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Jueves, 28 de julio de 2016

Joy Laville, la pintora de los espacios quietos
Escrito por Lelia Driben

Con Joy Laville nos conocimos de la mejor manera que un crítico de arte y un pintor pueden conocerse. Yo escribiendo sobre su obra. Ella leyendo lo que yo escribí.
 
Lo primero que puede decirse sobre la producción de esta artista es que posee una total originalidad. Es sí, una obra singular, no es deudora de nadie, de ningún otro pintor salvo una leve, levísima influencia de qui
en en una época temprana fue su maestro en México. Me refiero a Roger Von Gunten. Pero una diferencia con él salta a la vista: Von Gunten superpone figuras, naturaleza y manchas, y está muy cerca de la abstracción. Joy, por el contrario, demuestra conocer muy bien la abstracción pero elige una figuración muy tenue, sobria, colmada de silencios.
 
Los espacios quietos atraviesan por entero su pintura, como estela de luz que se mueve lentamente hasta acapararlo todo. Sí, y esto creo que es importante: no hay claroscuros en sus cuadros. Invadida de luz, su obra se despliega en tonalidades pastel. Salvo algún azul intenso,los demás colores expanden zonas rosas, verdes, amarillentas, lilas y violetas.
 
Cuando vemos en conjunto la producción de Joy, percibimos que es una obra atemporal. Inserta en la modernidad, sin duda, es, reitero, una obra atemporal y por lo tanto sus temas también son atemporales. Un jarrón con flores como único icono de la tela tiene la misma jerarquía que una figura o un grupo de figuras. Y la arena y el mar forjan espacios abiertos que parecen extenderse más allá del horizonte. Un horizonte en calma y lleno de preguntas sin respuesta más allá de lo que se ve, más allá de esos espacios que hablan de sí mismos, que entregan la voz al vacío, a una naturaleza serena, en calma.
 
Y hay enigmas en la pintura de Joy Laville, está toda llena de enigmas y quietud. En ese sentido puede decirse que lo que Joy pinta tiene algo metafísico. No se emparenta con la pintura metafísica italiana, pero sus grandes extensiones tenuemente coloreadas, su perfilar a las figuras con unos pocos trazos, envuelven a la imagen en una síntesis colmada de lo que no se habla, una cadena de enigmas que no cesa. He ahí lo metafísico de esta obra.
 
Alguna vez Jorge Ibargüengoitia, su compañero de vida que murió trágicamente en un accidente de aviación, pero que permanece vivo en la memoria de Joy, escribió estas palabras: “Los cuadros de Joy Laville no son simbólicos ni alegóricos ni realistas. Son como una ventana a un mundo misteriosamente familiar, son enigmas que no es necesario resolver, pero que es interesante percibir. El mundo que representa no es angustiado, ni angustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico. Es el mundo interior de una artista que está en buenas relaciones con la naturaleza”.
 
Esta última frase, dicha por quien conoció mejor que nadie la obra de esta artista, es importante: Joy Laville está en buenas relaciones con la naturaleza y la pinta como si pudiera establecer con ella un buen diálogo en voz baja. ¿Por qué digo en voz baja? Por sus espacios abiertos al infinito, por su total falta de estridencias, por la levedad de sus tonos, por ese ritmo lento y suave, muy suave que va de uno a otro y a otro cuadro. Su obra es tan tenue que parece hacer del boceto la pieza final, como si fuera las distintas gradaciones de una sinfonía en la que predominan los andantes. Y reitero, Joy hace hablar al vacío, le entrega su voz, su coloratura, porque si algo más hay que destacar es la sobriedad alegre, ligera y exacta de sus telas. Por eso sus espacios vacíos no son abismales. Nunca encontraremos un abismo junto a sus casas, sus árboles, sus mujeres, sus hombres, sus mares, su arena y sus flores.
 

A Joy la profundidad le viene de su singularidad, de su insular posición ante el arte, lejos de las tendencias dominantes y de las modas. No he hablado con ella de su método de trabajo, de como aborda la tela y los contenidos. Pero viendo los resultados, da la impresión de trabajar como una pintora realista, por el ordenamiento de aquello que contienen los cuadros. Como una pintora realista completamente no realista, porque sus imágenes penetran claramente en la neofiguración. Una neofiguración muy despojada, hecha de pequeños toques para perfilar una silueta humana, o dos trazos para definir una casa, o una cadena de líneas ligeramente rectas para insinuar un arbusto. La pintura de Joy esta concebida así, como una pintura de insinuaciones a partir de un colocarse entre la mancha y la forma. Formas también despojadas, melódicas, llevadas a una extremada síntesis. Y eso es lo admirable de su producción: sus tonalidades, su definir lo reconocible con unas pocas pautas, su silencio, su sobriedad, la increible claridad que media entre la tierra y el cielo en sus cuadros. No conozco la vida personal de Joy pero sospecho que es una hermosa persona solitaria, eso es lo que se desprende de su obra. 



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