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Miércoles, 27 de julio de 2016

Ascenso al Castillo de Chapultepec
Escrito por No disponible

José María Velasco, El Castillo de Chapultepec, 1878 (fragmento),

óleo sobre tela, Colección Museo Nacional de Arte, CONACULTA-INBA.

 

 

Había que hacer largas caminatas para llegar a mi trabajo como restauradora en el Museo Nacional de Historia "Castillo de Chapultepec". Cruzaba una parte de la primera sección del Bosque saliendo del metro o desde la puerta de Gandhi por Avenida Reforma donde te recibían las rejas que “son verdes, son verdes, nomás para usted”. Especialmente agradable era caminar los lunes por la mañana cuando el Bosque y el Museo permanecían cerrados al público. No había nadie, no pasaba nada, salvo el Bosque y sus habitantes. Antes de las siete, todavía quedaba un leve rocío, fresco y ligero, previo al amanecer. Si en la noche había llovido, el rocío se tornaba en densa y misteriosa bruma que vagaba entre los ahuehuetes y las columnas del Monumento a los Niños Héroes.

 

Para el ascenso a “El Castillo” había dos posibilidades: subir por la rampa principal de acceso haciendo uso del famoso trenecito, o bien, aventurarme por la escalera de Carlota, la de Maximiliano de Habsburgo. Utilizar la escalera me parecía especialmente emocionante: requería un especial esfuerzo equilibrarse por un sinuoso camino de escalones irregulares casi oculto entre la vegetación de un cerro sin cuidado de jardinero alguno. Después de unos quince minutos por fin se vislumbraba el inmueble que alberga la Dirección de Estudios Históricos del INAH, a un costado de la Galería del Caracol y a unos pasos de la rampa y la puerta de hierro que resguarda la entrada al Alcázar. Me gustaba mucho subir por ahí, tan trabajosamente, imaginando historias de amores clandestinos, locura y espionaje como si de Noticias del Imperio se tratara.

 

En el Museo Nacional de Historia todo parecía tener un dueño y una anécdota. En el transcurso de un año lavé la vajilla de Carmen Romero Rubio, armé y desarmé el carruaje de Benito Juárez, pulí el sable de Porfirio Díaz, zurcí la casaca de Miramón, reparé el abanico con plumas de avestruz de Carlota y barnicé el retrato de la esposa del general Santa Ana, entre otras tantas restauraciones que se efectuaron en el taller. Difícil creer que sólo pueda accederse a la historia mediante la sapiencia de los libros cuando se han tenido entre las manos todos estos objetos que tanto tienen de cotidiano como de memorioso.   

 

Pero si bien todo objeto cuenta una historia, los objetos son, ¿cómo decirlo?... mudos. Hacen falta intérpretes que los hagan “hablar”. Es ahí donde entramos los profesionales de los museos: investigadores, historiadores, museógrafos, arqueólogos, curadores, educadores, diseñadores, arquitectos, restauradores, almacenistas, administradores, custodios, guías y un larguísimo etcétera que día a día trabajamos en los museos nacionales para que la gente como tú y como yo pueda acercarse al pasado desde el punto de vista de la historia material, es decir, el de la historia contada a través de los objetos.

 

En mi recuerdo, regreso con frecuencia al Castillo de Chapultepec. Recorro nuevamente su galería de vitrales emplomados, camino por el salón de malaquitas, me pierdo entre los murales de Siqueiros, subo al “Generalito” para observar las estrellas y desciendo ceremoniosamente por la escalera de leones. Por último, tomo asiento en una banca de mármol junto a la barandilla del Alcázar y desde ahí contemplo la ciudad de México: “un bosque de espejos que cuida un castillo”.



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