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Miércoles, 27 de julio de 2016

Tres mentiras sobre cultura y desarrollo social
Escrito por No disponible

Alexandra Grablewski. Paper dolls. Getty Images. 

 

 

La primera de las grandes mentiras que he escuchado acerca de la cultura es sobre su carácter elitista, incomprensible, actividades propias de los ratones de biblioteca o esnobs de la ópera y del ballet. Esta postura afirma que los beneficios culturales sólo sirven a los artistas y comerciantes del arte, a los que asisten a conciertos y exposiciones artísticas. Desde este punto de vista, la promoción e inversión en cultura es cuestión de manirrotos desocupados que no conocen las verdaderas necesidades del pueblo. 

 

Una segunda mentira que he escuchado una y otra vez sobre cultura y desarrollo social es que una comunidad no debería tener acceso a lo “superfluo” cuando aún no ha solucionado sus necesidades básicas. Se cree que primero hay que inaugurar hospitales y escuelas, pavimentar calles y tender alumbrado público y que después, una vez logrado todo esto, tal vez se pueda llegar a considerar el construir conservatorios, universidades, teatros, bibliotecas, museos… sí y sólo sí, todos tienen su canasta básica competa.

 

Por último, la tercera mentira que circula por ahí sobre este tema es que para los niños y jóvenes estudiar alguna disciplina artística, cultural o humanística es una pérdida de tiempo. Este argumento juzga a los intelectuales como mantenidos sin nada mejor que hacer, llama ilusos a aquéllos que patrocinan las artes, la creación o la investigación y considera engorrosa e inútil la labor de rehabilitar antigüedades y vetustos edificios (¿no sería mejor tirarlos y ya?). Esta mentira sostiene que lo que este país realmente necesita son jóvenes dedicados a ocupaciones de las llamadas productivas, carreras modernas y económicamente rentables.

 

Héctor Ariel Olmos nos dice en su libro Cultura: el sentido del desarrollo lo siguiente: “Hoy, en diversos foros internacionales de política cultural, se afirma y se promueve la concepción de cultura como dimensión esencial del desarrollo integral de los pueblos y se ostenta, como principio universal, la promoción de los derechos culturales como parte fundamental de los derechos humanos, elemento ineludible de las nuevas formas de relación de los individuos y las comunidades”.

 

El fenómeno de la cultura es un eje transversal que cruza todos los campos de lo humano: economía, política, academia, turismo, entretenimiento, educación, ciencia, historia, sociedad y un larguísimo etcétera. La cultura no es un medio al servicio de un fin, en este caso el llamado progreso social, sino que es un bien valioso por sí mismo. La cultura es dinámica y es diacrónica, anida en lo profundo de nuestras identidades pero se nutre de la innovación.

 

La cultura no tiene un papel instrumental sino que es la base de los mismos fines que persigue. Ante la disyuntiva ¿hospital o museo? No hay opción, se debe invertir en los dos, al mismo tiempo. La cultura es un aspecto intrínseco al desarrollo social, no un resultado obtenido a partir de éste o un paso previo para alcanzarlo. La cultura nos ayuda a construir sentido del mundo, y para mí, no puede haber mejor argumento que éste.



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