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Jueves, 28 de julio de 2016

Eugenia Butler (RIP) y sus esculturas invisibles
Escrito por Felipe Ehrenberg

 

Dedicado a mis amigos Mónica y Cuauhtémoc
 
 

Mi amiga Eugenia Butler murió en el 2008, a los 61 años de edad, en Santa Rosa, California. Yo no lo supe sino hasta hace unos 6 meses, cuando recibí una conmovedora carta-e de California. Y si ahora escribo este blog, que ser

á tal vez el más breve de los que he escrito en este generoso espacio blogero de A&H, es porque acabo de recibir otra carta de su autora, Leila Hamidi.

 

 
La obra temprana de Eugenia fue descrita con frecuencia comoescultura invisible. Muchas de sus piezas se reducían a etiquetas con textos descriptivos, breves, redactados para hacernos pensar, tales como Hoyo de espacio negativo (1967) o Una realidad congruente(1969). David Rodes, hoy el director emérito del Grunwald Center for the Graphic Arts, en el Museo Armand Hammer, dijo de ella: “… Fue siempre una exploradora… era no sólo una artista plástica, sino que se interesó en la intersección que hay entre las artes visuals y las ideas habladas…” (articles.latimes.com/2008/apr/08/local/me-butler8)
 
Y ahora como hace medio año, me volvía a escribir Leila Hamidi, una artista y escritora que, por el año 2000, había hecho su servicio social con la Eugenia. Por esos días, Eugenia se preparaba por una expo retrospectiva que presentaría en el ’03, en la que incluiría su hoy famosa pieza, Kitchen Table Conversations creada para ART/LA93. Se trata de una verdadera obra maestra: ocho conversaciones a la mesa a las que Eugenia invitó a toda una serie de muy ilustres colegas para hablar de arte (no DEL arte, sino DE arte), Marina Abramovic, Suzanne Lacy, Tod Gray, yo… que participé en dos sesiones, a varios más. Entre los comensales estaban también mi gran amiga Carolee Schneemann (con quien había yo trabajado en varias ocasiones, en especial, cuando publicamos en BGP su primer libro, Parts of a Body House Book), así como otras dos importantísimas artistas mexicanas, tocayas, mi queridísima Mónica Mayer y Mónica Castillo.
 
Eugenia tenía algo que es indispensable para todo artista de los llamados conceptuales: un sentido de humor tan delicado como agudo, lindando con lo irónico. Sin esto es difícil que no imposible enfrentarse a los laberínticos retos que nos plantea el arte de Occidente, tan imbricados como están con asuntos de dinero. Así pues, para sus charlas de cocina Eugenia había invitado también a dos testigos humanos, a la hoy finada Judith Hoffberg, editora de la revistaUmbrella y gran cronista de Fluxus y de libros de artista, y al indómito Cuauhtémoc Medina, ambos muy cercanos a mi corazón.
 
Leila le había ayudado a Eugenia transcribir las grabaciones de aquellas conversas después de ART/LA93. En la carta que me mandó, me recordó aquellos días y me contó que de estudiante universitaria, había pasado a convertirse en amiga de su mentora y que desde su fallecimiento, le ha estado ayudando a su hija, Corazón del Sol Butler, a manejar la sucesión, el legado de Eugenia. Ambas tienen grandes planes para dar a conocer mejor la extraordinaria faena de vida de la artista, y trabajan arduamente en varios proyectos.
 
Uno de ellos es el portal en internet que ahora le recomiendo a quien por acaso lea estas líneas. Está en inglés, por supuesto, pero confío en que la mayor parte de las personas que me lea, domine esa lengua. Quien se meta a navegar en este link descubrirá no solo lo que es la pasión, descubrirá también lo que significa entregarse al arte. Por favor, pulse aquí: www.eugeniapbutler.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Posdata #1: En una de mis respuestas, le escribí a Leila lo siguiente:
 
“El Este es el Este y el Oeste es el Oeste (Kipling) y aunque debimos habernos acercado mucho más como amigos, Eugenia y yo, era demasiada la distancia física entre ambos. Recuerdo, sí, una larga conversación que sostuvimos en torno a Gregory Bateson, quien había sido amigo de Norbert Wiener, quien a su vez había sido amigo de mi padre, y quienes habían batallado contra el establishment en los albores de la cibernética... y de cómo lamentaba yo haber sido demasiado pequeño para apreciar lo que discutían…”
 
Los sesos del cerebro tienen la manía de torcer la memoria de maneras inesperadas. Recuerdo perfectamente haber elogiado el talento de las dos Mónicas. Pero no me viene a la memoria –en lo absoluto– de qué hablé en aquellas dos sesiones de cocina. Sólo recuerdo lo bien que nos hizo sentir Eugenia. Como comer un buen pai de manzana y beber un vaso de leche fría…”
 
 
Posdata #2: foreugenia.wordpress.com
 


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