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Jueves, 28 de julio de 2016

EPN en llamas
Escrito por Gerardo Ochoa Sandy

20/XI/2014: EPN en llamas

Gerardo Ochoa Sandy

 

In efigie, el ciudadano Presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, licenciado Enrique Peña Nieto, arde en llamas.

            La noche mexicana reposa sobre el corazón del país, se solidariza con la protesta que congrega a 30 mil o 400 mil manifestantes --según las versiones más extremas (cada quien y cada cual haga su conteo)-- que ocupan la plaza central y las calles circundantes, acentúa el brillo de la hoguera.

            Los asistentes al ceremonial, a resultas de la convocatoria en repudio por la desaparición de los 43 de Ayotzinapa, conforman un círculo que tiene como telón a Palacio Nacional y observan, expectantes y jubilosos, la faena consumatoria del fuego.

            Es el 20 de noviembre de 2014, en el Zócalo de la Ciudad de México, fecha ritual en el almanaque de las fiestas patrias instituidas por el "sistema político mexicano", que se autocelebra por tradición con un desfile militar pero que, en esta ocasión, a golpes de marchas, Twitters, Facebook y whatapps, se repliega al Campo militar Marte, y cede por prudencia y a regañadientes "la plancha" al alzamiento cívico que tiene una bandera principal, los "desaparecidos", pero todavía no aquella que ni siquiera se balbucea, esta detrás, y las sintetiza: México, haz tu cambio.

            Las tres marchas iniciaron desde otros tantos epicentros emblemáticos de la nación: la Plaza de las Tres Culturas, el Ángel de la Independencia y el Monumento a la Revolución. Eso no es novedad, pero la perseverancia en los lugares comunes de nuestros simbolismos nacionales, tomados por asalto, recupera durante el acto su inhalación originaria. Sin desmanes, distantes del miedo y el encono, llegan al Zócalo y lo colman de presencias individualizadas y concretas, abandonan el lugar poco después y el aluvión que les precede sacia la plaza una y otra vez: estudiantes de universidades públicas y privadas, muchachas y muchachos de tribus urbanas variopintas, padres de familia acompañados de sus hijos, escuincles en carreolas, ancianos que llevan con júbilo infantil su tercera edad. La experiencia común disuelve las animosidades culturales y sociales que nos confrontan a diario y el sustrato de una indefinible "unión nacional" nos acerca sin alejarnos de nuestras individualidades y cada paso que dan sobre sus pasos iba al paso propio y al propio paso de cada quién. Son "las masas", es cierto, ese perol donde hierve y se evapora el "yo soy" pero, en esta ocasión, trasciende hacia el "somos nosotros", y el puñado de cenizas de la efigie del presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, licenciado Enrique Peña Nieto, verifica la reconciliación momentánea de los manifestantes, de su anhelo de persistencia y participación, en el tiempo mexicano de hoy.           

            El dichoso "proletariado sin cabeza" alza la testa.

            Y José Revueltas sonríe, mientras se rasca la barba del mentón.

            No los congregó nadie: ni las izquierdas; mucho menos las derechas Llegaron por su propia cuenta y por su propio riesgo y se pusieron de acuerdo para lograrlo --lo cual es insólito ante nuestra incapacidad ancestral para estar de acuerdo hasta con lo que estamos de acuerdo-- en lo básico: marchemos en paz, en grupos, compartamos números celulares y carga la batería no sea que se ofrezca, llevemos agua y víveres livianos, avisemos cuando veamos a encapuchados o violentos. No es, además, la primera ocasión.

            Las organizaciones sociales --verbigracia la sociedad civil que nació en 1985 (Carlos Monsiváis dixit)-- hicieron su faena, aunque en el evento no faltó quien soltase consignas oportunistas para sacarle raja al suceso, pero no importa, y así fue que, por esas bendiciones intrínsecas a nuestra "alma nacional", junto a tantas contrariedades y flaquezas que también son "lo nuestro", la incorregible vocación ritual que acarreamos para bien y para mal se sobrepuso a la desvergüenza de nuestra fallida "democracia de partidos", y algo diferente y acaso más allá de la noción de sociedad civil parpadeó, pues ahí están la colectividad y los individuos que son mucho más que I am not the only one.

            No faltaron los rijosos, o anarcos, o infiltrados, los encabronados que buscaban prenderle fuego otra vez a la puerta de Palacio Nacional, cuando las llamas en la plaza central habían cumplido su función, ni faltó el policía federal que dio un toletazo o varios de más que cayeron en la testa incorrecta. Supongo que debe estar cabrón ser guardián de la seguridad pública y ponerle un alto a los que-se-pasan-de verga-e-insultan-a-la-autoridad y, para colmo, acaso algunos hijos y hasta miembros de las "fuerzas del orden" también están de acuerdo con los revoltosos. No lo neguemos: la "tira" se "pasó de verga" al final y también aguantó durante casi una hora palos, piedras, mentadas de madre y bombas molotov.

            En tanto, en el Campo militar, el ciudadano Presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, licenciado Enrique Peña Nieto, acogido por sus soldados, monologa con el vacío  y, desencajado y confundido por lo que le estalló de pronto y no era parte del script de la opera soap, se refugia en frases sin duda ciertas, "no a la violencia venga de donde venga", "defendamos a las instituciones" y ""México en paz" pero equívocas también, pues nada de eso sucede a cuentas de la impericia del Estado, y lejos está de aceptar que el crimen organizado y el Estado se volvieron una y la misma cosa durante los gobiernos de sus predecesores priístas. Si algo es cierto es que la telenovela de las reformas estructurales llegó a su fin, y que en el segundo año de su mandato, le faltan cuatro más, no le queda de otra sino enfrentar la terca realidad, y no ve cómo.

            No creo, lo indiqué antes en "Están muertos", que algunos de los 43 de Ayotzinapa no estuviesen involucrados con el otro bando, y que la carnicería no sucediese a consecuencia de las batallas entre criminales: los Guerreros y los Rojos. No "criminalizo", señalo lo que la información difundida en medios, que decanto con cautela y asiduidad, me indica acerca de los hechos. Los muertos, pues están muertos, acaso sean parte de la tragedia criminal que nos asola, pero el 20 de noviembre de 2014 congregan, a costa de la veracidad histórica, a la sublevación emocional mexicana.

            La efigie de Peña Nieto se consume en llamas.

            Y su cabeza de cartón, en la plaza central, nos mira desde su muerte prematura.

           

 



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