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Jueves, 28 de julio de 2016

La expulsión: historia y polémica sobre el escenario teatral
Escrito por Iván Escamilla

 
 
No es frecuente (aunque tampoco raro) ver en nuestro medio la aparición en cartelera de puestas teatrales dedicadas a evocar o interpretar diferentes pasajes de la hi
storia de México, pero sin duda entra dentro de la categoría de lo inusitado la presentación de una obra acerca de un episodio de la época colonial: me refiero a la representación de La expulsión, poema dramático en dos actos, trece cuadros y un intermedio escrito por José Ramón Enríquez, dirigida por Luis de Tavira y producida por Enrique González Torres, SJ, que al momento de escribirse esta nota se presenta en una por desgracia muy corta temporada en el Teatro Jiménez Rueda de la ciudad de México. Al interés que tiene, además de la rareza ya mencionada, hay que agregar dos grandes atractivos: por una parte, su asunto específico, que gira en torno al trágico y a la vez polémico destierro a Italia de los jesuitas de la Nueva España y de todo el imperio español por orden del rey Carlos III; por otro lado, el hecho de que se trata de una puesta en escena que considero de gran calidad.
 
Acerca de lo primero hay que decir que a lo largo de la historia pueden encontrarse siempre acontecimientos y personajes capaces de suscitar en torno suyo disputas y enfrentamientos de opinión, pero pocas veces de manera tan encendida y hasta violenta como ha ocurrido con la Compañía de Jesús y sus miembros, los jesuitas. Puesta a las órdenes del papado a partir de 1540 por su fundador, el hidalgo vizcaíno y exsoldado Íñigo López de Recalde, mejor conocido como San Ignacio de Loyola, esta congregación se convirtió en el más formidable “grupo de asalto” de una Iglesia Católica que, luego del traumático cisma protestante de principios del siglo XVI y de una profunda reflexión en el Concilio de Trento acerca de sus carencias y debilidades, había cerrado filas y salido fortalecida a la conquista del naciente mundo moderno. Cuando se necesitaba contener y luego hacer retroceder a la herejía, o predicar eficazmente el evangelio en lugares donde los nombres de Roma y Jerusalén jamás se habían escuchado, o educar en la fe a las élites y a las masas a través de métodos didácticos innovadores, allí estaban los jesuitas, animados por una disciplina de la obediencia absoluta a sus superiores y al pontífice, y por una mística a la vez pragmática y sensual. En su avance los jesuitas se hicieron los mejores cultivadores de las disciplinas y saberes que pudieran ayudarles a lograr sus fines, desde las matemáticas hasta la lingüística, desde la medicina hasta la historia y desde la cartografía hasta la arquitectura, la pintura y la música. Muchos millares de conciencias fueron ganadas así no solo para la fidelidad y el amor a la Iglesia romana, sino a la propia Compañía de Jesús y a todo lo que la representaba.
 
Pero este empeño por cumplir a todo trance y por todos los medios su misión concitó también grandes hostilidades hacia los jesuitas. Solicitados por su prestigio como confesores y consejeros de muchos reyes, llegaron en no pocas ocasiones a ejercer un mal disimulado poder detrás del trono, lo que era visto con recelo por quienes creían que con ello la Compañía minaba la soberanía de los nacientes Estados europeos en beneficio de su propia influencia política. La constante acumulación por los jesuitas de bienes materiales (que administraban, por otra parte, con alta eficiencia empresarial) a través de donaciones, con el fin de aplicarlos a sus propios proyectos, era vista por muchos críticos como una influencia negativa en la economía de los países católicos. Al mismo tiempo, los pensadores inconformes y heterodoxos veían en los jesuitas y las enseñanzas de sus colegios el mayor obstáculo al avance de las nuevas corrientes filosóficas y científicas que conformaron lo que se conoce como la Ilustración. Aún dentro de la propia Iglesia, los jesuitas se hicieron de muchos enemigos: a ello contribuyeron la idea de sus misioneros de introducir elementos exóticos en los rituales católicos para facilitar la aceptación del cristianismo por los pueblos no europeos; la renuencia de los “padres negros” (como se les llamaba por el color de su traje) a aceptar, escudados detrás de su sujeción directa al papa, las órdenes de las jerarquías eclesiásticas locales; y sus formas de devoción religiosa exaltada, que eran vistas por los eclesiásticos ilustrados como fomentadoras de la superstición y la ignorancia entre el pueblo. Todo llevó a que hacia mediados del siglo XVIII, en una Europa donde se quería imponer la lógica “racional” del poder absoluto de los reyes, los jesuitas se convirtieran en el blanco favorito de los ataques de príncipes despóticos y filósofos radicales, y en el mejor chivo expiatorio para desahogar y desviar las tensiones políticas y sociales. Sucesivamente y con diversos pretextos, los jesuitas fueron expulsados de Portugal en 1759, y de Francia en 1762. Finalmente, Carlos III de Borbón, rey de España, hizo lo mismo con los de sus dominios en 1767. Cuatro mil jesuitas salieron así de todos los rincones del imperio español y viajaron en duras condiciones a su destierro en los dominios del papa en Italia. Pero los monarcas católicos de Europa no dejarían de presionar a Roma hasta que en 1773 el papa Clemente XIV decretó la desaparición definitiva de la Compañía de Jesús.
 
 
Estas complejas circunstancias se hallan detrás de los acontecimientos representados en La expulsión. Tomando como hilo conductor la figura del joven novicio jesuita zacatecano José Ignacio Amaya, a quien vemos en el cuadro I hacer sus primeros votos como jesuita, la obra, aunque tiene por tema la expulsión de la Compañía de Nueva España, se centra en realidad en la marcha al exilio de un pequeño e ilustre grupo de jesuitas criollos, liderado por los padres Francisco Javier Clavijero y Francisco Javier Alegre. Educados en la dos veces centenaria tradición humanística de la Compañía, Clavijero, Alegre y sus discípulos se distinguieron por su apertura a discutir e incluso a incorporar en su pensamiento muchas ideas de la filosofía ilustrada. Presenciamos así en sucesión directa varios cuadros que describen el momento en que el monarca ordena la expulsión de los jesuitas, la puesta en práctica de sus órdenes en México por el virrey marqués de Croix y por José de Gálvez, el ministro enviado por Carlos III para imponer en la Nueva España una serie de reformas de gobierno autoritarias, y el embarco de los hijos de San Ignacio de Loyola en Veracruz.
 
Después de la violencia de la expulsión, el tono cambia y conocemos la experiencia dolorosa del exilio en Italia: silente y humilde, en el caso del hermano Santiago Castaño, antiguo administrador del colegio jesuita de Tepotzotlán, quien desde su sencillez rechaza hasta en su lecho de muerte el autoritarismo que llevó a la expulsión y la supresión de la Compañía; o de manera brillante y gallarda, como el padre Clavijero, quien se enfrenta contra el desdén de filósofos ilustrados como el célebre Cornelius de Pauw, quienes llenos de prejuicios en contra de todo lo americano afirman en sus muy leídos libros, como si fuera verdad científica, que en el Nuevo Mundo la naturaleza y el ser humano degeneran al estado más primitivo y salvaje. Estas escenas se intercalan con cuadros que muestran cómo se ve desde México la añoranza de los expulsos por su tierra lejana, y el cuestionamiento por los novohispanos de la decisión del monarca. Luego de que Clavijero publica en Italia su aclamada Historia antigua de México como respuesta al desprecio europeo por los americanos, José Ignacio parte a continuar su ministerio a Rusia, en donde por decisión de la zarina Catalina II la Compañía de Jesús no ha sido suprimida. De Europa, el padre Amaya retornará finalmente a su patria cuando en vísperas de la independencia de México el papa restablece a los jesuitas y la Compañía vuelve a recibir novicios, quienes escuchan de boca del ya anciano protagonista sus reflexiones acerca de la partida y el retorno de los jesuitas.
 
Desde el punto de vista estrictamente histórico, es mucho lo que se podría comentar y debatir acerca de La expulsión. La obra se hace eco y se basa enteramente en una tesis que ha sido sostenida desde hace largo tiempo por varios historiadores: a su manera, los jesuitas fueron precursores de la independencia de México, espíritus libertarios e ilustrados que fueron desterrados por el despótico Carlos III y sus ministros por representar una amenaza latente a la dominación colonial. La obra brillante de Clavijero como historiador del México prehispánico confirmaría la presencia entre los humanistas jesuitas de un concepto de nación que habría de influir después en el ideario de los insurgentes, tal como lo afirman el padre Amaya y los novicios en el cuadro final de la obra, situado cronológicamente tras la consumación de la independencia. Los tumultos y motines provocados por la propia expulsión serían también, en este sentido, el principio de la inconformidad social que llevó a la guerra de independencia, y un reflejo del rechazo por las élites criollas de una medida que los despojaba de sus educadores y guías espirituales preferidos.
 
 
En contraste, también varios estudiosos han afirmado que lo anterior responde a una visión idealizada de la Compañía de Jesús: por ejemplo, Clavijero, Alegre y su círculo de alumnos seguidores de la filosofía moderna habrían sido un pequeñísimo y excepcional grupo dentro del conjunto de los jesuitas novohispanos, quienes en su inmensa mayoría, se mantenían dentro de la ortodoxia escolástica, y se interesaban en conocer el pensamiento ilustrado más bien para combatirlo por considerarlo una amenaza a la unidad del catolicismo. En cuanto al propio Clavijero, se ha afirmado que de no haber partido al destierro y de no haberse suprimido la Compañía no habría enriquecido su pensamiento con la multitud de libros e ideas con los que tuvo contacto en Europa, y no habría tenido la oportunidad de dedicarse sin restricciones de sus superiores (como las que había tenido que soportar en México) a las investigaciones que le llevaron a redactar su más conocida obra. La propia expulsión habría sido, en su propio tiempo, una medida polémica que en la Nueva España halló defensores al igual que detractores, y que habría permitido una reorganización de la educación que permitió la difusión de las ideas ilustradas en los colegios donde se educaron quienes después habrían de ser los líderes insurgentes, nacidos en su mayoría después de la expulsión de 1767. Como se ve, el tema del destierro de la Compañía, y del innegable papel que grandes pensadores y maestros como Clavijero y Alegre tuvieron en la conformación de la idea de México que habría de presidir la construcción de la nueva nación a partir de la independencia son un tema aún sujeto a investigación y debate entre los especialistas. En este sentido, la representación de una obra como La expulsión no puede menos que aplaudirse, por buscar propiciar de una manera atractiva entre el público, y a partir de un episodio histórico mal conocido por los mexicanos, reflexiones acerca de nuestra identidad y nuestro pasado como las que por desgracia estuvieron ausentes en la mayor parte de las conmemoraciones que el año pasado se dedicaron al Bicentenario de la independencia.
 
Ahora es necesario hablar acerca de los valores de la obra en escena, que tuve oportunidad de ver en su función del viernes 7 de octubre. La impresión general que se tiene al final es la de haber disfrutado, por muchas razones, de una excelente puesta. De entrada, impresiona el diseño escenográfico de efectiva sencillez, basado (salvo en el inquietante escenario inclinado del cuadro IV) en volúmenes geométricos y líneas rectas, iluminados a modo de producir fuertes contrastes de luz y sombra, que aparecen y desaparecen de los lados del escenario para servir como una especie de plataformas de declamación para los actores. Los telones de fondo aluden de manera estilizada a ambientes internos y externos muy específicos, como el puerto de Veracruz, la iglesia del Gesú de Roma, o el estudio del padre Clavijero. En la misma tónica, el vestuario, sin ser sumamente detallado, reproduce en forma bien visible los excesos de la moda rococó frente a la sencillez del traje jesuítico, aunque se vuelve históricamente preciso, casi hasta lo erudito, en momentos clave como la larga escena en que los participantes de la ordenación de Jose Ignacio se despojan de los ornamentos litúrgicos en la sacristía. Todo lo anterior sirve de sustento al logrado trabajo de los actores principales de la puesta, quienes parecen haberse compenetrado fuertemente del drama histórico de los jesuitas expulsos. La mayoría de los actores y actrices interpretan a más de un personaje, aunque he de decir que mis caracterizaciones favoritas fueron las de Rodrigo Murray, odioso como el envanecido Cornelius de Pauw; de Raúl Adalid, temible como el tiránico y sicótico visitador Gálvez; de Emilio Echevarría, inteligente e irónico, como uno se quiere imaginar que fue el padre Clavijero; y la del grupo de monjas que en el cuadro VII da alma y voz a los hermosísimos versos del destierro de Juan Luis Maneiro. La de José María de Tavira como José Ignacio Amaya, aunque interesante, es quizás demasiado breve para apreciar bien sus cualidades, pero al igual que en las de los demás protagonistas, se adivina una dirección experta: al mismo tiempo que cada cuadro de la obra es una bien planteada y concluida viñeta, Luis de Tavira ha sabido dar a todo el conjunto de la obra un tono de tensión trágica que se mantiene escena tras escena, incluso en el cierre esperanzador al que llega finalmente el círculo de la vida del padre Amaya.
 
 
En cuanto al texto de José Ramón Enríquez, debe decirse que no está exento de dificultades que pueden ser difíciles de sobrellevar por parte del público: por ejemplo, está lleno de referencias históricas que no pueden ser comprendidas a cabalidad si no se conocen al menos someramente las circunstancias históricas que llevaron a la expulsión de los jesuitas como las arriba expuestas. Está escrito en verso, lo que representa una apuesta estética arriesgada de retorno a las raíces del teatro clásico, ignoto e inaccesible (gracias a la maestra Gordillo y a una sarta de ineptos secretarios de Educación Pública) para el gran público de este país, pero que gracias al excelente trabajo actoral se escucha y se siente natural y sin afectación -excepto, quizás, en la declamación en náhuatl de las dos mujeres indígenas en el quinto cuadro. El texto en verso sin duda alude y rinde homenaje también a la importante faceta poética de algunos de los jesuitas expulsos del círculo renovador novohispano, como Diego José Abad, autor del monumental De Deo Deoque homine, el más grande logro de la poesía latina mexicana de todos los tiempos, publicado en el destierro como la Historia de Clavijero, o los ya mencionados poemas del exilio de Maneiro, incorporados y acreditados a su autor en el cuerpo del texto dramático de Enríquez.
 
No queda sino recomendar a los lectores que alcancen a leer oportunamente esta entrada asistir el día de hoy 17 de octubre a la última función de esta puesta. Es de desear que pueda volverse a disfrutar próximamente en algún otro recinto teatral de la capital o en el interior del país, para lo que no faltarán motivos pronto porque el año entrante de 2012 marca los 225 del fallecimiento de Francisco Javier Clavijero, quien cerró los ojos bajo el cielo de Bolonia, lejos del de la patria que imaginara entre las páginas de su Historia, el 4 de abril de 1787.


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