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Jueves, 04 de agosto de 2016

Notas frías acerca de la teoría del ser y el encontronazo desde la perspectiva del maestro Elizondo
Escrito por Raúl Casamadrid

"La mayor parte del tiempo somos puros gestos olvidados,

costumbre fría, mala memoria”

 Salvador Mendiola, Oblivion

 

 

La impotencia de una época informe se ha confabulado con los ácaros que se subliman mientras soñamos con épicas conquistas, válidas únicamente durante viajes psicodélicos. Los más aptos corazones se consagran para adquirir boletos o pases francos de acceso ilimitado a ríspidas representaciones de obras obtusas y sin porvenir.

 

Dentro de este mundo mágico pero tristemente real, Salvador Elizondo creó sus propios Contextos, escritos entre julio de 1971 y enero de 1973: "son el telón de fondo ante el que se desarrolla el drama real" –comentó el autor en su prólogo: Contextos [México (1973), SEP-Setentas, número 79].

 

Anteriormente, el maestro fue convencido, junto a otros destacados escritores mexicanos, para escribir y publicar una temprana autobiografía. Así era de imponente su presencia dentro de las letras mexicanas allá por el año de 1966. Poco tiempo después, daría a la luz obras fundamentales para la literatura mexicana. Difiero, en ese sentido, de quienes opinan que Farabeuf y El Grafógrafo no son propiamente nacionales. El hecho de que el autor estuviera a la vanguardia (empatada su obra en audacia con las corrientes en boga tanto en Europa como en los Estados Unidos Norteamericanos) no obsta ni impide poderle aplicar a sus creaciones el sello del águila y la serpiente. Hoy, y cada día más, su trabajo alcanza un mayor grado de mexicanidad.

 

¿Por qué, un escritor que parecía francés hablando en chino de costumbres alemanas puede y debe ser catalogado como nacional? La cuestión tiene una respuesta que salta a la vista y que parece incluso nimio el señalar: no es exógeno un creador adelantado a muchos otros quienes ven y van –día a día– mirando e intentando alcanzar en su carrera metas universales. Independientemente de su rancio abolengo (no hay que olvidar su relación de consanguinidad con Enrique González Martínez y su parentesco con los González Rojo), Salvador Elizondo tuvo y mantuvo una visión y un camino más propio del siglo XXI que del que lo vio nacer. Fue un velocista. Nosotros, ciegos y privados del conocimiento de nuestros propios sentidos –fruto de una atrofia corporal con tintes globales–, somos incapaces de valorar y visualizar –estrictamente hablando– el horizonte sobre el cuál desarrolló su contextual y siempre bella obra...

 

Su presencia, indispensable en el orbe académico, fue todo el tiempo estimada –quiero decir codiciada– por las publicaciones literarias más importantes y dentro de los organismos expresamente encargados del quehacer cultural. Nunca fue criticado (en el sentido peyorativo del término) sino, por el contrario, admirado siempre. Quizá el timbre de su voz –inconfundible– o sus desplantes públicos le confirieron un aura de enfant terrible que nunca cultivó. Artistas contemporáneos (plásticos y de todos los géneros) y grandes escritores, lo respetaban. Su figura, a veces triste, a veces lúdica, y muchas otras perversa, nunca fue objeto de burla. Al contrario: erudito y siempre fiel a sí mismo, en todo momento fue reconocido como un espléndido artista de estatura universal (no en vano fue de los pocos hombres sobre la tierra cuyo conversación interesó verdaderamente al divino Borges). Desentendido del mundo cortesano y de la política como modus vivendi, escaló, gracias a su prosa –poética y exquisita–, hasta llegar a alturas desconocidas para la mayoría y casi todo el resto de sus contemporáneos, quienes sólo alcanzaros a mirar de lejos aquellas cimas inconquistables que con la paciencia del orfebre y la voluntad del montañista supo escalar.

 

Su legado es tan puro que ha dado pie a creaciones complejas y de alto valor estético, como son El extraño caso del profesor Elizondo y Oblivion, sucesos artísticos de Gerardo Villegas, quien con sus cortometrajes y videos ha logrado acontecer e incidir profundamente alrededor de la obra del maestro Elizondo de una manera elegante y eficaz.

 

Al igual que las de Villegas –y en adelante–, muchas obras mexicanas se verán influenciadas –consciente o inconscientemente– por el legado prístino y lleno de facetas diamantadas de Salvador Elizondo.

 

Aquí quisiera hacer alusión a una oportuna y muy bien redactada nota de Javier García-Galeano, que apareció en el diario El Universalwww.eluniversal.com.mx/editoriales/52149.html. En ella, el autor da fe de la cantidad de creadores que se han visto influenciados y, más aun, inspirados por la pluma del grafógrafo, quien el día 29 de marzo de este 2011 cumplió 5 años de haber fallecido.

 

En otra nota, Pleroma Ediciones da cuenta del nuevo libro de la pluma nacida el 19 de diciembre de 1932 en la ciudad de México: El mar de iguanas. Entiendo que esta edición presagia la lectura de un gran libro, fundamental para entender no sólo la obra del elizondiana, sino la médula de la segunda mitad del siglo pasado. Su autobiografía, publicada en el año de 1966 junto con las de otros jóvenes autores mexicanos fue, sin duda, la más inquietante de las publicadas en aquella serie. Ayudó a forjar la leyenda de un escritor único y respetado por todos. Más aún: admirado. Su incursión en las letras se llevó a cabo de una manera sutil y definitiva. Nadie se preguntaba siquiera si su obra valía la pena, pues era obvio que destacaba por encima de las demás. La fuerza e imponencia de su literatura saltaron a la vista del neófito y del erudito afirmando el valor universal y único de la misma.

 

Dentro de El Mar de Iguanas, “Ein Heldenleben” aparece como un cuento magistral que refracta de la manera más inquietante el devenir histórico del mundo entero –y de nuestro país en particular– desde adentro de los muros de un salón de clases en la primaria de una escuela particular en la ciudad de México, y desde la perspectiva de un niño (quizá el propio jovencito Salvador). A su singularidad y efectismo pasmoso sólo podría comparársele “Langerhaus”, de José Emilio Pacheco (El principio del placer, 1972. México, Era, 2002). Es sorprendente como la visión de dos niños es la que desentraña y explica la ideología de todo un país clasemediero y posrevolucionario.

 

Elisnore resulta, como bien lo menciona Villegas, una obra joven, una publicación reciente a la que la crítica aún no se ha animado a descubrir del todo.

 

La presencia de los Noctuarios (inédito hasta ahora) resulta indudablemente un platillo exquisito que todos queremos saborear.

 

Recuerdo y recomiendo otra vez sus Contextos, en donde recopila los artículos de una etapa de labor periodística que duró casi dos años en diarios de circulación nacional. Singularísimos, son unas verdaderas joyas (como muchas otras notas que escribió posteriormente y que están esperando su publicación en tomos aparte). No tienen desperdicio.

 

Adjunto aquí dos videos, el primero es el de una hermosa versión libre que sobre el cuento Puente de piedra armara Gerardo Villegas y, el segundo, su excelente: El extraño experimento del profesor Elizondo.

 

 

 

 

 



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