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Jueves, 04 de agosto de 2016

Arqueología de la nostalgia
Escrito por Manuel de la Cera

“Todas las antigüedades son obras de arte... nuestra labor es rescatarlas, volver a darle a las cosas que se han quedado huérfanas otra oportunidad en otro lugar donde recobren la dignidad que merecen”. Con estas emocionadas palabras y esbozando conceptos cautivadores en torno a su trabajo, la señora Ana Leticia Morales Mata nos concedió una breve entrevista al lado de su puesto en el bazar de antigüedades y objetos múltiples, que desde hace ya 14 años se instala desde la mañana hasta la tarde, todos los sábados y domingos, en el Jardín Ignacio Chávez de la popular Colonia de los Doctores, muy cerca de la célebre y concurrida Arena México de la ciudad de México.

 

Zambullirse durante unas horas en un fugaz pero intenso itinerario por ese espacio que recobra retazos del tiempo se ha convertido en una tradición para los amantes de las colecciones extravagantes y las cosas viejas.

 

Es verdad que los comerciantes que ahí ofrecen los más variados y en ocasiones estrambóticos objetos no son precisamente expertos anticuarios. Esa aparente desventaja es suplida por la mayoría de ellos con una singular y me atrevería a decir que poco habitual cortesía con sus clientes, algunos de los cuales son asiduos visitantes del lugar.

 

En ese pequeño parque se cultiva una muy especial fidelidad basada en el trato cordial entre vendedores y compradores, que por supuesto no está exento del tradicional regateo de cualquier mercado. Pero como bien advirtió la señora Morales Mata, éste más que un tianguis es un bazar donde la gente de todos los estratos sociales y edades puede aprender y estimular sus recuerdos, sus sentidos, su sensibilidad, sus emociones o sus particulares aficiones.

 

En ese formidable microcosmos configurado por millares de objetos variados se respira una atmósfera muy especial, suscitada fundamentalmente por el aura que emana de la pátina del tiempo y también por el pintoresco ambiente que generan a la par sus visitantes y vendedores. Al recorrer esos saturados pasillos podemos hallar toda clase de cosas fabulosas de distintas épocas que pueden remontarse hasta el siglo antepasado y que fueron producidas con los más variados materiales que les confieren a muchas de ellas atributos únicos.

 

Muebles, relojes, juguetes, floreros, lámparas, utensilios, miniaturas, artefactos, carteles, discos, libros, revistas, instrumentos musicales y un sin fin más de objetos que han sido desechados por otras personas ahí encuentran un enclave propicio para ser rescatados a precios razonables. Es cierto que no todo lo que ahí se ofrece es necesariamente muy valioso, aunque la mayoría alcanza al menos la categoría de lo curioso.

 

“Las antigüedades dependen de los ojos con que se miren”, comentó también esta agradable señora que líneas antes he citado. Tiene mucha razón, ya que si se va con calma y con el ánimo dispuesto a explorar los diferentes puestos con minuciosidad, estoy convencido de que es muy probable encontrar verdaderas piezas de colección cuya magnífica belleza hará que la transferencia emocional –mediante la cual dotamos a ciertos objetos de uso cotidiano de un valor simbólico único del que ha hablado Donald A. Norman en su libro El Diseño Emocional– se haga realmente efectiva.

 

La ruta por ese parque durante los fines de semana constituye un paseo por un museo de la nostalgia que reta a la obsolescencia. Estando ahí, es posible propiciar un encuentro arqueológico y sentimental con nuestro pasado, que seguramente despertará muchas emociones que teníamos algo olvidadas o perdidas en algunas recónditas laderas de nuestra memoria, quizá en el subconsciente, o ¿por qué no?, hasta en nuestros sueños.

 



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