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Viernes, 23 de junio de 2017

Radio Educación en la época de Miguel Ángel Granados Chapa II
Escrito por Raúl Casamadrid

LA PALABRA Y LA MÚSICA EN RADIO EDUCACIÓN

 

La clave –si es que así se le puede llamar a esa llave mágica que catapultó a Radio Educación hasta alcanzar las preferencias del público radioescucha– para lograr el éxito como emisora, consistió en un perfecto equilibrio entre la palabra y la música.

 

Hasta entonces, en México, las estaciones de radio eran prácticamente una sinfonola con anuncios comerciales. Se repetían –dependiendo de la emisora en cuestión– una y otra vez las mismas canciones y, una y otra vez, los mismos anuncios comerciales (menos en la XEQK-AM, La Hora Exacta del Observatorio Astronómico de la Ciudad de México, que daba, cada minuto, la hora exacta; sin ninguna melodía y en medio de oleadas continuas de propaganda comercial). Las excepciones eran: Radio Universidad (UNAM) y XELA, la cual transmitía en amplitud modulada, en el rango de los 830 kHz, con el lema "Buena música desde la Ciudad de México"; era –esta última– una emisora de radio comercial mexicana que difundía música clásica internacional.

 

A esta fórmula cansina, animada por voces masculinas de locutores “gritones” se le unían, de vez en cuando, las transmisiones de eventos deportivos (partidos de futbol y de beisbol), noticieros con poca información y radionovelas (muchas de ellas, retransmisiones que se repetían al infinito). Las producciones frescas escaseaban y, los programas “en vivo”, prácticamente habían dejado de existir. La fórmula servía, sin embargo, para vender productos y para promocionar artistas de moda e intérpretes de melodías populares, tanto mexicanos como extranjeros.

 

Miguel Ángel Granados Chapa privilegió a la palabra (aunque nunca por encima de la música). Eligió a la palabra y la hizo su favorita porque le dio lugar a su contenido, a su significación. Fue su predilecta porque supo entender el notable contenido de las letras inteligentes, de las palabras que se hilan en frases que tienen sentido y que no pretenden imponer un discurso; sino que son herramientas para la discusión, el debate, la consciencia y el entendimiento. Para ello, forjó un equipo de profesionales de la información muy destacado. Baste decir que en este grupo de trabajadores de la comunicación estaban personajes como Miguel López Azuara, Verónica Rascón, Jorge Meléndez Preciado, Raúl Jardón, Juan Melgar, Josefina King, Esteban Martínez, Alejandro de la Garza, Adela González Revelo, Armando López Becerra, Víctor Sámano, Maricarmen Cortés; colaboradores de la talla de Julieta Campos, Francisco Martínez de la Vega, José Carreño Carlón, Hugo Gutiérrez Vega y muchos, muchísimos más.

 

La fuerza de las palabras, sin embargo, no se impuso dentro de la programación al aire de la emisora sobre del poder que la música ejerce y que, como un imán, atrajo a los radioescuchas. El equipo de programadores musicales de la emisora estaba constituido por verdaderos conocedores de las manifestaciones armónicas. Jóvenes, en su mayoría, que habían pasado por el Conservatorio y la Escuela Superior de Música, o por la academia –también– realizando investigaciones sonoras y de historiografía. La oferta musical de la emisora, sostenida por las cintas de su amplia Fonoteca y por las aportaciones de las propias discotecas particulares de los programadores musicales, llamó de inmediato la atención del conocedor radioescucha y fue la sólida base en donde se sustentaron una serie de programas originales que completaban las barras de programación.

 

Al encender la radio las ondas hertzianas transportaban hasta la casa, el auto, la oficina y el trabajo, manifestaciones musicales que muchas veces constituían una verdadera sorpresa para los oídos. Había música folklórica y autóctona, pero también obras de concierto y bossa-nova; jazz, rock, tango, rumba y trova; boleros y música infantil; composiciones avant-gard y música barroca; reggee, country, blues, cantos gregorianos y música trivial; mariachis, rancheras, norteñas, canto nuevo y música rupestre; en fin, todas las manifestaciones de un arte vivo que, inexplicablemente, tenían vedada su aparición en las estaciones difusoras de la radio comercial. Era una delicia pasar las horas, el día entero, acompañado de sonoridades tan exquisitas…

 

Y es que el depurado gusto musical de los programadores estaba por encima de toda discusión. Algunos de los integrantes de este departamento eran: Olga Durón, Tiki Bermejo –cantante, además, dueña de una voz privilegiada–, Graciela Ramírez, Marcial Alejandro –célebre compositor, ganador del Festival Internacional de la OTI­–, Anabella Solano –violoncellista–, Martha Nualart, Ricardo Pérez Montfort ­–musicólogo y reconocido historiador, director, luego, de la Revista de la Universidad Elia Fuente Pochard, Marta Romo –especialista en música para el público infantil– y Lourdes Ayluardo –quien posteriormente se desempeñara como Directora de Conservación y Documentación Sonora de la Fonoteca Nacional. Estos elementos fueron los responsables no solamente de construir barras musicales llenas de contenido emocional y calidad artística, sino también de musicalizar una enorme serie de programas –grabados y en vivo que alcanzaron a una alta cuota de escuchas.

 

Junto con la programación que se efectuaba desde la cabina central, ubicada en el edificio de Ángel Urraza, también se realizaban enlaces a control remoto, como los fabulosos conciertos desde el Palacio de Bellas Artes y las transmisiones in situ de fiestas tradicionales, como la que cada año se lleva a cabo, el día de La Candelaria en Tlacotalpan, el bello pueblo mágico y puerto fluvial de la cuenca del Papaloapan (cuna del maestro Agustín Lara), en el estado de Veracruz.

 

No podían faltar, tampoco, los programas especiales, generados desde los estudios de grabación –convertidos en cabinas de transmisión– hasta donde llegaron artistas de la talla de Alfredo Zitarrosa, Óscar Chávez, Amparo Ochoa, Rockdrigo, Guadalupe Pineda, León Chávez Texeiro, Eugenia León, Jaime López, Eugenio, Fernando y Cecilia Toussaint, la Camerata Rupestre, La Nopalera, don Arcadio Hidalgo con el Mono Blanco y muchos más.

 

Entre los departamentos de Producción y Programación y la cabina de locución estaban los encargados de la Continuidad de la emisora. Este departamento fungía como una especie de cadena de transmisión que velaba por que la señal al aire permaneciera ininterrumpida, coherente y cohesionada. Sus integrantes, siempre junto a la consola técnica y frente a la cabina, permanecían atentos a cualquier eventualidad. Ahí estaban Susana Vivanco, Sonia Riquer (especialista también en producción, musicalización y cinematografía), Luis Aguirre Beltrán (compositor e intérprete musical de finísima sensibilidad), Perla Gómez Caballero, Raúl Casamadrid y Cuitláhuac Hernández Matuk (quien desarrolló –al mismo tiempo– una importante labor sindical).

 

Ninguna estación de radio podría funcionar sin un eficiente equipo técnico; y, en este rubro, Radio Educación contaba con los mejores elementos. Ahí estaban, siempre “al pie del cañón” y encabezados por el ingeniero Alejandro Ortiz Padilla, los especialistas Gustavo Carreño, Alejandro Ramírez, Álvaro Mejía, Fructuoso López, Luis Luna (experto en temas deportivos), Alejandro Cárdenas (gran conocedor de la rumba y los sones tropicales) Froylán Rascón y varios técnicos más.

 

Resta, por supuesto, hablar del lujo de la emisora, del rostro que los radioescuchas reconocían y del cual, en el mejor de los sentidos, se enamoraban puntualmente: sus locutores. Ellos, quienes tenían la responsabilidad de hablar frente al micrófono diariamente, no eran improvisados parlantes. Con estudios profesionales y grandes capacidades actorales e histriónicas, los locutores de Radio Educación sabían modular la voz. Pero no solo eso: con ellos, por vez primera, una emisora capitalina tenía, en su cabina de transmisión y frente a los micrófonos al aire, a personas que no solamente leían tarjetas, repetían anuncios comerciales y recitaba el nombre de cantantes y canciones de moda (invitando –como se estilaba– al público a “votar” por su artista favorito y a solicitar “complacencias” y saludos enviados a novias, compadritos y amigos de la vecindad).   

 

Los locutores del 1060 del cuadrante no solamente sabían hablar bien sino que (¡oh, novedad!), también pensaban. Eran voces que verdaderamente comunicaban al escucha. No se limitaban simplemente a presentar las canciones o los programas; establecían un diálogo con su receptor; eran capaces de mantener esa comunicación activa y, además, de una manera agradable y amena. Ya no eran los gritos y las bromas chabacanas, sino la inteligencia, la fina ironía, el sano humor y los pensamientos lúcidos y llenos de sentido, plenos de significado, de cohesión y de coherencia.

 

Antes, el receptor de la radio mexicana era como un niño: oía atento cuanto brotara de las bocinas de su aparato receptor y luego lo repetía, sin querer, sin darse cuenta siquiera. Con las educadas voces de las locutoras y locutores de Radio Educación el radioescucha creció y llego a la mayoría de edad. Ya no era sólo una cascada de frases huecas y sin sentido, de palabras repetidas hasta la saciedad. Eran pensamientos con sustento, mensajes con significado que invitaban al diálogo, al debate y a la reflexión.

 

Con estudios en artes dramáticas y comunicación, los locutores y locutoras de XEEP eran capaces de transmitir no solamente lo que aparecía en los guiones y hojas de programación, sino aquello que le da peso a las palabras: intencionalidad, verosimilitud y personalidad. José Luis Guzmán, Eugenio Sánchez Aldana, Mario Díaz Mercado, Patricia Kelly, Emilio Ebergenyi, Andrea Fernández, Enrique Velasco, Angélica Aragón, Armando de León, Pilar Orraca, José Pepe González Márquez, Mario Kuri Aldana, María Eugenia Pulido y Marisa Escribano, entre otros, llenaron la atmósfera de la ciudad de México con el agradable timbre de sus claras voces.

 

El oído del radioescucha, acostumbrado a las rasposas palabras engoladas, fingidas y grandilocuentes de la radio comercial, no daba crédito al percibir en sus tímpanos el agasajo de las sedosas voces que estos profesionales del micrófono brindaban a través de las transmisiones.

 

Sin duda, hay otra aportación que esta emisora cultural brindó a su público radioescucha con gran éxito: la radio estaba huérfana al no ser capaz de emitir voces femeninas al aire. Radio Educación, en este sentido, también le obsequió, a la mujer, el espacio que le había sido negado con anterioridad en el interior de las cabinas y al frente de los micrófonos de transmisión.

 

Escuchar la plasticidad fónica y la belleza tonal de las voces femeninas, a través de la radio, se convirtió, gracias e estas locutoras pioneras, en un exquisito deleite que luego muchas radiodifusoras del cuadrante comercial, afortunadamente, decidieron imitar.

 

EPÍLOGO

 

Durante el tiempo en que Miguel Ángel Granados Chapa estuvo al frente de los destinos de la emisora de la Secretaría de Educación Pública algo cambió en la radio mexicana. La cultura, a través de las ondas hertzianas, dejó de ser una quimera y se convirtió en una realidad palpable. Una verdad no dedicada solamente al público académico, universitario y estudioso, sino a la población en general. Chicos y grandes, de todo origen y clase social, tuvieron a la mano  la verosimilitud que la música y la información puntual, sin maquillajes ni censuras, es capaz de brindar a niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad, independientemente de cualesquier grado académico o estrato social.

 

Granados Chapa fue capaz de comprender el desarrollo de este importante medio de comunicación y no descuidó nunca al radioescucha ni a sus trabajadores. Solucionó problemas internos, incrementó la audiencia y mantuvo siempre una línea de comunicación amplia y abierta, tanto al exterior como al interior de la emisora. La inercia del trabajo que encabezó trajo cosas buenas a su salida. José María Pérez Gay y Epigmenio Ibarra lograron estabilizar una muy productiva programación cultural. El primero, uno de los mejores escritores de su generación, fue un destacado traductor, académico y diplomático mexicano que, como subdirector de la emisora, resultó capaz de continuar abriendo espacios para la creación radiofónica de calidad. Epigmenio Ibarra, por su parte –también como subdirector–, incrementó la participación de los distintos equipos de trabajo, involucrándolos creativamente para que, de una manera autogestiva, se lograra mantener al aire una radio vanguardista y de calidad cultural.

 

Luego de que a principios de 1980, Granados Chapa entregara la estafeta a su sucesor, José Antonio Álvarez Lima, las prioridades de la emisora variaron su dirección. Conocedor del sistema político y de los medios de comunicación, Álvarez Lima estaba consciente de que la penetración de XEEP, la radio cultural del cuadrante era, en realidad, mayor de lo que se podía llegar a suponer. Con este factor en mente, el nuevo director intentó contener el avance de la emisora protegiéndola, al mismo tiempo, de posibles ataques políticos; especialmente, de los llegados de las propias esferas gubernamentales. Su carrera burocrática, sin embargo, fue luego en ascenso, convirtiéndose posteriormente en gobernador del estado de Tlaxcala.

 

 

El siguiente director, Héctor Manuel Ezeta –de paso efímero por la emisora– intentó controlar, sin ningún programa o proyecto, el trabajo creativo de los productores y programadores. Con poco conocimiento de los medios y muchas esperanzas en el sistema político, Ezeta logró desembarazarse pronto de esta dirección para ser premiado luego, por dichos esfuerzos, con la dirección de la importante agencia de noticias gubernamental NOTIMEX. Todo estaba listo para la llegada de otro funcionario quien, más que obedecer la directriz de la Secretaría de Educación, seguiría los mandamientos de la de Gobernación. Su labor, tristemente célebre, fue la de golpear al sindicato y censurar la programación. Así, bajo la administración del abogado Héctor Murillo, se incrementó absurdamente la planta laboral y se oficializó la barra programática. Solamente la fortaleza de los trabajadores logró salvar a la emisora de caer en una picada vertical y sin retorno.

 

La figura del maestro Miguel Ángel Granados Chapa, de por sí alta y luminosa, incrementó su resplandor aún más con el paso de los años. Sus logros personales, periodísticos, profesionales y académicos crecieron junto con él, y la brillantez de su discurso quedó inscrita, inclusive, al interior de la Academia Mexicana de la Lengua. Radio Educación, en la época de Granados Chapa fue, sin duda, la mejor emisora del cuadrante radiofónico; el cual dejó, desde entonces, de ser “el cuadrante de la soledad”.

 

Ciudad de Morelia, 12 de noviembre de 2014.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CURIEL, Fernando (1987). ¡Dispara, Margot, dispara! Colección La red de Jonás, México: Premiá Editora.

 

DE LA GARZA, Alejandro (2010). Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana. México: Cal y Arena.

 

GÁLVEZ CANCINO, Felipe (2002). “La radio mexicana de los setenta, una vigorosa sesentona”, Anuario 2001, UAM-X. 2002, pp.273-289.

 

GRANADOS CHAPA, Miguel Ángel (1986). Comunicación y Política. México: Océano.

 

ROMO, Cristina (1991). Ondas, canales y mensajes: un perfil de la radio en México. Guadalajara: Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO).

 

VILLARREAL, Rogelio (2011). “De alcaldes y poetas”, Revista Replicante. http://revistareplicante.com/de-alcaldes-y-poetas/ [Último acceso: 30.10.2007].

 

SHERIDAN, Guillermo (2012). “Archivo muerto”, Letras Libres, julio 2012, p. 102.

 

SOSA PLATA, Gabriel (2008). Radio Educación. La historia reciente: testimonios y remembranzas. México: CONACULTA.



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