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Jueves, 28 de julio de 2016

Exilio
Escrito por Gerardo Ochoa Sandy

El exilio no es una experiencia de soledad. En la soledad sabemos que estamos solos. En el exilio no sabemos dónde estamos, estemos solos o no, lo cual tampoco sabemos.

 

El exilio es encontrarnos ausentes en cualquier sitio, situación o ciudad, incapaces de integrarnos, indiferentes sea que lo busquemos o no, dándonos igual si lo logramos o no.

 

La primera experiencia del exilio es melancólica.

La segunda da pánico.

La tercera apesadumbra.

La cuarta enmohece.

 

El resto es volverla un hábito más, al igual que el cigarro en ayunas, la contemplación de los tobillos de las adolescentes, la limpieza cotidiana de los zapatos.

 

El exilio es la decaída de la vida como afán de coherencia personal en medio de su ansioso vaivén, al que a diario desmiente.

 

Es el exilio de la carne; del festín.

Es la carne ausente de su carne, y la de otros: es la carne sola de los otros exilios en velatorio cuerpo presente.

 

Ya que la carne que no encarna en carne propia ni carne extraña encalla en ella, enajenada y contrahecha, en silencio, llora.

 

El exilio es el fin de la noción de la biografía y de la idea de individualidad.

 

El exilio es el corazón pesaroso que atestigua su perseverancia de ser aunque se caiga a pedazos, mientras se cae a pedazos; que sólo se rinde mientras se muere, ya que y aunque a solas se muere.

 

El exilio emite su vaho último, que es exilio en sí y para si, sobre el catarático azogue del mundo.

 

El exilio son los otros que nos suceden, repiten lo que hicimos, nos compadecemos de ellos, quisiéramos emularlos, pero el conocimiento de lo que experimentamos no puede compartirse, los pasos no andan dos veces sobre la huellas del mismo extravío, no hay senda que vuelva del mismo modo a lo que sigue, y ni adelante ni atrás vamos o volvemos, cuando vamos y volvemos hacia adelante y atrás, pues andando no nos movemos más, y quietos somos el continuo derrumbe de un montón de piedras.

 

El exilio es una expiación. El exilio es acaso una purificación. La purificación es quizás un exilio y una expiación. Es la estación terminal en la búsqueda del nirvana, de la iluminación, siquiera de la neutralidad.

 

El exilio es la boca reseca luego de la conclusión del viaje.

 

El exilio es la mirada no correspondida, la conversación que nos excluye, la mesera que nos niega el servicio por lo que pasó y no recordamos, el poeta solo en el aeropuerto, la nota en el Muro de Facebook, que nadie lee.

 

El exilio es la reverberación de la latitud del tímpano y  el asentamiento de la longitud del yunque que el ininterrumpido quebrantamiento cósmico vuelve la ininteligible conversación entre los seres y las cosas.

 

El exilio líquida al verbo y al logos; a lo que nombra y a lo nombrado.

 

El exilio es el acorde silencioso de la conciencia en la muda sonoridad cósmica.

 

El exilio es el sátiro decrépito, el sabio desvencijado, el santo degenerado.

El exilio es el Casanova imponente, el inteligente idiota, la erección del Padre de la Iglesia.

 

El exilio es el alarido dentro la botella al mar, la carta desvaída por la lluvia, la llamada telefónica o el correo electrónico o el mensaje de texto que llega demasiado tarde, o que llega demasiado pronto, o que no llega.

 

El exilio son los llamados que recibimos acerca de lo que no somos parte.

El exilio es la ausencia de llamados, su más huera expresión.

 

El exilio es la falta de cualquier necesidad y el hallazgo de que esa la libertad, o cualquier libertad, es innecesaria e inútil

 

El exilio es la encrucijada donde descubrimos no hay retorno a causa de que a nuestra ida y vuelta no haya tal lugar, ni hubo tal lugar.

 

El exilio es una nada arrojada entre dos nadas.

 

El  exilio es el inicio de lo que sigue que ya no sigue.

El exilio es la espera del fin de lo que ya acabó.

 

El exilio por ello también es insomnio de día y vigilia de noche, apagado de lucidez  y vacío de voluntad, que sólo abate el licor mucho licor y a veces ni siquiera demasiado licor, durante días y días y noches y noches.

 

Así el exilio finalmente se vuelve una experiencia de auténtica soledad, pues sabemos y no sabemos dónde estamos, y sabemos y no sabemos que estamos solos, y sabemos que sabemos y que no.

 

Aquí, me encuentro, donde no hay lugar ni posibilidad de ser, y el espacio está vacío y el tiempo no se mueve, y sólo sabemos de su existencia por la mano que nos ofrece la muerte.

 

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