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Miércoles, 27 de julio de 2016

EM (II): elecciones en un tiempo de profunda confusión.
Escrito por Arno Burkholder

Entre 1830 y 1850, México tuvo más de 30 presidentes, los cuales duraron menos de un año en el cargo en promedio. Pasamos por distintos sistemas de gobierno: monarquía (1821-1823), triunvirato (1823-1824), república federal (1824-1835, 1846-1853, 1855-1857), república central (1835-1846), y dictadura (1841-1842 y 1853-1855).

Todos los presidentes que tuvimos durante la primera mitad del siglo XIX podemos dividirlos en tres grupos: primero, aquellos que fueron provisionales y tuvieron que tomar el cargo porque el presidente electo había sido derrocado gracias a algún pronunciamiento militar. Los presidentes provisionales gobernaron entre algunos días y máximo un año, su paso por la historia fue muy fugaz y son un buen ejemplo de la inestabilidad que caracterizó a este periodo.


Tenemos también una serie de presidentes que llegaron al poder gracias a un proceso electoral, por lo que contaron con cierta legitimidad. Ellos son: Guadalupe Victoria (1824), Manuel Gómez Pedraza (1828), Antonio López de Santa Anna (1833, 1843, 1846), Anastasio Bustamante (1837), José Joaquín de Herrera (1848) y Mariano Arista (1851). De todos ellos sólo Victoria y De Herrera lograron terminar su cuatrienio. Todos los demás cayeron víctimas de los pronunciamientos, que en otras ocasiones ellos mismos provocaron.

De hecho, es más grande la lista de gobernantes que llegaron al poder arengando a las masas en lugar de competir de acuerdo a algún reglamento electoral.

El primero de ellos fue Iturbide, quien se convirtió en emperador gracias al Plan de Iguala; le siguen los miembros del triunvirato de 1823 y 1824, (Plan de Veracruz y Plan de Casa Mata) y Vicente Guerrero en 1829, vía el Plan de Perote y la Rebelión de la Acordada.

Más adelante tuvimos a Anastasio Bustamante en 1830-1832 (Plan de Jalapa), Manuel Gómez Pedraza en 1833, con los plantes de Veracruz, Lerma y Zacatecas, y Antonio López de Santa Anna en 1841-1843 vía los planes de Guadalajara, La Ciudadela y Perote.

Luego vino José Joaquín de Herrera en 1844-1845, gracias al Plan de Jalisco y la Revolución de las Tres Horas; Mariano Paredes y Arrillaga en 1845-1846 vía el Plan de San Luis Potosí y otra vez Santa Anna en 1846 con otro Plan de La Ciudadela.

Juan Alvarez e Ignacio Comonfort llegarían al poder en 1855 gracias al Plan de Ayutla, pero antes tendríamos una vez más a Santa Anna en el poder, gracias al Plan de Blancarte.

Este despelote nos muestra la complejidad política que vivió México a principios del siglo XIX: para empezar, la clase política era muy pequeña, y aquellos que eran vistos como "los hombres providenciales" que podían salvar a la república eran muy pocos (concretamente Iturbide, Victoria, Gómez Pedraza, Guerrero, Bustamante, Santa Anna, De Herrera, Paredes y Arista). Nueve gobernantes "importantes" más un gran número de provisionales.

También nos muestra que el juego del poder en México dependía de dos instrumentos muy complejos que se combinaban para mantener andando al país. Por una parte estaban las elecciones, pero también existieron los pronunciamientos, definidos como la apelación que hace una parte de la élite a la opinión pública, para que se sumen a su movimiento y alcancen algún objetivo político.

Los pronunciamientos (hubo cientos durante esta etapa de nuestra historia) se realizaban por muy distintos motivos, pero con objetivos tremendamente similares. Aquí no importa que se hicieran para quitar del poder a fulano y poner a zutano, lo que hay que destacar es que casi todos tuvieron por objeto "defender la constitución", o "representar la voluntad ignorada del pueblo".

Estos movimientos civiles y militares pretendían entonces que la gente se sumara a ellos para protestar por lo que consideraban una "actuación anticonstitucional" por parte del gobierno.

Lo interesante del caso (y una característica radical de este siglo XIX) es que los pronunciamientos no eran golpes de Estado; no se pretendía quitar a los gobernantes para comenzar de nuevo. Los pronunciamientos intentan (a pesar de lo paradójico que suene), restablecer el orden jurídico que constantemente se perdía a resultas de los fraudes, los intereses y la corrupción.

los políticos del siglo xix, a pesar de todos sus defectos, tenían una profunda confianza en la ley. Creían que, si lograban promulgar una constitución que contuviera las mejores leyes posibles, la sociedad mexicana se apegaría a ella y de este modo dejaría atrás las rencillas y podría progresar.

Los políticos no obedecían la ley. No podían (ni querían) hacerlo, puesto que para conservar el poder debían ser parte de un complejo entramado extralegal en el cual se combinaban los intereses públicos y privados, las relaciones personales y la corrupción.

Sin embargo, nunca dejaron de creer que, si tuvieramos una "ley correcta", el país mejoraría. Iturbide intentó tener una constitución imperial, pero fracaso. Fue hasta 1824 cuando tuvimos la primera "ley fundamental" mexicana. Una constitución federal que le daba mucho poder a los Estados y al Poder Legislativo, y dejaba a la Presidencia casi como un ornamento. 

En 1836 se promulgó una nueva constitución intentando contrapesar el poder de los Estados y las Cámaras. Ahora serían departamentos y cada gobernador sería nombrado por el presidente de la república. Pero además se intentó limitar la condición de ciudadano a aquellas personas que supieran leer y escribir, además de que tuvieran por lo menos 100 pesos al año para subsistir. 

La intención era dejar afuera a todos los pobresm quienes no tenían la menor idea de lo que era México, pero sí eran muchos, y podían usarse para manipular las elecciones. 

Porque además, y a pesar de todo el embrollo político y los levantamientos, siempre se realizaron elecciones. El metodo indirecto de votación siguió usándose, como una herencia de la Constitución de Cádiz de 1812, y un montón de problemas que aparecieron a principios del siglo XIX seguían allí varias décadas más tarde. 

Las elecciones eran controladas por los funcionarios de cada casilla, quienes decidían sin ningún problema quién podía votar y quién no. Los grupos de poder en cada región se reunían para "promocionar" a sus candidatos, con los cuales se elaboraban listas que se repartían entre la población para que supieran por quién votar (y por lo cual recibían algunas monedas, un taquito de barbacoa y un jarrito de pulque).

Los pobres eran usados para que ganaran los candidatos correctos o para apoyar los pronunciamentos. Sin embargo, era un mecanismo delicado que fácilmente podía salirse de control. Cuando el Partido Yorkino se levantó en armas en 1828 para que Manuel Gómez Pedraza, sus "operadores políticos" sacaron a un gran número de pobres a manifestarse frente a Palacio Nacional. Pero esta turba (que además estaba borracha), se lanzó sin freno contra El Parían, un edificio lleno de pequeños comercios que estaba a la mitad de la Plaza de la Constitución, y no dejaron piedra sobre piedra. 

La destrucción de El Parían impactó a la clase política mexicana, ya que se dieron cuenta de que la masa podía salirse de control fácilmente, pero no por eso dejaron de usarla para ganar las elecciones o armar pronunciamientos. Muchas de esas costumbres siguen hasta el día de hoy, pero otras cambiaron cuando una nueva generación de políticos llegó al poder enarbolando la Constitución de 1857. De todo eso te platicaré la próxima semana.



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