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Jueves, 04 de agosto de 2016

La era de los dummies
Escrito por Álvaro Rodríguez Luévano

En marzo pasado en el museo de Beaubourg en París se presentó un Festival sobre la Voz disociada que me dejó perplejo. Un sin número de piezas y artistas presentaron diferentes obras que problematizaban el fenómeno de la producción sonora de la voz, la re-situación de la voz, sus variaciones, su transformación, la adaptación, la sincronización de la voz hacia otros cuerpos, su deformación, su ampliación y disminución sonora,  en suma la independencia de la voz del emisor y con ello, toda una tesis de una declaración de independencia de la voz en lo referente a la autoridad de quien emite el sonido hacia donde lo transfiere.

 

 

Esta independencia que podría tener consecuencias en los discursos y declaraciones de carácter constitucional y políticos, o al menos cambios en la manera de entender los actuales discursos públicos, nos altera y nos obliga a preguntarnos ¿quién o quiénes hablan a través de los sujetos políticos? ¿quién habla a través de nosotros? Detrás de este interesante debate se ubica una relectura del libro de Steve Connor, Dumbstruck, A Cultural History of Ventriloquism, publicado por la Universidad de Oxford, y que es evidente la influencia que ejerce este brillante trabajo en el desarrollo de la exposición.

 


La voix dissociée - Paul Bernard - Nouveau... por centrepompidou


En estos días una serie de fenómenos que tienen que ver con la autoridad de los discursos y la disociación de la voz en ellos me hizo recordar las tesis de Paul Bernard en la exposición de Pompidou y la lectura  del libro de Connor, en donde podemos identificar las fuentes de esas voces disociadas y que son poderosamente actuales.
Las sociedades modernas, así como las más antiguas han podido exaltar identidades a través de modelos que las intentan representar con fidelidad.


La comicidad y el sarcasmo como Eurycles las había practicado en Atenas, lo convirtieron en uno de los primeros operadores de una nueva territorialización del pensamiento, del control extra corporal y de la voz. 
No es menor, que desde la antigüedad se hayan ensayado formas teatrales cuya función era la de reunir al pueblo entorno a sus ilusiones y  miedos.


Las formas teatrales son constitutivas del pensamiento popular pero también constructoras de relatos míticos, de la construcción de ídolos y personajes en los que recaen las emociones y la imaginación colectiva. Del espectáculo y de la puesta en escena, el diálogo ha permitido establecer el intercambio de al menos dos personajes, y uno con el que el auditorio se identificaba y simpatizaba. A falta de actores, hubo quienes inventaron sus propios interlocutores multiplicando su voz en varias voces y logrando desprender de si, otro personajes externo a su propio cuerpo, un alter ego, enfermo, más gracioso, o más enérgico y autoritario.


La disociación de la voz o la disimulación de la voz alcanzaba una corporalidad artificial que cobraba vida, un ser de yeso o madera cuyas articulaciones se movían a través de una maquinaria interna compuesta de engranes, tensores, cuerdas y palancas, una máquina que simulaba la ingeniería anatómica del cuerpo humano, un robot que podía funcionar y someterse a los designios de su otro interlocutor, del  compañero que le habla, de la mano de su amo. La incierta ventriloquia puede rastrearse en las representaciones teatrales en cavernas oscuras, en cuerpos reflejados por el fuego y en muñecos pintados, fabricados de ramas, barro, y madera, dice S. Connor desde las prácticas de adivinación, la evocación de las profecías y los conjuros proféticos.

 


El arte de las marionetas significó una tradición en la que artesanos y escultores pusieron a prueba su creatividad y su delicada habilidad de acabados y refinamientos que se constatan en la perfección de sus modelos, de sus muñecos y botargas, seres que le dieron imagen a los oráculos griegos y romanos, a los mitos de Orfeo y Eurídice.


Paralelamente la ventriloquia, o el arte de darle vida a un personaje inanimado se produce en los espacios del espectáculo donde el público goza de ver cómo el  personaje de cartón o madera cobra vida, motricidad y voz ya en los réquiems o en los cantos litúrgicos. La ventriloquia es antiquísima y su mayor arte consiste en transferir una voz a un ser inerte que para ello se requiere de un impecable manejo de la voz emitida a través del estómago, haciendo que el movimiento de la boca sea lo más discreto posible y la articulación de la voz no pueda ser percibida a través de los gestos faciales, una suerte de acto mágico o de engaño, de manera que el sonido del ventrílocuo pueda transferirle al muñeco una voz independiente de la suya para que pueda producirse una aparente voluntad y capacidad autómata. Así la tradición de la ventriloquia transita por una larga historia de la polifonía hasta la creación del registro de la voz y se cristaliza en la radio en donde escuchamos las voces pero no vemos al emisor, sólo lo imaginamos.

 


Por el contrario, cuando existe una fascinación por poseer una figurilla, un ídolo, una pieza, una mascota, un modelo, un juguete o un santo, el sentido de transferencia sagrada o de vida, se invierte, se desvanece la voz, se miniaturiza al objeto para controlarlo mejor o en su defecto se le magnifica como una falla que será incinerada, se le sacraliza como amuleto, o se le animaliza, se le deforma, se le degrada hasta convertirlo en una verdadera obra fuera de nuestro sentido de lo real, de lo asequible y se le transfigura hasta convertirlo en un monstruo o un gigante colosal. Esta contraposición del manejo del objeto en el lenguaje simbólico es muy recurrente, y también vemos que el carácter monumental de algunas representaciones de héroes, santos o políticos cobran una espelúznate altura de deidades que terminan sin voz y vida propias. El fetichismo político no es particular de las campañas electorales, se ha instalado en el imaginario urbano, las esculturas públicas, los monumentos nacionales, los hitos urbanos,  los colosos carnavalescos.


A nadie espanta un coloso del presidente Chávez cuando ha sido replicado su carisma en una miniatura. Un regalo costoso fue la monumental estatua de la libertad que se fabricó en los talleres de Eiffel para el gobierno norteamericano de parte del francés, otro coloso que por su dimensión puede parecernos representativo es un carabinero en las fiestas del Bicentenario que se le encargó a la famosa empresa Royal Deluxe expertos en robots mecánicos, o mucho antes la Cabeza de Juárez, escultura postrada en el oriente de la ciudad cuya obra fue del arquitecto Lorenzo Carrasco y decorada con trazos de Luis Arenal en tiempos de Luis Echeverría, este gigante es un museo en la actualidad, pero se cuentan macabras historias acaecidas en sus entrañas de la Dirección Federal de Seguridad en la época. Todos ellos gigantes cuya altura procuran una suerte de protección indistinta o de amenaza según sea el caso, leviatanes erigidos para vislumbrar la posteridad o el tiempo efímero. Estas estatuas, no hablan, excepto por su monumentalidad, su costo y los beneficios de sus fabricantes.


En cambio en los territorios de los Eurycles postmodernos, quienes hablan son otro tipo de personajes objetualizados, humanos que han entrado en una suerte de pérdida de las facultades propias y de los sentidos de su propio raciocinio. Seres que cuyo destino teatral o político han pactado ser los vehículos de su propia representación, de su rol artificial y herramientas de aquellos quienes detrás les dictan órdenes y los programan; empresas y fabricantes de dummies.

 

 

 

 


Así se confirma que los dictadores, dictan, manipulan y operan, en tanto que las máquinas accionan, ejecutan órdenes, obedecen, no piensan y sólo emiten voces para lo cual fueron programados. En esta relación de orden y acción, la igualdad de correlación humana se pierde, no hay un diálogo humano entre amo y robot, entre control remoto y sistema, lo que podría existir en casos de tecnología sofisticada sería una relación androide y con altas posibilidades de colapsar, si el sistema es deficiente o si su configuración ha sido errónea.


Las marionetas modernas dummies, las máquinas modernas como producto de la ingeniería suelen no desfallecer a menos que su operador lo determine. Pero si el operador de la máquina toma su lugar, entonces, los resultados no sólo son catastróficos para el cuerpo que se advierte máquina, sino que sus límites emanan de toda su condición mortal hasta ejecutar su propia destrucción siendo el final de la extraña apariencia y el inquietante engaño macabro y disruptivo. Si alguien pierde la voz otro se la podrá restituir fácilmente pues ha perdido su voluntad y está listo para el espectáculo.



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