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Jueves, 28 de julio de 2016

A punta de gritos de muerte y libertad
Escrito por Iván Escamilla

 

Como me había perdido el lunes el estreno de la nueva serie histórica producida por Televisa con motivo del bicentenario de la Independencia y a la que se dio el angustioso título de Gritos de muerte y libertad, y como este blog ha prometido colocar bajo su ojo crítico los productos de esta conmemoración, ayer decidí arrellanarme en el sillón de la sala para ver el segundo capítulo. Puntualmente a las 10 de la noche encendí la televisión, solo para enterarme que el serial no parece comenzar a tiempo, puesto que aún debí chutarme como cinco o seis insufribles minutos de una telenovela común y corriente.
Finalmente comenzó el programa, con el que Gruma y Banorte quieren contribuir a celebrar (así se anuncia) 200 años de libertad. A continuación les ofrezco, queridos lectores, una crónica telegráfica del programa.
 
Breve texto en pantalla en que se dice que los ánimos de autonomía de 1808 se han convertido en 1810 en clandestinas conspiraciones contra el gobierno. Primera escena, en casa del corregidor de Querétaro, don Miguel Domínguez y su consorte doña Josefa. Se advierte de inmediato que se filmó en la casa principal de la antigua Hacienda de Santa Mónica, en Naucalpan, Estado de México. Quien escribe (a partir de este momento denominado “Televidente Historiador”) se pregunta porqué no se filmaron esos exteriores en el antiguo palacio de gobierno de Querétaro, que aún existe. Tertulia de doña Josefa, entran militares encopetados con trajes históricamente correctos, y civiles (sirvientes y otras personas) con trajes históricamente muyincorrectos, con casacas, chorreras y culottes de 1690 (¡120 años atrás!). Historiador Televidente se consuela pensando que esto es un avance, considerando que en otra teleserie histórica de la misma empresa hace algunos años les pusieron a las casacas dieciochescas hombreras como de los Supersónicos. Perorata de la Corregidora y sus amigos Allende y Abasolo sobre el derecho de los criollos a gobernar su tierra por sobre los españoles. Historiador Televidente se pregunta si se matizará esta oposición en los siguientes episodios o si una vez más se le consagrará como principal causa de la Independencia, según reza la historia oficial. Se van los amigos y entramos a la recámara de los Domínguez, donde en pocas palabras doña Josefa le espeta a su marido que le falta hombría para apoyar el movimiento. Historiador Televidente piensa que quien luego fue el primer presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación merecería una presentación más benévola por los guionistas. Por su parte don Miguel se defiende pidiendo a su mujer comprender su posición como “funcionario del gobierno virreinal”, frase absolutamente falaz porque los funcionarios eran servidores del rey, no del virrey.
 
Corte a comerciales: Mc Donald’s (comida rápida absolutamente adecuada al bicentenario) – un Pípila en CG demostrando que alimentándose de masa de maíz se puede cargar una losa en la espalda y tomar además la Alhóndiga de Granaditas. Televidente Historiador no atina a determinar el contenido ideológico, que supone existe, del comercial - beberecua – cereal para anoréxicas – Programa Ángel (¿alianza entre Marcelo Ebrard y Televisa en horario triple A? se pregunta Historiador Televidente) – chiles – beberecua – jugos enlatados.
 
Después de tantos comerciales Televidente Historiador está a punto de olvidar qué estaba viendo antes de la pausa, pero un oportuno letrero aparece para recordarnos el nombre del programa. Ahora vemos a la conspiración delatada por uno de los conjurados y por un sacerdote cuyo traje no es ni de secular ni regular, cosa que hubiera causado escándalo entonces aunque más tarde se le describe como de “reputación intachable”. Éste acude a delatar ante el corregidor, entre otros, a “un tal cura Hidalgo”. Alarma de don Miguel Domínguez que informa de los hechos y deja encerrada a su mujer para que no de aviso a Allende y los demás, como mandan los cánones de la historia de bronce. Berrinche histérico de doña Josefa en una habitación de mobiliario absolutamente macarrónico (bufetes Chippendale, espejos con marcos victorianos, piano de cola, cortinajes gruesos). Televidente Historiador se percata de que también los interiores se filmaron en la hacienda de Santa Mónica y que lo que uno ve amueblando esa anacrónica estancia es el resultado del gusto excéntrico de don Antonio Hagenbeck y de la Lama, el filántropo y coleccionista del siglo pasado que creó una fundación que mantiene esa casa y la llamada Casa de la Bola en Tacubaya. Televidente Historiador se teme que los productores pensaron que así se ahorraban un buen billete en utilería y pago a un investigador que ambientara mejor el cuarto. En su deseseperación la Corregidora monologa en voz alta, como el supervillano Syndrome en la película “Los Increíbles” de Disney y Pixar. Mientras tanto, un escribano malvado y de traje también anacrónico (más que porque sea malvado, puesto que se necesita siempre un malvado en toda historia heroica, Televidente Historiador se pregunta porqué dirige él la diligencia judicial, si solo es un notario) acompaña al corregidor a aprehender a un conspirador con traje que de tan mal diseñado y ajustado parece túnica del doctor Fu-Manchú. El malvado escribano intima a la rendición a los conspiradores “en nombre de la Corona española”. Televidente Historiador cree ver aquí otro despropósito que parece tener el fin de acentuar de manera ficticia la división entre españoles y americanos, pues lo regular habría sido conminarlos a darse presos en nombre del rey. Y justo cuando aparecen las armas ocultas por Fu-Manchú y la cosa se pone interesante...
 
Corte a comerciales: “cuenta fuerte” del banco que patrocina el programa – Jackie o Jacquie aconsejándose con las “expertas” para ahorrar en los “miércoles” de un supermercado – queso – jugos enlatados – un anuncio de la Lotería Nacional que incluso en medio de los otros dislates publicitarios que lleva vistos desde el bloque anterior, les parece a Televidente Historiador y a su esposa Televidente Historiadora del Arte el más horripilante de todos – beberecua - el monopolio de la comunicación por celular anunciando que ya vende el teléfono de la manzanita 4 – Bárbara Mori entregándole uno de sus “días” a una prodigiosa toalla sanitaria – mayonesa –una romantic comedy de Jennifer Aniston con un galán muy feo, exhibiéndose “sólo en cines” – “miércoles” de ofertas en un supermercado competidor del de Jackie o Jacquie – otra vez el cereal para anoréxicas – un teléfono “inteligente” – beberecua.
 
Y justo cuando después de tanto anuncio de cerveza y tequila ya Televidente Historiador se preguntaba por los hábitos alcohólicos de los próceres, nos regresan a los gritos de muerte y libertad. En la casa de doña Josefa, sus patrióticos chanclazos en el piso llaman la atención del asistente de su marido, que avisado por ella da tres zancadas en caballo y trasmite la noticia a Ignacio Allende. Grave consejo de los militares, interrumpido cuando literalmente salta a escena desde una puerta nada menos que el Padre de la Patria en persona, y Televidente Historiador se asombra de ver cuánto se parece a Enrique Krauze. Aclaración, el parecido es con el actor, porque Televidente Historiador sospecha que a Krauze no le gustaría que lo compararan con el cura de Dolores. El cura y los militares toman la decisión de adelantar el levantamiento. Imágenes en cámara lenta y grano abierto con la detención de los Corregidores, con textos en pantalla que Televidente Historiador supone se pusieron en beneficio de los sordomudos, porque reiteran lo que ya dijeron con toda claridad los actores. Un par de textos más aparecen aportando detalles sobre la vida posterior de doña Josefa, destacando que tras la Independencia no aceptó recompensa alguna por sus servicios a la Nación. Fin y créditos a la velocidad de la luz, antecedidos por una nota en que los productores advierten (las advertencias, cree recordar Televidente, se ponen antes, y no después de aquello sobre lo que se quería advertir) que si bien los hechos que se muestran narran lo generalmente aceptado por los historiadores (y Televidente, que es Historiador, piensa que a sus colegas independentólogos lo menos que los ha visto es generalmente acordes en la interpretación de ese período) los productores se han tomado “libertades creativas” en la presentación dramática. Termina la emisión y aparece una cápsula de algo así como “México imaginado desde el futuro”, donde un indígena (que por lo que dice parece vivir en un utópico país del año 2110) se imagina vivir en un México donde los pueblos originarios están “integrados” cultural, social y políticamente. Televidente Historiador se pregunta si “integrados” se refiere a como se ha buscado hace con ellos desde las reformas borbónicas para acá, a lo que por cierto puede atribuirse buena parte de la actual situación de los indígenas en nuestra patria.
 
Televidente Historiador de inmediato apaga el televisor porque no quiere empeorar la sensación que ya tiene escuchando además a López Dóriga hablando de la captura del sonriente Barbie. Lo había encendido esperanzado, porque sabía que buenos historiadores habían brindado asesoría a la realización del programa, pero se teme que la parte en que sus colegas influían sobre los guionistas desapareció con el tiempo de la media hora del programa devorado por la publicidad de los patrocinadores. Se lamenta de que la oportunidad de realizar una gran producción histórica en este bicentenario se ha perdido por la tacañería de unos productores que por lo visto cedieron tiempo del programa, pero a cambio no supieron sacarle dinero a los anunciantes de alcohol y toallas sanitarias para hacer mejor vestuario, utilería y ambientación. Si acaso rescata que al menos en este programa doña Josefa Ortiz demuestra carácter, voluntad y convicciones propias, a diferencia del libro de historia que repartió hace poco el gobierno federal en el que la Corregidora aparece más por los méritos de su marido y sus correligionarios que por los propios. Luego piensa que está exigiendo demasiado y que los productores a quien querían frente a la tele viendo su programa era a un televidente, no a un historiador. Pero como Historiador no puede renunciar, por más que quiera, a su condición, ni a su derecho a la crítica, ha llegado a la conclusión de que no hay nada que lo pueda volver a hacer perder su tiempo viendo los restantes capítulos de Gritos de muerte y libertad.


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