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Jueves, 04 de agosto de 2016

Laurie Anderson, gracias por el insomnio
Escrito por Angélica Abelleyra

La poesía duele. Cala hondo. En ella no hay orden lineal, como la vida, donde a pesar de nuestros intentos de dar coherencia a lo existente, la batalla está una y otra vez perdida. Madre, ausencia. Nombre, memoria. Llanto, afluente. Araña, gemido. Viento, flor perenne. Pensamiento, trampa. Profundos fantasmas, misterios de arena lunática. Lluvia, acordes chillones. Música, imágenes y palabras para deconstruir el mundo. Todo nos pasma porque tenemos existencias poco poéticas. O al menos que hagamos el intento de preguntarnos para no responder y de luchar contra la falsa felicidad que nos inunda. Este es quizás uno de los asuntos
que más perturban a Laurie Anderson: la hipocrecía en la cual nos embarcamos con la pretensión de nunca hundirnos. Y con el violín, su voz real y modificada, el sintetizador, música que rasga, mece y truena, más una sucesión de imágenes de duermevela, de pesadilla, de sueño y reposo, nos ofrece su Delusion, una especie de mosaico multidimensional que estruja para lanzar preguntas, irrespondibles: ¿Cuáles son las cosas que dirás antes de convertirte en polvo? ¿…? Son 20 historias cortas sobre la muerte, el desamor, la inutilidad del sistema político, la avidez económica, la urgencia del control social, la venta de tierras inalcanzables, el perdón, la mentira. Y la artista es personaje y pantalla que rasga las cuerdas, que camina lento entre un campo colmado de dientes de león. Porque ¿qué hay más vulnerable al tiempo y al aire que una flor hecha de pétalos que son casi nada? ¿qué más impreciso que la verdad del amor filial ante la madre en agonía?. Anderson cree en lo que dice su cuerpo. Y se nota en su cabello asombrado, en su rostro impecable, enjuto, sobrio, que se mueve lento en medio del escenario, entre las muchas pantallas diseminadas: un sillón que es pantalla, una pantalla enorme al centro, más dos laterales que reflejan hojas secas, mecanismos en bruto, poesía en pizarrones, lluvia sin descanso, pastos que mece el viento, arenas de una Luna que se pelean gringos, rusos, italianos y, claro, los chinos. Delusion es una palabra con muchos significados. Puede ser engaño, autoengaño, falsa opinión, creencia errónea o delirio. Como obra polisémica fue creada por el encargo que le hicieron el Barbican Centre de Londres y el Comité Organizador de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno 2010 en Vancouver. Se estrenó en el teatro Playhouse de aquella ciudad canadiense en febrero de ese año y ya se ha presentado en Nueva York y otros destinos. Laurie Anderson susurra, canta, deletrea, vocifera. Va de lo cotidiano a lo místico; de lo políticamente incorrecto a lo más íntimo con pocos visos de consuelo. Entre todo ello ronda siempre el misterio, la hendidura oscura, la exploración sombría. Sus historias son de los mundos de la ciencia, la mística, la tecnología, el humanismo. Hay dolor e ironía. Sobre todo honestidad en esa trayectoria de más de 30 años que abarca la música, el arte visual, el performance, la poesía, la fotografía, el arte electrónico y el cine. De Vancouver a Nueva York, Delusion estuvo en dos ocasiones en la ciudad de México (5 y 7 de noviembre) para generarnos desconcierto, melancolía, un calidoscopio emocional con cierto un aire de desasosiego. Gracias Laurie Anderson por el insomnio, reparador de complacencias.


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