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Jueves, 28 de julio de 2016

El espejo
Escrito por Lelia Driben

Hoy, 2 de abril, se cumple un nuevo aniversario de la guerra de Malvinas y ahora que se ha reabierto la polémica entre el gobierno argentino y el poder británico por su injusto acaparamiento de esas estratégicas islas, me parece conveniente publicar aquí el relato "El espejo" de mi libro inédito Diluvio en provincia. Y es que en ese cuento hago mención del conflicto.
 
* * *
 
Sonia y Julio llegaron a Cuernavaca poco después del mediodía. Una semana antes habían hecho la reserva en el hotel y, cuando atravesaron los amplios jardines hasta el cuarto número once, situado en un rincón del parque, cerca de la alberca, una sensación de serenidad fue ganando espacio en ellos después del ajetreo que ambas ciudades, México y Cuernavaca, los obligaba a soportar sin ningún estoicismo. De la vieja villa con sus residencias de fin de semana que alguna vez había habitado el cónsul no quedaba nada: sortear el tráfico de la avenida Plan de Ayala fue como encontrarse en pleno Insurgentes, un viernes de quincena.
 
A Sonia le gustaba conocer nuevos hoteles, recorrer todos sus vericuetos, entrar en las habitaciones que aún se hallaban vacías, visitar la tienda de objetos decorativos y observar el comedor, los salones, galerías y pasillos frecuentemente revestidos con mosaicos de talavera. Pero ese lugar tenía algo especial: detrás de la habitación número once, la que ahora ocupaba con Julio, el hotel contaba con un pequeño vivero. Numerosos recipientes pequeños, dispuestos en sucesión como si se tratara de un caprichoso damero, contenían plantas y flores de diversas especies. Sonia las miró con placer, extendiendo la mirada sobre los contrastes de colores y hojas. Pero hubo una planta, separada del resto, sin flor, que le produjo un magnético rechazo: tenía hojas de extrañísimas formas, similares a dedos deformes, dedos ganados por un reumatismo extraño; y su gradación tonal, de un verde aureolado por zonas y nudos grises, acentuaba la rara, indefinible aprehensión que suscitaba. Parecía un insecto por un momento estático, a punto de moverse. No sin temor, Sonia se atrevió a rozar la hojas con la mano: eran un poco ásperas y de su reverso brotaba una aún más insólita exudación. Con la mano húmeda por la amarillenta melaza, que sobre las líneas de la palma adquiría un tono cobrizo, la mujer se alejó rápidamente y penetró en su cuarto. Recostado en la cama, con su traje de baño, Julio leía El País; los dos o tres libros que completarían su lectura de fin de semana apoyados sobre la mesa de noche.
 
El agua tibia de la alberca terminó de serenarlos. Julio nadaba con grandes brazadas, recorriendo una y otra vez la extensión de la piscina. Sonia jugó al buceo con la cabeza bajo el agua hasta que no pudo contener más la respiración y Julio la sacó abrazándola entre risas. Pasaron varias horas al sol, recostados en las reposeras, al borde del agua, con los caballitos de tequila y un platón de setas al ajillo sobre la mesita de hierro. La comida fue desplazada para la hora de la cena.
 
Y por la noche, después de dos whiskys en la terraza del cuarto y la inevitable broma de siempre en boca de Julio: “no te quedes hasta muy tarde buscando la cruz del sur”, el hombre se recluyó en su cuarto y en la lectura. Claro que Sonia lo sabía, la cruz no se ve desde estas latitudes, pero siempre, mientras miraba el cielo durante la noche, en los hoteles que solían frecuentar, la dibujaba en medio de la negrura. Imaginar a ese hato de estrellas que formaban la cruz del sur, o situar su recuerdo en el cielo del trópico, era un modo de recobrarla, sin nostalgia.
 
Absurdamente, sabiendo que no pasaría de la segunda página, o que ni siquiera lo tocaría, Sonia llevó consigo ese sábado una edición del Cantar de los Nibelungos comprada en cierta librería de viejo situada en la calle de Donceles. Y por supuesto, no lo abrió, el Cantar se quedó esperando sobre el sillón de mimbre que Julio dejó vacío.
 
Sonia entró a la habitación, sacó de la maleta la falda azul y las playeras para acomodarlas en el ropero y allí, en su interior, disimulado en un rincón, encontró el espejo. Era ovalado, con mango de plástico que imitaba el carey, y un contorno de hojas en relieve, con mínimos orificios; sin saber por qué, tal vez por su forma, le evocó la planta del vivero. Regresó a la terraza, puso el espejo frente a su cara, en medio de la sombra, de la tenue luz que emanaba del farol más próximo, pero no se reconoció. Entonces encendió la luz de la terraza, volvió a colocar el espejo frente a sus ojos y se aterró: los rasgos que le devolvía el cristal eran otros, radicalmente distintos a los suyos, no había la más mínima similitud entre esa fisonomía y su propia cara. No podía ser, es cierto que tenemos muchos rostros, pensaba Sonia, que muchas veces, cuando nos asomamos al espejo, notamos cambios, expresiones diversas según el estado de ánimo y el ángulo de la visión, pero esa cara no me pertenece, no tiene nada que ver conmigo, esto no es un espejo, es una pintura. Enfocó el cristal hacia el muro y éste se reflejó idéntico. Entonces sí, se trataba de un espejo, sin embargo, no le mostraba su propia cara. Consternada, Sonia dejó el objeto en el suelo y se olvidó de él.
 
Poco a poco, el pasado fue apareciendo, involuntariamente. El pasado no, sólo fragmentos; era como si el trozo de vidrio los convocara, como si esa doble faz formada por su propios rasgos y los del espejo, deslizaran cierta coherencia que erosionaba su intento de establecer un corte entre su vida anterior y México. Por eso tal vez ahora, sentada bajo el tejado de la terraza, junto a la recámara, en medio de ese hotel y la noche, reemergía un puente: recordó aquella otra noche invernal compartida con Silvina, junto a la chimenea encendida, en una casa de las sierras de Córdoba, tomando sucesivos tragos de whisky puro mientras la charla, la narración de los hechos transcurridos durante los últimos años, duró hasta el amanecer. El ejército o la policía –Sonia conserva difuso ese punto del relato– apresó a Silvina veinte días después de la partida de Sonia a México. Si la memoria nunca se edifica como una continuidad sin huecos, para muchos sobrevivientes del horror provocado por la dictadura instaurada en el 76, esa memoria, la del decurso temporal cuyo punto cero comenzó a las dos de la madrugada, aquel 24 de marzo, cuando el reloj fijó un suspenso, estremecedor suspenso, mientras la radio transmitía el primer parte militar, esa memoria quedó inevitablemente surcada por fisuras que ahondan mucho más el hueco. Entonces la reserva mental guarda algunas cosas nítidas como una marca a hierro y fuego sobre la piel del ganado, o sobre otras pieles, las que poseen o poseyeron el habla, en otro momento histórico; y otras marcas cegadas por el olvido, denso, difuso, en caída.
 
Silvina estuvo dos años en la cárcel de mujeres de Córdoba y después en la prisión, también para mujeres, de Villa Devoto, en Buenos Aires. No sufrió las torturas más duras, pero durante los primeros quince días le sumergían la cabeza en una cubeta de agua sucia y maloliente para que cantara: dónde estaba su hombre, quiénes eran sus compañeros, en dónde se escondían, nombres, direcciones. Silvina, que siempre parecía un cascada al hablar, esta vez, en aquella casa serrana, desplegaba lenta sus frases, acompasándolas a esa suspensión del tiempo que es la vida entre rejas, y a la densidad de lo vivido. Y de pronto, en una pausa, empezó a cantar un son de la huasteca. Sonia la miró sorprendida. Hasta donde ella sabía, la única música mexicana que llegaba a Argentina era la de Aceves Mejía.
 
–Dónde aprendiste eso– dijo.
–A una compañera, en la cárcel de Devoto, le regalaron un cassette con esos sones.
–¿Les permitían escuchar música?
–No no, un familar, en una de las visitas, le pagó a una de las custodias para que le entregara la minigrabadora a una compañera; dejame pensar...sí... ahora recuerdo, fue la hermana de esa chica quien nos trajo el primer cassette, escondido en un paquete de golosinas. A ella, a la hermana, se lo mandó un amigo que consiguió escapar a México. Un domingo, no sé por qué, la requisa a los familiares se relajó un poco y así pudo pasar ese cassette.
Durante la requisa, los familiares eran palpados por todos lados, a veces morbosamente, y se les revisaba todos los paquetes y abrigos que traían.
Silvina siguió contando:
–Sólo teníamos cuatro cassettes, que fueron colándose no me acuerdo bien cómo: el de los sones huastecos y tres en los que grabábamos cuentos, poemas que leíamos, recordábamos o improvisábamos, y también episodios vividos y mensajes para nuestros familiares, con la ilusión de que por algún medio pudieran llegar a sus manos. En la cárcel, mantener la memoria es muy importante. Nos permitían tener unos pocos libros, muy restringidos, nada que tuviera que ver con temas que ellos consideraban subversivos. La selección de libros era ridícula y, por supuesto, no nos permitían tener periódicos ni revistas, nada que fuera de actualidad.
–Y cómo hacían para escuchar y grabar si no estaba permitido?
–Algunos días la guardia mermaba, dos mujeres solían pararse en las dos entradas del pabellón, que era muy grande, de quince metros de largo por seis de ancho, más o menos, con dos hileras de celdas. Las rejas daban al pasillo intermedio. En invierno el frío era insoportable, siempre hacía frío. Escondíamos la grabadora entre los colchones y la cobija, sólo podíamos tener una cobija. Era un riesgo, porque de vez en cuando entraban y levantaban alguna cama. Por eso cambiábamos el aparato de una cama a otra, guiándonos por nuestras intuiciones o creyendo en la suerte. Cama es mucho decir, estaban hechas de concreto pegado al muro, tampoco eran colchones, eran colchonetas delgadas y duras, llenas de nudos. Dormíamos dos y hasta tres juntas sobre esos bancos angostos. A veces nos turnábamos para dormir. Todo un lío, porque cuando la que permanecía en vela escuchaba los pasos de los guardias nocturnos, que generalmente eran mujeres pero de tanto en tanto venían hombres, policías o tipos del ejército... teníamos que trepar a los camastros, amontonarnos de nuevo y fingir que dormíamos, porque si no lo hacíamos...
Silvina desvió la mirada hacia el fuego de la chimenea y se tomó de un trago lo que quedaba en su vaso de whisky. Sonia entendió que debía preguntar con cautela o callar.
–Estábamos en lo de la grabadora –dijo por fin Silvina– la hacíamos funcionar cuando mermaba la guardia. Yo supongo que algunos días les daba la fiaca y casi no recorrían el pasillo. Y cuando sentíamos sus pasos, en la cárcel una se acostumbra a aguzar el oído, apagábamos el aparato y volvíamos a esconderlo. Era una locura guardar esa grabadora, pero tenía un sentido. Nuestra idea se sostenía en la necesidad de sellar algo, así fuera el sonido de nuestra voz, digo así fuera y en realidad, ahora que lo pienso, el sonido de la voz era importante en ese encierro donde todo, siempre, parecía y podía concretamente evaporarse. Nadie sabía quien saldría de ahí y quien no, y si alguna, o varias, lo lograran, hasta qué punto recordarían nuestros diálogos y nuestros monólogos, porque había momentos en los que una hablaba durante largo tiempo y las demás escuchábamos. En la cárcel se aprende eso, a valorar el lenguaje oral de cada una y a escuchar, tal vez como no lo hacés afuera. También había peleas eh? no te creas que todo era armonía. ¡Qué absurdo que yo hable de armonía en ese lugar de mierda!– dijo Silvina.
–¿Pudieron sacar la grabadora de la cárcel?
–No, la pescaron.
Sonia vaciló en cómo formular la pregunta, no sin dejar de pensar, temer, que lo que dijera sonaría, fuera cual fuera la frase, el tono de voz, su modulación, sería, sonaría, intruso. Por fin se animó:
–Hubo represalias...
–Sí, con todas, pero sobre todo con una compañera, la que en ese momento escondía la grabadora.
Silvina bajó la cabeza, tomó otro sorbo de whisky, se levantó del sillón junto a la chimenea y se acercó a la ventana. Amanecía.
 
En la terraza de aquel hotel, en Cuernavaca, otra vez a oscuras, con la tenue luz del farol que venía de la alberca, Sonia recuperó el perfil de su amiga junto a la ventana, observando el río, en aquella casa de las sierras de Cordoba, que ahora aparecía lejana, lejana, lejos el río, la casa blanca, la tenue, ahora, silueta de la sierra, el río. Miró de soslayo el espejo tirado en el suelo y pensó que ni siquiera en la vejez su cara sería como la que le había entregado ese trozo de vidrio oval.
 
Sin saber por qué, el lazo disperso de sus divagaciones la condujo a otra situación, ocurrida en Morelia pocos meses antes: Sonia caminaba dando la vuelta a los portales del zócalo y en un pasillo cuyos muros combados se acercaban en el límite superior hasta dejar abierta una estrecha abertura por la que asomaba el cielo, vio a una pareja sentada en el suelo. Eran jóvenes, de treinta, treinta y cinco años a lo sumo. Sonia se acercó, el hombre la miró, extendió la mano, se descubrió el brazo y le mostró, sin hablar, una cicatriz que le atravesaba la piel y culminaba en los nudos de los dedos.
 
En la terraza del cuarto, Sonia piensa en la planta deforme, la del vivero.
 
Sabe que evocar, sustituir, agregar, genera algo que en principio parece inconexo pero no, la memoria hace su juego y ensambla hechos disímiles y distantes. Recuerda su paseo por el viejo Marais, en París, antes de que el barrio judío se convirtiera en el enclave sofisticado que es hoy. Ella, con su cámara fotográfica, recorría las calles del Marais y, a la vuelta de una esquina, vio a un hombre corpulento y alto, inmenso, vestido de acuerdo a la ortodoxia judía; Sonia se le puso delante y obturó el disparador de la máquina; el viejo, porque se trataba de un hombre viejo, se enfureció, la persiguió blandiendo el bastón hasta que Sonia pudo esquivarlo ocultándose en una frutería y allí, disimulada detrás de la puerta, comenzó a oír un jadeo que provenía de la parte baja del mostrador; se asomó cautelosa y vio, sobre una colchoneta extendida en el suelo, entre cajones de manzanas, a una mujer de cabellos canosos montada sobre un muchachito. Salió del lugar en puntas de pie, tratando de no hacer ruido y calculando que el anciano judío ya estaría lejos de allí.
 
Pero la escena la llevó otra vez al sur, al almacén de su tía paterna en una esquina de barrio Alberdi, en Rosario. Sonia, que en aquel momento tenía dieciséis años, visitaba a tía Paulina. Su casa con puerta cancel, vestíbulo y las habitaciones alrededor del patio, incluido el almacén donde se amontonaban grandes rollos de telas –porque el negocio estaba integrado a la vivienda– le gustaban muchísimo. Pero soportaba con una mezcla de desprecio y humor la mezquindad de la mujer: todas las mañanas controlaba al milímetro la magra porción de leche condensada que le permitía usar para el café del desayuno. Un día Sonia caminó durante horas hasta llegar a la orilla del río, un río ancho, muy ancho, color barro, cuyas playas se ampliaban en la zona de Alberdi, y siguió andando por la arena durante largo tiempo, hasta que un viento muy fuerte elevó la arena borrando los perfiles de las casas y el río. Sonia se vio envuelta por la amarillenta y áspera nube y, temerosa, se sentó en el suelo, enceguecida por el remolino; pero poco a poco comenzó a distinguir, cada vez más cercano y visible, el cuerpo de un hombre que se dirigía hacia ella. Y cuando llegó y se detuvo a su lado, el hombre se inclinó, la obligó a recostarse en la playa, le levantó con manos suaves la falda, forcejeó con su ropa interior y la penetró bruscamente, no, no muy bruscamente. Después se alejó corriendo, con pasos cortos, y se perdió entre la bruma. Empezó a llover, un enorme chaparrón que ensombreció aún más el sitio. Sonia se acercó a la orilla, se quitó los zapatos y se metió en el agua hasta la cintura. Aunque parezca raro, no sintió nada, como si la violación no le hubiera ocurrido a ella, sino a otra, ajena, que de algún modo la habitaba. Volvió sobre sus pasos desde la costa pero la playa parecía un vado infranqueable, los pies se le hundían en la arena mojada, le costaba avanzar, tiritaba de frío, hasta que por fin logró alcanzar la calle de terracería y siguió caminando, con las piernas hundidas en el lodo. Esa noche, en casa de tía Paulina, la fiebre fue aumentando hasta que el termómetro marcó más de cuarenta grados y así, con su bronquitis a cuestas, el cuerpo totalmente dolorido, al amanecer hizo su maleta, salió sigilosamente de la casa rumbo a la estación de autobuses y retornó a su casa, en Córdoba, sin despedirse. Nunca más vio a tía Paulina.
 
En 1982, un día de abril, en medio de una de sus mayores y continuas borracheras, desde su despacho en la casa rosada, avanzada la noche, sentado en el sillón presidencial, con la cabeza tambaleante inclinada sobre su escritorio, Galtieri ordenó el inicio de la guerra por la recuperación de las islas Malvinas. Para el infortunado general, así como para la cúpula militar que lo acompañó en su decisión, la reserva petrolera existente en la zona no contaba. El objetivo de estos generales, coherente, en su incoherencia, con la represión desatada desde el 76, con su secuela de asesinatos y torturas indiscriminadas y masivas (treinta mil desaparecidos, cárceles repletas de guerrilleros, militantes, activistas obreros y estudiantiles, adolescentes, mujeres que al parir eran despojadas de sus hijos, padres, abuelos y personas ajenos a toda actividad política, empresarios igualmente apolíticos que se negaron a entregar sus fortunas a los represores, y campos de concentración surgidos como hongos por todo el país en donde se hacinaba una diversidad humana similar a la de las cárceles) el objetivo de los generales, reitero, que dio origen a esa guerra absurda, desigual, contra los ingleses por recuperar las Malvinas, no fue el petróleo oculto bajo el mar de la región. Tampoco hubo razones geopolíticas. El objetivo de estos militares fue otro: perpetuarse en el poder. Cegada por la soberbia y, como efecto refractario, con una brumosa conciencia de su posible desintegración, con la economía del país envuelta en el desastre, la cúpula militar confió grotescamente en el apoyo de los Estados Unidos para aquella guerra que esta vez, además, legitimaría su espuria definición del genocidio como una guerra. Ganar la contienda les aseguraba no la perpetuación, pero sí muchos años más en el gobierno. Todo sistema criminal desde el poder se expande como una mancha que opaca, adormece y/o hace aflorar los aspectos más negros de la conciencia colectiva. Se va dando una violenta o gradual pérdida de ética. En mayor o menor medida la mayoría sabe que se está matando, torturando, encarcelando, o bien que algo pasa. La cuerda que une y separa a la elusión de la negación es lábil, intercambiable: a veces se niega, otras veces se evade. También es recortada el habla. La gente va aprendiendo a no nombrar, y a no nombrar lo que ocurre. ¿Se pierde también el nombre propio? Subrepticiamente sí, al compás de los que también lo pierden, desde una radicalidad más concreta, en las tumbas clandestinas y masivas fijadas con dos letras: NN, bajo tierra y bajo el agua. Dos lugares: el Río de la Plata y el Lago San Roque en Córdoba (también el cementerio que el Chiche Araoz construyó en su campo, donde enterró a René Salamanca –el líder de los obreros mecánicos de Córdoba– después de entregarlo al ejército y de pedir, sin conseguirlo, que se lo entregaran vivo) Los militares estaban seguros de conseguir ese letargo colectivo porque actuaron de acuerdo al modelo nazi: existe, se sabe, una larga tradición ideológica hitleriana en las fuerzas armadas argentinas.
 
Cientos de soldados de 18 años que cumplían su servicio militar obligatorio y que apenas sí sabían sostener un arma entre las manos, muchos de ellos provenientes de las provincias más cálidas y de las regiones más pobres, mal pertrechados, sin abrigo, aterrados, marcharon al gélido extremo sur. En junio, tres meses después de iniciada, la esperpéntica aventura terminó con muchos de esos soldados en manos de los marinos ingleses y otros tantos descuartizados por el contingente mercenario enviado por Margaret Tatcher: los salvajes hurcas. Fue una carnicería diferente pero comparable a la de los campos de concentración y las prisiones.
 
La derrota de Malvinas precipitó la caída de la dictadura y, en 1983, también se sabe, Alfonsín asumió el gobierno constitucional. Fue entonces cuando Julio viajó a Buenos Aires para ver in situ la asunción de Alfonsín. Y en una visita a Sergio y María, los primos de Sonia, se enteró que un nieto de tía Paulina se quedó en Malvinas. Vanamente, la familia intentó recuperar sus restos: en todas las instituciones les dijeron que no había ningún deceso registrado con su nombre: Alberto Resnik. Perla, la madre, en medio de lamentos, dudas y oi oi ois, se convenció a sí misma de que seguramente Alberto encontró en las falkland a una linda chica yidishe que lo retuvo; no obstante, le inquietaba que no fuera judía porque, según su escaso conocimiento, entre los habitantes de Malvinas no había gente de ascendencia hebrea. Tía Paulina, en cambio, murió poco tiempo después, abatida por la pérdida de su nieto mayor.
 
Cuando Julio volvió de Argentina, mientras salían del aeropuerto para tomar el viaducto, le contó a Sonia la historia de Alberto Resnik.
–Deberías escribir un relato con todo esto– dijo.
Sonia se quedó callada, bajó la velocidad del auto y no habló durante un largo rato. Desde aquella estadía en casa de tía Paulina, en Rosario, esa casa que a sus dieciséis años la fascinaba con su puerta cancel, su vestíbulo, el patio central y la tienda llena de textiles, no supo nada de tía Paulina ni de sus hijos y nietos, tampoco pensaba en ellos, no por omisión, simplemente porque esa parte de la familia quedó relegada al olvido. Pero ahora, con los hechos transmitidos a través de sucesivas narraciones –María y Sergio, los primos de Sonia, solían tener noticias lejanas de Paulina y su descendencia– barrio Alberdi y el río, el ancho y lodoso río, reemergió en la visión de Sonia. Durante las noches siguientes al retorno de Julio de la Argentina durmió mal, con pesadillas en las que la playa, y aquel hombre que la violó sobre la arena, se confundía, bajo la forma de una ilusión óptica dual, con la silueta imaginaria, porque nunca lo conoció, de Alberto Resnik, el nieto de la vieja tía.
 
Antes de exiliarse en México, Sonia y Julio dejaron Córdoba para vivir, algunos años, en Buenos Aires. Su departamento –situado en el barrio San José de Flores– fue centro de reuniones políticas antes y después del golpe militar; es decir, de aquel 24 de marzo de 1976. La vivienda funcionaba, además, como alojamiento transitorio para los compañeros que venían de Córdoba. Y permaneció vacía, casi abandonada, luego del allanamiento policial: la pareja logró salir de ella cuatro horas antes. Un vecino cerró la puerta y alguien, después, recogió la llave. Como la historia de Alberto Resnik transmitida de boca en boca entre los familiares, esa llave pasó de mano en mano entre los amigos hasta que uno de ellos se la entregó a sus dueños.
 
Concluida la dictadura gran parte del exilio mexicano retornó al país. Así se fue conformando una diáspora al revés. Pese a esta nueva situación de pérdida –menos dolorosa aunque con una ineludible carga de desasimiento– Sonia y Julio decidieron continuar en México. Pero, a modo de acto compensatorio, optaron por pasar unos meses en Buenos Aires. Y allí, reinstalados en el departamento de San José de Flores, entre el vértigo y la exaltación por el reencuentro con la ciudad y los amigos –los que soportaron los años duros desde adentro y los que partieron al exilio– durante una reunión con los primos María y Sergio en su departamento de la calle Carlos Pelegrini –frente a la avenida Nueve de Julio, a pocas cuadras del Reloj de los Ingleses y de la Estación Retiro– Sergio intentó narrar otra vez el episodio de Alberto Resnik en torno a la guerra de Malvinas y Sonia opuso una negación tan rotunda que Sergio, contra su habitual pulsión por imponer ciertos temas, deslizó la charla hacia otras cosas. Conocía bien a Sonia como para notar cierta disimulada perturbación en ella; pero intuyó que algo no dicho se ocultaba tras su gesto alterado; algo oscuro, ignoto, al menos para él, que tenía que aflorar. Dejó que la charla siguiera otro curso y, una hora más tarde, reintrodujo el tema a través de un viraje. Dijo que Sonia se parecía mucho a tía Paulina, María estuvo de acuerdo, no porque recordara claramente los rasgos de la mujer sino porque se trataba de un comentario recurrente en la familia, y Sonia aceptó el hecho con una sonrisa ausente, desviando la mirada hacia el follaje de la terraza: hacía mucho que la cara de aquella tía había sido desterrada de su memoria.
 
A las doce de la noche, después de aquella cena en casa de María y Sergio, en la calle Carlos Pelegrini, mientras el autobús que los devolvía a San José de Flores circulaba lento por las calles de barrio Norte, la pareja se mantuvo callada. También Julio sospechaba puntos negros en la vida de su mujer, algún hecho relacionado con ese personaje, Paulina; y recordó la crispación de Sonia cuando él, Julio, le contó la historia de Alberto Resnik al regreso de su primer viaje a Buenos Aires después de la dictadura.
 
Días más tarde Sonia le pidió a su marido que la acompañara a Rosario. El auto dejó atrás el suburbio que precedía el ingreso a la ciudad, recorrió varias calles y cruzó la avenida arbolada que en otros tiempos fue la zona más elegante de Rosario: sus casas seguían igual, más viejas, eso sí. Sonia recobró sin problemas el trazado urbano, sorprendida por el poder de su memoria al cabo de tantos años. Y así llegaron a barrio Alberdi, exactamente a la esquina donde se situaba el local de textiles que alguna vez fue la casa de tía Paulina: la persiana estaba cerrada, con huellas de herrumbre; no en cambio la puerta de hierro y cristales biselados que daba acceso al zaguán y a la puerta cancel: una silueta femenina cruzó el vestíbulo en dirección al comedor. Finalmente, mediante un mapa de la ciudad, omitiendo la avenida costera y el río, el automóvil se dirigió hacia una zona periférica hasta encontrar el cementerio y un sepulcro cuya foto, incrustada sobre el mármol, reproducía los rasgos de Paulina. Sonia la observó atentamente y sí, la semejanza entre ambas era notable.
 
Rosario, la Chicago argentina, por sus burdeles (pero eso es historia vieja y patética) no fue el único objetivo de ese viaje. Hubo otro: un pequeño pueblo cercano, ya decadente, en el que existía una bella sinagoga. La hallaron clausurada: nadie pudo darles la llave. Sonia intentó, ayudada por Julio, forzar la puerta, fue inútil. Entonces decidió asomarse por la alta ventana, trepada a los hombros de Julio. Un barandal de madera finamente tallada delimitaba el balcón superior que reunía a las mujeres durante la ceremonia. Y en la planta baja, las maderas del suelo estaban rotas, levantadas, las sillas en completo desorden, algunas volcadas, y varias Biblias, polvorientas como sillas y suelo, abandonadas en el piso; una rata se asomaba por un agujero. Parecía como si un batallón nazi se hubiera desplazado hacia ese páramo en plena llanura árida sólo para saquear el templo. Sonia se introdujo por la ventana ya sin vidrios y tomó una Biblia que aún conserva. Para salir, de nuevo por la ventana, se trepó a la mesa y de la mesa al tabernáculo, vacío, donde en otros tiempos se guardaba la Tora.
 
Durante el regreso a Buenos Aires, mientras Julio conducía, la mujer lloró y rió todo el camino, apretando fuertemente el libro sagrado contra su pecho. El viernes siguiente, al atardecer, ella que nunca festejaba el sabbat y ningún otro ritual, fue al templo de la calle Libertad y escuchó, entera, la oración de los hombres.
 
La Biblia se mantuvo guardada durante un mes, más o menos, en el ropero de la recámara. Sonia no se atrevía a tocarla, intimidada por sus hojas frágiles, color sepia, con muchos bordes rotos; sentía aprehensión, como si recorrer sus páginas fuera algo análogo a aquella violación soportada veinte años antes y que ella siempre vivió y recordó bajo la forma de un acto que no había rozado su cuerpo. Pero un día se acercó, tocó la madera oscura, tímido, vacilante contacto, contacto suena feo, no se le ocurre otro vocablo, abrió el ropero, un mueble viejo, muy viejo, comprado en los anticuarios de la calle Rivadavia, en Floresta. Y entre las páginas, guardadas, ocultas, en vilo: una foto y una carta. La mujer de la foto se parecía, levemente, a Silvina: la piel aceitunada, los pómulos salientes, ojos grandes y ojerosos, color miel. Sonia miró el reverso y allí, con la letra débil por el paso del tiempo, una frase: “A Marcos, con mi amor, Nelly”, no tenía fecha ni datos del lugar, pero debajo del sobre que preservaba, u ocultaba, a la foto, había otro con un sello de correo desdibujado. Sonia recordó un comentario de Silvina, hacía tiempo: “mi madre tiene zonas ocultas en su vida, cosas prohibidas”, y enseguida la risa de Silvina: “¡Mirame a mi hablando de prohibiciones!”.
 
Cansada, algo, no mucho, pensó, piensa, dice, que todo eso, esto, se está volviendo muy novelesco.
 
La carta: estaba escrita en iddish y la firma decía Jane; no la leyó, quizá movida por una actitud solidaria con lo que nodecían aquellas líneas.
 
En la terraza, Sonia vuelve a mirar el cielo. Un farol, el único aún encendido, expande su luz sobre el agua, la grama del jardín, los árboles. Toma otra vez el espejo: ahora sí se reconoce en él. En la habitación, aún despierto por su habitual insomnio, Julio vuelve a su broma de siempre:
–¿Encontraste la cruz del sur?
–Sí, creo que ahora sí.
–Fue sólo una ilusión óptica– dice y se queda dormida.


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