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Miércoles, 27 de julio de 2016

Panamá y sus diablos
Escrito por No disponible

 

 Un viaje astral

 

Toda ciudad moderna debería contar con un transporte público que fuera limpio, cómodo, eficiente y a precio justo. Autobuses con rutas establecidas, asientos para todos, choferes amables y silencio garantizado a bordo. 

Sin embargo, esto no es así en muchas de nuestras ciudades latinoamericanas. Los citadinos nos imponemos diariamente al caos urbano gracias al homínido instinto de supervivencia y una extraña vocación al martirologio. En ocasiones, el desprendimiento astral resulta la única estrategia viable para tolerar apretones, empujones, ruidos, pestilencias y demás incomodidades sólo de cuerpo presente. 

En mi reciente visita a ciudad de Panamá noté que el medio de transporte público imperante son unos vetustos autobuses escolares, reliquias de la presencia norteamericana, pintados en todos los colores del espectro, menos en el tradicional color amarillo. Para buena o mala fortuna del usuario, son el medio de transporte más querido y denostado de ese país. 

Pimp my ride 

Los autobuses tradicionales de Panamá son conocidos como Diablos rojos. Auténticos chamucos sobre ruedas, dan miedo tanto por el ingente estilo de conducir de sus choferes como por su estrambótica decoración extraída de las profundidades de quien sabe qué profundo averno del graffiti. 

Motivos para decorar el autobús hay miles, sobran. Lo que ya no sobran son los artistas que con laca automotiva plasman los sueños (¿o pesadillas?) de los dueños de cada autotransporte. Hoy en día, los Diablos Rojos son una especie en peligro de extinción. Además, para tristeza de algunos defensores, el estado modernizador de Panamá demanda la desaparición de esta forma de transporte a favor de otro sistema más eficiente y claro, menos colorido. 

Aún así, los Diablos Rojos son parte esencial del paisaje urbano de Panamá. Cada autobús es un patrimonio cultural vivo que, al rodar amenazadoramente por las calles, le otorga personalidad y sentido a la vida en la ciudad y que como patrimonio inmaterial, evoca nostalgia, recuerdos y anécdotas en cada uno de sus habitantes. 

Devastador

Aquí vemos la foto de Devastador, esplendoroso en su traje de noche. Su dueño nos contó a ritmo de reggaeton que así lo había bautizado en homenaje a una película “con muchas explosiones” que le había gustado mucho. Y bueno, qué más podemos agregar a eso. Se imaginarán que la película ha de haber sido bastante movidita. 

Abordar a Devastador fue una experiencia memorable, emocionante y sobre todo, auténtica. Una experiencia que nos hizo reflexionar sobre la importancia de la cultura popular como un patrimonio vivo y al cual se le debe incluir en las políticas de desarrollo económico y social de una comunidad. Tal vez el mejor lugar para los Diablos Rojos no sea la calle, ni los tiraderos, sino en la dignidad de la memoria colectiva.   

Por haber hecho accesible esta experiencia, agradezco al grupo de colegas reunidos con motivo de la Conferencia Internacional de la National Association for Interpretation (Asociación Nacional para la Interpretación) acontecida en Gamboa, Panamá el pasado mes de mayo. Un fuerte abrazo a todos.



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