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Miércoles, 27 de julio de 2016

¡Viva La Habana Libre!
Escrito por No disponible

 

Mi primer sábado en la ciudad de La Habana fui a Coppelia, la fuente de sodas que se hiciera célebre en México gracias a la película “Fresa y chocolate”. La heladería Coppelia se encuentra en el corazón del Vedado, un barrio con calles de traza perfecta y vetustas mansiones señoriales abandonadas por aquéllos que ahora viven en Miami. El Vedado se identifica por la Universidad de La Habana, el Hotel Habana Libre donde Fidel Castro hiciera su cuartel general durante la Revolución en 1959 y el nostálgico Cine Yara, punto de reunión de los “cocotaxis” amarillos y la movida gay nocturna.

 

El motivo principal de mi visita –además de comer helado y abordar un cocotaxi–, era el asistir al seminario de especialización “Los museos: sus conceptos, definiciones y usos” el cual se impartió en el Centro de Conservación, Restauración y Museología, mejor conocido por sus siglas como CENCREM el cual tiene como sede el antiguo convento de Santa Clara, ubicado en La Habana Vieja, el núcleo urbano más antiguo de la ciudad. El cuerpo docente era especializado en teoría museológica, legislación, historia del coleccionismo y los museos; comunicación, museografía, conservación preventiva, documentación, animación socio-cultural e interpretación del patrimonio. Por las tardes, la teoría aprendida en las aulas se complementaba con visitas en compañía del profesorado a varios museos de la ciudad.

 

En el sentido ideológico, los estudios museológicos en el CENCREM siguen por la vía del discurso dialéctico, donde la dictadura del proletariado –en este caso identificado con la figura abstracta de “la comunidad”– es origen, sentido y objetivo último del quehacer museístico. Parafraseando un poco a Fidel Castro: todo dentro de la Revolución, nada fuera de la Revolución (incluyendo al museo, por supuesto). Sin embargo, y muy a favor de la ideología detrás de la gestación del museo cubano posrevolucionario, este concepto centrado en la comunidad no se encuentra del todo alejado de los planteamientos provenientes de la nueva museología: un enfoque teórico que, con sus debidos matices, propone igualmente estrategias para desarrollar un museo social y democrático, un museo en absoluta función del usuario, en contraste con el museo tradicional donde los contenidos tienden a ser “impuestos” al usuario antes que “consensuados” con éste.

 

Parte del objetivo del curso, además de adentrarnos en algunos conceptos emanados de la nueva museología, era el descubrir que no todos los museos habaneros pregonaban con el ejemplo.  Es decir, el propio CENCREM promovía a través del seminario la capacidad de autocrítica desde y hacia sus propias instituciones. Evaluando, el balance de las visitas realizadas a los museos no podría haber sido más positivo: solamente la cantidad, variedad de temáticas, profesionalismo de sus trabajadores y calidad de la mayoría de los recintos visitados sorprendería a casi cualquiera. De hecho, sería absolutamente injusto de mi parte no mencionar que la ciudad en sí misma, ya es un gran museo. Además que La Habana tiene muchísimo más que ofrecer al visitante dispuesto a arriesgarse más allá del circuito turístico. No lo duden ni un momento.

 

Vale la pena hacer un pequeño paréntesis para mencionarles que no es casualidad que desde 1982 el centro histórico de La Habana y su sistema de fortificaciones hayan sido declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Al día de hoy la restauración arquitectónica es realizada a través de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, organismo a cargo del talentoso y casi omnipresente Eusebio Leal (http://www.habananuestra.cu/).

 

Siquiera pretender enumerar la mayor parte de los museos en esta ciudad excedería por mucho las líneas de este texto. Sin embargo, sí quiero hacer mención a algunos que pudieran resultar significativos o hasta paradigmáticos del espíritu cultural de La Habana. Entre éstos, el Museo de la Ciudad o Antiguo Palacio de los Capitanes Generales, un edificio que fuera la sede del gobierno colonial de la isla; y el Museo Castillo de la Real Fuerza, ubicado en la fortaleza más antigua de toda Cuba. A unas cuadras y en la misma Habana Vieja se encuentran el Museo de Arte Sacro del Convento de San Francisco, el Museo de Arte Colonial y el Museo Casa Natal José Martí. Como fenómeno aparte están el Museo del Tabaco, el Museo del Chocolate y la Farmacia Habanera, los cuales combinan muy exitosamente la vocación museológica con el uso comercial, ya que cada uno de ellos ofrece además de la exhibición de objetos culturales, venta de tradicionales habanos, aromáticos chocolates o remedios homeopáticos, cada uno de acuerdo al ramo que manejan, claro está.  

 

Si se encontrara en la terrible disyuntiva de tener que visitar un solo museo de toda la ciudad, sin duda le recomendaría que fuera el Museo Nacional de Bellas Artes, el cual cuenta con dos espacios diferenciados: uno dedicado al arte cubano, en un inmueble construido en el año 2000; y el otro en un edificio mucho más antiguo donde se exhibe la impresionante colección de arte universal. Sin dudarlo, diríjanse al primero donde –si la climatización de las salas lo permite– podrá ver magníficas obras artísticas que van desde el periodo colonial al siglo XX. Se destacan poderosamente las obras producto de las vanguardias encabezadas por dos pintores cubanos de valor universal: Wilfredo Lam y René Portocarrero. Como habrán notado, aclaro “si la climatización permite” debido a que en el momento de nuestra visita al museo en cuestión, el conservador en jefe nos notificó que todo un piso se encontraba cerrado al público debido al malfuncionamiento del aire acondicionado. Al parecer la potencia del clima era tan baja, que prefirieron reservar lo poco que había para refrigerar –y muy escasamente– un solo piso. El destino de las obras en las áreas a las que no pudimos acceder no nos fue revelado.

 

Justo enfrente del Museo Nacional de Bellas Artes se encuentra el antiguo Palacio Presidencial, un fastuoso edificio que fue convertido en Museo de la Revolución y junto al que se puede visitar el Memorial al Granma, la embarcación que utilizaron los revolucionarios cubanos para viajar de Tuxpan, Veracruz a Cuba. El Museo de la Revolución bien vale una visita. En él se rinde homenaje a los movimientos contestatarios cubanos acontecidos desde la guerra de Independencia en 1898. En el guión se hace especial énfasis en los hechos del 23 de julio de 1959 y, como era de esperarse, en las figuras de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto “El Ché” Guevara. Toda esta saga de movimientos sociales de izquierda, represión gubernamental y en última instancia triunfo de la facción revolucionaria, puede recorrerse a través una serie de vitrinas adosadas a la pared que exhiben recortes de periódico, fotografías y alguna ocasional reliquia que otrora perteneciera a los combatientes caídos o sobrevivientes. Por si todo esto no fuera suficiente para empaparse del espíritu de la Revolución Cubana, una de las principales atracciones del museo resulta ser un diorama iluminado a media luz donde se muestran a dos maniquís tamaño natural que representan a Fidel Castro y a “El Ché” Guevara portando el traje militar y emergiendo de una selva manufacturada en su totalidad con follaje artificial.  

 

En otros aspectos más prácticos, quiero advertirles que cuando vayan a un museo cubano no olviden llevar un abanico, ya que en muchas ocasiones el aire acondicionado –como ocurrió en el Museo Nacional de Bellas Artes– no funciona o simplemente no ha sido tomado en consideración. También, les advierto de no llevar mochilas o bolsos de mano, del tamaño que sea, ya que los guardias son sumamente insistentes en que todo objeto sea depositado en el guardarropa del museo, en caso de negativa, pueden llegar a negarte el acceso. En cuanto al costo de las entradas, éste siempre es más alto para los extranjeros que para los nacionales, además que en varios museos se insiste en cobrar una tarifa extra por la toma de fotografías o de video. Ésta última política resulta particularmente decepcionante considerando que en la gran mayoría de los museos no hay folletos o publicaciones disponibles; aunque casi siempre podrá encontrar algún custodio(a) al que pueda preguntarle sus dudas, le aseguro que la mayor parte de las veces responderán con gran amabilidad y conocimiento de causa. Eso si no han decidido arbitrariamente cerrar el museo antes de la hora programada...

 

Para terminar, aprovecho para agradecer las atenciones de la directora del CENCREM, la Licenciada María M. García Santana y del coordinador docente Nérido Pérez Terry. Igualmente todo mi cariño y gratitud a las personas que me permitieron compartir su tiempo y espacio durante las dos semanas de mi estadía en La Habana: a Raisa, Israelito, Vicente, Marielis, Arlette, Yoan, Dalia, Juan Antonio, Jorgito, Noemí, Lety, Yanet y José Manuel.



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