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Jueves, 28 de julio de 2016

Galpón, palabra derivada de la voz náhuatl: calpulli
Escrito por Felipe Ehrenberg

 

Este breve texto, tan íntimo como inédito, lo escribí
en mi casa de Tepito, el 29 d
e abril de 1992.

 

 
 
Por fin, ayer martes culminó mi búsqueda de un espacio donde trabajar las obras para Pretérito Imperfecto, la exhibición que en breve presentaré en el Carrillo Gil.www.ehrenberg.art.br/preterito.html Es un enorme galpón de lámina de metal, que a ojo de buen cubero ocupa quizá uno 700 m2. Está situado en una cuchilla sobre la calle Salina Cruz, casi esquina con Papantla, en la lejana Colonia Providencia. Durante un buen tiempo fue una tiendota de la Conasupo y sus exteriores todavía muestran huellas de la pintura rojiblanca de la empresa.
 
La Providencia es una colonia mestiza y morena, casi tranquila. Si te paras en cualquier techo puedes otear las viejas torres de la Basílica de Guadalupe y la ermita que está situada en lo alto del Tepeyac, cerro cubierto de zacates y pirules y unos cuantos sobrevivientes de los eucaliptos que importaron los españoles durante la Colonia.
 
Llevaba yo casi un año buscando a alguien que me prestara un lugar para trabajar. Tendría que ser prestado pues no me alcanzaba para pagar una renta.
 
En principio le había puesto el ojo a un espacio maravilloso que está a unos metros de mi casa, aquí mismo en Tepito. Es un enorme galerón de cemento, nuevecito. Fue construido después del sismo por Renovación Fase I. Esto me sorprendió mucho porque yo sabía que la responsabilidad de Renovación se limitaba a reconstruir casa habitación para los damnificados, no edificar locales comerciales. Me anduve informando y resultó que esta bodega es propiedad de Manuel Marcué Pardiñas, un conocido militante de todos los partidos de izquierda. Según versiones de mis vecinos (y luego de algunos exempleados de Renovación que contacté), ese enorme espacio había sido reconstruido “porque Marcué lo había donado al barrio, para convertirlo en una muy necesitada biblioteca”.
 
Algo tranquilizado, procuré por todos los medios localizar a los responsables: acudí a la delegación Cuauhtémoc, a Servicios Metropolitanos, al Departamento del D.F., sin resultado. Al fin localicé a Don Manuel. El luchador social vivía en el Pedregal. Muy secamente me informó que no, que ese sitio era propiedad suya y de sus hermanas, que como estaban muy urgidos de dinero lo había puesto en venta y que ya tenía unos posibles compradores alemanes. Faltaba solamente desalojar a los comerciantes ambulantes instalados frente a la fachada del edificio. Ni un vasito de agua me ofreció.
 
Carlos Perzabal Marcué, Manuel Marcué Pardiñas y Ernesto Guevara, en La Habana, en 1963. Esta foto fue tomada del diario La Jornada, que a su vez la tomó del libro De las memorias de Manuel Marcué Pardiñas, publicado en 1997 (sin créditos al fotógrafo), y reeditado en 2009 por Carlos Perzabal Marcué, dentro de un programa de recirculación de libros vinculados con el Centro Histórico de la ciudad de México.
 
Pero había visto otro lugar. Es uno de los pisos, casi todos vacíos, del enorme edificio que tiene el Partido Revolucionario de los Trabajadores cerca de la Calzada de Tlalpan. Hablé con algunos de sus dirigentes, pensando en la posibilidad de ocupar una parte de uno de los pisos. Les ofrecí a cambio armarles un programa de acciones culturales para sus agremiados y los vecinos de la colonia donde están. Reiteré mi solicitud varias veces, sin resultado alguno: que no lo habían tratado en esa reunión, que no estaba fulano, que se le había olvidado a zutano, que hablara la semana siguiente...
 
Francamente desesperado, acudí al Senador Manuel Aguilera, a quien había conocido como director de Renovación. Nunca le había pedido un favor personal y ahora lo hacía. En dos días me lo resolvió: me prestaría la rienda de la Conasupo. Por su conducto me recibió Alejandro Posadas, el delegado de la Gustavo A. Madero, y habiendo él lanzado un llamado a sus 10 subdelegados, me envió con Javier Moreno, titular de la #3.
 
Lo demás fue firmar unos papeles de comodato temporal, citarme con un empleado de la subdelegación en las puertas del galpón y firmar el recibo de las llaves. Esa misma tardé me arreglé con una de los barrenderas de la de la colonia y al día siguiente entraron una docena más de barrenderas vestidas de overol naranja. Chambearon todo el día para barrer, primero, los años de polvo y luego, para manguerear las paredes de lámina y el piso cubierto de azulejos de loseta plástica blanca.
 
Posdata escrita en Sáo Paulo, el 24 de junio del 2007: No salí de mi taller durante dos años y pico, hasta el día en que una granizada como nunca se había visto, con granizos del tamaño de bolas de golf, derrumbó el techo. Al vencerse, se vencieron también sus costados. Unas semanas después, unos teporochos se mudaron a mi galpón prestado y lo incendiaron. El edificio, semidestruido por el hielo, fue totalmente consumido por el fuego. Perdí el lugar y todo lo que contenía, materiales, herramientas, obras, libros...
 
Pero lo bailado nadie me lo quitó.
 
Cae mi galpón bajo la granizada del ‘92.
Foto: Daniel del Solar ©2011
 


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