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Jueves, 04 de agosto de 2016

No todas las piedras tienen 2000 años...diálogo entre historiadores del arte y arqueólogos mexicanos
Escrito por Álvaro Rodríguez Luévano

1er encuentro entre Jaime F Resendiz MachoaNorma SilvaDavid Rettig y Álvaro Rodríguez

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Álvaro Rodríguez 27 diciembre 2009, à 01:16

 

Según Norma Silva parafraseando caricaturalmente  a Litvak, dice que" no todas las piedras tienen 2000 años"


A esto en los últimos días traigo a cuenta una noticia publicada en el Universal en donde se anuncia que el Museo de Louvre devolverá los fragmentos de un muro perteneciente a una tumba de 3200 años que fue robada y que el museo obtuvo sin saberlo por lo que la regresará al Egipto:

http://club.telepolis.com/pmmancebo/archivo%20noticias/eluniversal111209.pdf

Algunas voces del ilustre foro adujeron que era mejor que se quedara en el Louvre pues con semejante atraso de país lo más probable era que esas piezas se perderían. No abundaré en si la persona que afirmó lo anterior en el foro tenía conocimiento de la administración y del funcionamiento de los museos en el Cairo pero lo que sí está claro es que el agarrón diplomático por piezas del patrimonio nacional de Egipto se encuentra latente y caliente para recuperar un busto de Nefertiti que Alemania se niega a regresar, pues han hecho gala en estos días de demostrar que si de recuperar el patrimonio se trata, son capaces de dar en tan sólo en cuestión de días con el patrimonio robado y despedazado como fue el caso del letrero del Museo de Auschwitz que por su lema decía "El trabajo los hará libres", cosa que no sucedería con la virgen de Guadalupe como asegura el cineasta de moda Alan Jonsson en su más reciente filme Morenita el escándalo:

http://www.bbc.co.uk/mundo/cultura_sociedad/2009/12/091203_0930_virgen_cocaina_wbm.shtml 

En tal preocupación y compartiendo estás preocupaciones por el patrimonio y el matrimonio nacional, le comentaba a Norma Silva que si de verdaderos sustos patrimoniales se trata el robo de la virgen que trata el filme no se compara con una llamada tempranera... recuerdo en casa de Paco Hinojosa y de David Rettig que casi salieron corriendo a las 5 de la mañana por culpa de un incauto que creyó que la pirámide de templo mayor era parte de los estacionamientos del centro histórico, en esa época un carro amaneció arriba de las pirámides y el susto se documentó en alguna foto de la revista Luna Cornea. Entre unas menos graves Enrique Galván Ochoa en noviembre pasado contó cómo la Federación Mexicana de Futbol logró disponer del Museo Nacional de Antropología e Historia para hacer la presentación de las nuevas camisetas de la selección nacional:
http://www.jotnada.unam.mx/2009/11/23/index.php?section=opinion&article=006o1eco

 

En esta noticia ya se perfila lo que dicutía anteriormente con Norma Silva por lo que nos estamos lejanos a "presenciar exhibiciones de fútbol de la FIFA en los Tlachtlis Mayas y en los parques de diversiones en Chichén Itzá como hoy bien anuncia el Reforma en la sección de cultura. Hay que ver cuál es el proyecto para hacer un Auditorio de eventos en Teotihuacán creo que hace poco Calderón dio el permiso para que se presentara una cantante al puro estilo de los conciertos de Elton John en el Castillo de Chapultepec en la era Martita. Nosotros no cantamos mal las rancheras"...

 

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Norma Silva 27 diciembre 2009, à 11:40 Respuesta 

Estimados Álvaro, David y Jaime:

Creo que como parte de mi “praxis” profesional (arqueología e historia del arte), apoyo muchas de las posturas y algunos de los planteamientos que han compartido, y que incluyen temas de: saqueo, tráfico de piezas, uso indebido de bienes y espacios patrimoniales, bienes tangibles e intangibles; etcétera… pero siempre me queda un sabor de boca amargo, cuando me cuestiono el cómo y qué se entiende por cultura, sus límites, fronteras, bordes y las rugosidades que lo hacen tan enigmático, pero al mismo tiempo un territorio peligroso y confuso.

 

Palabras como identidad, pertenencia, pasado histórico, localismos, regionalismos, por mencionar algunas acepciones; son en apariencia inalienables del concepto de “cultura” y de “lo cultural”. Retomando del concepto de “Cultura”, es inevitable el tener que considerar una multiplicidad de significados -que en pocas ocasiones o casi nunca- pueden apelar por una “unanimidad” respecto de otros grupos humanos o sociales, en donde la palabra “contradicción”, limita las fronteras que lo pueden acercar al parámetro de “cientificidad” -tan ansiado por algunos teóricos e investigadores-, como fuente o acaso parte aguas, en la construcción de un sistema operativo de verdades validadas con carácter de “universalidad” y cuyo fin último sería en la escala de valores, elevarlas a categoría de ley.

 

Parte de la relación que establecemos con algunas fracciones de la compleja trama de “lo cultural” comprende actividades sociales, lenguaje, prácticas religiosas, ideas, y un sin fin de variantes que se entienden como parte del “patrimonio intangible”; así como objetos, construcciones, y otras variedades, que engrosan el patrimonio tangible; sin embargo eso que vemos con una nostalgia propia de los primeros “anticuarios” del siglo XIX; también son producto de una sumatoria infinita de valores agregados con el tiempo y por los mismo investigadores, que han creado partiendo de las distintas especialidades: arte, antropología, restauración, arqueología, por mencionar algunas y que han ido consolidado una suerte de nichos ficticios para objetos de uso cotidiano, ritual e incluso cuyo fin en sí mismo era la desaparición.

 

En este momento puedo sonar como esos puristas del siglo XIX que apelaban por “dejar morir” a los monumentos y a las ruinas, ante la poética belleza que significaba su gradual desaparición y su resistencia al tiempo. En contraparte se levantaba la voz de un grupo de teóricos y científicos, que se aferraban a un incipiente trabajo conservacionista. La mirada de la legitimidad de lo antiguo como el lenguaje secreto de los grupos humanos desparecidos y que parecen resistir en la llamada cultura material, será a la postre los albores de la arqueología se aferraban por registrar, explicar, conservar, restaurar e interpretar… Y sin embargo, algo de esas ideas de “la belleza de la muerte de los acontecido” y de la necesidad de “preservar el pasado que nos ha convertido en lo que somos hoy día”, no me parecen tan descabelladas.

 

Hace tiempo leía un relato de que a mi parecer, ilustra lo que intento argumentar. En un viaje que Carlos Fuentes realizaba por el Estado de Morelos en la búsqueda del lugar de nacimiento de Emiliano Zapata, de da cuenta que se ha perdido y es que decide preguntarle a un campesino por la comunidad de Anenecuilco; estableciéndose el siguiente diálogo: “Me detuve para preguntar a un campesino a qué distancia se encontraba aquella aldea. Me respondió: <>. Este hombre poseía un reloj interno que marcaba su propio tiempo y el de su cultura. Pues lo relojes de todos los hombres y mujeres, de todas las civilizaciones, no estén puestos a la misma hora. Una de las maravillas de nuestro mundo amenazado consiste en la variedad de sus experiencias, memorias y ansias. Todo intento de imponer políticas uniformes a esta diversidad es como un preludio a la muerte”.

 

Pensar en la cultura como un Dorian Grey que debe permanecer sin movimiento, cambio, variedad y desaparición... de alguna forma me aterra. La cultura y los productos de la mismas, ha sido tradicionalmente vistos con un velo de inocencia, olvidando ubicar la génesis de los “monumentos arqueológicos e históricos”, esos que hoy nos aferramos en conservar, y que evitamos relacionar con la idea de explotación humana; sin embargo y pese a la fractura de nuestra idílica relación con el pasado “La cultura también domina, explota, manipula, somete y domina” y que se aleja de esa visión poética de los pueblos sumidos en un éxtasis religioso o de adoración por el cual se someten a la construcción de los mismos.

 

Me parece en este punto reflexionar si la cultura solo está cargada de cosas positivas o carentes de cualquier toque de abyección o perversión. La respuesta puede resultar incómoda e incluso desmitificador. La cultura también contiene un código, normatividad y estructura de valores simbólicos y concretos que moldean y someten gradualmente a los individuos participantes de ella, involucrando aspectos aparentemente inofensivos como: la dieta, los gustos, diversiones, valores éticos, morales, sociales e incluso religiosos.

 

Puede parecer radical mi postura, pero en ocasiones me parece que el olvido y muerte de ciertos aspectos y valores culturales, nos libra de convertirnos en el personaje de Borges Funes el memorioso. El olvido permite la capacidad de asombro ante los desconocidos reencuentro, motiva la imaginación y con ello la revisión de lo acontecido, bien sea para su revaloración e incluso para su recuperación. El síntoma de nostalgia cultural que parece que vivimos en la actualidad genera una obsesión por la acumulación, de todo y por todo, sumiéndonos en una confusión de criterios para llevar a cabo este proceso de concentración patrimonial, en donde acaso se pone en tela de duda si valoramos a los objetos por lo que significan, por lo que nos significan ó por lo que nos han dicho que nos tendrían que significar.

 

El filósofo y escritor Umberto Eco ya nos anunciaba la problemática semántica y semiótica entre “las palabras y las cosas” siendo un puente de contradicciones y correspondencias que en ocasiones no llegan “al otro lado” y en otras tantas los rebasan. La problemática de cargar de polisemia a los factores del involucran a “la cultura” y a “lo cultural” nos ha levado a una complejidad temática, teórica y conceptual, que llevada al marco de la praxis legal es un laberinto difícil de entender y más aún de poder defender. La segunda cuestión es qué se tiene que revisar detenidamente, son los parámetros que se han de tomar en consideración para determinar lo susceptible a su permanencia, defensa y resguardo.

 

La obsesión de una “sociedad desencantada, vacía, consumista y acumulativa, puede abogar por la protección y reservación de un TODO… el problema entonces es, que siempre existe el peligro de generar una visión estacionaria del pasado, un ejercicio curatorial de lo cultural y un inevitable proceso de continuar con las habituales prácticas de “colonialismo museográfico” de la cultura.


¿Por qué nos ha de interesar proteger “eso” que nos insisten en presentar como lo cultural o en ocasiones como artístico? ¿En qué momento los objetos saltan la limítrofe barrera de lo artístico, arqueológico, histórico o cultural como fin último de valoración y preservación? ¿cómo defender lo que no entendemos? ¿es conveniente seguir creando culturas de capelo?

 

En mis años de estudiante con el Dr. Manuel Gándara, recuerdo que con su habitual toque de inteligencia e ironía, nos repetía que la práctica arqueológica también involucraba la destrucción, la desaparición del contexto que se había encontrado, y que posiblemente por eso los arqueólogos sufríamos de una suerte de “patología obsesiva por el registro y la descripción”, -acaso consientes o con cruda moral- que seríamos lo únicos testigos de ese evento; así que de no registrarlo debidamente o pasar por algo “los detalles”, en cierta forma borraríamos de forma tajante una parte valiosa de esa historia, que en sí mismo, solo era un fragmento del todo el rompecabezas. La defensa del patrimonio en ocasiones se me antoja semejante a la labor del arqueólogo que se debate con el tiempo, los recursos técnicos, económicos, ideológicos e incluso con sus propia ignorancia.


Una característica inevitable y universal del la cultura es su cualidad de perecer, desaparecer, mutar, y nosotros debemos superar nuestro temor a la muerte, para poder vivir “orgánicamente” con la cultura, conocerla, escudriñarla y de cuando en cuando resucitarla. Es labor de todo el interesado por la conservación del patrimonio “tangible e intangible” entender que la sumatoria de los esfuerzos legales, teóricos, económicos y sociales, deberán estar orientados a cuidar la relación, protección y preservación de la cultura prestando atención conceptos como “capital cultural”, “industrias culturales”, “mercados de identidades”; conceptos propios de culturas ficticias y de suvenir.

 

En alguna parte leí una frase que me sorprendió ya que refleja esta ciclo natural que se vivía con la cultura y que cita de forma general lo siguiente: “En África cuando un anciano muerte es como si una biblioteca se quemara”; podemos respirar dos minutos tranquilos de pensar en austeros bastiones, nuestros esfuerzos por conservar, difundir, proteger, preservar la cultura; sin embargo también tendríamos que pensar en las inmensas bodegas, centros culturales e institutos que sobreexcedidos en sus capacidades humana y técnicas, gradualmente condenan a los objetos, relatos y elementos de la cultura preservados a la muerte por olvido, en esas Torres de Babel que Borges anunciaba como una suerte de panteones verticales. La cultura y su defensa es un tema con matices variados, con texturas complejas, con posturas que en más de una ocasión han movido a los pueblos a radicalizar sus posturas. Tener claridad en la tomas de posturas en la defensa del mismo requiere de muchos procesos, mismos que contienen en su propia gestación elementos de la cultura de la que provenimos, valores morales, estéticos, éticos, ideológicos, etc. La cultura acaso sea una urdimbre de compleja trama.

 

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David Rettig 28 diciembre 2009, à 16:21 Respuesta

 

 

Tengo que señalar, que como siempre sucede con el buen Álvaro, me invita a opinar en terrenos en donde la pasión y la opinión se mezclan; espero que no me vea cual hincha de fútbol en la tribuna y desborde en esta arena con el puro instinto que despiertan tan oscuros temas.


Decían por ahí, ya no recuerdo en donde, -probablemente en un chat perdido en el ciberespacio; o en una de las tantas manifestaciones motivadas por el latente y amenazador cambio de la ley al patrimonio; o en una pancarta de las manifestaciones ocurridas por el Wal-Mart en Teotihuacán- que el proceso que se vive en términos del patrimonio mexicano podría ser calificado con la siguiente frase: "¡Lo sagrado, lo profano y el patrimonio en manos del villano!

Vaya pues la compleja profundidad de esa frase, ya que si se piensa a fondo, pues comienza uno con meditaciones cartesianas y con paranoias un tanto esquizofrénicas que se diluyen entre el sueño y la realidad: se ve al villano en Calderón, en Fox, en la Martita, en el PRI, en el PAN, en Bejarano y, hoy, seguramente, dada la situación, en el narco. La primera pregunta, parecería apuntar la frase, es: ¿Quién es el villano? ¿Quién es ese que nos roba?

La respuesta clara es que si nos ponemos a buscarlo pues no encontraremos uno sino muchos: el de Chichen Itzá, Wall Mart, Slim y Cuicuilco, el que -como bien comentaba el Álvaro- pensó que la calle de seminario era la carretera a Cuernavaca y terminó bajándose en la esquina de la etapa 5 y el relleno 4b del Templo Mayor. O aquella extranjera de San Miguel Allende que ya no dejó entrar a los arqueólogos al sitio; o los que se llevaron la estela Maya hace poco y la cortaron; o por qué no, el propio INAH que se llevó el Tláloc que está afuera del MNA y lo extirpó de su originario lugar...

Robo, destrucción, saqueo; todas ellas, apuntan al mismo mal. 

Si seguimos así, una lista, aparentemente interminable, comienza a emerger de los entramados de la sociedad mexicana; y si se busca, pues se encuentran más villanos en otros lados: en Machu Picchu cuando grababan un documental le pegaron a la piedra solar y le quebraron la punta; en Irak el entonces diablo global, Saddam Hussein, grabó su nombre en los restos de la antigua Babilonia y se declaró su rey; en el territorio estadounidense los propios indígenas reclaman día con día restos arqueológicos y, como Landa a los códices Mayas de la conquista o algún otro ladrón a los de Alejandría, los mandan a la hoguera. 

De la reflexión de esas situaciones se deriva ¿Quién roba, saquea o destruye y de quién es eso? Acaso los Nativo-americanos nos roban el conocimiento a todo el mundo, nos roban la oportunidad de estudiar los vestigios de aprender, de conocer. ¿A caso el INAH no robó al pueblo que le quitó al Tláloc? ¿De quién es eso que roban? ¿Es el penacho mexicano por haber sido de Moctezuma o es también de los austriacos porque la historia les brinda el hecho de que aquél esté en Austria? Porque decir que el penacho es mexicano es tan brutal como suponer que el Quijote es de España o que las pirámides de Egipto son del gobierno del Cairo. Hablar de derechos de propiedad por cercanía en el tiempo o en el espacio es negar la posibilidad de un valor más allá de la historia del antepasado común. Muchos de los problemas de la arqueología mexicana residen en no poder otorgar a los objetos estudiados un valor que vaya más allá que el de piezas nacionales y patrimoniales: lo nuestro.

 

En la máscara de "lo nuestro y lo propio" se esconde la imposibilidad de exponer un valor más allá del identitario.

  

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Jaime F Resendiz Machon 28 décembre 2009, à 22:00 Respuesta


En los ejemplos que presentas, yo veo dos problemas diferentes en referencia al patrimonio. El primero es la dicotomía que existe entre el patrimonio propio y el ajeno, el segundo, mucho más peligroso actualmente, es la filosofía mercantilista en la que nos encontramos imbuidos y donde hasta el pasado debe ser comercializado como única vía para su conservación. 

En referencia al primer problema, es evidente que es muy fácil generar una polémica interminable. Las grandes colecciones arqueológicas que se encuentran en los museos de Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos de Norte América, son finalmente, el producto de un saqueo sistemático realizado en los cinco continentes a pueblos y naciones que no pudieron defender su patrimonio ni sus recursos de los que fueron expoliados sin otra justificación que el dominio colonial que tuvieron en estos pueblos los ahora propietarios. Por supuesto, el Louvre, el Museo de Berlín y tantos otros están mostrando el desarrollo de la civilización occidental, su apogeo expansión y colonización del resto del orbe que comenzó en el siglo XVI y que terminó con la caída de los regímenes coloniales al final de la segunda guerra mundial, por lo tanto, estas colecciones ya forman parte del patrimonio de la historia de la humanidad y el regresarlas a sus lugares de origen sería atentar contra una parte de nuestra historia.

Esta línea de argumentos la podemos llevar hasta el absurdo, ya sea para destruir la Catedral de México para volver a levantar el Templo Mayor de Tenochtitlán o justificar la matanza del pueblo de Afganistán entre otras razones, por la destrucción de los budas gigantes del siglo V. De tal manera, tenemos un fenómeno de doble moral en referencia al patrimonio. 

Los aguerridos habitantes de Tepoztlán están más que dispuestos a defender su patrimonio arqueológico cuando se trata de propiedades vendidas a alguien que no pertenece a su comunidad, sin embargo, tampoco tienen el menor empacho en meter un trascabo que destruya cualquier evidencia de ocupación prehispánica en sus predios o en los de sus conocidos, ya que la parte nueva del pueblo, al Norte y al Este, se encuentra sobre ocupaciones prehispánicas tanto posclásicas como del preclásico temprano y tardío. Mucha gente fomenta el saqueo comprando piezas Arqueológicas a los habitantes actuales de las zonas, justificando su acción como una manera de salvar el patrimonio, ya que en sus casas se encontrarán mejor protegidas, argumentos similares a los esgrimidos por los defensores de la permanencia de las colecciones robadas que actualmente se encuentran en museos de todo el mundo. 

Más peligrosa y menos notoria, es la doble moral de las autoridades encargadas de proteger el patrimonio. Si bien no estoy en condiciones de demostrar con pruebas las próximas afirmaciones, a veces pareciera que el arqueólogo sólo está conservando el patrimonio para que los grandes capitales lo destruyan y exploten. 

Sin hablar de un caso en concreto y con ánimo de crear la novela: “De lo perdido lo que aparezca” la cual es completamente ficticia y cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia, pongamos el predio “A”, el cual se encuentra dentro de una zona Arqueológica registrada durante los años 80`tas en el proyecto Atlas Nacional. El propietario, en este caso un ejidatario, solicita una visita de inspección ya que está planeando construir en dicho predio la casa de su hijo; el arqueólogo del INAH realiza la inspección y considera que dentro del predio se encuentra arquitectura monumental, bla, bla, bla, y por lo tanto no es posible la construcción de la casa habitación que el propietario pretende, por lo cual, se restringe el uso a actividades agrícolas sin la utilización de reja de profundidad y bla, bla, bla.


Un par de años más tarde, el ejidatario harto de no poder realizar otra actividad que no sea la siembra en su terreno, siembra que por supuesto no puede competir con las importaciones del extranjero, decide ceder sus derechos sobre la tierra a un presidente municipal, el cual quiere hacer ya sea un hotel, una casa, una escuela o cualquier otra cosa, se vuelve a solicitar una visita de inspección, pero evidentemente, la pirámide sigue ahí. Afortunadamente, se tiene un director de Centro Regional dispuesto a confrontarse con un presidente municipal y le presenta pelea, negándole la construcción en dicho predio. La salvaguarda del patrimonio arqueológico se encuentra asegurada, redoble de tambores y toque de fanfarrias.

El presidente Municipal, el cual afortunadamente no tiene tiempo para pelear por esto ya que se encuentra ocupado en otros menesteres, lo único que consigue es convertir este ejido en propiedad privada y después de algunos años se lo vende a su compadre, el cual se ha convertido en el flamante gobernador del estado. El gobernador considera que el terrenito junto con otros que acaba de comprar, son excelentes para un desarrollo inmobiliario, por lo que comienza las obras de construcción. Los antiguos propietarios al enterarse de que el gobernador está construyendo en áreas en las cuales el INAH había estado negando la construcción durante varios años, ponen el grito en el cielo, arman un escándalo, llegan los medios y debido a la presión, las autoridades del INAH frenan el proyecto, ponen sellos y aseguran que aquí no pasará nada, caen algunas cabezas, tal vez el presidente del consejo de arqueología, o el coordinador nacional. Una vez más el patrimonio está asegurado, que suenen otra vez los tambores y las fanfarrias. 

Por último y en sus últimos días de gobierno, el gobernador decide asociarse con una cadena internacional de hoteles, la cual posee una de las mejores firmas de abogados, las cuales empiezan a litigar y exigen el usufructo de los predios que detentan, se habla de grandes inversiones y de fuentes de trabajo para los habitantes del área, sin embargo, como es de suponerse, la pirámide sigue ahí… y el consecuente escándalo, el Director General del Instituto, en una acción insólita, decide oponerse a los inversores y pretende detener la obra, días más tarde, aduciendo problemas de salud, el director general presenta su renuncia, y el flamante director afirma que se realizará el salvamento Arqueológico en ese predio tal como lo establece la ley Federal del 72. Después de tres semanas de trabajos exhaustivos, se informa que la existencia de evidencias arqueológicas no eran suficientes para la conservación del patrimonio y se da la liberación del área con la cual se estrena el exclusivo hotel de cinco estrellas en un predio que se salvó de la urbanización gracias a los ímprobos esfuerzos del INAH…

En referencia al segundo punto, es decir, el patrimonio como una mercancía, el problema es tan grande y tan peligroso como el primero, aunque es más difícil de tratar ya que se pretende imponer la lógica de mercado en todos los aspectos de la sociedad, ya sea su salud, educación y tal como pudimos ver en el escándalo de Iztapalapa hasta la propia vida. De tal manera, alguien decidió que tenemos que justificar nuestra existencia en la medida en la cual somos capaces de proveer, ojala fuera un bien o servicio, utilidades. No pienso adentrarme en este tema ya que nos aleja del patrimonio, sin embargo este principio está corroyendo desde los cimientos de nuestro estado nacional y llevándose de corbata al patrimonio. 

De tal manera está en juego no la definición del patrimonio, sino para que queremos al patrimonio. Pese a que el valor del patrimonio como elemento identitario se está poniendo en duda, considero que es fundamental para el desarrollo tanto de los estados nación como de la propia humanidad. En mi caso particular, la decisión de estudiar arqueología como forma de vida la tomé en base a dos grandes puntos. El primero fue el de entender a la sociedad en la cual me encuentro, la cual es producto de todo su desarrollo histórico, el segundo fue para transmitir a mis conciudadanos el saber adquirido para que puedan apreciar y valorar su pasado con el mismo amor que yo le tengo. 

De tal manera, la utilización del patrimonio con fines meramente comerciales, me parece un síntoma de la descomposición de la sociedad la cual es sacrificada en el altar de las ganancias y el libre mercado, sin embargo, como un marginal protector del patrimonio, considero que hay por lo menos tres niveles en esta degradación.

 

El primero y menos peligroso, es el que se realiza sin afectar al patrimonio o la utilización del mismo por parte de la sociedad. Dígase el concierto de Elton John en el Museo Nacional de Historia , la presentación del uniforme de la selección mexicana de fútbol en el Museo Nacional de Antropología e Historia y las cenas y bodas que se realizan en el patio de Museo de Antropología. Allá ellos, yo en lo particular prefiero cenar en ambientes más íntimos, de preferencia techados y donde la cocina se encuentre a menor distancia de las mesas para que la comida me llegue caliente. Por supuesto estoy dando por hecho que los arquitectos del INAH comprobaron que tanto las cenas como los conciertos no están afectando al patrimonio y que se está llevando un buen control de los ingresos obtenidos para que estos se utilicen en la conservación de los inmuebles donde se realizaron.

 

De tal manera como especialista no puedo oponerme a estas actividades, aunque en lo personal, y por ende muy discutible, me parece de mal gusto y bastante snob realizar esas sandeces en esos lugares y no utilizar lugares diseñados con ese fin. Como dije anteriormente, allá ellos.

 

En un segundo nivel, se encuentran los espectáculos que evidentemente ocasionan deterioro al patrimonio, en los cuales se sociabiliza los costos y se privatizan las ganancias, dígase los casos de Cumbre Tajín, Resplandor Teotihuacano, el concierto de los tres tenores, el de Sarah Brightman y próximamente el de Elton John en Chichén Itzá. Una vez más, si se le pregunta a la gente si prefieren escuchar a estos artistas en un recinto cerrado con excelente acústica y asientos cómodos o en un lugar en el cual se van a tener que sentar entre piedras, expuestos a un calor y una humedad considerable, con un equipo de sonido de menor calidad y mucho más voluminoso, estoy casi seguro que la mayoría preferiría el concierto en el auditorio nacional que en Chichén Itzá, pero claro, no es lo mismo a la hora de presumir las fotos.

 

La introducción de toda la logística necesaria para estos conciertos en las zonas conlleva un gran deterioro, así mismo, la presencia de autobuses y de gran cantidad de gente ocasiona daños en las zonas arqueológicas, no solo en las partes expuestas, sino en todos los contextos que no se observan porque se encuentran enterrados.

 

Por otra parte, tanto Tajín como Teotihuacán y Chichén Itzá no se encuentran en el estado en el que están de manera mágica. Es el producto de muchos años de trabajo financiado por el pueblo de México con el propósito de conocer su pasado y reconocerse en él. De tal manera, la utilización de estas zonas por inversionistas que no dieron un quinto para su restauración resulta ofensiva, cuanto más cuando no ponen un quinto para la preparación de las zonas para el concierto, de tal manera el INAH (Léase el pueblo de México) debe cubrir el costo del transporte de los especialistas a las zonas y sus viáticos tanto de los investigadores como de los técnicos y manuales, se debe cubrir el costo de limpieza y mantenimiento previos así como los posteriores y de acuerdo con los rumores que corren, los conciertos se declaran en números rojos, por lo que el INAH no recibe un solo peso por estas actividades, aunque las ganancias se las llevan los organizadores, algunas deben de haber o no repetirían el numerito.

 

Por último, el tercer nivel y el más peligroso de todos, es el supuesto de que el patrimonio debe ser un negocio redituable, esto lo estamos viendo en la rebatinga que lleva varios años entre el gobierno Federal, los Estatales y Municipales que se están peleando por los sitios arqueológicos principales, olvidando que tan solo en el estado de Morelos se tienen registrados un total de más de 7000 asentamientos arqueológicos.

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FIN 



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