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Miércoles, 27 de julio de 2016

El caso Gelman (Segunda y última parte)
Escrito por No disponible

Como comentaba en la anterior entrada, la colección mexicana de Jacques y Natasha Gelman parecía haber encontrado en Muros de Cuernavaca su morada definitiva después de haber deambulado varios años por los museos del mundo. En el texto “Una colección regresa a casa” que forma parte del libro editado con motivo de la llegada de este acervo a Morelos, Robert R. Littman escribe: a pesar de que durante los cuatro años de gira se logró con sorprendente éxito conservar el acervo en buen estado, era urgente encontrar una solución más duradera para su exhibición. Gerardo Estrada, entonces director de asuntos culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, quien conocía las restricciones establecidas por Natasha y sabía, además, que Cotsco de México y Comercial Mexicana estaban desarrollando un complejo comercial en Cuernavaca, planteó la posibilidad de que ambos convergieran.[1]

 Muros a su vez también había surgido en medio de una controversia. La mega tienda de Costco-Comercial Mexicana se había construido contigua a ese predio a costa de la existencia del Casino de la Selva, un inmueble de valor histórico–artístico que fuera célebre por albergar en su interior obras murales de José Reyes Meza y José Renau.[2] Sin embargo, esto no fue impedimento para que se creara la Fundación Cultural Parque Morelos en el 2002 y que Muros se inaugurara en el 2004 bajo la gubernatura de Sergio Estrada Cajigal.[3] 

Para ese entonces, Robert R. Littman, además de presidente y director de la Fundación Vergel, poseedora y administradora de la Colección Gelman, era también miembro de la Fundación Cultural Parque Morelos, organismo encargado de supervisar las instalaciones de Muros, y de la cual también formaba parte el grupo Costco-Comercial Mexicana.[4] 

Pero a pesar de este promisorio panorama, pocos años después aparecerían algunos oscuros nubarrones en el horizonte. En el 2006, se dio el primer reclamo sobre la propiedad legal del acervo. En esa ocasión, sobre aquél que había sido legado al Museo Metropolitano de Nueva York. Mario Moreno Ivanova, hijo de “Cantinflas”, interpuso un recurso mediante el cual argumentaba que Jacques Gelman lo había nombrado heredero en caso de muerte de Natasha.También impugnaba que el apoderado legal, Littman, se había aprovechado del supuesto Alzheimer de la viuda para obligarla a entregar los derechos. El asunto no llegó a mayores porque el Tribunal Superior de Justicia del DF desestimó la causa dado lo extemporáneo de la demanda, por lo que el caso ya había prescrito.[5] 

En el mismo 2006 aparece en Estados Unidos para impugnar el testamento Jerry Jung, un primo en quinto grado de Natasha Gelman. Aunque este reclamo tampoco prosperó debido a la lejanía del parentesco, del asunto se destaca que la querella fue presentada por los abogados mexicanos Enrique Fuentes de León y Enrique Fuentes Olvera. La honestidad del despacho que encabezan ya había sido fuertemente cuestionada con anterioridad, entre otros asuntos debido a su relación con el secuestro y posterior desaparición sin resolver de Nellie Campobello. 

Volviendo al testamento de Natasha Gelman, éste sí incluía una clausula en la cual se heredaban diez mil dólares a un familiar suyo: su medio hermano Mario Sebastián Krawak. Esta cantidad no pudo ser entregada con oportunidad debido a que Littman no localizó al personaje en cuestión. 

Sin embargo, y gracias al estratégico apoyo de la guía telefónica, los abogados Fuentes de León y Fuentes Olvera sí pudieron encontrar al Sr. Krawak, quien en ese momento se encontraba en una difícil situación económica y con una salud muy deteriorada. En el artículo de la revista Nexos,[6] se afirma que los abogados pagaron veinte mil dólares al enfermo a cambio de que éste les firmara la cesión de derechos de la herencia que le correspondía. Al día siguiente, en febrero del 2008, fallecía Mario Sebastián Krawak.

Dicha cesión de derechos fue la llave que abrió par en par la puerta para que estos abogados entraran en abierta disputa por la herencia de la colección. Acto seguido, Fuentes León presentó elementos para un juicio sucesorio solicitando la remoción de Robert R. Littman como albacea y la nulidad de todo lo acordado bajo su nombre. Increíblemente también pidió el reconocimiento de su hijo, Enrique Fuentes Olvera, como nuevo albacea y heredero universal. 

Esta cascada de desafortunados acontecimientos obligó a Robert R. Littman a dar por terminada su participación en la Fundación Cultural Parque Morelos. A los pocos meses, en mayo del mismo año, Muros de Cuernavaca cerraba la exhibición de la Colección de Jacques y Natasha Gelman. El albacea tomó la no menos controvertida decisión de ocultar las piezas hasta que el litigio concluyera y abandonó el país para avecindarse en Nueva York de manera indefinida. Supongo que fue en el transcurso de esos meses que se concretaron las negociaciones para traer a Cuernavaca El Papalote, Museo del Niño, el cual abrió sus puertas al público en diciembre del año pasado. 

Paralelamente a este movimiento, la jueza Cecilia Santos Herrera, inexplicablemente dio la razón al despacho de los Fuentes y revocó los derechos de Littman sobre el legado. Ante esta decisión, los abogados de la causa Gelman, el despacho García Alcocer, argumentaron ilegalidad y arbitrariedad; por lo que presentaron un recurso al Consejo de la Judicatura para la remoción de la juez, acción que les fue concedida el pasado 8 de enero. El caso será ahora retomado por un nuevo juez a quien le tocará decidir en manos de quien queda el acervo.[7] 

El acoso del que ha sido objeto la Colección de Jaques y Natasha Gelman en los últimos meses, y en especial, en el cuestionamiento sobre la capacidad y legitimidad del albacea designado por los coleccionistas, es a todas luces un acto desmedido e indignante. Sin embargo también creo que bien podría haber sido evitado con oportunidad. 

Por lo que hemos visto pareciera ser que Jacques y Natasha Gelman dejaron demasiados cabos sueltos en cuanto a su legado se refiere. Desde la reticencia de Natasha Gelman y Robert R. Littman hacia las instituciones públicas de México como su exceso de confianza en el dictado de un testamento como documento único destinado a la gestión de sus cuantiosos bienes. 

Lo más interesante del caso Gelman hasta el momento es la serie de preguntas que ha levantado: ¿Las colecciones privadas son origen para el mejor provecho económico? ¿O pueden llegar a ser una fuente de disfrute y conocimiento? ¿Qué ocurrió verdaderamente en la negociación entre el Museo Metropolitano y el albacea con respecto a la sección “europea” de la Colección Gelman? ¿Era ese su mejor destino, en Estados Unidos, cuando la colección la habían reunido unos empresarios que claramente habían hecho su fortuna en México? ¿Tal vez en el país vecino la cultura sobre coleccionismo está más avanzada que en México? ¿Será ese acaso el destino final de la otra mitad de la herencia? ¿Ser vendida al mejor postor? ¿Qué va a pasar con las obras protegidas por declaratoria como las de Kahlo, Rivera y Orozco? 

En fin, que resulta evidente que el patrimonio cultural necesita de agentes administradores y gestores que contribuyan verdaderamente a su mejor preservación, estudio y difusión. Para esta finalidad existen en nuestro país distintos esquemas que se han puesto en práctica desde el ámbito público, privado y mixto. Ninguna de las anteriores es perfecta en sí misma, pero lo que si debe entenderse es que son modelos ordenadores que tienen como referente un marco de legal. 

En dado caso que la colección cambiara de manos, ¿cuál podría ser su destino final? ¿La subasta en el extranjero? ¿La exhibición privada? De cualquier manera me parece sumamente improbable que en el futuro cercano podamos volver a ver alguna de estas obras en un museo exhibidas al público común y corriente. También creo sinceramente que ningún museo o espacio cultural en México o en el extranjero llegue a aceptar en compra, donación, préstamo, legado o intercambio, ninguna de estas obras que están perfectamente documentadas como de la Colección Gelman y que habrían sido objeto de expolio. 

Para terminar, vale la pena mencionar que el código de deontología del ICOM (Consejo Internacional de Museos) es muy claro a este respecto. Para que una obra forme parte de una colección museística resulta indispensable contar con un título válido de propiedad de la misma, lo que se entiende por el derecho indiscutible sobre un objeto, respaldado por sus antecedentes documentales completos desde el momento en que fue creado. Este es uno de los principales argumentos que debemos hacer valer en nuestras instituciones cuando elaboramos una política de adquisición o cesión de colecciones. Entonces, ¿quién es el verdadero dueño del patrimonio que legaron Jaqcues y Natasha Gelman? 

 

 

DIEGO RIVERA (1886–1957)

Paisaje con cactus, 1931

Óleo sobre tela

125.5. X 150 cm.

Colección de Jacques y Natasha Gelman

 

 

[1] ROBERT R. LIPPMAN. Ibid. p. IX

[2] Casualmente en esta misma semana se ha comentado que posiblemente la Comercial Mexicana deba vender su participación en Costco para saldar parte de los problemas económicos que enfrenta.

[4] ROBERT R. LIPPMAN. Ibid. P. IX

[5] ARELI QUINTERO. “El botín de los Gelman” en la revista Nexos en línea. Número 375. Marzo de 2009. http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&article=237

[6] ARELI QUINTERO, Ibid.

[7] ARELI QUINTERO, Ibid.



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