en México, denomina aquella parte cultural de la radiodifusión mexicana como el Cuadrante de la Soledad (en alusión, por supuesto, a la magnífica obra dramática del hoy centenario autor duranguense y universal José Revueltas, así como al ensayo fundamental del también centenario premio Nobel Octavio Paz: El laberinto de la soledad).

 

Razón tenía Raúl Azcárraga cuando platicaba que la radio es una especie de teléfono al que se le puede meter de todo (música, poemas, noticias, teatro y cantos) con la ventaja, notable, de que a uno lo escuchan obligadamente. Aquella generación, a la cual pertenecían precursores de la radiodifusión, como el capitán Guillermo Garza Ramos, pionero de la XEB, pensaban que la radio serviría para engrandecer la cultura del pueblo, difundir el folklore nacional e, inclusive, depurar el lenguaje hablado y divulgar la literatura nacional.

 

Desafortunadamente, el balance real dejó –con el paso del tiempo– una radio mayormente cursi, vulgar y ramplona, que empobrecía al lenguaje y que distorsionaba a la cultura ancestral. Las emisoras radiales (y las de televisión, de la mano junto a ellas) se convirtieron en medios para anunciar todo tipo chatarra, mientras que un gran porcentaje de la juventud medraba dentro de un analfabetismo real o funcional. Aun así, en 1943 Emilio Azcárraga Vidaurreta, durante el XIII aniversario de su radiodifusora, la XEW, se ufanaba de la supuesta labor educadora de los medios en los siguientes términos:

La XEW y yo hemos enseñado a hablar a los mexicanos. Gracias a nuestra señal los yucatecos, los tamaulipecos, los jarochos o los sonorenses no hablan más con un dejó local. Ahora se expresan en un español mexicano moderno y fluido que no admite particularismos. Definitivamente mi estación y yo, en sólo trece años de esfuerzos, hemos hecho por la cultura de México más de lo conseguido en décadas por la Secretaria de Educación (Gálvez Cancino, 2002).

 

No en vano el cronista Carlos Monsiváis afirmaba que, en efecto, la radio, el cine y la televisión han sido los verdaderos educadores del pueblo de México y que, en esa medida, no es de extrañar que el país cuente, entonces, con tantos analfabetos.

 

Lo cierto es que la radio está mayormente en las manos de intereses privados, particulares, y es vista por sus dueños como una empresa lucrativa cuya finalidad radica, sobre cualquier otra, en generar dividendos económicos; esto es, ganancias en metálico. Esta visión ha empañado la verdadera utilidad de un medio tan importante (y tan penetrante) como lo es la radio, dejado su función cultural, plural, social y de servicio, de lado o francamente en el olvido.

 

Una estación cultural se define como una emisora de radio cuyo funcionamiento interno es gestionado de forma directa por todos aquellos que participan activamente en su vida y en su funcionamiento. Por ello –al menos, idealmente– no debe depender de ningún gobierno, partido político u organismo externo a la propia emisora. Así, la radio cultural se caracteriza por su libertad y por su autonomía; se trata de un medio de comunicación alternativo y libre. Su función es la de llevar la comunicación al marco cotidiano, en oposición a los monopolios y/o a las empresas coligadas que centralizan la dirección de los medios de comunicación.



[1] FUENTE: Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión, Anuario 1971, México.

 

 

Los aparatos receptores de radio son telégrafos sin hilos, correos sin papel; magia que integra, en los rincones más íntimos y privados de nuestras casas, a voces y presencias vivísimas que nos acompañan, desde que sale el sol y nos levantamos, hasta que anochece y nos entregamos de nuevo al mundo de los sueños. Esta transmisión que emana desde los espacios más familiares de nuestras vidas, conlleva una poderosa fuerza que ha sido aprovechada (para bien o para mal) por aquéllos que se encargan de su operación. La visión empresarial no tardó en darse cuenta, luego de la popularización del medio, de las pingües ganancias que podían generar los anuncios y la propaganda de productos comerciales a través de las ondas radiofónicas. Un poco más de tiempo se tardaron en percatar de que la promoción de artistas musicales también podría agenciar dineros bien habidos.

 

Lo que después vino, la sorpresa de verse capaces no solo de informar, sino de manejar (aún no manipular) la información, fue un extra. Pero esta aptitud vino aparejada, increíblemente –luego se confirmó–, de una gran cuota de poder. El poder, este imperio y dominio, esta fuerza y potencia, su vigor e influencia atrajeron ya no solo a los empresarios y a sus capitales, sino a los políticos y a sus camarillas: surgió un cuarto poder al través de las ondas hertzianas.

 

Es en la radio cultural –por antonomasia– la organización interna de los trabajadores que componen su directorio la que elabora y produce su programación; los locutores, musicalizadores, técnicos y trabajadores administrativos, quienes laboran de forma colectiva y sin ánimo de lucro, son aquellos que se vinculan con el radio escucha, motivados por factores que apuntan hacia muy distintos objetivos de aquellos que pretende alcanzar la multicitada radio comercial.

 

Así, el éxito –literalmente inaudito– de XEEP-Radio Educación se debió, sí, a una serie de factores estructurales que le permitieron operar con magníficas instalaciones y en óptimas condiciones financieras, pero sobre todo, a la visión del director en turno y a la solvencia de su equipo de trabajo. Muy pocas veces habrían coincidido, en una sola emisora, equipos técnicos (materiales y humanos) y trabajadores de los medios tan capacitados como en la época en que encabezó Miguel Ángel Granados Chapa a la radio de la Secretaría de Educación Pública.

 

El no recibir publicidad comercial y el estar al margen de la presión económica que genera reportar cuentas y obtener resultados positivos en pesos y centavos, altera los resultados de la ecuación emisor-receptor, notablemente. El provecho del mensaje difundido al radioescucha se mide, entonces, por distintos parámetros que los comúnmente utilizados: la programación se modifica por completo y –comparada con la que se ofrece en los medios comerciales– es radicalmente distinta. El resultado, en el caso de Radio Educación, fue que su programación, en contraste con la de todo el espectro del cuadrante radial, mejoró ostensiblemente, brillando en el espectro radiofónico y atrayendo a públicos de todas las edades y todos los sectores.

 

Miguel Ángel Granados Chapa, abogado y periodista, llegó a la Dirección de Radio Educación ya con una enorme experiencia en los medios, y con puntuales conocimientos de los avatares y vicisitudes que imperan dentro de la política nacional. Evidentemente, como condición para dirigir a una emisora cultural del Estado, el también escritor (quien posteriormente ingresaría como miembro de número a la Academia Mexicana de la Lengua) solicitó contar con absoluta independencia para ejercer sus funciones. El Acuerdo 21, expedido –a sus instancias– por la SEP, el 22 de noviembre de 1978, lo facultaba, legalmente, para tal efecto.

 

Doctor en Historia, por parte de la Universidad Iberoamericana, Granados Chapa ya publicaba, en aquel entonces, su famosa columna Plaza Pública (que después sería legendaria) y había pasado, de la subdirección editorial del malogrado Excélsior –de Julio Scherer– a la gerencia del importante semanario Proceso; luego sería director de diario La Jornada y recibiría innumerables premios; entre otros, el Nacional de Periodismo –en la especialidad de artículo de fondo–, el Premio Universidad Nacional –por la UNAM–, y la Medalla Belisario Domínguez, máxima condecoración que otorga el Senado de la República. Su experiencia y sensibilidad le permitieron detectar el enorme vacío que existía a lo ancho y largo del cuadrante radiofónico y proyectar acciones que, al menos en XEEP-1060 khtz, lo remediaran.

 

Transmitía ya, por supuesto, Radio Universidad, la emisora de la UNAM (para la cual, por cierto, Granados Chapa colaboraría luego, con su diario programa matutino Plaza Pública, hasta la víspera de su fallecimiento), creada en 1937 por la Dirección de Difusión Cultural de aquella casa de estudios. Esta estación universitaria, sin embargo, mantenía una programación fina y culta; apoyada principalmente –en lo musical– por obras de concierto y dirigida, efectivamente, hacia el público universitario. Sus locutores, sobrios y moderados, le daban un toque académico a sus transmisiones, y esto no era, en definitiva, lo que buscaba la emisora cultural de la SEP.

 

Granados Chapa supo rodearse por un equipo de excelencia en todos los rubros: el grupo de colaboradores necesario para que una emisora cultural, con las características que presentaba la XEEP, saliera adelante con éxito. A su lado, le franquearon el camino profesionales de la escritura y de la comunicación, tales como Miguel López Azuara, José Carreño Carlón y Pilar Orraca.

 

 

Del primero habría que señalar que fue compañero de Granados Chapa durante su paso por el matutino Excélsior, en donde se desempeñó como reportero, jefe de corresponsales y subdirector editorial. Dentro de Radio Educación, su experiencia y conocimientos al interior del área comunicativa serían los factores encargados de permitirle operar un proceso de apertura a la información y a la reflexión pública. López Azuara, posteriormente, destacaría también en el semanario Proceso; luego, como director de la agencia informativa gubernamental NOTIMEX y, recientemente, como Coordinador de Comunicación Social, en la Cámara de Diputados de San Lázaro.

 

José Carreño Carlón, por su parte, colaboró como comentarista dentro de la emisora. Su función, sin embargo, fue aún más importante, pues en la práctica fungió como asesor del director de la emisora. Abogado, por la UNAM y Doctor en Comunicación Pública, por la Universidad de Navarra, Carreño Carlón contaba, además, con una amplia experiencia como periodista, como académico y, también, como diplomático. Conocedor de los mecanismos que mueven los engranes gubernamentales, su aportación fue de primera importancia para lograr que la emisora conservara una postura independiente frente a las presiones que ciertas instancias –unas gubernamentales y otras privadas– dejaron sentir acerca del sentido social y popular que tomaron las producciones y la programación –toda ella– novedosa y atractiva. Así, al sintonizar diversas emisoras del cuadrante radiofónico, la calidad de sus emisiones habladas distinguía a Radio Educación por encima de las demás.

 

El caso de Pilar Orraca resultó –con el paso del tiempo– paradigmático como modelo de cuánto una estación radial puede alcanzar y lograr en el público radioescucha. Su programa nocturno inauguró un estilo –hasta ahora– siempre imitado y difícilmente igualado de locución en vivo. Vale la pena evocar (nos recuerda Rogelio Villarreal, en un artículo de su revista Replicante) la anécdota relatada, por el entonces reportero de la emisora Alejandro de la Garza, en su obra Espejo de Agua (Villarreal, 2011).

 

Corría el año de 1978 y el programa nocturno de Pilar Orraca gozaba de tanto éxito que, a solicitud de los propios radioescuchas, había extendido su duración hasta la una de la madrugada; ampliándose así, con ello, el horario de transmisión sesenta minutos más allá de la medianoche. Alejandro llegó a la emisora ya entrada la noche y topó, de pronto, con el tristemente célebre fundador (junto con José Agustín y Gustavo Sáinz) de la llamada –por obra baptismal de Margo Glantz– literatura “de la onda”: Parménides García Saldaña. El autor de El rey criollo había decidido, esa misma noche, declararle su amor a la conductora del muy escuchado programa nocturno Música y algo más.

 

No era, ciertamente, el único enamorado de la dueña de “aquella voz maravillosa y grave, capaz de transmitir una sensualidad nunca antes escuchada en la radio mexicana”. Parménides –prosigue Alejandro De la Garza– continuó, sumergido entre el alcohol y el tabaco su acelerado y veloz viaje hacia el inframundo, y falleció en septiembre de 1982 “víctima de circunstancias desafortunadas y también de sí mismo” (De la Garza, 2010).

 

Pilar Orraca, por su parte, acompañó a miles de radioescuchas a bien finalizar el trasiego de cada día; ella era la voz que le daba un reposo al diario devenir de las agitadas jornadas capitalinas, llenas de ejes viales, enormes camiones de transporte colectivo y el ruido maquinal de las enfebrecidas construcciones que menudeaban en aquel México ocupado, insensiblemente, en “administrar su riqueza”.

 

Cuando Josefina King, destacada periodista y productora de Radio Educación pregunta, en entrevista al exdirector de la emisora, qué expectativas tenía al llegar a dirigirla, Granados Chapa responde:

 

Muy anchas, porque me gustaba mucho la estación y era un momento en que se necesitaba subrayar el carácter de emisora pública con una programación distinta y opuesta a la programación comercial. Era una etapa en que la radio comercial estaba convertida casi únicamente en un tocadiscos. No había programación hablada en la radio comercial. Discos y anuncios eran los componentes de la radio comercial, y Radio Educación era una opción diferente, alternativa, frente a la radio privada. Y me propuse poner el acento, poner énfasis, en la programación hablada, en las radionovelas, en la creación radiofónica, que no se daba en la radio comercial (Sosa Plata, 2008: 72).

 

De esta manera, Granados Chapa resume cuál fue la directriz que privó, durante aquellos años, al interior de la emisora. Una línea de trabajo que adquirió proporciones místicas cuando halló eco en la propia visión que los trabajadores tenían del significado de una radio cultural al servicio de la comunidad. Y cuando éstos, animados más por una vocación de servicio que simplemente por los emolumentos devengados, pusieron todos sus sentidos, su voluntad y su fe, en sacar adelante un proyecto que impactara positiva y realmente a una comunidad ávida de cultura, información, conocimientos, arte y diversión.

 

 

Periodista de carrera y amante de la música y de la literatura, el director Granados Chapa supo entender las capacidades creativas de su equipo humano y aprovechar las facilidades técnicas que le brindaba un edificio construido no para adaptarse a funcionar como emisora radial, sino expresamente edificado para tal fin. Se rodeó entonces de periodistas, escritores, músicos, técnicos en ingeniería y artistas de diversas ramas para lograr –junto a un eficiente equipo administrativo– las metas que imponía el reto de conformar una emisora nueva para una ciudad joven y en franco crecimiento.

 

Porque no se trataba de cualquier ciudad, sino de una de las más grandes del mundo y capital de la República Mexicana. Políticamente, además, al país le hacía falta una moderna reforma que le diera cabida a nuevos modos de pensar y de actuar y, para ello, se requería de una sociedad informada con veracidad, y no solamente conformada (incluso, desinformada) por medios masivos dedicados, fundamentalmente, al lucro; por ello, Granados Chapa reflexionó, entonces, con las siguientes palabras: “La participación ciudadana requiere información, de tal manera que resulta pertinente ensanchar los espacios dedicados a la información y a la reflexión política dentro de la programación de la emisora” (Sosa Plata, 2008: 75).

 

Confiado en el respaldo que la apertura política brindaba a la sociedad, la administración de Granados Chapa se dedicó a fortalecer sus noticieros, estableciéndose, sus emisiones informativas, como referente a nivel nacional. Para ello, conjuntó un magnífico grupo de trabajo conformado por profesionales periodistas, duchos redactores, activos reporteros y experimentados analistas. Por otro lado, en cuanto atañe a la programación musical, ésta se dejó en las manos de verdaderos artistas; jóvenes académicos, músicos, musicólogos y melómanos. Inclusive, con la aportación de las personales discotecas de sus programadores musicales (hay que recordar que los cassettes apenas habían aparecido y los discos compactos aún no existían), la Fonoteca de Radio Educación ensanchó su caudal con una gran cantidad de excelentes títulos.

 

Por lo que toca a la producción de programas propios, la emisora contó con un grupo de jóvenes productores que escribían sus propios guiones, lo cual le daba una frescura inédita a sus emisiones (grabadas o en vivo). Había, por supuesto, actores de carrera grabando en los estudios; con ellos, y también con el lujo de las voces de la planta de locutores, se daba a cada transmisión el sello único de una radio nueva, joven, inteligente, y que, a la vez, apuntaba a la búsqueda de un propósito social y, ciertamente, educativo.

 

No se trataba, sin embargo, de  ofrecer lecciones o “clases” por la radio, sino de enseñar aprendiendo y de compartir, con el auditorio, la experiencia de una radio fresca e inédita dentro del espectro radiofónico: la radio había dejado de ser aquel “cuadrante de la soledad”, con emisiones verticales donde el emisor enviaba sus mensajes a un receptor pasivo, de una manera completamente unilateral, sin confirmar, siquiera, si sus canales de transmisión realmente funcionaban y si el escucha verdaderamente había oído lo que se emitía desde cabina.

 

Al equipo que dirigía el maestro Granados Chapa se sumaba, además, un eficiente grupo de técnicos –quienes laboraban día y noche desde la planta transmisora– y otro de ingenieros que controlaban las cabinas de grabación y de transmisión. También, la emisora contaba con un equipo de intendentes que no solamente cuidaban de las instalaciones sino que, además fungían como telefonistas, recepcionistas y ayudantes en cualquier eventualidad (de las que había muchas, por cierto) y quienes se presentaban, ineludiblemente, en una cuota puntual y diaria. Ahí estaban Edgar, Abraham, Ruperto, Lauro Cadena, Juan Villanueva y Raymundo Morales, a toda hora, pendientes de que la emisora funcionara como la casa de todos.

 

Operaba también un departamento de continuidad encargado, junto con el de monitoreo, de que la señal se mantuviera siempre fuerte y clara, que no faltaran los programas grabados en cabina ni la música programada en su correcto orden de aparición; que los noticieros entraran a tiempo y que no hubiera lagunas (espacios de silencio) al aire. La coordinación entre todos estos elementos dio frutos de inmediato: Radio Educación brincó en su rating y, luego de unos cuantos meses, prácticamente no había radioescucha, aficionado o eventual, que no supiera de su programación y que no tuviera un interés genuino en alguna de sus emisiones.

 

El éxito sorprendió a propios y extraños, los teléfonos en cabina no dejaban de sonar. Programas “en vivo”, como Kiosko –que se transmitía los domingos desde los jardines de la emisora, bajo la producción y conducción del locutor Eugenio Sánchez Aldana–  llenaban, con familias enteras hasta –incluso– el amplia área del estacionamiento. Muchos programas se convirtieron, así con su asidua y puntual transmisión, en toda una tradición radiofónica.

 

Conocedor de su experiencia caudalosa, de sus capacidades como productor y para poder enfocarse personalmente y de lleno en el área informativa, Granados Chapa nombró a Enrique Atonal como Subdirector de Producción y Programación, y con él se conformó un grupo de productores de primer orden.[1] Entre ellos sobresalían, con luz propia, profesionales de la radiodifusión como, Mario Díaz Mercado, Edmundo Cepeda, Felícitas Vázquez Nava, Mario Kuri Aldana, Juan Villoro, Jesús Elizarrarás, Martha Acevedo, Evodio Escalante, Laura Elena Padrón, Guadalupe Sánchez, Andrés de Luna, Diana Constable, Cruz Mejía, Guadalupe Pita Cortés, Alain Derbez, Maggie Bermejo, Guillermo Lagarde, Mónica Navarro, Verónica Rascón, Rolando Isita, Alicia Ibarguengoitia, Felipe Oropeza y muchísimos más.

 

Para el director de la emisora los principales logros fueron, por un lado, la consolidación jurídica que le permitió a la estación tener un presupuesto propio, “un presupuesto no satisfactorio en sí mismo, pero que ya le era asignado conforme a su situación jurídica. Y, luego, la ampliación y la apertura de espacios de discusión política, de reflexión informativa y política” (Granados Chapa, en Sosa Plata, 2008: 76-77).

 

Ciertamente, estos fueron grandes resultados, tanto desde el punto de vista administrativo como desde la óptica de servicio público. De esta manera, el aporte propiamente cultural al auditorio de radioescuchas fue, sencillamente, fabuloso. Tanto, que sería válido hablar de un antes y un después dentro de la radiodifusión mexicana a partir de la época del auge de Radio Educación.



[1] *  Este texto resultó ganador en el concurso organizado por el Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación con motivo de los 90 años de Radio Educación.

 

 

 



Lo último en Polvo de luz

 

Radio Educación en la época de Miguel Ángel Granados Chapa II
Juan Pascoe, impresor
Notas frías acerca de la teoría del ser y el encontronazo desde la perspectiva del maestro Elizondo
Las puertas de la percepción
Drac: el monstruo marciano que masticaba lentamente a sus presas sin abrir sus poderosas mandíbulas

 

 

 

Redes sociales