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Jueves, 04 de agosto de 2016

Las puertas de la percepción
Escrito por Raúl Casamadrid

 

Esta es una traducción libre del poema que el propio Jim Morrison me dictó en Zipolite. Se le ocurrió después de verLos Soñadores, de Bertolucci (en un video-cassette pirata que le conseguí en Tepito). Me comentó que, por la rima endecasílaba, el soneto le parecía más cercano a una creación mía que a las propias imágenes que en su texto –en inglés, originalmente– aparecían reflejando (refracting, dijo) aquéllos años setenteros que pasó en Paris...

 

En efecto, Jim Morrison vivió hasta hace diez años en Zipolite. Moraba de una cabañita sobre el cerro que está al norte de la playa de Los Muertos. Douglas -como se hacía llamar entonces– aprendió el español y lo hablaba con fluidez; aunque se comía las eses como los costeños y nunca pudo pronunciar las erres a cabalidad.

 

Jamás lo vi borracho, briago o pasado, salvo una tarde en que lo visité: estaba triste. Había terminado de leer el libro Antonieta, de Fabienne Bradu, y bebido casi un litro de mezcal curado de ciruela pasa.

 

Jim (o Dhu, como era conocido entonces) a veces bajaba de su cabaña para platicar con los surfers. Nadie imaginaba que aquel viejo, panzón y barbudo, de profunda mirada y conspicua plática, alguna vez alborotó al mundo entero con rolas como The end o Light my fire. En cierta ocasión lo miré de lejos escuchar L.A. Woman en una CD que sonaba fuerte a la orilla del mar junto a una surfista californiana; esbozó una ligera sonrisa y salió corriendo hacia las olas para chapotear sobre la espuma; mientras, en las bocinas de la gringa sonaba regio el arreglo filarmónico de Touch me.

 

A Duh –así le decían a Jim los nativos de Zipolite y Mazunte– le gustaban mucho las iguanas. Decía que él no era un lagarto, sino una iguana. Permanecía durante horas bajo el sol mirando al mar e imaginando, quizá, a las puertas del paraíso en el horizonte.

 

Solía Doug visitar Mazunte en compañía de Leonardo da Jandra y de Agar García. A veces yo los acompañaba también al tortugario. Duh se divertía como enanito jugueteando con las pequeñas quelonias que estaban recién nacidas en el criadero; pero a las tortugas grandes nomás se les quedaba mirando durante largos lapsos. Un día unos chiquillos de Puerto Ángel me preguntaron: ¿por qué el gringo pelará tamaños ojotes cuando mira a las caguamas? Una tarde me tocó verlo hablando con ellas muy amigablemente y contestando preguntas que el mismo les hacía. Me comentó que le parecía increíble la cantidad de años que logran vivir algunas especies marinas y que definitivamente, de reencarnar, escogería hecerlo en una supertortuga y vivir doscientos años.

 

Aunque era un buen nadador nunca entraba al mar en solitario. Finalmente Jim aprendió a surfear olas chiquitas en una tabla grande que le prestó el Mule, un moreno enorme de Cuajinicuilapa –sobrino nieto del legendario cacique pochutleño Maximiliano–, quien enseñaba a surfear a los gringüitos, a veces gratis, a veces por una chela. Cuando un día Jim quiso pagarle con dólares el mulato le dijo: "no maestro, yo le debo a usted" y mostró en su rostro de ébano una sonrisa amplia y blanca, como el amanecer con que los que brincan, saltan, navegan y acarician las olas sobre tablas de fibra de vidrio buscan la pleamar...

 

Hace poco unos amigos de Air France me invitaron a París y ahí visité el cementerio du Père-Lachaise. Recordé Entonces la compañía de Jim Morrison y lo imaginé, quizá ahora, en Caleta de Campos, o en Playa Angelito, y no bajo un sepulcro grafiteado por estetas beodos y ocurrentes ávidos de haber nacido, como las tortugas mayores, ciento cincuenta años atrás...

 

El texto original estaba escrito a mano, en inglés (como ya lo he dicho) y dudo que lo haya conservado. El poema tiene muchos referentes intertextuales y está lleno de pasadizos secretos, pues básicamente habla del mito de un Jim Morrison que falleció a causa de una sobredosis en su tina mientras se hallaba auto-exiliado en Paris. Ahí mismo deja abierta la posibilidad (que explora luego) de que haya sobrevivido. Se refiere también a la música de rock de King Crimson (Epitaph, quizá), de Patti Smith (Gloria, seguramente) y de manera más velada a la de Hendrix (Hey, Joe) por lo que ubica las acciones y su desarrollo a mediados de los setenta. Como en el film Los Soñadores de Bertollucci, que está ubicada en el famoso mayo francés del 68, y donde también se desarrolla una escena fundamental en la bañera, en una tina dentro del departamento al que llega el invitado de la pareja incestuosa de hermanos protagonistas en París  La alusión a las escalinatas de la Catedral de Notre Dame tiene que ver con el suicidio –hace ya cien años– de la maravillosa escritora en cierne y filántropa mexicana María Antonieta Rivas Mercado (cuyo padre realizó el monumento al Ángel de la Independencia teniéndola, de adolescente –dicen–, como modelo). Ella decide quitarse la vida precisamente en el atrio de este templo debido a la imposibilidad de consumar su amor con el genial pintor Manuel Rodríguez Lozano (casado con Carmen Mondragón, Nahui Ollin) y a la desesperanza que le causó la traición amorosa de José Vasconcelos, a quien había apoyado moral y económicamente durante su campaña presidencial y en contra de Álvaro Obregón).

 

Por supuesto, un poema debe explicarse a sí mismo y no se vale poner notas o pies de página. Pero... bueno:

  

 

 Iguanas

 

¡Mil gracias!... Te leo comiendo china

y amenizan las velas estoicas.

Las luces de King Crimson sinfónicas;

camarones, y arroz en la cocina.

 

Pude haber muerto por ti en una tina;

acelerándome con eufóricas

canciones de Patti Smith, heroica.

Diáfana al teléfono tu voz, fina...

 

Busco por todo París. En sus calles

quisiera verte sin que tú me halles.

Y gozo este aguacero en los portales,

 

afinando feliz mi saxo tenor

muero en este frío y ansío tu calor:

al pie de Notre Dame y sin tu amor.

 

Nunca conversamos de ello. Sin embargo, él estaba al corriente de que la tumba francesa que lleva su lápida se ha convertido en quemadero de crack, cantina y muro para graffitis de los seguidores de su música. De alguna manera lo presintió y no quiso reposar bajo las guácaras de sus fans; tampoco quiso ser ningún héroe ni convertirse en un Morrison sin chispa o terminar haciendo papeles de portero de edificio en teleseries. El rey de todos los lagartos agarró un carro viejo y sin pasaporte ni nada se fue al sur y preparó todo el show parisino para "el pasmo y la gloria de la humanidad giratoria". Aquí, en este video, se ve clarito cuando revisa su mapa, agarra carretera y ¡prende un cigarro en plena gasolinera!...

 

 



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