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Jueves, 04 de agosto de 2016

Los 65 años de Sebastián Salgado: una foto sola es casi polvo
Escrito por Angélica Abelleyra

Hace unos días cumplió 65 años y se sitúa como uno de los fotógrafos más importantes del mundo. Es Sebastián Salgado, el brasileño que ha retratado las migraciones, la exclusión de los hombres por otros hombres, la destrucción del planeta. Es el autor de libros tan notables como Éxodos y Trabajadores. Sus tomas de mineros en la Amazonia brasileña y desplazados por las guerras y las hambrunas recorren museos, galerías, cientos de páginas de Internet y de volúmenes empastados. Pese a su fama, no ha estado alejado de generar polémica. Algunos críticos le reprochan crear una “estética de la miseria” mientras otros destacan la belleza de sus fotos aunada a su fuerza política. Hace algunos años, el multipremiado artista de la lente estuvo en México, anduvo por Chiapas y recorrió calles de ciudad Neza. En medio del trajín, y gracias a la intermediación generosa de la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, tuve la oportunidad de platicar con él para un programa de televisión. Ahora, con motivo del cumpleaños, recordamos parte de aquella conversación a manera de monólogo, en medio de algunos silencios y una reticencia constante a ser captado con la lente, una lente como la de él, afanada ahora en su proyecto Génesis mediante el cual buscará captar imágenes de la naturaleza vegetal y animal en el mundo, antes de la destrucción que ha hecho el hombre de esos entornos. Aquí sus reflexiones:

“África ha sido para mí muy importante, desde cuando empecé mis viajes en el 70. Pero mi fotografía empezó un poquito antes que África. La descubrí en el año 70 en París. Para mí ha sido un descubrimiento fabuloso porque me ha aproximado a las personas. Hay un placer tan enorme, tan grande en fotografiar que lo siento hasta ahora. Es un placer de aproximarse a la gente y ser recibido adentro de una comunidad. Poder, a través de la fotografía, integrarme a la comunidad y partir de un momento, no saber más sí soy yo quien hace las fotografías o si es la gente quien me las regala.

 

“Vivíamos en Londres, trabajaba en la Organización Internacional del Café y la foto fue adentrándose más y más en mi vida. En ese momento yo era un economista y en realidad la fotografía me daba mucho más placer que los relatores económicos que debía hacer. Hasta un momento en que en el 73 abandoné todo, volví a París y empecé mi vida de fotógrafo. Era el placer de hacer la imagen, descubrir relaciones nuevas y trabajar con este lenguaje tan fuerte y poderoso. La función del reportero gráfico que soy es aproximarme a las comunidades. A través de una cámara, trabajar como un vector y ofrecer a las otras partes del mundo lo que yo estoy viendo.

 

“Un fotógrafo tiene un privilegio muy grande que poca gente tiene: la oportunidad de aproximarse a las cosas que están aconteciendo. Otras personas que están trabajando con la información, tienen la oportunidad de hacerlo con datos de terceros o segundos testigos para aproximarse a las cosas. Pero el fotógrafo, para tener su imagen tiene que adentrarse, ir y ver. Colar su vida en el momento histórico que se está viviendo, pero de muy cerca. Ir en las olas de la historia. Eso a veces es difícil. Exige mucho viaje, aislamiento de tu grupo básico que es tu familia, tus amigos, la casa. Hay que tener una vocación grande pero es un gran privilegio el poder frecuentar todo el planeta.

 

“Yo posiblemente he andado en más de cien países y me he adentrado en las comunidades. No he sido reportero de guerra. Algunas historias que he hecho pasaron en eventos drásticos como guerra y formas de violencia. Trabajaba en la agencia Gamma en París y en mis inicios de fotógrafo estuve en Angola, en Irlanda en la época de los combates fuertes. También he estado en momentos de guerra terrible en Bosnia, en Ruanda. Sin embargo no era la guerra la que me interesaba. Seguía a grupos de desplazados que me llevaban cerca de la guerra.

 

“Cuando he hablado del placer que un fotógrafo tiene, es el placer histórico, la oportunidad de estar allí. A veces no es ningún placer sino vergüenza de ser un ser humano porque es terrible ver la falta de oportunidad de una gran parte de la población del planeta que tiene de sobrevivir. Son momentos duros pero una oportunidad de cualquier manera. Hay muchos momentos para hacer una fotografía. Es muy sencillo hablar de ética de este lado, de una oficina bien protegida, con aire acondicionado. Los cameraman, han fotografiado algunas cosas y no se puede decir si está bien o no. La ética es algo tan personal y tan de cada momento donde se da. Hay momentos en que se hace una fotografía de furia, de terror del momento, con ganas de denunciar lo que está pasando para que nunca más acontezca. Y otros momentos en que no se hace porque se cree que no se debe hacer. Son tantas variables que condicionan a la persona en el momento que se encuentra, que es difícil juzgar. Cada uno debe tener su juicio. Todo lo que hacemos tiene dos o más maneras de mirarse, depende de donde se mira.

 

“La sociedad que vivimos genera preguntas. Yo me voy allí, trabajo, tengo la oportunidad de registrar esas cosas, trabajar como un vector, ver de un lado, dar a ver de otro, para que juntos podamos colocar la cuestión ¿por qué? ¿Por qué es así? ¿Por qué vivimos en una sociedad tan violenta, en una sociedad tan injusta? ¿Qué derecho tiene una parte de la población de este planeta que tal vez no represente ni el 20 por ciento de apropiarse de los bienes producidos por el planeta entero? ¿Por qué un país como México, como el mío, Brasil, una alta burguesía tiene el derecho de apropiarse de todo lo que un país entero produce? ¿Por qué tenemos derecho a apropiarnos de la dignidad de los otros? Son cuestiones terribles que mis fotografías no plantean pero la sociedad que vivimos se debe plantear. Yo me voy con la fotografía, hago el registro y juntos tenemos que poner la cuestión. Mis fotografías son sólo un pequeño testimonio de esta sociedad que hemos construido y está llena de problemas y de defectos que tenemos la posibilidad de corregir. Pero corregir solamente a través de la discusión y de un debate completamente democrático y abierto para llegar a una solución o a otra.

 

“Yo creí en un momento que estábamos en un proceso de evolución. Evolución en un sentido positivo de la curva. Pero con la serie de violencias que he visto recientemente a través del mundo, creo que la evolución puede ser en dirección negativa de la curva. Si vamos hacia un diálogo realmente abierto, con honestidad, con preocupación seria en dirección a la solidaridad y al respeto del principio de la comunidad, creo que tenemos una posibilidad de salir bien como especie. De otra manera será muy difícil para nosotros sobrevivir.

 

“No creo que, como se dice, una imagen dice más que mil palabras. La imagen tiene un poder, es realmente un lenguaje fabuloso y universal.  No necesitamos ninguna traducción para leer el lenguaje de la imagen en Japón, Brasil y México. Pero la imagen sola no es nada. La imagen con el texto, con otro tipo de información, con las organizaciones que lo utilizan, con la gente de buena voluntad es un componente para ayudar a colocar la cuestión de forma potente. Pero la imagen sola para mí es casi como el polvo. Una sola imagen es un objeto aunque sea hermosa, fuerte, interesante. Pero una serie de imágenes, con una serie de información, de promoción social, es un mensaje social.

 

“Mi trabajo no es hecho en forma alguna como una pieza de arte. Yo soy un reportero, no soy un artista en el sentido que no estoy produciendo objetos artísticos para ser mirados como objetos. Yo estoy produciendo una serie de imágenes dentro de un lenguaje informativo para ayudar a provocar una discusión general. Si esas fotografías al largo plazo se transforman en referencias históricas del momento que hemos vivido, como por ejemplo el trabajo de los hermanos Casasola en este país, que ha sido realizado como un trabajo de reportaje y finalmente quedó como un monumento de este país y una referencia histórica. Si mis fotografías al largo plazo tienen este poder de las imágenes de los Casasola, en ese momento creo que sí pueden ser consideradas como un objeto de arte para la sociedad. Hoy no lo son. Son parte de un lenguaje informativo.

 

“Yo soy migrante no sólo porque estoy viajando. Soy migrante por la propia naturaleza de mi existencia. Nací en una pequeña hacienda al interior de Brasil. Mi papá no tenía condición de tener a los hijos en la escuela. Del campo nos trasladamos a la ciudad donde tenía quince años y pasé a otra ciudad para hacer complemento de mis estudios. Luego me casé con Lelia en los años 60 en Sao Paulo. Allí nos metimos en movimientos de izquierda combatiendo a una dictadura terrible en esta época. Fuimos obligados a dejar el país y quedamos muchos años como exiliados. No podíamos volver a Brasil. Luego pasamos a ser emigrantes en Francia. Esa historia la conozco bien. La viví dentro de mí, comprendo un poco. Claro que soy un emigrante privilegiado porque soy conocido, tengo las condiciones razonables de vida.

 

“La serie de fotografías que he hecho sobre los trabajadores me llevó a hacer esta serie sobre las migraciones. Considero que es un solo cuerpo de trabajo. Salí por el mundo por algunos años haciendo una especie de homenaje a los trabajadores. Ahí trabajé en 20 o 30 países. Haciendo este trabajo, vi que esta modificación de la forma de producir en el plantea estaba provocando también una enorme revolución en la forma de vivir y en los agrupamientos humanos. El abandono del campo en dirección a la ciudad. Es el caso de los mixes, he estado aquí en México con los mixes en los años 80 y hoy la región mixe es un país vacío, como buena parte del campo mexicano. Si este país en algunos años pasó del 90 por ciento de población rural a casi 75 por ciento de población urbana, mi país, Brasil, en 30 años pasó de 80 % de población rural a 82 % de población urbana. Hay 120 millones de personas que abandonan el campo por año en el planeta entero. Y más las migraciones externas. Los refugiados tanto económicos, como de guerra, políticos y de catástrofes. Esto me llevó a circular durante siete años en más de 40 países.

 

“Hoy hay un discurso muy corriente y normal de la globalización. Cuando se habla de la globalización, se habla de la globalización económica, financiera, de la formación de la cultura pero no se habla nunca de los globalizados. De las poblaciones que han sufrido esta imposición de los países más desarrollados de este plantea con un instrumento muy ingenioso de transferencia de riquezas de un lado del planeta en dirección a otro. Esto ha hecho que una parte del planeta se haya transformado con una enorme concentración de ingresos mientras otra enorme parte del planeta se queda empobrecida, resultando una diferencia entre los ricos y los pobres casi tres veces más grande que 30 años atrás. Ese instrumento fabuloso que ha sido creado provocó una desarticulación total en la manera de vivir. Encontré en las carreteras durante siete años, viajando una media de nueve meses por año, gente que tenía mucho en común: habían básicamente perdido todo y tenían un instinto básico de sobre vivencia, buscando un punto de equilibrio para trabajar, para vivir con dignidad. Y la dignidad es lo principal del ser humano que debemos respetar, así como el concepto de comunidad y de solidaridad. Mi lenguaje fotográfico se construye en este sentido”.



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