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Jueves, 04 de agosto de 2016

Ecos desde el paraíso
Escrito por Bettina Cetto

Ecos desde el paraíso

Bettina Cetto

 

La tarde soleada de este día domingo de muertos del año 2015, ocurrieron eventos sobresalientes en nuestra ciudad tropical. Y es que un mundo de cancunenses se alejó de la playa, del cine o de los convivios familiares para hacer eco a la convocatoria de las y los jóvenes estudiantes de la Universidad del Caribe. Madres y padres, familias enteras, académicos, periodistas, ambientalistas, deportistas, marcharon en silencio por la arteria principal de la zona urbana.

      Bien fuera de lo común para este paraíso es que se reúnan seis o siete mil almas con la intención de expresarse en reclamo de justicia. Ello, hasta donde me alcanza la memoria, si acaso había ocurrido en una sola ocasión, cuando la desaparición de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa tocó sus fibras más sensibles. 

       Esta vez, valiéndose de pancartas, acompañaron a los deudos de la joven estudiante Karen Carrasco y de otras chicas cuyas vidas les han sido arrebatadas, buscando el reconocimiento oficial de los feminicidios que vienen ocurriendo en Cancún.

       Partieron, partimos, de la Av. Bonampak —a la entrada del Malecón Tajamar— y el contingente se fue nutriendo al avanzar sobre la Av. Tulum. Al arribar al Palacio Municipal, en plena celebración del Hanal Pixán, nuestras muertas ‘revivieron’ para exigir justicia. Rompieron el silencio que había acompañado durante hora y media los pasos de la marcha y gritaron: ¡basta, ni una más! ante la sintomática indolencia de quienes hasta el cansancio repiten que la ‘estrecha coordinación de los tres niveles de gobierno’  ubica a Cancún entre las ciudades con mayor calidad de vida del país.

       No veo que disfrute de gran calidad de vida una joven que demora hora y media —en una ciudad relativamente pequeña— para llegar de la Universidad a la casa. Median entre uno y otro puntos dos autobuses y después todavía cortar camino por un paraje, que resulta ser una propiedad privada que nadie obliga a bardear o limpiar de maleza. A los permisionarios del transporte no les parece redituable cubrir la zona. La vigilancia es inexistente. Si a ello sumamos la descomposición del tejido social y una misoginia galopante, el cóctel es verdaderamente tóxico.

       Pero no se trata de ser pesimistas, se trata de observar con cuidado, de ver, de reconocer aspectos de la realidad que nos están golpeando. Ya lo decía don Antonio Enríquez Savignac, uno de los principales impulsores del proyecto Cancún. Que para él “esa es la esperanza, que sean los propios quienes se den cuenta de que realmente esto es su patrimonio, y que los que viven aquí y se la han jugado, son los que tienen que tomar interés en este desarrollo, porque con toda franqueza, yo no veo que nadie más se vaya a preocupar de los problemas de crecimiento de Cancún”.  

       Y esta marcha fue, indiscutiblemente, un gran paso en esa dirección.

 



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