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Jueves, 28 de julio de 2016

Continentes imaginarios
Escrito por Lelia Driben

Gabriela Gutierrez en el panorama del arte actual

Gabriela Gutierrez está muy presente en el escenario de las artes visuales de nuestra ciudad. No hace mucho tiempo tuvo una exposición individual en Le Laboratoire, una galería de primer nivel situada en la Colonia Condesa y, actualmente, en la colectiva que exhibe la misma sala, participa con un colchón que recuerda al argentino Guillermo Kuitca; un colchón sobre el que ha cocido, en secuencias ordenadas, mechones de pelo humano. Simultáneamente posee, en otra colectiva de la galería Nina Menocal, dos logradísimas pinturas en blanco y negro. Pero la obra que sobresale por encima de muchas que integran su producción, es la enorme cortina, también de pelo, que cae de techo a piso en el Ex Teresa. Es más, yo aventuraría que debe ser una de las grandes piezas de arte contemporáneo que pueden verse actualmente en el Distrito Federal y en otras latitudes.
 
Hace varios años que Gabriela viene trabajando con piel y pelo y con diversa suerte. La primera ocación tuvo como sostén el Museo de la Ciudad de Querétaro. Va a continuación el texto escrito por esta autora para el catálogo de esa exhibición.
 
* * *
 
A la memoria de Juan José Saer
 
Hay episodios en la historia personal de cada uno que en determinados momentos afloran con nitidez en la memoria, ese cántaro móvil, sin bordes ni fondo fijo, que zigzaguea entre lo conocido, lo conocido a medias y lo desconocido. Lo conocido a medias y lo desconocido son instancias falsas y simultáneamente no. No porque “lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación”. Lo desconocido posee la abstracta densidad de una ausencia y, no obstante, continúa estando en las capas más recónditas de la mente, nos pertenece, forma parte de nosotros como un hueso encallado en el filo de una roca.
 
Desde algún lugar inasible implícito en la trama de evocaciones guardada por Gabriela Gutiérrez, surgió la cadena asociativa cuya primera señal fue la piel, que desembocó en una de las piezas claves desplegadas en su actual producción: el tapiz donde se repiten fotográficamente, como un sintagma visual, las faenas del campo: allí se ve al ganado penetrando en fila por la manga para ser bañado, ordeñado o sacrificado. Inevitablemente, surge aquí el recuerdo de El Matadero, una novela capital en la literatura argentina del siglo XIX escrita por Esteban Echeverría.
 
Pero si el autor del cono sur aborda el tema mediante un naturalismo que reencarna la naturaleza del mal en toda su utilitaria y culturalmente aceptada dimensión, la artista mexicana disminuye el voltaje de la crueldad en su tratamiento del mismo asunto. Y lo hace mediante el recurso warholiano de neutralizar o rebajar la tensión mediante la serialización de las tres o cuatro imágenes que llenan el tapiz.
 
A partir de ese enclave, esta pieza de gran tamaño realiza una apertura explícita de aquello que vibra entre alucinación y deseo. En otras palabras, otorga un relativo estatuto narrativo a una secuencia biográfica subsumida hasta entonces en la duermevela de la memoria. Al mismo tiempo, el proceso intermediador que va desde el hecho en sí (lo real) hasta su reproducción fotográfica y su impresión final (la realidad otra), establece un encadenamiento homologable de modo leve, apenas perceptible, con la sinuosa elipsis que recorre los estratos de ese subsuelo inextricable formado por los ángulos, el vaivén del pensamiento.
 
Y entre tanta semivigilia, el deseo se expande hacia un desvío insinuado por los objetos de piel y por los restos: el pelo de animal y el pelo humano incrustados en algunas pinturas para remarcar su incisiva expresividad y recordar que en su faz oculta vive, al acecho, el eco de la muerte: otra baraja del desvío... y el vacío. En tal contexto, cabe mencionar una acción de alto contraste: los cuadros que, aún con la inquietante presencia de residuos, deslizan una función poética más lírica.
 
¿Es posible comparar la alucinación con lo ficticio? La espectral figura cuya falda forma una cascada de cabellos, mezcla de niña y bruja descabezada parece decir que sí.
 
El otro núcleo central de la exposición está constituido por una sucesión de islas realizadas con la misma piel que construye a los demás objetos. A partir de este punto en común la inflexión generada por lo derivado de la materia corporal, permea una vuelta de tuerca que reemerge bajo la esfera de una topografía inventada, un espacio de tierra socavado en sus profundidades por enigmas que poseen lazos simbólicos con el secreto de la memoria. ¿Qué es una isla sino una desgarradura del continente? ¿sólo desgarradura? No, esa grieta puede renacer como una brújula orientada hacia regiones que aún conservan un esbozo de luz.
 
 
 
 
 
 


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