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Jueves, 04 de agosto de 2016

Notas a Músculo Corazón. Masculinidades en México, por Angélica Abelleyra*
Escrito por Angélica Abelleyra

Los seres humanos tenemos cuerpo pero no lo habitamos. Si el cuerpo es nuestra casa, a veces está abandonada. Nos vemos pero no nos miramos. Tenemos carnes, huesos, tendones, facias, cicatrices, arrugas, fluidos; a todos ellos los intuimos pero no los arropamos como nuestros. O los observamos, incrédulos, desde la mirada subjetiva e idealizada de la construcción personal, esa que se determina por desdicha bajo la perspectiva social tan prejuiciada como poco libertaria.

 

Y si damos por hecho eso que nos conforma biológicamente y hacemos poca tarea por concientizar nuestros armazones físicos, menos los emocionales. Y somos adición de ambas naturalezas, para placer y desgracia, según se vea y se complejice la vida. Varones y mujeres. Igual y distinto en nuestros valles y colinas. Pero la máscara y la idealización nos ganan. Y la foto y la desnudez juegan también ese juego: el de la ficción, la puesta en escena entre sombras y poses, valentías y fragilidades. Nuevos trajes aunque estemos a flor de piel.

 

Músculo Corazón. Masculinidades en México (La Cabra Ediciones, 2013) es el libro que nos convoca. Son los recorridos, así en plural, que dos fotógrafos y seis ensayistas hacen de las corporalidades masculinas de más de 40 años, el doble o más de kilos y muchos escondrijos que, a pesar del encuere, no son develados. Las heridas y los placeres permanecen en el misterio.

 

Maritza López y Rogelio Cuéllar son los artífices de los retratos de desnudo de pintores, escritores, ex toreros y bailarines, músicos, actores, científicos, payasos, un mago. De los señalados como “anónimos”, uno es el pintor que presenta algunas de las pocas espaldas y nalgas que transitan en este mosaico de casi completas frontalidades, donde la exposición genital marca cada historia corpórea, con menor o mayor confianza ante la cámara.

 

En mi imaginería, faltaron quizás, omóplatos delineados, dorsos que hablaran de frente, por decirlo de alguna manera. Porque aquí hay decenas de torsos que se exponen pero a veces mantienen la secrecía y solemnidad. ¿Por qué ante el propio cuerpo desnudo seremos tan proclives a lo grave? ¿Quién nos enseñó a dejar de festejar con alegría nuestros empaques? Sí, claro que algunos retratados sonríen y hasta juegan como abanicando la brisa o sus movimientos congelados. Y observan de frente. Otros parecen navegar en aguas densas, esquivan la mirada o una mano o una sombra impiden leer en sus ojos el momento en que se aplaca el instante de complicidad, reto, nerviosismo o arrepentimiento frente al fotógrafo que los encuadra. Que cada uno ponga en etiqueta la emoción ante el clic. Y nosotros, nosotras, un sentir frente a cada toma.

 

También me quedé con ganas de algunas sutilezas en los detalles, en las micro- geografías imperfectas de un pie, las honduras de una corva o las rugosidades del codo que, como pruebas en microscopio, pueden convertirse en todo el universo. Por ello, me sacudió la contundencia de esa serpiente herida que baja del cuello hacia la espalda de uno los retratados. Marcas que relatan y nos sirven de espejo hacia nuestras propias hendiduras. O la imagen final que bautiza al libro: músculo corazón, o el big close up fálico de ese triángulo abultado, velludo, rugoso y para sorpresa mía -al menos- de increíble similitud a ese otro órgano tan ligado al romanticismo, la compasión y demás bondades en cada 14 de febrero. Hasta María Luis Passarge, la autora de esta imagen, podría lanzarse a patentarla y comercializarla en grafismos para regalitos del próximo Día del Amor y la Amistad.

 

Veamos. Maritza López tiene una añeja historia en el retrato de desnudo. Lo hace desde 1993, cuando abordó su serie de ángeles y documentó el trabajo del bailarín Raúl Parrao. Otras series han sido “Retorno a un sitio anterior” y “Plata y letra sobre piel”. Como lo hace casi siempre, sus escenarios humanos cuentan sólo con un telón de fondo oscuro, luces y sombras que enmarcan cierta dramatización en las poses y los tonos musculares. Pocos aditamentos objetuales cierran cada cuadro.

 

Rogelio Cuéllar tiene también su trayecto en estas geografías, aunque han sido femeninas la mayor parte. En esta experiencia con las masculinidades, retoma algo de su amplio recorrido con los artistas visuales y los escritores e inserta a cada personaje entre cuadros, libros, una sala, el estudio de danza o sobre la hamaca. Lúdico, uno de los grabadores estampa su propia piel y ofrece en el cuerpo una cartografía de imágenes. Sólo dos de los varones aparecen en compañía de sus mujeres. La suma añade complicidad que vuelve más cómodo el rostro de ellos, mientras ellas están vestidas. Y sueltas.

 

Rica es además la inclusión de testimonios de algunos retratados o de otros que declinaron la invitación al encuere. Hablan de tejidos flojos, subversión, inquietud, responsabilidad estética y ecológica para no desnudarse en público, misterio, morbo, prejuicio, metáfora. Unos se dicen aliados de la complicidad y de ir más allá de la vanidad. Otros, entre la broma y la seriedad, piden disculpas y hasta indulgencia.

 

Frases y fotografías se enriquecen de otras narraciones: esta vez son seis ensayos que, casi todos, parten de la autobiografía; de la relación con el padre, de las heridas causadas por las pérdidas, los fracasos, la experiencia vivida en sexos y en almas. Pero también hay abordajes desde la historia, la filosofía.

 

En orden de aparición, el poeta-biólogo y filósofo Carlos López Beltrán se aplaude por no haber investigado antes de construir su ensayo. Nos invita a no endurecer el traje ni lanzar loas a las armaduras de género. Ofrece un recorrido por su historia-cuerpo, la vivencia con el padre y el sentido de ser y hacerse hombre  ya sin la presencia física de su progenitor. Al final, sentimos que su relato aminora un poco el aserto de que pronunciar la palabra hombre, varón o caballero en estos tiempos “se vuelve un armario vacío y desvencijado”.

 

Desde Brasil, el poeta uruguayo Alfredo Fressia habla de la “trabajosa ficción” que es para él la masculinidad. Y a partir de una nota periodística de mayo de 2011,  sobre una ley –hoy bloqueada en Brasil- para penalizar los crímenes por homofobia, aborda los discursos privados sobre el sexo en dos instituciones como la Iglesia y el Ejército. Dupla que por cierto nos viene como anillo al dedo en México y casi todos los países de Latinoamérica.

 

Además del texto de presentación de Hilda Saray Gómez González, el único ensayo de una mujer en este universo de masculinidades es de Teresa González Arce. Es especialista en literatura española contemporánea y en el estudio comparado entre literatura y artes visuales. Hace un hermoso retrato de su padre. Lo esculpe como la roca y la foto de las que parte para reconstruir su memoria  y relaborar su relación con ellos, sobre todo su hijo pequeño.

 

Rafael Toriz es el autor xalapeño más joven del conjunto que ofrece su reflexión escrita. Estudió música y literatura y ha ganado un sinfín de premios. Con mucha soltura y sentido del humor, transita por sus experiencias de ser hombre entre los boy scouts y una brevísima incursión con masones. Su padre karateca, adorador del achichincle de El Avispón Verde, más algunos otros machos alfa con los que se ha topado, le apoyan en su valoración no sólo de las masculinidades sino de un “hembrismo abominable con los condimentos de agresión, sarcasmo y grosor en la cartera” cada vez más comunes entre nosotras y tan determinantes para la vida de algunos señores.  Su texto nos acompaña a responder la pregunta “¿qué es lo que hace a un hombre?” aunque, al final, ustedes que son ellos y nosotras, todos, seamos “entidades inacabadas, seres en obra negra”.

 

El escritor Andrés de Luna es un especialista en las lides del erotismo en todas sus manifestaciones: la literatura, las artes visuales, la foto, el cine. Hace historia en una serie de viñetas colmadas por romanos y Templarios, Alfonso Reyes y Hillary Swank…  para describir prácticas sexuales que son prácticas de placer y de poder. Las masculinidades desde lo social están en su reflexión donde nos platica de películas y novelas; fisiologías y sociologías ligadas al cuerpo y lo que de él se desprende y reprende.

 

Cierra el libro uno de los textos más aportadores, el de Juan Guillermo Figueroa Perea, filósofo, matemático, epistemólogo y especialista en temas de reproducción, salud y sexualidad. “Jugar a ser hombre a veces duele”, lanza en una paráfrasis a eso que cantaba Amparo Ochoa, porque a los varones les enseñaron a negar el dolor, a crearse corazas corporales de rudeza y a festejar y presumir las cicatrices como “huella de batallas vividas”. El suicidio, el pene como la principal representación de su ser, la carencia de afecto y de contacto con el propio cuerpo, son algunos de sus asideros para, al final, reivindicar “el derecho a la ternura”, tal y como lo hizo el sicoanalista colombiano Luis Carlos Restrepo en su libro homónimo. Ternura a carta cabal y no “ternura clandestina” del hombre consigo mismo, con otros hombres, con otras mujeres.

 

Al concluir, Figueroa Perea lanza una provocación que le daría otro sentido a este libro sobre masculinidades. Sugería algo planteado por el español Joseph Marqués en un congreso mundial de sexología realizado en Valencia en 1997, y que ahora florece en muchas discusiones sobre género y familias: el olvido de toda identidad que etiquetara “lo masculino”. Dejar de hablar de “hombres renovados” o de “nuevas masculinidades” para referirnos al “ser personas” en sentido amplio. Reconciliarnos y redescubrir y festejar los cuerpos, sin etiquetas. Acá, creo que lo refrendamos.

 

Finalizo por el principio. Habitar el cuerpo es como llegar a casa y ocuparla. Ocuparnos. Sentirnos cómodos, sin solemnidades de por medio. Con la naturalidad que hemos perdido, con el juego que quizás olvidamos a ratos. Habitemos nuestros cuerpos, en la soledad o la compañía.

 

Habitemos desde la mirada también estos cuerpos en fotografía. Y si podemos con algo de magia, habitemos este libro. Seamos cómplices con nuestros músculos y desde nuestros corazones.

 

(*) Periodista Cultural, autora de los libros Se busca un alma, retrato biográfico de Francisco Toledo yMujeres Insumisas. El texto formó parte de la presentación de Músculo Corazón, realizada el 11 de diciembre en el Centro Cultural Bella Época, con la participación además del crítico de arte Irving Domínguez y del escritor Andrés de Luna.

 

Francisco Quintanar. Foto: Rogelio Cuéllar (pintor integrado al cuadro)

 

Josefo Morales. Foto: Maritza López (ex torero)



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