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Jueves, 04 de agosto de 2016

Si no regreso ponle Armando…
Escrito por Álvaro Rodríguez Luévano

Mi memoria no es nada fiable, ni siquiera recuerdo ¿cuál? de todas las marchas del 2 de octubre en la que iba con mis amigos de la facultad de filosofía y letras Albert y Eddy nos habíamos encontramos a Monsi y casi tuvimos que enjaretarle unos esquites porque nos había caído un aguacero tremendo ese día, o como decía él, "un granizo como cuando pasearon a Tláloc como quinceañera en su limosina por Av. Reforma". Pero no es de Monsi del que ahora las artes más recónditas de la cultura popular emergen en este momento, las voces de la gente de la calle y su memoria reviven a sus cronistas populares nuevamente. Es inevitable morirse de la risa o carcajearse sin pudor alguno cuando en una invectiva de albures uno ve salírsele los ojos de la cara en una indolente provocación alburesca. Decente o no, sano o no, intelectual o no, los albures siempre tienen un juego dual entre la frescura del ataque y la defensa, en el ir y venir corporal, y la doble construcción del sentido figurado, pero también del profundo sentido común, diría El Chingonario (2010), editado por el Fondo de Cultura: “te están chingando”.

 

 
Cuando uno pierde no es porque sea pésimo en las rimas, es simplemente que los mejores versos no están en los salones de las academias de las letras, están en la calle y en las pulquerías. Lo anterior no lo digo yo, así por lucrar con una erudición bohemia ni callejera de la cual no merecería, lo dice Juan Pedro Viqueira ya reportando en los edictos institucionales de las autoridades de la Ciudad de México y en los planos de control gubernamental, las tradicionales cantinas y pulquerías del centro histórico del siglo XVIII. Viqueira las traza muy bien en su hermoso estudio de Los reprimidos y relajados (1987), publicado también por el Fondo de Cultura, pero también lo decía Armando Jiménez Farías el gran cronista de los asfaltos vernáculos, de los prostíbulos y antros de la ciudad de México. Armando Jiménez el más grande compilador de frases, rimas, versos, albures, invectivas y piropos del México contemporáneo. Armando Jiménez fue a alcanzar a Monsi y a Saramago. Con más de 150 ediciones y unos 4.5 millones de ejemplares vendidos de su Libro La Picardía Mexicana (1960) publicada por el editor Bartomeu Costa Amic, partió sin rumbo fijo y dijo que después volvía.
 
 A Armando Jiménez se le conocía en la Alameda central por su gran rigor para recolectar frases entrañables surgidas de la magia del espectáculo callejero, de la carpa del doble sentido al calor del medio día, frente a artistas callejeros de un inmoderado y devastador peso de calidad popular. Ahí como buen antropólogo cultural, como buen etnógrafo y como buen cronista, Armando se presentaba de manera muy sencilla y sumaba amigos a su paso por las cantinas y parques del centro.
 
 
De la picardía mexicana se conoce una película de fines de los años setentas de Abel Salazar, donde la importancia de la pluma, la idea y la imaginación de Armando Jiménez fueron centrales, de hecho el participó como actor en el reparto vestido de azul interpretando al maestrito y brindando por el número uno del club del levantamiento de tarro, tornillos y catrinas. Del reparto se ve al Chente Fernández y su hijo, personajes de la alcurnia de Adalberto Martínez “el resortes”, Héctor Suárez, Cesar Bono, Jacqueline Andere, Luis de Alba, Pancho Muller, Pedro Weber “chatanuga”, Polo Ortín entre otros.
 
Armando Jiménez como escritor, compilador y gente que abandonó su auto para irse en bici a aprender de las calles, no podemos más que celebrarlo con los dobles y triples sentidos de nuestro albur mexicano y la picardía que es el techo de palos de nuestro edificio cultural.
 
 
 
 
 
A mis amigos Alejandro Mendoza “Jano” de quien le conozco uno de los directorios más espeluznantes de cantinas y pulquerías del centro y a Arturo Sánchez Barrera que me consta que se las sabe todas, de todas, todas y con quién he podido aprender y reír con la picardía mexicana, les dedico esta nota necrológica del más grande exponente del ingenio y la erudición popular, el entrañable cronista de las calles de mi barrio, el gran descubridor del gallito inglés[1]: Armando Jiménez Farías. La picardía mexicana (tú libro) se seguirá reproduciendo como el gesto más natural de nuestra bendita carcajada.
 

 


[1] “Este es el gallito inglés, míralo con disimulo […] quítale el pico y los pies, […] Y métetelo por el [ ...]


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