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Jueves, 04 de agosto de 2016

Mnemografías, entre la superficie y la memoria
Escrito por Álvaro Rodríguez Luévano

Si la estampa tal y como se define en esta exposición se trata de aquel gesto original transferido por el artista a un soporte material o cómo lo pretende esta muestra, más bien “como un soporte más allá de lo material, virtual,  imaginario, tridimensional, sonoro y  efímero”, entonces estamos en el seno de una muestra abierta y por lo tanto crítica a la comprensión de la memoria, de la historia y del tiempo. Diremos que no se trata de una respuesta constructiva o demoledora, se trata de una muestra reflexiva y polifacética.  Para llegar al Museo Nacional de la Estampa, véngase de donde se venga, lo real es que habrá que atravesar un campo de batalla entre el aquí y el ahora y un suelo referencial y espectral de la avenida Hidalgo y las posmodernas estaciones del metrobus.

 

Me refiero sobre todo a las obras de demolición y reconstrucción de la Alameda Central, parque o jardín con una tradición histórica y que sirve justamente para ponerla como ejemplo de aquello que Mnemografías evoca a través de la obra de 13 mujeres artistas: la impronta, los sellos en el tiempo. Si tuviésemos que pasar por los pasillos de chácharas y toda clase de artículos en venta cerca de Alameda, no es imposible negociar unos grabados de Alberto Beltrán y Leopoldo Méndez frente al teatro Hidalgo a un módico precio, sin tener muy claro de qué torno salieron y quién fue su probable duplicador, al  final se puede gozar de esas estampas de Méndez que hizo para la película de Río Escondido del Indio Fernández y constatar que las viejas estampas, reelaboradas cobran una actualidad al paso de nuestro paseo dominical. Fracturas en las esculturas de piedra de la Iglesia del Templo de la Santa Veracruz o las grietas de esos Santos cansados del Templo de San Juan de Dios y sus antiguos hospitales para mujeres, toda esta ciudad merece una prudencia ocular.

 

Al llegar a las puertas del Museo Nacional de la Estampa se vislumbran unos telares de cartón perforado, partituras que utilizaban los viejos organillos que deglutían estas notaciones con la ayuda de una manivela. Una sorprendente máquina del siglo XXI nos recibe con toda su estructura híbrida, órgano de barbaria o telar de rebozos sonoros, es una combinación que hace verdaderamente soñar al espectador, y no sólo ello, también lo invita a operar el artefacto sonoro tirando de la manivela hasta alcanzar las altísimas notas que este dispositivo logra ejecutar con la ayuda de visitante. Los guardias de esta máquina ensordecen como ensordecen los muros que reguardan en la Iglesia de St. Burchardi en Halberstadt en Alemania el "Organ2/ASLSP", composición de John Cage cuya duración es de 600 años y que actualmente se ejecuta cada segundo y pueden pasar meses o años para que ocurra un cambio de nota. En una modesta comparación, Tania Candiani debe ser una suerte de matemática y una confeccionista  de rebozos hipersónicos, una maestra de las iteraciones al infinito y una filósofa de los patrones hertzianos. Lo bello de su máquina es que no es una máquina autómata, se trata de un instrumento que genera múltiples intersticios y referencias sonoras como visuales junto al ejecutante, de esta dependencia se define su carácter instrumental y le resta un poder ornamental que podría sólo servir como una instalación de ornato. Así con esa recepción ya puesto un pie en los muros del museo, el recorrido es ineludiblemente cómplice de las huellas traumáticas, proyectiles anti-amnésicos al occipital.

 

 Foto: Álvaro Rodríguez,

El trabajo de Bela Gold es escalofriante, el olor a madera quemada es el hilo conductor hacia la fotografía de identidades miméticas, hacia los pasaportes registrados y degradados por el exterminio nazi, en suma, esos rostros, esas víctimas están grabadas en la memoria de la madera como una fotografía imperecedera.

Sin detenerme en todas las piezas, la obra de Lorena Mal alcanza un dominio cyborg del lenguaje corporal con una suerte de acrilografías transferidas desde los monitores hacia unas placas de cristal lumínicas, cuyos módulos logran definir los gestos del movimiento corporal de dos gemelos que dejan ver sus diferencias de género, un auténtico organismo cibernético que nos permite observar el comportamiento del organismo humano.

Minerva Cuevas nos invita a comprender las fugas de la tinta que se materializan en la voz a través de enormes bastidores de serigrafía que sirven de herramienta política.

El humor nemotécnico de Melanie Smith transita entre lo emocional y lo escénico. No asistimos a las bambalinas de un salón de baile, nos instalamos en el centro del delirio tropical del cuerpo, el espejo y el paisaje orquestal, la trampa de la seducción con sus cocos y palmeras, en fin, sucumbimos en sonidos de contacto lascivo.

 

  Foto: Álvaro Rodríguez.

 

La obra de Ale de la Puente es quizá la obra más evidente entorno a la trágica amnesia. Aunque el debate actual entre artistas suspende como punto de eclosión la presencia o la desaparición de toda referencia con el pasado, la memoria y la materia, (véase “Las promesas se derrumban” obra de Teresa Margolles en el MUAC), nos podemos acercar a esta obra desde los silencios naturales y los estruendos abismales de los salitres poblanos.

 

  Foto: Álvaro Rodríguez.

 

 En el debate sobre la desaparición de la memoria; la obra se conjuga con los miasmas de su materia, del efecto destructor de la violencia siguiendo a Margolles, pero en el caso de Ale de la Puente, la obra conjura la transparencia de sus cristales, un rodillo-botella que opera como un horizonte lúcido, como una ventana que contiene su propio paisaje, el suelo salado, una bella masa que escandaliza lo imposible de las formaciones geográficas y el magma, el solemne acto humano que se compenetra con la naturaleza. Entre otras piezas de la muestra, vale la pena asistir a este festejo de improntas poéticas, evocaciones que recuperan del olvido, las presencias y la multiplicidad mnemotécnica como estampas diversas del tiempo.

 

Hasta el 28 de Octubre en el Munae.



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