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Miércoles, 27 de julio de 2016

El caso Gelman (primera parte)
Escrito por No disponible

Desde finales del año pasado hemos visto como la controversia sobre la legítima propiedad del acervo de la Colección de Jacques y Natasha Gelman se sigue complicando más y más. Esta colección, inigualable en calidad artística y altísimo valor económico, conformada por magníficos ejemplos del arte mexicano e internacional, indispensable para entender el devenir de la historia del arte en el siglo XX; está a punto de esfumarse en el retorcido laberinto de la polémica.

 

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Como consecuencia del litigio legal que enfrenta, una parte del acervo tuvo que ser retirada de lo que parecía ser su sede definitiva: el Museo Muros de Cuernavaca, recinto que la había albergado desde el año 2004. En la actualidad esas obras permanecen resguardadas en un sitio alejado del ojo público, además que todos los compromisos de itinerancia anteriormente adquiridos fueron suspendidos de manera indefinida. Aún así hay otra parte de la Colección Gelman que continúa localizable, esto gracias a que se encuentra exhibida en el Museo Metropolitano de Nueva York. El conflicto parece tener su origen en la sucesión testamentaria a partir del fallecimiento de Natasha Gelman, acontecido en 1998. Sin embargo, revisando los antecedentes del caso, la situación se revela mucho más compleja.

 

Pero primero es necesario hacer un poco de historia. Natasha Zahlaka Krawak (1911–1998) era una emigrante judía, originaria de la República Checa. En uno de sus viajes a México en 1938, conoció a Jacques Gelman (1909-1986), un distribuidor y luego productor de películas. En 1941 Jacques Gelman se asoció con Santiago Reachi para producir lo que sería el primer largometraje protagonizado por Mario Moreno “Cantinflas”, de título Ni sangre ni arena, dirigida por Alejandro Galindo. El éxito en taquilla fue arrollador, por lo que Reachi, Gelman y “Cantinflas” fundaron la compañía Posa Films (Publicidad Organizada S.A.). Las enormes ganancias provenientes de esta provechosa sociedad le permitieron entonces a los Gelman iniciar una colección de arte que poco a poco se vio acrecentada tanto por la obra europea que adquirían en sus viajes a Nueva York, como por los encargos realizados a los artistas mexicanos más importantes de su momento.[1]

 

Entre estos encargos se encuentran varios retratos de Natasha, destacándose aquellos realizados nada más y nada menos que por Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Ángel Zárraga y Rufino Tamayo. Posiblemente el primero que ingresó a la Colección Gelman fue aquél que pintara Frida Kahlo en 1943, y el cual se ilustra aquí.

 

Al momento de la muerte de Jacques Gelman en 1986, el acervo ya tenía personalidad propia.  Primero, se destacaban las noventa y cinco obras de autores como Frida Kahlo, Rivera, Siqueiros y Tamayo; a los que se agregaron nombres como el de Manuel Álvarez Bravo, Leonora Carrington, Francisco Toledo, Gunther Gerzo, María Izquierdo, Carlos Mérida y José Clemente Orozco, por sólo mencionar algunos.  En cuanto a la obra extranjera vale la pena enfatizar que los Gelman se inclinaron a adquirir piezas relacionadas con la escuela de París y el entorno del surrealismo y el cubismo. Con su enorme fortuna compraron obras de Pablo Picassso, Giorgio de Chirico, Juan Gris, Salvador Dalí, Fernand Léger, Henri Matisse, Pierre-Auguste Renoir, Georges Braque, Balthus y Joan Miró, algunos de entre un largo e impresionante etcétera.[2]

 

Las notas periodísticas relacionadas al caso coinciden en que fue en 1993 cuando Natasha Gelman firmó un testamento en el cual estipulaba que la colección mexicana pasaría a manos de su amigo -y desde ese momento albacea- Robert R. Littman, entonces director del ahora desaparecido Centro Cultural Arte Contemporáneo. En cuanto a las obras europeas, la señora Gelman decidió en 1997 que el total sería donado al Museo Metropolitano de Nueva York bajo la condición de que fuera exhibido en una galería ex profeso y con el crédito correspondiente, además que era primordial que el conjunto nunca fuera disgregado para formar parte de otros discursos curatoriales.
 
Después de 1998, y ya bajo la custodia de Robert R. Littman como albacea y de Magda Akle como curadora, la colección siguió creciendo, por lo que actualmente sobrepasa las trescientas obras.[3]Entre las nuevas adquisiciones –solventadas con los fondos generados por el préstamo de las obras- se encuentran autores contemporáneos como Marco Arce, Betsabé Romero, Francis Alÿs, Jan Hendrix, Graciela Iturbide, Gabriel Orozco, Gerardo Suter, Paula Santiago y Miguel Calderón.
 
El fallecimiento de Natasha Gelman y el inicio de esta nueva etapa coincidieron con la desaparición del Centro Cultural Arte Contemporáneo,  un recinto que fuera el primero en mostrar el acervo y que posteriormente resguardaría en sus depósitos la colección hasta su inevitable cierre en octubre de 1998.
 
A partir de ese año llegaron tentadoras propuestas a la Colección Gelman. Gerardo Estrada, entonces director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), manifestó su agrado al periódico La Jornada en febrero de 1998 sobre la posibilidad de albergar la colección de pintura mexicana de Jacques y Natasha Gelman en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), un recinto que se encontraba enfrascado en el ambicioso proyecto de restructuración MUNAL 2000. En esta misma nota se menciona que Littman comentó no tener ninguna prisa para tomar una decisión en cuanto al nuevo hogar para la colección Gelman. Acerca de un posible trato con el MUNAL, Littman comentó que no le gustaría que la colección acabara ``nacionalizada'', que ``entre a un museo nacional y ya no salga''. Y prosiguió: “quien quiera tener la Gelman tendrá que respetar tres condiciones básicas: que se quede en México, que la obra se mantenga junta y que se conserve el nombre original”.[4] Como hoy sabemos, el trato  con el MUNAL no acabó por concretarse, ya fuera por los intereses de una u otra parte; aunque lo que sí quedó bastante claro en 1998 fue la desconfianza con la que Littman se expresaba de las instituciones públicas del país.
 
En los cuatro años subsecuentes, la Colección Gelman se embarcó en una exitosa gira por varios museos del mundo. Dadas las características del acervo, formado en gran parte por autores protegidos mediante declaratoria de patrimonio histórico artístico como lo son Kahlo, Siqueiros y Rivera, hubiera sido prácticamente imposible emprender este recorrido sin contar con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) y del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), ambos encargados de extender los permisos correspondientes para la exportación temporal de este tipo de obras. De alguna manera u otra, la Colección Gelman contaba con lo mejor de dos mundos: el apoyo de los organismos estatales y el reconocimiento internacional que merecía.
 
Mientras tanto, en México se seguían barajando las opciones para encontrar un destino final a la codiciada Colección Gelman. Tal vez sorpresivamente, la balanza se inclinó hacia el nuevo Museo Muros de la ciudad de Cuernavaca, Morelos. Un recinto que, por puro mérito propio, había surgido en medio de la controversia y el cuestionamiento público. Pero quiero dejar esta parte de la historia para la siguiente entrada sobre el caso de la Colección Gelman, donde  ahora sí, espero que entremos de lleno en el tema del litigio legal que actualmente enfrenta este acervo.
 
 
FRIDA KAHLO (1907–1954)
Retrato de Natasha Gelman, 1943
Óleo sobre masonite
30 x 23 cm.
Colección de Jacques y Natasha Gelman

 

 


[1] JUAN RAFAEL CORONEL RIVERA. “Retrato de Natasha Gelman” en Frida Kahlo. Homenaje Nacional 1907–2007. Catálogo de la exposición. INBA. México, 2007. p. 236
[3] ROBERT R. LIPPMAN. “Introducción: una colección regresa a casa” en La Colección Gelman: selecciones. La colección de arte mexicano moderno y contemporáneo de Jacques y Natasha Gelman. Museo Muros / Fundación Vergel. México, 2004. P. IX

[4] La Jornada. 29 de octubre de 1998. 

http://www.jornada.unam.mx/1998/10/29/cul-gelman.html

 



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