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Jueves, 28 de julio de 2016

Encuentros en el Puente de Calderón, o cómo entender la Independencia sin tanto grito
Escrito por Iván Escamilla

En la última entrada de mi blog, en que me refería a la serie televisivaGritos de muerte y libertad, recibí los amables comentarios de Samantha Karam, quien estaba interesada en conocer con mayor profundidad lo que ocurrió durante la toma de Guanajuato por el ejército de Hidalgo en 1810, escenificada en un capítulo de la mencionada serie. Y aunque le sugerí una muy recomendable interpretación general acerca de la participación popular en el movimiento de Independencia, primero las preguntas de Samantha, y luego el alboroto que se hizo en algunos medios por la (en mi opinión) afortunada desaparición del Pípila en ese epi

sodio, me hicieron caer nuevamente en la cuenta de algo digno de comentarse: el gran público interesado en la historia sigue siendo atraído en buena medida por la historia de acontecimientos, esa que trata de hechos concretos, como batallas, tratados, descubrimientos, fundaciones de ciudades e instituciones, magnicidios,  etcétera.

 

 

Esta propensión del público es perfectamente entendible: después de todo, lo que muchas personas entienden por historia es lo que como tal se enseña en la mayoría de las escuelas: esto es, una suma de hechos singulares, cuyos protagonistas los realizan conscientes o no de un misterioso y (como dice el himno nacional) “eterno” destino; hechos que lógicamente conducen a la nación a un resultado previsible desde siempre. Además, esta idea de lo histórico es colectivamente reforzada por la educación cívica de los niños, que se ve punteada a lo largo del año con las conmemoraciones de “gestas” (del latín “gerere”, realizar, llevar a cabo) como el Grito de Dolores, el nacimiento de Juárez, la expropiación petrolera, y un largo etcétera laicamente ritualizado. En contraste, la mayoría de los historiadores académicos se precian de no escribir sobre hechos aislados sino sobre “procesos”, es decir, secuencias interrelacionadas de acontecimientos que se prolongan a lo largo del tiempo y explican tanto lo cotidiano como lo que trasciende a los siglos. Esa es sin duda una gran conquista de la ciencia histórica, pero en el camino de alcanzarla tal vez los historiadores nos hemos olvidado del importante papel que la narración puede tener no solo como forma o medio de expresión de la historia, sino como elemento de primer orden para alcanzar una explicación de los acontecimientos y procesos y de su significado, tanto en su tiempo como para la posteridad.

 
Por lo anterior, me complace en esta ocasión aprovechar el blog para recomendar a mis lectores un libro que aborda la historia con rigor ejemplar y con inusual amenidad desde la perspectiva de un particular acontecimiento, y que considero representa un aporte de claridad en medio de la oscura nebulosa de palabrería e imágenes en que se ha convertido el actual show Bicentenario. Recién salió publicado por nuestra casa, el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, el libro Puente de Calderón. Las versiones de un célebre combate, de mi colega Carmen Vázquez Mantecón. La batalla del Puente de Calderón tuvo lugar en un lomerío a orillas de un arroyo, en las inmediaciones de Guadalajara, el 17 de enero de 1811. Librada entre el ejército insurgente del padre Hidalgo y las tropas realistas mandadas por el brigadier Félix María Calleja, esa batalla fue decisiva en el curso de nuestra guerra de Independencia. La terrible derrota sufrida ese día por los insurgentes marcó el final de la primera etapa de la rebelión, cuyos líderes (Hidalgo, Allende, los Aldama, Abasolo) a partir de ese momento se convirtieron en fugitivos que no tardarían en ser capturados y, finalmente, ejecutados.
 
Como nos cuenta Carmen en su libro (cuyas cien páginas se pueden leer prácticamente en una sentada porque se van como agua), fue paradójicamente la importancia que revistió esa batalla lo que, apenas ocurrida, propició la distorsión de los hechos y circunstancias en torno a ella. La autora hace una interesante reconstrucción de cómo, a lo largo del siglo XIX, los historiadores que escribieron sobre Puente de Calderón emplearon un puñado de fuentes para recrear un combate que en cada relato adquiría rasgos cada vez más fantásticos de acuerdo con la imaginación literaria y, no pocas veces, con la inclinación ideológica de cada autor. Tras demostrar los errores e inconsistencias contenidos en muchos de esos relatos, Carmen procede con erudición a la búsqueda de fuentes que nos permitan saber, con mayor precisión, lo que ocurrió en aquella jornada. Bajo el ojo atento de su crítica rigurosa pasan los partes militares de Calleja y de sus oficiales subordinados, la versión poco conocida de un antiguo insurgente presente en el combate, cartas de los contemporáneos, mapas y otros testimonios. No contenta con ver librarse la batalla sólo en el papel, Carmen incluso viajó al lugar de los hechos, donde su indagación arrojó el sorprendente resultado de que el puente que hoy se muestra oficialmente como aquel sobre el que se libró la batalla no lo fue, sino en realidad otro mucho más humilde y pequeño que aún subsiste en sus inmediaciones, olvidado debido a la errónea lectura de un croquis del combate cometida por un editor del siglo XIX.  
 
Más allá de su apasionante y casi detectivesca indagación, lo que Carmen Vázquez encuentra en torno a la famosa batalla confirma y muestra con claridad a sus lectores lo que la investigación histórica de los últimos años nos ha dicho acerca de la Independencia y que en la historia oficial siempre ha sido acallado: esa no fue una guerra de españoles contra americanos (o si lo prefieren, novohispanos), sino entre americanos. Por un lado estaban Hidalgo y su ejército indisciplinado de indios y castas: artesanos, peones, barreteros y alguno que otro facineroso, como el famoso “Torero” Marroquín, junto con unos pocos regimientos regulares y sus oficiales criollos (como Allende), armado con lanzas, picas, machetes y cañones fabricados por fundidores de campanas; por el otro Calleja, con las pocas tropas regulares y permanentes con que contaba la Corona en la Nueva España, complementadas por un ejército de vaqueros y caporales montados, voluntarios o enviados desde las haciendas y ranchos de la región, con artillería en su mayoría improvisada, y comandados con cierto orden por una oficialidad casi totalmente criolla.
 
Igualmente interesante es la conclusión que Carmen extrae de lo que, en un examen atento de las fuentes, aparece como verdadera causa del resultado final de la batalla. Superados por los insurgentes en número (aunque no tanto como se diría después), y aparentemente a punto de ser derrotados, los realistas triunfaron, pero no como afirmó Calleja y luego repitieron otros historiadores, por su mayor preparación militar, por la calidad de su armamento o por la valentía de su comandante. La explosión imprevista de un carro de municiones de los insurgentes, combinada con la combustibilidad de los pajonales secos que llenaban el campo, produjo un incendio que devoró la artillería de los rebeldes, causando estallidos que sembraron el pánico y la muerte entre ellos, y produciendo una desbandada anárquica que prácticamente los arrojó sobre las bayonetas de los realistas. El relato de Carmen Vázquez reivindica así el papel decisivo que en el curso de los acontecimientos humanos (y en particular, cuando se desata la violencia) suele tener con cierta frecuencia un misterioso elemento: el azar. Y agregaría yo lo que dijo el general Sherman, vencedor de otro sangriento conflicto del siglo XIX, la Guerra de Secesión norteamericana: los que dicen que la guerra es algo heroico o glorioso es porque nunca han estado en ella.
 
Entre tantas reflexiones como las que provoca este pequeño pero excelente libro, vale la pena subrayar también la que se desprende acerca de la forma en que el manejo (o mejor dicho, la manipulación) de la información, ha sido siempre, y particularmente en las guerras, un arma a veces más mortífera que las balas y las bayonetas. Después de Calderón, Calleja emprendió una carrera ascendente que ni siquiera los triunfos de Morelos lograrían detener, hasta el nombramiento del antiguo brigadier como virrey de la Nueva España. Como demuestra Carmen Vázquez, mucho tuvo que ver en ello la forma en que Calleja informó de aquella batalla para magnificar su triunfo y crear una versión oficial “heroica” y políticamente muy rentable de su liderazgo. Puente de Calderón fue así no lo que ocurrió en el campo en enero de 1811, sino lo que el vencedor quiso hacer de ella y que acabó siendo más real que la realidad a los ojos de muchos, como lo muestra el caso, también narrado por Carmen, de la alucinante y casi paródica recreación de la batalla hecha en 1814 en Celaya por Agustín de Iturbide en adulatorio homenaje al virrey Calleja, y festejando el retorno del déspota rey Fernando VII al trono. Invito a los lectores a extraer de lo anterior la lección adecuada a nuestro presente.
 
Queda así hecha la recomendación de esta lectura, que no tiene desperdicio, para entretenernos durante los días del nuevo “Puente” de Calderón, o sea, el asueto que decretó ayer el gobierno federal y que nos tendrá de ociosos del 15 al 19 de septiembre. Me parece que será mucho más provechosa que prender la tele para perder el tiempo viendo los fallidos intentos del gobierno y de Televisa para enseñarnos una historia que, en esa forma, ya no es la que este país y su sociedad necesitan.


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