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Jueves, 28 de julio de 2016

Viaje (alucinado) por la historia de México
Escrito por Iván Escamilla

 

 

Podría pensarse que no se puede ni hace falta decir nada más que confirme que la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución por parte del gobierno federal es un desastre, pero por desgracia los elementos de prueba se siguen acumulando, y no es posible no hablar al respecto. Uno de los más recientes y graves es
sin duda el envío a todos los hogares mexicanos de un librito que lleva por título Viaje por la historia de México, y por autor a uno de los más prestigiados historiadores mexicanos del siglo XX, el fallecido Luis González y González. Producida por Editorial Clío, aunque encargada por la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, la obra se presenta (en un texto supuestamente firmado por el presidente Felipe Calderón en la página 3) como un “rescate” de una obra de González titulada Álbum de historia de México, aunque no queda claro en qué medida se respetó el texto y características del original, del que según la página legal para 2009 ya se habían hecho cinco edicionesDe antemano aclaro que no comentaré en esta entrada el Álbum original de don Luis, que por desgracia no he tenido nunca entre mis manos, sino la edición puesta en circulación por el gobierno, y lo que parece haber implícito en ella. Quede así en salvo el nombre y las aportaciones del distinguido historiador michoacano, no sólo a nuestra historiografía, sino a la construcción de destacadas instituciones académicas de nuestro país, como El Colegio de Michoacán.
 
¿Qué buscaba el gobierno, y más concretamente, la comisión federal para el festejo de los Centenarios, al hacer llegar hasta nuestras puertas este texto? Según la presentación, se trata de que las familias mexicanas “disfruten” de lo que se propone como un “paseo por el pasado [de México, se entiende] y encuentren hospitalaria su visión generosa, plural, abierta y constructiva”. En cuanto al disfrute de ese gran paseo por el pasado, dejemos de lado el hecho de que poseer un libro no implica necesariamente que será leído alguna vez, o que siéndolo, su contenido será comprendido, tratándose de un país que como éste padece, debido a nuestro pésimo sistema educativo, de la terrible plaga del analfabetismo funcional. El verdadero problema es que por las características de la edición, por la manera de presentar sus contenidos, y en ocasiones por ellos mismos, el libro acaba siendo una negación sumaria de la visión de la historia que supuestamente se quiere ofrecer.
 
Para empezar, ¿dónde está la pluralidad? La presentación firmada por Calderón elogia al autor del libro por “no incurrir en las distorsiones de la historia oficial”. Ya otros comentaristas han señalado el sublime acto de esquizofrenia implícito en que el titular del Poder Ejecutivo elogie un libro por distanciarse de la historia oficial, es decir, aquella que, dígase lo que se diga, se sigue enseñando o mal enseñando en nuestras escuelas según los programas aprobados por una dependencia del propio Ejecutivo como es la SEP. Pero, sin negar las cualidades intrínsecas del texto original de don Luis, ¿quién y con qué criterio tomó la decisión de que ésta, y no otra, sería la visión de nuestra historia que se difundiría? Luis González dice en la presentación original de su Álbum, incluida en esta edición (p. 5) que “lo que menos pretende esta obra es ser un texto oficial o una guía de nuestro nacionalismo.” ¿Qué queda de la intención primera de don Luis de no crear una visión “oficial” de la historia, cuando se imprimen dos millones y medio de ejemplares de su texto y se ordena a los carteros, empleados del Estado, entregarlo puerta por puerta a cada familia de este país? ¿Y lo de no pretender que sea una “guía” del nacionalismo subsiste cuando esta acción se lleva a cabo justo por parte de una comisión creada discrecionalmente por el Ejecutivo con el fin de alentarnos a “unirnos a la celebración por México”? ¿No acaba siendo ésta una intención mucho más cínica de imposición de una visión del pasado que la que siempre han sido, por ejemplo, los libros de texto gratuitos? Creo que en un acto de congruencia con el propósito del gobierno, la presentación de don Luis tendría que haber sido eliminada de esta edición, pues colocada al frente de ella resulta un despropósito.
 
Entrando en el texto propiamente dicho, éste se divide en poco más de una treintena de capítulos, que adoptan el formato de una doble página: en la mitad superior, una imagen principal se contrapone a un texto de aproximadamente veinte líneas. En la mitad inferior, y dando la vuelta al texto principal, cada capítulo se complementa con una “orla” de siete textos menores, referidos a un personaje histórico en la mayoría de las ocasiones, aunque también, como ocurre en los capítulos dedicados al mundo prehispánico, a diferentes zonas arqueológicas y a una obra artística (la Coyolxauhqui del Templo Mayor de Tenochtitlan), y en un caso (la catedral de México) a un monumento. Salvo algún error de identificación (se puso el retrato del virrey Luis de Velasco hijo por el de su padre homónimo y también virrey), todo el texto está en general rica y adecuadamente ilustrado, logro que debe reconocerse a Editorial Clío porque por increíble que parezca, en la producción de libros de historia en México no es frecuente ver a los textos acompañados de una buena investigación iconográfica. En este caso el mérito debe atribuirse también al asesor iconográfico de esta edición, el historiador del arte e investigador de la UNAM, Jaime Cuadriello.
 
En la organización visual del espacio de cada capítulo, el texto principal cumple la función de ser una explicación general del período. El relato presentado en esa parte corre muy bien, y se reconoce en él la maestría de la pluma que caracterizó al investigador michoacano. Algunas de sus afirmaciones acerca de ciertos períodos o acontecimientos pueden ser más o menos cuestionables desde el punto de vista de la historiografía actual, pero no puede negarse que en esta parte al menos el libro cumple con el objetivo principal de proporcionar al lector –el autor pensaba al escribir, según dice en su presentación, en la “gente joven”– un relato sencillo, pero al mismo tiempo bien estructurado y documentado, de la historia de México. Ahora bien, según entiendo don Luis compuso su texto alrededor de 1996, lo que tal vez explique que llegara en su narración sólo hasta la víspera de 1994, pero decir como Calderón en su presentación que “la época actual, desde aquel año hasta el día de hoy, no pertenece aún a nuestra historia, sino al presente que estamos construyendo”, y dejar fuera de la nueva edición todo lo ocurrido desde entonces, parece más bien un pretexto para evadir toda referencia a acontecimientos como la rebelión zapatista, el asesinato de Colosio, la crisis de 1995 y el rescate bancario, las matanzas de Acteal y Aguas Blancas, la represión de San Salvador Atenco o la caída del régimen de partido de Estado, por sólo hablar del final del salinismo, o de los principales hechos de los sexenios de Ernesto Zedillo y Vicente Fox. Me recuerda la piadosa costumbre de la época priísta de no llegar en los libros de texto, las historietas y teleseries de difusión histórica, e incluso en el discurso de los museos, más allá de la promulgación de la constitución de 1917, o cuando mucho de la expropiación petrolera de 1938, fecha a partir de la cual parecíamos habernos quedado sin “gestas heroicas” que recordar. Lo cierto es que, aunque tal vez sus asesores no se lo hayan dicho al presidente, la historia contemporánea de México es un campo de estudio sobre el que constantemente se publican rigurosas investigaciones académicas que no sólo nos demuestran que todo es historia, como tituló una de sus obras el mismo Luis González, sino que también nos enseñan que las consecuencias de hacer o dejar de hacer cada día lo que nos corresponde en la construcción de este país son responsabilidad nuestra, y no de malignas entidades que conspiraron desde el pasado para torcer para siempre nuestro destino.
 
Los textos menores de cada capítulo llenan el propósito original de Luis González de funcionar como un “álbum” que quería mostrar sus lectores, más allá de los trillados próceres de la “historia de bronce”, a “personajes representativos de una época o tuvieron especial relevancia en algún momento de nuestra historia”. Don Luis reconocía que su selección era arbitraria, como lo acaba siendo también la adopción por parte de cualquier historiador de algún punto de vista en su interpretación del pasado. Más aún, explicaba que en esa tónica no deseaba en modo alguno hacer un menologio de ejemplos de santidad a seguir, y así aparecen antihéroes y otros personajes polémicos como Saturnino Cedillo, Victoriano Huerta, Manuel Lozada y Joel Poinsett. Pero el verdadero problema de la galería biográfica de este Viaje no es ése, sino las ausencias silenciosas e injustificadas, sobre todo en el caso de la historia más reciente, que hacen pensar que los editores encontraron incómodos a los personajes señalados por su actitud contestataria, y sin cuyas luchas no se habría alcanzado ni siquiera la mediocre y ya moribunda “transición democrática” que padecemos en la actualidad. ¿Si Cajeme halló lugar en el siglo XIX, porqué Lucio Cabañas no lo consiguió en el XX? ¿dónde están Valentín Campa y otros líderes comunistas? ¿dónde Rubén Jaramillo? ¿dónde un intelectual y escritor brillante, pero también disidente consecuente, como José Revueltas? O si los editores prefieren izquierdistas “respetables”, ¿porqué dejaron fuera a un luchador incuestionable como Heberto Castillo?
 
Don Luis González explicaba en su introducción original que por desgracia no podía haber lugar para todos los hombres notables en su álbum, pero los encargados de la edición actual parecen haber entendido tan literalmente esta aclaración que decidieron dejar fuera a las mujeres mexicanas. Ya varios observadores han señalado que según este Viaje por la historia de México, en los últimos cuarenta mil años sólo han destacado en este país dos mujeres: Sor Juana Inés de la Cruz y Josefa Ortiz de Domínguez. Tal vez se tratará de explicar este monstruoso acto de misoginia diciendo que durante la Colonia era difícil que las mujeres destacaran por sus aportes individuales, aunque los ejemplos de Malintzin, las virreinas marquesas de Mancera y de la Laguna y las grandes impresoras y libreras mexicanas del siglo XVII, entre otras, me lo hacen dudar. El caso es que las graciosas “concesiones” a las mujeres son bastante sospechosas: en el caso de Sor Juana, la redacción de su ficha biográfica hace parecer que por propia iniciativa y sólo por dulces consejos “finalmente regaló sus libros y se dedicó a la oración”, mientras que de la Corregidora, como lo ha señalado Paula Mues en una nota publicada en otra parte, se dice más de lo que hicieron sus padres, marido y compañeros varones de lucha, que de sus propias acciones. Si esto ya es lamentable, lo es más que tratándose del siglo antepasado, y sobre todo del siglo XX, se haya escatimado en esta obra el lugar que la mujer ha tenido en la construcción del México moderno. No se encontrará en esta galería de personajes ilustres a Matilde Montoya, la primera mujer que obtuvo el título de médico en este país a finales del siglo XIX, ni (más que de pasada) a Carmen Serdán, la activista del maderismo; tampoco a escritoras como Nellie Campobello o Rosario Castellanos (¿acaso castigada por ser mujer que sabe latín?). Podrían citarse muchísimas académicas, educadoras, deportistas, políticas, líderes sociales y artistas que habrían sido ejemplos magníficos de nuestro progreso como sociedad en el siglo XX. Vaya, ni siquiera Frida Kahlo, uno de los mayores productos de exportación cultural de este país, alcanzó lugar en el libro que comento.
 
Lo peor de esta “desaparición forzada” del sexo que constituye actualmente más de la mitad de la población nacional es que fue enviada a todos los hogares, en un país donde por diversos motivos un creciente número de familias son encabezadas por mujeres, donde la violencia de género y la explotación sexual y laboral contra niñas y mujeres constituyen una herida sangrante e irresuelta, y donde en algunos estados, como Guanajuato, cuna de la Independencia (!), se persigue judicialmente a quienes deciden ejercer responsablemente sobre su derecho a la maternidad. En conexión con lo anterior, no puedo evitar darme cuenta de que en la cuarta de forros del libro, la pequeña biografía del autor de la obra original concluye diciendo que formó con su esposa una “familia ejemplar” y que le sobreviven “seis hijos y seis nietos”. Sin meterme en lo más mínimo con la vida personal de don Luis González, ¿acaso será que esta es la “ejemplaridad” que se pretende predicar a la población en cuestiones de género y modelo familiar? ¿Será que las madres solteras, o las parejas formadas por personas del mismo sexo y que desean adoptar hijos no entran en ella? ¿Puede ser considerado “hospitalario” para las familias mexicanas de hoy, como pretende el presidente, el empaque de esta versión de nuestra historia?
 
Agréguense a lo anterior los múltiples errores de información que se encuentran en las galerías de personajes. Habrá quien diga que señalarlos es mezquindad de erudito de gabinete o ratón de biblioteca, pero si se considera que por la prodigiosa multiplicación de este texto se repiten en molde dos millones y medio de veces, y si se piensa en las incontables tareas escolares que se prepararán consultándolo en los años por venir porque ahorrarán a los estudiantes y a los padres de familia el gasto en una monografía o la molestia de ir a consultar una enciclopedia, se empieza a ver la magnitud futura del problema. Algunos son tan burdos que quiero suponer que los textos no son de don Luis (de hecho, me parece indignante que se quiera acreditarlos poniéndolos bajo su nombre), sino, me temo, de los responsables de la presente edición; y aún siendo de él, nada impedía corregirlos. Uno de los peores aparece en la biografía de Cristóbal Colón, pues se dice que “durante siglos se pensó que la tierra [sic] era plana, pero [Colón] creía que era redonda y que si navegaba hacia el oeste, sobre el océano Atlántico, llegaría a la India […]”. Nada más falso: la redondez de la Tierra era algo sabido desde los griegos, y lo que se discutía en Europa en tiempos del navegante genovés eran las verdaderas dimensiones del globo terráqueo; Colón afirmaba que eran menores de lo que se creía, lo que hacía técnica y financieramente factible una navegación hacia la India en dirección al poniente. En el mismo capítulo, se cae en el error eurocéntrico de llamar “árabes” a los pueblos islámicos de diverso origen que invadieron la península ibérica durante la Edad Media.
 
La conquista y la evangelización ofrecen al lector curioso otras joyas. No faltan, por ejemplo, juicios de valor, como que Cuitláhuac fue más “valeroso” que Moctezuma Xocoyotzin. Por otra parte, la redacción confusa nos hace suponer, en la nota biográfica de Cortés, que el asedio de Tenochtitlan duró al parecer un año; y en la de Francisco de Montejo, que murió “pobre y abandonado” por haber sido sometido a juicio de residencia, cuando se trataba realmente de un procedimiento al que se sometía en general a cualquier funcionario o gobernador nombrado por la Corona, y del que muchos salieron bien librados. De fray Juan de Zumárraga nos enteramos que no murió tranquilamente en su lecho como creíamos, sino defendiendo a los indios de los abusos de los conquistadores, pues se dice que los protegió “a costa de su vida”. Un momento estelar tiene lugar cuando se dice que la nueva fe traída por los misioneros, “rápidamente asimilada por los indígenas, se fortaleció cuando la Virgen de Guadalupe se apareció en el cerro del Tepeyac, según el relato del indio Juan Diego”. Ahora parece ser que Robert Ricard, Ernest Burrus, Francisco Morales y otros historiadores católicos se equivocaron al creer que la evangelización de la Nueva España fue un proceso cultural sumamente prolongado y complejo, salpicado de resistencias de quienes se negaban a abandonar su antigua visión del mundo. Acaso estos rebeldes no fueron tan listos como el indio Juan Diego, quien salió avante pese a que su existencia histórica (y por ende la de cualquier relato de su autoría) nunca ha sido comprobada de manera irrefutable ni unánimemente aceptada.
 
Escribir bien y a la vez de manera concisa es un arte que los editores de este libro no parecen justipreciar, y el resto de la Colonia nos da otras muestras de alucinaciones semejantes a las anteriores, muchas de las cuales se deben a una pésima síntesis y redacción de la información. Se hace una preocupante equiparación biológica, no sé si voluntaria o no, cuando se dice que el virrey Bucareli se enfrentó a un levantamiento de los pimas y apaches en el norte, para luego informar en el mismo enunciado que “incluso tuvo que combatir una terrible plaga de langostas”. Cuando se habla del jesuita Diego José Abad, el desconocimiento de la lengua latina en que descolló como excelso poeta hace decir el desbarre de que escribió dos poemas llamados De Deo, Deoque homine heroica Cantos épicos a la divinidad y humanidad de Dios; en realidad se trata de uno solo, y el segundo título es sólo la traducción del primero. Por otra parte, el escultor y arquitecto Manuel Tolsá no se libró de que los editores lo hicieran catalán en vez de valenciano; eso sí, tuvo suerte de ser el único artista que obtuvo mención en la etapa colonial plena, porque los talentos de pintores como Juan Rodríguez Juárez, José de Ibarra y Miguel Cabrera, de arquitectos como Miguel Custodio Durán, Pedro de Arrieta y Francisco Guerrero y Torres, o de músicos como Gaspar Fernandes y Manuel de Zumaya no parecen haber sido juzgados dignos de mencionarse. De hecho el único monumento colonial que merece referencia particular, la catedral de México, fue, pese a mencionarse como artífices suyos a Claudio de Arciniega, Jerónimo de Balbás y Manuel Tolsá, “la mayor obra artística realizada por el gobierno colonial español”, suponemos que gracias a la destreza insospechada de los virreyes como albañiles, carpinteros, retablistas, arquitectos, escultores y pintores.
 
Podríamos seguir mencionando ejemplos de desastrosas afirmaciones contenidas en la galería de personajes de los siglos XIX y XX (¿qué decir, por ejemplo, de la inocua manera en que Gustavo Díaz Ordaz “tuvo que hacer frente a la crisis [sic] estudiantil de 1968”?), pero prefiero dejarlo como tarea a los historiadores y público más versados que yo en esos períodos. Quiero más bien llegar al punto principal de esta crítica. En muchas ocasiones a través de este blog me he referido a la necesidad (que no es idea mía ni mucho menos) de que el pasado de México sea conocido por todos nosotros. El mismo González, con su Álbum original, buscaba ayudar a lo anterior. Arno Burkholder, huésped como yo del generoso espacio de Artes e Historia México, ha escrito sobre Viaje por la historia de México que es muy positivo que en todos los hogares mexicanos exista la posibilidad de conocer a alguien llamado Luis González, o de que por esta vía se enteren tal vez de la riqueza del pasado de México. Me temo que este librito, en la forma en que se nos hace llegar hoy, no puede ayudar a ese fin, porque el problema que tenemos en frente es mucho mayor. Si lo que el gobierno quería era dar a conocer a nuestro pueblo su historia y celebrar con ello este 2010, ha errado de extremo a extremo al escoger el medio, porque no se trataba de decidir cuál era la mejor síntesis de la historia de México de muchas que andan en las librerías, y reproducirla ad infinitum para repartirla como si se tratara de vales de despensa, todo por un supremo designio del Estado. La ignorancia sobre nuestra historia es un síntoma del desastre educativo en el que sucesivos gobiernos nos han sumido, y que quizás aún más que el reto del crimen organizado es la mayor hipoteca a nuestra viabilidad como nación. El mejor regalo que se hubiera podido hacer a este país en este año de Centenarios tendría que haber sido una reforma auténtica y a fondo del sistema educativo (que incluyera, por supuesto, la de la enseñanza de la historia), que hiciera de nuestras escuelas auténticos semilleros de ciudadanos responsables y capaces de seguir construyendo nuestra historia en el futuro. Por desgracia, la oportunidad se ha desaprovechado, y en vez de ello se ha preferido usar el nombre respetable de un gran historiador para predicar descaradamente, quién sabe con qué fines, una visión de México que no tiene nada de generosa, plural, abierta o constructiva.


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