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Jueves, 04 de agosto de 2016

La construcción de un mito, la reproducción de un símbolo (segunda parte)
Escrito por Álvaro Rodríguez Luévano

2) Antes del encuentro entre Villa y Zapata

 

En México durante las primeras dos décadas del siglo XX se vivió un intenso proceso de cambio político y social que comenzó a fracturar un modelo de gobierno altamente centralizado desde la capital del país. El periodo que va de 1910 a 1920 se le conoce como el periodo de la revolución mexicana. Y aunque lo que comúnmente se le conoce como “la revolución mexicana”, ésta se convirtió en un proyecto de reconstrucción política nacional más tardío, un proyecto de carácter confederado. Este proyecto se basó en la abolición de los poderes concentrados por una administración política que terminó siendo una dictadura de carácter militar en manos de Porfirio Díaz durante casi treinta años.

 

Esta fractura de los poderes se constituyó en una plataforma ideológica de las principales demandas de reparto agrario consagradas en los principales textos, planes y tratados de cuyos actores fueron en su mayoría detractores del régimen porfirista.[4] Este periodo se caracteriza por una inestabilidad social, la disputa del poder y un periodo en donde las formas democráticas estaban canceladas gracias a las autoproclamaciones y los golpes de estado. Las imágenes de la revolución mexicana son imágenes de una guerra civil abierta. Una guerra de participación agraria y ganadera en donde principalmente actores sociales del campo y de las haciendas tuvieron una fuerte personalidad y presencia, frente a los ejércitos federales del bando porfirista. Uno de los sectores representados de manera caricaturizada o bien en una expresión de autoritarismo letrado (ilustrado) por los periódicos de la época serán principalmente las cortes gubernamentales, los sectores empresariales y los grandes terratenientes o caciques.

 

Para la época la diferenciación de las clases sociales era evidente, los sectores urbanos y rurales estaban fuertemente contrastados por su participación en los sectores de la economía productiva. La industria, la construcción, los sectores de manofactura, fábricas y servicios básicos acapararon en buena medida la mayor parte de la población urbana que se muestra ante los avances de la tecnología y la ciencia, características que fueron atribuidas a los ciudadanos “civilizados y de progreso” y por el contrario un fuerte estigma social marcó aquella población que se dedicaba a las actividades de la ganadería y el campo en donde se les asociaba comunmente con arrieros, bandidos, peones y salteadores de caminos. Eric Hobsbwam retrata un pasaje sobre este imaginario de bandolerismo forajido:

 

Los bandidos produjeron un caudillo potencial y leyenda que tiene la virtud de ser la leyenda del único jefe mexicano que intentó invadir el país de los gringos en el curso de este siglo. El movimiento campesino de Morelos produjo una revolución social, una de las tres que merecen este calificativo en toda la historia de la América Latina.[5]

 

En este contexto, las imágenes fotográficas que describiré, fueron tomadas aparentemente por diferentes fotógrafos, deduciendo lo anterior por el ángulo de encuadramiento de las tomas; esta observación ha sido poco estudiada desde el punto de vista iconográfico y no conozco literatura o un estudio específico del acontecimiento que permita profundizar con más detalle. Sin embargo, una cuestión que queda muy clara para quienes han estudiado éstas tomas es que se trata de dos imágenes que fueron utilizadas para la prensa nacional y las dos fueron adquiridas y firmadas por la Agencia Fotográfica Mexicana fundada por el fotógrafo Agustín Víctor Casasola.

 

En 1911, Agustín Víctor Casasola fue un fotógrafo que a la salida de Ypiranga “el fotógrafo oficial de Porfirio Díaz” tomó un lugar relevante en los eventos del mandatario y al mismo tiempo fundó la primera Agencia Fotográfica Mexicana con la cual pretendía competir con la Sonora News del estadounidense Frederick Davis, la International y la Underwood, las más conocidas empresas fotográficas del momento. Con Casasola trabajan entre otros Eduardo Melhado, José María Lupercio y su hermano Abraham, Samuel Tinoco, Gerónimo Hernández, Víctor León, Luis Santa María, Manuel Ramos y Hugo Brehme.[6]

 

Es conocido que la Agencia Fotográfica Mexicana realizaba las tomas y también compraba los negativos de los fotógrafos para reproducir las imágenes y venderlas. La venta de fotografías se hacía a los diarios de circulación nacional cuyos soportes gráficos eran elementos de primer orden para acompañar las notas periodísticas de la época.

 

Todas estas imágenes convergen en la ciudad de México, donde son recibidas cada mañana en la vitrina de la tienda de Agustín Casasola, frente a la que se aglutinan los curiosos, en busca de noticias verificando las imágenes, comprobando el estado de la Revolución.[7]

 

Cabe mencionar la dificultad de estudiar una escena común que guarda así misma algunos elementos grupales que han sido identificados a través de los años y por muy diversas fuentes, muchas de ellas testimonios orales. Otra dificultad en la que no abundaré será la de identificar exhaustivamente a todas las personas que aparecen en el retrato y sólo recogeré los testimonios que se tengan disponibles.[8]

 

El pasaje que antecede a la historia de la fotografía que describiré a continuación parte de un encuentro en Xochimilco el 4 de diciembre de 1914 donde los jefes revolucionarios no sólo se miran de frente por primera vez, sino que la prensa norteamericana los sigue en en estas reuniones cubriendo las notas sin perder detalles de las actitudes que guardan los jefes revolucionarios, y sobre todo describiendo escrupulosamente la personalidad y el atuendo de ambos personajes. John Womack Jr., historiador y especialista de los movimientos rurales de Morelos y conocedor de Emiliano Zapata, escribe en su libro más famoso de la historiografía de la Revolución mexicana: Zapata y la Revolución Mexicana:

 

Como observó el agente norteamericano, los dos hombres hacían un “decidido contraste”. Villa era “alto, robusto, pesaba cerca de 90 kilos, tenía una tez casi enrojecida como la de un alemán, se cubría como un saracof, iba vestido de un grueso swetwer marrón, pantalones de montar de color caqui y botas pesadas de jinete.” Junto a él Zapata parecía ser natural de otro país. Mucho más bajo que Villa, observó el norteamericano, “pues no debía pesar los 70 kilos”, era un hombre de piel oscura y rostro delgado, cuyo inmenso sombrero “a veces echaba tal sombra sobre sus ojos que no se le podía ver… vestía una corta chaquetilla negra, un largo paliacate de seda color azul pálido, una camisa de pronunciado color lavanda y usaba alternadamente un pañuelo blanco de franja verde y otro en el que estaban pintados todos los colores de las flores. Vestía pantalones apretados negros, de corte mexicano, con botones de plata cosidos en el borde de cada pernera”. Villa pudo ver el norteamericano, “no llevaba ningunas joyas encima”, pero Zapata llevaba dos anillos de oro, de estilo antiguo, en la mano izquierda”. “Junto a él estaba la hermana de Zapata que el nortemericano confundió con su esposa. “Todo lo que este llevaba encima probablemente se podría haber comprado con unos cinco dolares. Llevaba los dedos cubiertos de anticuados anillos de oro sin adorno que parecían más de bronce que de oro, y más de una docena de éstos”. Y junto a ella estaba el hijo de Zapata, que se durmió durante toda la conferencia e iba vestido “con unos calzones de algodón blanco, flojos, y una camisa de tela, hechos en casa y no con mucha habilidad”.[9]

 

A reserva de que Womack presenta al agente norteamericano como un informante serio, se pueden leer pasajes muy cómicos acerca de la imagen que daban los jefes revolucionarios y a veces sin importancia: “durante media hora los jefes estuvieron sentados en silencio embarazoso, ocasionalmente roto por alguna observación insignificante, como dos novios campesinos. Zapata parecía estar estudiando a Villa”.[10]

 

Esta primera reunión es emblemática sin duda por el anecdotario, pese a todo, no hubo foto oficial, básicamente lo que habían discutido era las estrategias a seguir para “aplastar a los carrancistas” que habían salido corriendo tras escuchar que Villa y Zapata rondaban la ciudad de México. “El agente norteamericano se sintió aliviado. Había observado pruebas de “buen entendimiento entre los jefes”, que prometen “que pronto se establecerá la paz en México”.[11] Esta frase será clave para entender cómo durante el proceso revolucionario se va construyendo el relato mítico-histórico que buscan los jefes revolucionarios Villa y Zapata casi de manera simultanea a los sucesos. ¿Cómo van a lograr establecer la paz en un país bajo el fuego de las balas? La afirmación cómo la pregunta es casi una broma. La única manera de establecer la paz en México es logrando la estabilidad mediante el concilio de todas las fuerzas armadas y eso en verdad, no fue logrado pasados casi diez años de conflicto armado. Por el contrario Paco Ignacio Taibo II y Pedro Ángel Palou, biógrafos de ambos jefes revolucionarios en la actual literatura mexicana insisten en que “los jefes revolucionarios no estuvieron propiamente decididos a tomar el rumbo del país”[12], incluso subrayan cierta desconfianza de Zapata para entrar a o no a la ciudad de México, pero al acordarse la ayuda mutua entre sus fuerzas deciden entrar al corazón de la ciudad y tomar el Palacio Nacional. Las tropas villistas como zapatistas se alistan para lo que llamará la historiografía revolucionaria moderada “una fiesta del pueblo” y “una entrada triunfal” para los seguidores más convencidos del plan revolucionario.

 

Con lo anterior se pone en duda las palabras de sus biógrafos cuando se refieren a una suerte de “inocencia de los jefes revolucionarios” cuando deciden entrar a la ciudad y tomar Palacio Nacional. Era evidente que desde dos años atrás, el 20 de octubre de 1912 para ser exactos, Zapata había pronunciado un Manifiesto a la Nación en donde advertía claramente que:

 

El momento preciso en que los pueblos se hunden o se salvan, según el uso que hacen de la soberanía conquistada, esa soberanía por tanto tiempo arrebatada a nuestro pueblo, y la que con el triunfo de la revolución volverá ilesa, tal como se ha conservado y la hemos defendido aquí, en las montañas que han sido su solio y nuestro baluarte. Volverá dignificada y fortalecida para nunca más ser mancillada por la impostura ni encadenada por la tiranía.[13]

 

El grupo de redactores de Zapata tenían conocimiento de lenguajes políticos que referían a los símbolos de su lucha, “el solio” que bien es conocido por los zapatistas como el trono en donde los soberanos gobiernan, para los zapatistas este solio estaba postrado en las montañas de Morelos. La diferencia entre el solio y la silla presidencial para lo zapatistas era una distinción de términos muy sencillos, era una diferencia desde donde se mira el poder:

 

Puede haber elecciones cuantas veces se quiera; pueden asaltar, como Huerta, otros hombres la silla presidencial, valiéndose de la fuerza armada o de la farsa electoral, y el pueblo mexicano puede también tener la seguridad de que no arriaremos nuestra bandera ni cejaremos un instante en la lucha, hasta que, victoriosos, podamos garantizar con nuestra propia cabeza el advenimiento de una era de paz que tenga por base la justicia y como consecuencia la libertad económica.[14]

 

Zapata tuvo en mente la idea de la justicia y del reparto agrario, como el extracto anterior lo constata los zapatistas eran concientes de la noción de la ursurpación del poder y asimismo de la disputa que simbólicamente representaba la silla presidencial. Algunos meses antes de entrar a la ciudad de México en Milpa Alta en un manifiesto al pueblo de México los zapatistas sostenían que:

 

Es cierto que los ilusos creen que el país va a conformarse (como no se con-formó en 1910) con una pantomima electoral de la que surjan hombres en apariencia nuevos, que vayan a ocupar los curules, los escaños de la Corte y el alto solio de la presidencia; pero, los que así juzgan parecen ignorar que el país ha cosechado, en las crisis de los últimos cuatro años, enseñanzas inolvidables, que no le permiten ya perder el camino, y un profundo conocimiento de las causas de su malestar y de los medios de combatirlas.[15]

 

En plena conciencia de sus actos, puede conjeturarse que ambos revolucionarios entrarían a la ciudad de México como lo había hecho Francisco I. Madero, como lo había hecho en su momento Porfirio Díaz, Benito Juárez, y sin duda como había entrado triunfante el 27 de septiembre de 1820, Agustín de Iturbide acompañado de su ejército trigarante. Así el imaginario del que gozaban los zapatistas no le era extraño a los villistas. Sobre esta entrada de las tropas puede verse la fotografía de la agencia de Agustín Victor Casasola con retoque de Roberta Maranzano para el célebre libro de Bernard Oudin, Villa, Zapata et Mexique en feu, en cuyos márgenes se lee:

 

Entrée triomphale à Mexico

Ce fut peut etre le defile le plus insolite de la revolutione mexicaine. Aujourd´hui, 6 décembre 1914, ils font leur entrée triomphale à Mexico. Dans la tete, Villa arbore un uniforme de general (avec casquette). A ses cotes (á gauche), Zapata est civil, avec son inmense sombrero et sa vest de daim.[16]

 

Entrada Triunfal en México, Col. Archivo Casasola, INAH, México.

Imagen pictorizada por Roberta Maranzano

En: Bernard Oudin, Villa, Zapata et Mexique en feu, Paris, Découvertes Gallimard-Histoire, 1989, p. 86-87.

 

Dos días después de aquel encuentro del 4 de diciembre de 1914 en Xochimilco, sostiene Womack: “la División del Norte y el Ejército libertador del Centro y del Sur entraron en formal y festivamente en la ciudad de México, para ocuparla juntos.[17] Para la posteridad, los fotógrafos tomaron en Palacio Nacional la fotografía de un Villa euforico, sonriente sentado en la silla presidencial, que tenía a un hosco Zapata a su izquierda”.[18]

 

(CONTINUARÁ...)

 

[4] Sobre el proyecto revolucionario y la institucionalización de la revolución existe una vasta bibliografía de la que citaré aquí tan sólo algunas obras de las más conocidas: Arnaldo Córdova, La revolución en crisis. La aventura del maximato, México, Cal y Arena, 1995., John, W.F. Dulles, Ayer en México, Una crónica de la Revolución 1919-1936, México, Fondo de Cultura Económica, 1989., Jorge Carpizo, El presidencialismo mexicano, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1985., Daniel Cosío Villegas, El sistema político mexicano, México, Joaquín Mortiz, 1972., Luis Javier Garrido, La formación del nuevo Estado en México. 1928-1945, México, Siglo XXI, 1982., Enrique Krauze, La presidencia imperial, México, Tusquets, 1997., Roderic Al CAMP, La política en México, México, Siglo XXI,1995., Lorenzo Meyer, Los inicios de la institucionalización: La política del maximato, México, El Colegio de México, 1978. Historia de la Revolución Mexicana, t. 12, pp. 178-180., Carlos Ornelas, “La educación técnica y la ideología de la Revolución Mexicana”, en Graciela Lechuga (comp.), La ideología educativa de la Revolución Mexicana, México, UAM-Xochimilco, 1984.

[5] Eric Hobsbawm, Bandidos, Barcelona, Crítica, 2001, p. 131.

[6] Olivier Debroise, Fuga Mexicana. Un recorrido por la fotografía en México, México, Consejo Nacional para la cultura y las Artes, (Lecturas Mexicanas), 1998, p. 230-231.

[7]Id., p. 225.

[8] En este caso nos referiremos a dos videos disponibles en línea, el primero en donde la periodista Carmen Aristegui, conductora de la cadena CCN en español, entrevista a los escritores mexicanos: Paco Ignacio Taibo II, quien recientemente ha escrito una novela biográfica sobre Pancho Villa y Pedro Ángel Palou quien recientemente escribió una novela sobre Zapata. Entrevista disponible en:http://es.youtube.com/watch?v=aGsDKVDkDJ0&feature=related(consultado el 30 de diciembre de 2008). Otro testimonio se recoge a una entrevista a Antonio Gómez Delgado, quien refiere una anécdota de la fotografía que se tomaron en Palacio Nacional en diciembre 1914 los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata. Esta entrevista está disponible en: http://es.youtube.com/watch?v=OEEuomi8aaA&feature=related (consultado el 30 de diciembre de 2008).

[9] John, Womack, Zapata y la Revolución Mexicana, México, Siglo XXI, 1999, p. 217.

[10] Womack, op. cit., p. 217.

[11] Canova al Secretario de Estado, 8 de diciembre de 1914, NA, 59: 812/ 14848, González Ramírez, Planes, p. 113-121. En Womack, op.cit., p.217.

[12] Estos autores están citados en la nota al pie de página número 8 de este artículo, en donde se puede revisar la referencia de la entrevista donde hacen estas observaciones.

[13] Emiliano Zapata, “Manifiesto a la Nación”, Morelos México, 20 de octubre de 1912, en: Manifiestos Emiliano Zapata, Cuadernos de la memoria, p. 11. Disponible en:http://www.scribd.com/doc/7235916/Zapata-Emiliano-Manifiestos (consultado el 30 de diciembre de 2008).

[14] Zapata, op. cit., p. 14.

[15] “Al pueblo mexicano”, Milpa Alta, México, agosto de 1914, en: Zapata, op. cit., p. 20.

[16] Bernard Oudin, Villa, Zapata et Mexique en feu, Paris, Découvertes Gallimard-Histoire, 1989, p. 86-87.

[17] Para ver la entrada triunfal en video de los dos jefes revolucionarios Villa y Zapata, puede consultarse un extracto de la película de Memorias de un Mexicano, 1950, de C. Toscano de Moreno Sánchez. Disponible en: http://es.youtube.com/watch?v=VsVy8b5k-Cs (consultado el 30 de diciembre de 2008). En este film puede verse a ambos ejércitos haciendo su arribo a las calles de centro histórico; casco arquitectónico y político de la colonia. Las tropas zapatistas se distinguen perfectamente por sus atuendos de manta blanca y grandes sombreros de ala ancha. A la cabeza de los regimientos un soldado zapatista porta un estandarte de la virgen de Guadalupe, mientras Zapata y Villa cabalgan juntos entre la ovación del público que observa el evento. Los fotógrafos van a la cabeza de la caravana y pueden observarse acelerados en el film, los tiempos de las tomas fotográficas.

[18] Womack, op. cit., p. 217.



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