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Jueves, 28 de julio de 2016

De la Historia en el año 1 después del Bicentenario, o reflexiones en la cruda del Grito
Escrito por Iván Escamilla

Sucedió finalmente lo que tenía que suceder. Lo había previsto desde que hace más de un mes forrábamos en casa los libros del nuevo curso escolar (primero de primaria) de mi hijo. Inevitablemente la curiosidad me ganó y en el libro de texto correspondiente me dirigí a ver cómo les cuentan a los niños la Independencia. Según la SEP, hace mucho tiempo lo que hoy es México fue conquistado por los españoles, que le pusieron la Nueva España. Durante tres siglos lo dominaron con tanta maldad que los españoles peninsulares trataban mal hasta a sus propios hijos los criollos (¡cuánt
a maldad!), y a los que no lo eran, ni se diga – punto reforzado en el libro con una ilustración abocetada en que un militar con traje de inicios del siglo XIX, junto con un personaje de condición indefinida pero con un atuendo que parece del siglo XVI, le exigen con cara de pocos amigos una moneda a un personaje femenino con pantalones, mientras en primer plano un muchachito moreno y descamisado carga un costal. El cura Hidalgo contempla la escena pensativo, y en la siguiente página, se desarrolla sin texto, solo con imágenes y en el mismo estilo, la historia que todos ustedes ya se saben: la conspiración, la Corregidora, el Grito, etcétera, etcétera. Yo sabía perfectamente que algo así era lo que le iban a contar a mi hijo, pero no pude evitar enchilarme después de leer esa sarta de falsedades y burdas simplificaciones. Y peor me puse cuando en el libro de civismo, a lo largo de varias páginas ilustradas con pirámides y códices, se les propone a los niños el mundo prehispánico como idílico ejemplo de armonía social y respeto al ecosistema, para enseguida implicar que ese edén, perdido por culpa de la conquista, lo recuperamos gracias a la gesta del cura de Dolores. Basta con ver a nuestro alrededor para darnos cuenta de que debe ser cierto, digo yo.
 
No quiero convertir a mi hijo en un apátrida, ni es mi idea que a los niños les demos un seminario de posgrado para explicarles la complejidad de la Conquista, la Independencia y cuanto hito patrio se presenta en el calendario cívico, pero no puedo evitar sentir una gran desazón y desilusión porque no parece haber servido de nada el gigantesco esfuerzo de reflexión y recapitulación pública que los historiadores de este país hicieron para conmemorar el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Los miles de páginas de libros editados por la UNAM, el Colegio de México, el Colegio de Michoacán y muchas otras instituciones desde hace ya algunos años para recapitular los avances logrados en la investigación sobre la Independencia y la Revolución durante los últimos 30 años; las decenas de congresos y coloquios convocados para discutir nuevas interpretaciones de esos procesos; los centenares de horas entrevistas concedidas por los colegas historiadores a los medios tratando de contestar la curiosidad y las dudas acerca de los acontecimientos de hace doscientos y cien años: nada de eso parece haber afectado la visión tradicional, la vieja historia de bronce heredada del régimen priísta, que dos sexenios panistas han dejado incólume y que en este año 1 después del bicentenario se sublimó como todos los años durante la noche del Grito, con monumentales borracheras y tragazones de pozole, entre sombreros de charro a lo Emiliano Zapata y bigotes postizos a lo Pancho Villa, los cuales en estricto rigor tendrían que usarse más bien para festejar la Revolución porque no se usaban en tiempos de la Independencia. En otras palabras, podría decirse que los historiadores hemos fallado en nuestro empeño. Y ese no fue el menor de nuestros fracasos.
 
Cuando el año bicentenario ya agonizaba, y comparando las experiencias conmemorativas de México y Argentina en una conversación con una colega de ese país, concluí que en realidad nuestro mayor problema consistió en suponer que por enarbolar la visión “científica” de la historia estábamos en posesión de una “verdad” que nos hacía subversivos y libertarios y con la que iluminaríamos a la sociedad mexicana, desorientada y sin rumbo por la violencia, el desempleo y demás males del país. Pensábamos que esa sociedad nos aplaudiría agradecida y que aprovechando la ocasión del 2010 se alinearía con nosotros en contra de la historia anquilosada y maniquea que el gobierno federal, desde su truculenta comisión, se disponía a celebrar con lujo de dispendio y autocomplacencia. Craso error. Lejos de ello, hasta los movimientos contestatarios sociales, populares y de izquierda, rechazaron pública y repetidamente a esos historiadores a los que consideraban “cómplices del sistema” y “vendidos a la ultraderecha reaccionaria y fascista” porque querían dejar sin héroes a los niños de México, quitándoles la oportunidad de querer ser como el Pípila, o despojándolos de la bienaventurada seguridad de creer que el cura Hidalgo gritó “viva México” la noche del 15 de septiembre de 1810, y de que la guerra de Independencia fue un pleito del “pueblo mexicano” en contra de los “gachupines”. Acabamos en el olvido, o, en el mejor de los casos, denostados por igual por gente tan diversamente extremista como Paco Ignacio Taibo y Enrique Krauze. En cambio el Estado mexicano puede sentirse legítimamente orgulloso de que la llamada historia de “bronce”, con sus gestas sobrehumanas, sus héroes buenos y sus villanos malvados, esté tan viva y palpitante en la imaginación y las creencias de los mexicanos como la fe en el poder taumatúrgico del ayate guadalupano, o en la puntería infalible del goleador azteca en turno en la Liga Europea.
 
¿Qué conclusión puede sacarse de todo lo anterior? Quizás la más importante es que los historiadores fuimos odiosamente soberbios, rematadamente ingenuos y paradójicamente desmemoriados.Olvidamos que el conocimiento histórico, aquel que se construye en cubículos y archivos, a través de años de investigación paciente, de discusión a veces acalorada con los colegas, de sucesivas y dolorosas redacciones de borrador tras borrador de tesis doctorales, libros y de artículos, poco o nada tiene que ver con lo que la mayoría de las personas entiende por historia. Debimos recordar lo que ya sabíamos: la historia no nació con la escritura, como creían los positivistas con eurocéntrica y racista ceguedad, sino hace decenas de miles de años, cuando la memoria, una de las facultades claves en el salto evolutivo que nos permitió convertirnos en humanos, se perfeccionó a sí misma y se convirtió en relato. Un relato que los hombres y mujeres ansiaban oír en las noches alrededor del fuego tras una ardua jornada de caza y recolección, o después, cantado como parte de las alabanzas a los dioses que eran a veces su propios protagonistas, o mucho después, en la voz del profesor que en la escuela trataba de enseñarnos a través de ella a ser buenos ciudadanos. La historia ha sido el espejo que los grupos humanos han usado para tratar de darle sentido a su existencia y sentido de pertenencia a cada individuo, y para excluir, con frecuencia violentamente, a los extraños; la explicación lógica e irrebatible que las élites que ejercen el poder han dado a los oprimidos para justificar que las cosas sean así y no al revés; y al mismo tiempo, el consuelo que los derrotados de cualquier condición se han dado mientras esperan el día de la revancha en contra de sus vencedores.
 
En cambio, la historia que hacemos los historiadores, la que algunos todavía llaman científica, y otros simplemente académica, es una innovación no más antigua que el siglo XVIII, tan reciente que si la evolución de la humanidad desde sus inicios hasta el presente pudiera comprimirse al transcurso de una hora, su invención habría tenido lugar en los últimos segundos del minuto 57 o en los primeros del 58, solo dos antes que la nanotecnología, surgida al final del minuto 59. Por lo tanto esa historia, entendida como saber sistemático que estudia el pasado con plena conciencia de las fluctuaciones de la memoria humana y de las cambiantes condiciones de todo tipo en que ésta se ha ejercido a través del tiempo y en distintas latitudes, aún tiene mucho qué hacer antes de convertirse en la tan cacareada “maestra de la vida”. De nada servirá esa historia si no sabe ser otra cosa que voz de un pasado muerto y sin sentido para el presente, de un murmullo confuso y solo inteligible para unos cuantos que por ello se sienten realmente privilegiados, o peor aún, moralmente superiores. Tiene que probar aún su capacidad para hacerse preguntas, y más aún para ofrecer respuestas relevantes a la vida misma; de participar con razones y argumentos que nos permitan enfrentar las situaciones que hoy, en este país y en todo el mundo, están conduciendo a la pérdida acelerada de la dignidad de los seres humanos, a la desprotección y el abuso en contra de los más débiles en medio de la indiferencia generalizada, a la depredación del medio que nos sustenta a nosotros y a la vida misma en el planeta, a la impunidad del despojo, la violencia, la corrupción, el envenenamiento y la aniquilación insensata de la persona y de sus derechos. Espero que, en ese sentido, los historiadores mexicanos hayamos aprendido alguna lección del Bicentenario. Y mientras tanto, como seguro entenderán ustedes, a mí me da absolutamente igual si quien se para en el balcón de Palacio Nacional la noche del Grito da vivas al cura Hidalgo, a los Niños Héroes o a la Sandunga, porque esa fiesta (al menos como la entiende el señor Presidente) no es la mía.


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