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Jueves, 28 de julio de 2016

Hay beatos y hay beatos
Escrito por Iván Escamilla

 

Arrastrados como siempre por el inmediatismo, y pasado ya el circo por la boda del hijo del príncipe de Gales, los medios informativos dedican sus encabezados ahora (además de las cotidianas noticias sobre narcofosas y ejecuciones) a la inminente beatificación este 1 de mayo del difunto papa Juan Pablo II. Si ya es bastante el revuelo por causa del personaje y de sus merecimientos verdaderos o supuestos para subir a los altares católicos (cosa que no voy a discutir), éste ha aumentado por el anuncio oficial de la presencia del presidente Felipe Calderón en
la solemne ceremonia de beatificación en Roma. Para justificar su asistencia, la Presidencia ha esgrimido argumentos bastante absurdos. No se entiende, por ejemplo, cómo puede ser “congruente con los principios de laicidad del Estado mexicano” la presencia del Jefe del Ejecutivo en un acto en que Benedicto XVI, en su carácter de cabeza de la Iglesia Católica y no de Jefe de Estado, otorgará al polaco Karol Wojtyla un reconocimiento que solo suscriben quienes profesan esa religión, que por otro lado no son la totalidad de los habitantes de este país. No parece tampoco que hayamos pasado en tiempos recientes por ninguna grave crisis de nuestras relaciones diplomáticas con el Vaticano que amerite un gesto especial para “fortalecer los vínculos de amistad, respeto y entendimiento entre el Gobierno de México y dicho Estado”, como dice el aún más incomprensible oficio acerca de este asunto dirigido al Senado por la Secretaría de Relaciones Exteriores.
 
Por otra parte, y si en el último de los casos el presidente tiene tantas ganas de acudir, como creyente que es (cosa por otra parte respetable), a los festejos por la beatificación de un obispo católico, reformador, estadista de obras y hechos notables y escritor, esta vez hubiera podido considerar otra opción bastante interesante, y que por si fuera poco, no le saldría al erario (y por consiguiente al pueblo de nuestro empobrecido México) tan cara como el viajecito a Roma. El próximo mes de junio será beatificado el obispo de Puebla Juan de Palafox y Mendoza, una figura clave para la historia del México colonial, y sus reliquias serán traídas a la que fue su diócesis. Cuando Palafox nació en 1600 en Fitero (Aragón), España era la mayor potencia del mundo, pero ya se avizoraban claramente los males sociales que la llevarían a la postración económica, política y moral a mediados del siglo XVII. Juan se crió cuidando ovejas hasta los nueve años, cuando supo que era el hijo ilegítimo de un gran aristócrata quien, luego de reconocerlo, lo acogió en su casa, le proporcionó esmerada educación y lo destinó a la Iglesia. El pastorcito se convirtió así un joven inteligente y apuesto, pero también libertino, hasta que en uno de esos sacudimientos espirituales característicos del barroco experimentó una conversión que le hizo cambiar de vida. Concluyó sus estudios de derecho canónico, se ordenó sacerdote y comenzó a darse a notar por su actividad política como representante de la nobleza de Aragón, lo que no tardó en llamar la atención del monarca, que lo era entonces Felipe IV, y de su primer ministro el conde-duque de Olivares. Olivares, quien estaba a la caza de talentos para emplearlos en sus planes de reforma para evitar la decadencia de la monarquía, se lo llevó a Madrid y le dio una plaza en el Consejo de Indias, la instancia a través de la cual España gobernaba sus vastos dominios americanos. En 1639, después de diversas encomiendas al servicio del rey, Palafox tuvo la oportunidad de experimentar lo que hasta entonces solo había conocido sobre el papel: Olivares lo envió a la Nueva España como obispo de Puebla, pero también con el nombramiento de Visitador del reino. Esto quería decir que se le otorgaban amplios poderes para realizar una inspección general del gobierno del virreinato con el fin de reformar su administración, sanear el tesoro real, corregir los vicios de la impartición de justicia y velar en general por el bienestar de todos sus habitantes.
 
La misión de Palafox no fue nada fácil. Su afán fiscalizador no tardó en hacerle chocar con los personajes y grupos más poderosos de la Nueva España: su empeño en corregir abusos y corruptelas y en limitar privilegios que se entendían como otros tantos pretextos para cometer más abusos y corruptelas lo enemistó con los virreyes, la Real Audiencia, la Inquisición, los ayuntamientos de las ciudades y las órdenes religiosas – especialmente, los influyentes jesuitas. Fue blanco de insultos y ataques y padeció persecuciones, al punto de tener en alguna ocasión que huir de Puebla para salvar su vida. No por ello se arredró ni ante los más encumbrados magnates, como en 1642, cuando, al sospecharse una traición al rey por parte del virrey marqués de Villena, Palafox lo destituyó y fungió como virrey interino durante algunos meses. Al poco tiempo fallecía el arzobispo de México, y hubo de hacerse cargo temporalmente del gobierno de la arquidiócesis primada, mientras seguía cumpliendo sus responsabilidades como Visitador. Nunca en la historia de México se había concentrado tal cantidad de poder en un solo individuo, y pasaría mucho antes de que algo así volviera a suceder. Esto no quiere decir que Palafox fuera partidario de un ejercicio absoluto y despótico de la autoridad, pues creía que el mismo poder de los reyes debía ser limitado por los derechos de que cada clase social gozara legítimamente, y por las tradiciones y costumbres con que cada reino y provincia de la vasta monarquía de España se había regido desde tiempo inmemorial.
 
El ideal de gobierno de Palafox era más bien el que procuró ejercer como obispo de Puebla, en aquel entonces una inmensa diócesis que iba desde las costas del Golfo de México hasta las del Océano Pacífico y abarcaba el territorio de los actuales estados de Puebla y Tlaxcala, así como buena parte de los de Veracruz y Guerrero: una difícil geografía que el prelado recorrió entera dos veces para conocer bien a su rebaño espiritual. Encontró muchas cosas por hacer en su Iglesia, y a todas se abocó: arrebató a las órdenes religiosas las doctrinas o parroquias de indios que hasta entonces monopolizaban, convirtiéndolas en parroquias del clero secular, y arregló el cobro y administración de los diezmos de toda la diócesis. Para la educación de los clérigos de su obispado refundó y dio estatutos al colegio de San Juan y San Pedro, y le donó para que sirviese a la formación de los seminaristas y del público su propia biblioteca personal, acervo de origen de la que hoy es la gran Biblioteca Palafoxiana. Fundió en uno solo los hospitales que estaban a cargo de la diócesis, reuniendo en el de San Pedro a los enfermos de ambos sexos, y dándole administración propia para garantizar una mejor atención a los enfermos. Lejos de enriquecerse, vivió constantemente endeudado pues gastaba todas las rentas a las que tenía derecho como obispo para realizar obras de caridad.
 
A Palafox le gustaba enseñar personalmente la doctrina cristiana al pueblo, y puso interés en que los templos de su diócesis fueran digno y decoroso escenario de la prédica del evangelio. Empezó por su propia catedral, que a su llegada era solo un galerón destechado, inconcluso durante décadas. Nueve años después la había dejado consagrada y terminada en la forma que aún hoy llena de orgullo a Puebla, antes incluso de que lo propio ocurriera con la catedral de México. A la sombra del patrocinio palafoxiano y coadyuvando al esplendor del culto religioso, la pintura, la escultura, la arquitectura y la música comenzaron a florecer en la ciudad. Mientras tanto, el obispo iluminaba las letras con sus propios escritos, no solo referentes a la administración de la diócesis, sino también a temas políticos, como suHistoria real y sagrada, o espirituales, como su famoso Pastor de Nochebuena. En efecto, la de Palafox fue una pluma luminosa y elegante, admirada ya desde su época, que resulta ser nada menos que el Siglo de Oro de la lengua española. Finalmente, en 1649, y pese a su deseo de morir al frente de su diócesis, fue llamado de vuelta a España, en donde ya había caído de la gracia del rey su viejo protector, el conde-duque de Olivares. El empeño reformista se había agotado y España vivía tiempos sombríos. Palafox vivió así sus últimos años como obispo de la modesta diócesis de Burgo de Osma, donde murió en 1659 en medio de presunciones de santidad. Poco después se presentaría la primera solicitud para abrirle proceso de beatificación, pero el empeño contrario de sus viejos enemigos los jesuitas durante los cien años siguientes conseguiría retrasarlo tanto que, como se ve, los devotos del obispo no han conseguido su meta sino hasta el siglo XXI.
 
No se trata ni mucho menos de promover la canonización de nadie, pero ante la vida de Palafox me viene a la mente que en Los Pinos también se ha justificado el viaje de Calderón por la “cercanía” de “millones de mexicanos” con la figura de Juan Pablo II. Sin meterme a averiguar si esa proximidad fue auténtica, o si no se trató más que de un gigantesco espectáculo mediático y comercial, quiero cerrar esta entrada ofreciendo como contraste unas líneas escritas por el propio Juan de Palafox, que hablan de su preocupación y cercanía con la clase más humilde y explotada del rebaño que le tocó gobernar. Se trata de un fragmento de De la naturaleza del indio, un memorial que dirigió a Felipe IV de España, en que reclamaba al rey el cumplimiento de las leyes que la propia Corona había promulgado desde la conquista en contra de los abusos y explotación de los indígenas. Al leerlo, me pregunto cuánto ha cambiado en realidad desde el siglo XVII el comportamiento de quienes gobiernan este país hacia sus pueblos originarios, y si eso no tendrá algo que ver en la actitud frente a una y otra beatificación:
 
“Y cuando tantas obligaciones [como Visitador, virrey y obispo] no me pusieran en la ansia de su alivio, y conservación [de los indígenas], me ocupara todo en ella, la experiencia, y conocimiento práctico de las fatigas, y descomodidades de estos pobres. Porque así como cada oficio de estos no bastara a conocer las tribulaciones, y penas que padecen; pero todos juntos han hecho evidencia, y conclusión en mí, lo que en otros no tan experimentados puede quedar en términos de duda. Porque los Virreyes, por muy despiertos que sean en el cuidado de su ocupación, no pueden llegar a comprender lo que padecen los Indios; pues en la superioridad de su puesto llenos de felicidad, sin poderse acercar a los heridos, y afligidos, que penan, derramados, y acosados por todas aquellas Provincias, tarde, y muy templadas llegan a sus oídos las quejas. Y como se halla acompañada de aquella gran Dignidad, frecuentemente de los instrumentos, y sujetos que se las causan, y de los que disfrutan sus utilidades a los Indios; no sólo impiden el oír los gemidos, y ver las lágrimas de los oprimidos, y miserables, sino que les ponen en concepto de culpados, siendo verdaderamente inocentes, y sobre consumirlos con penas, se hallan también mal acreditados de culpas.
 
Y así, para averiguar esta verdades es mejor oficio el de Visitador general del Reino. Pero ni este sólo bastara, respecto de que la humana naturaleza, y malicia en todos generalmente, como se vio en la primera culpa de Adán, aún dentro del Paraíso, en andándole a los alcances luego se arma, y viste de disculpas: y valiéndose unas veces de la fuerza, otras de la calumnia, y otras del poder, procura que falten los medios a la pesquisa del Visitador; y unas amenazando a los testigos, y otras a las partes, y otras al Juez, y otras interponiendo dilaciones, diferencias, y competencias entre jurisdicciones, e informando siniestramente al Consejo, no sólo se suelen librar del suplicio, y pena que merecían sus excesos; sino que turban, y obscurecen las probanzas del delito, y echan todos los cuidados sobre cualquier Juez, y Ministro celoso que trata de reformarlos, y que no quiere componerse con ellos.
 
Por esto es más a propósito para conocer estos daños (aunque no para castigarlos) el oficio de Prelado, y Pastor, el cual como por su ocupación se ejercita en apacentar sus ovejas, verlas, y reconocerlas, llamarlas, enseñarlas, y buscarlas por los Pueblos, y los montes, y de quien no se recatan los interesados, ni los lastimados tanto, como del Juez, o Visitador, porque siempre hablan al Prelado con la confianza de padre; habiendo ya visitado tan dilatados términos de aquel Reino con entrambas calidades, y jurisdicciones, es cierto que aquello que de los unos oficios se ocultó a mi noticia, vine a comprender, y reconocer fácilmente con los otros: con que este conocimiento, y el que tengo de la piedad de Vuestra Majestad y cuan grato servicio le haremos sus Ministros, y Prelados en darle motivos a hacer las leyes mas eficaces en su ejecución, siendo en su decisión santísimas: me ha obligado a tomar la pluma, y ofreceré a Vuestra Majestad lo más sucintamente que he podido, los motivos que están solicitando a la clemencia de Vuestra Majestad y santo celo de sus Ministros, a que animen estas leyes, y las vivifiquen con su misma observancia, usando de aquellos medios que más se proporcionen con la materia, y el intento, pues no serán dificultosos de hallar. Porque las leyes sin observancia, Señor, no son mas que cuerpos muertos, arrojados en las calles, y plazas, que sólo sirven de escándalo de los Reinos, y Ciudades, y en que tropiezan los Vasallos, y Ministros, con la transgresión, cuando habían de fructificar observadas, y vivas toda su conservación, alegría, y tranquilidad.”
 
 
Juan de Palafox como San Pedro de Osma, detalle de Jose de Ibarra, "Adoración de la Eucaristía", 1732 óleo sobre tela, catedral de Puebla, México. Foto: Paula Mues Orts.

 



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