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Jueves, 04 de agosto de 2016

Juan Pascoe, impresor
Escrito por Raúl Casamadrid

En Reseñas al vapor de la poesía mexicana, de Huberto Batis (México, UAM, 2004), nos enteramos de que “En papel Frabriano con marca de agua, impreso a mano (tipografía, entintado, presión), doblado a dedo y abierto con cuchillo, cosido y pegado al forro rojo del mismo papel...”, el taller Martín Pescador, del laureado impresor Juan Pascoe, imprimió una obra de arte que se agotó en unos minutos (a cien pesos el ejemplar). El editor de Sábado (el suplemento de aquél Unomásuno en donde se reflejó la cultura mexicana de último cuarto del siglo XX y en donde se proyectaron los artistas que ahora son la columna vertebral de creadores del país) se refería a la edición de la plaquette50 Poemínimos, que se presentó la semana anterior a aquel sábado 6 de mayo de 1978, día en que se publicó esa nota. Pero su artículo no sólo hacía mención del trabajo que realizó Pascoe con los Poemínimos del cocodrilo Efraín Huerta, nacido en Silao durante 1914, sino que también daba nota de otros bellísimos cuadernos de su creación escritos por jóvenes autores, como José María Espinasa, Carmen Boullosa, Francisco Segovia y Verónica Volkow, y que también se realizaban e imprimían en los talleres de este grande editor de ascendencia inglesa y mexicana: Juan Nicanor Pascoe Pierce.

 

Ubicado su taller en el barrio de Mixcoac (el mismo de Octavio Paz) e inspirado por el movimiento tipográfico inglés y americano, el joven Pascoe se dedicó a imprimir literatura en español de México a partir de 1973. Arqueólogo de la grafía y Gambusino de las letras, lo llama el diario Cambio de Michoacánen su edición del 2 de octubre de este año, un par de semanas antes de que se le otorgara el Premio Eréndira de Artes Tradicionales por su magnífica y singular labor en el rescate del arte de la tipografía. Y añade:

 

Recluido hace cerca ya de tres décadas en su edén de la Ex Hacienda de Santa Rosa, del municipio de Tacámbaro, su imprenta casera se consagró al inicio a la poesía dando luz a obra de autores como Cristina de la Peña, Verónica Volkow, José Luis Rivas, Alfonso D’Aquino, Raúl Eduardo González, Tomás Segovia, Alberto Ruy Sánchez, Carmen Boullosa, Efraín Huerta, Octavio Paz y Roberto Bolaño [...] produjo libros como Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez, ilustrado por Jan Hendrix; dos ediciones de las Leyendas del Cerro de Mariana, con acuarelas de su fraterno Dionisio Pascoe; Los poemas solares de Homero Aridjis, con láminas de Francisco Toledo; Manos, de Víctor Serge y Dos extremos, de Francisco Segovia, con grabados de Vlady.

 

Y es que ya convertido en joven maestro de la impresión, Juan Pascoe decidió dedicarse también a otro de sus amores: la música. Fundó el grupo –ahora de culto– Mono Blanco, en compañía ni más ni menos que de Don Arcadio Hidalgo, el máximo coplero y versador de música jarocha. Juntos promovieron por toda la república este estilo de huapango e impulsaron la hechura de instrumentos y la vigencia de los bailes en tarima dentro de las propias comunidades. Quizá su repentina y bien ganada fama, y su fidelidad por la creación artística fueron quienes lo llevaron a retirarse del ruido de la gran ciudad para internarse en un viejo trapiche colonial, a las afueras de Tacámbaro, en la ex-hacienda de Santa Rosa, Michoacán, hace exactamente treinta años.

 

Cuenta el maestro que el nombre de Taller Martín Pescador se debe a la aprobación que este título tuvo dentro de una encuesta que el mismo Juan levantó entre los artistas a quienes imprimía, y que fue por parte del poeta infrarrealista, Roberto Bolaño, que llegó el voto decisivo con que se bautizó a su imprenta. El cúmulo de compromisos que se juntaban y que lo impelían a participar en almuerzos y reuniones, comidas de trabajo, conferencias, presentaciones, exposiciones y fiestas en donde era el convidado principal, lo orillaron a una especie de autoexilo creador, pues consideró que llevar a cabo su obra era una labor demasiado exigente como para compartirla con otras actividades. Y fue quizá gracias a esta decisión que nos ha brindado una de las más extraordinarias obras editoriales de hoy en día. Entrar a su taller y apreciar sus trabajos es transladarse a otra época, en donde la verdadera creatividad se expresaba en libros; pues la belleza no era tanto la de la palabra, sino la de la letra. Hasta ahora, con esta actual aparición de las redes digitales, no hubo ningún avance tan impresionante en la historia de la humanidad como el que nos regaló el nacimiento de la imprenta.

 

Hoy, los impresos producidos en el Taller Martín Pesador son coleccionados por las bibliotecas de más renombre, como son las de las universidades de Berkeley, Stanford, Princeton, entre otras. “Mi trabajo se ejerce como un arte, no como una industria [...] trabajo con el poeta y trato de que cada libro sea distinto, que cada página sea perfecta para ese poema.” Pero, contrario a lo que podría pensarse de un artista de esta calidad, Pascoe no es –al contrario– un dandy elitista y snob. Juan pascoe es un hombre de su tiempo y de su pueblo (doquiera que radique). En Tacámbaro se rodea de la gente que ahí nació y que ahí vive y con ellas se ha integrado enseñándoles su arte y trabajando a su lado tanto la música como la imprenta. Lo mismo hace un cartel para grandes exposiciones internacionales que una invitación a una fiesta de quince años. Los poetas lo buscan con respeto y sus vecinos lo tratan con enorme estimación y cariño. Ahora el maestro investiga la inexplorada y más brillante época de la tipografía novohispana, de finales del siglo XVI a principios del XVII y los impresos universitarios novohispanos del siglo XVI. El monto de su premio, como dijo en su muy aplaudido discurso al recibir el Premio Eréndira –el máximo que concede el estado de Michoacán–, lo dedicará a la investigación e impresión de documentos históricos mexicanos.

 

Es muy poco, sin embargo, lo que un neófito puede apreciar (y mucho menos, decir) de una obra tan vasta e importante. Sin embargo existen textos sensatos e inteligentes que hablan de la obra de este gran impresor: Filología cabal(ística): la tipografía en Juan Pascoe, de Francisco Segovia, es uno de ellos. Las letras –con las que está escrita la Bilblia– encuentran a su nivel la misma unidad de intenciones y el mismo impulso creador que los hermenautas y el universo que se traen entre manos y que en nada es menor al que rebasa el entendimiento de los teólogos, nos dice Segovia al inicio de su artículo, publicado en el núm. 21 de Fractal (abril-junio 2001, año 6, vol. VI, pp. 65-77). Y añade: “El trabajo de Pascoe no sólo se aplica a un universo, sino que se implica en él, y de tal modo que en cierto sentido su trabajo es obra del universo mismo...” Durante los días anteriores a su premiación, por cierto, Pascoe tuvo el tino de imprimir un bellísimo poema de Tomás Segovia, recientemente fallecido. Adiós al mar, es el título del mismo, y su publicación le regaló a este poeta mayor una gran alegría.

 

 

 

 

 

 

 
 

 



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