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Jueves, 28 de julio de 2016

Alfredo Larrauri y Becerra
Escrito por Lelia Driben

El pasado 11 de enero, a las nueve cuarenta y cinco de la noche, murió Alfredo Larrauri, un extraordinario dibujante poco conocido en nuestro medio.
 

Alfredo recorrió sus primeros pasos en el ejercicio de engarzar la línea cuando aún era estudiante de arquitectura en Guadalajara, donde exponía regularmente en su propia facultad. Yo lo conocí en el Centro Vlady, esa vieja ca

sona que guarda parte del acervo legado a México por el artista ruso mexicano. Allí, en ese recinto de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, se realizó un concurso cuyo tema giraba en torno a la revolución sin concentrarse específicamente en una. Larrauri ganó el Premio de Grabado con Porfirista, una obra perfecta perteneciente a la serie Veteranos de la Revolución.

 

 
Tiempo después, se inauguró en Tabasco la Fundación José Carlos Becerra. Vaya, a modo de homenaje doble, el texto que escribí para el catálogo:
 
Con esta exposición de Alfredo Larrauri se inaugura en Villa Hermosa la casa museo y la fundación José Carlos Becerra, poeta fallecido hace muchos años en un accidente automovilístico en Italia. En el acervo conservado por la familia de Becerra, hay una carta dirigida a Carlos Pellicer con el encabezado que dice “Maestro querido” y sí, Pellicer fue, cuando Becerra llegó a la ciudad de México, un maestro y amigo para el joven que decidió estudiar arquitectura al tiempo que iba definiéndose como poeta. Lo era y lo fue más aún a medida que pasaron los años. Con una combinación de Saint John Perse, el surrealismo más encendido y un enclave en la prosa, más su propio, sedimentado estilo, José Carlos Becerra se eleva en el concierto de la poesía mexicana de todos los tiempos como uno de sus mejores representantes.
 
Por su parte, el prestidigitador maestro del dibujo Alfredo Larrauri es un hacedor consumado dentro de su disciplina, un virtuoso que después de quince años en los que trabajó en el campo de la arquitectura con sobrado éxito, lo abandonó todo para concentrarse de tiempo completo en el dibujo. Ahora, cuando ya pasaron décadas de aquella bien lograda decisión, Larrauri puede ser considerado un dibujante de culto, capaz de intervenir con su línea hasta la suave textura de una pared. Es una exageración, claro está, pero útil para afirmar que Alfredo trabaja incesante e incansablemente en imágenes cuya elaboración recurre tanto a la nutrida grafía como a la línea ordenada, al gesto arbitrario propio del dibujo abstracto como al desplazamiento casi literal de lo narrado o ilustrado; una literalidad parcial, muy parcial, es cierto, sujeta al hecho de que Larrauri se maneja en el espacio de la neofiguración con absoluta libertad.
 
Esa libertad se percibe en las ilustraciones de algunos fragmentos incluídos en Los muelles, primer y ya sólido libro de poemas de José Carlos Becerra, que abre la bella compilación titulada El otoño recorre las islas, preparada y cuidada para Ediciones Era por José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid con prólogo de Octavio Paz.
 
Becerra y Larrauri no sólo comparten la elección de la arquitectura. Sus equivalentes vocaciones tienen otros puntos en común: el elogio amoroso de la mujer y la tendencia a ubicar sus respectivas escrituras (pensemos en los grafos del dibujo como si fueran una suerte de escritura) en espacios abiertos e inconmensurables.
 
Por supuesto que existe una tensión entre ambos códigos: el lenguaje del dibujo y el lenguaje de la poesía, pero Larrauri lo resuelve no sujetándose a lo dicho por Becerra y retomando los rasgos generales y más profundos de este último. Es por eso que sus núcleos visuales están llenos de frutos, pájaros, nubes, lunas, estrellas, oleajes, una orilla infinita, ventanas que dan al mar y a la selva o a ninguna parte, al recodo de angustia y conciencia de la muerte que de pronto se apodera del poeta, retratos de Becerra que aparecen y desaparecen y la presencia incólume de la mujer que guía el sentido de cada verso, de cada frase. Todo ello y mucho más es posible hallar en esta nueva aventura de Alfredo Larrauri: la de fraguar con las herramientas del dibujo una glosa muy libre de lo escrito por José Carlos Becerra, en esta vuelta a los muelles que es un retorno al trópico tal como lo vivía el poeta, es decir, a su naturaleza transformada en esencia.
 
 



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