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Viernes, 29 de julio de 2016

La Virgen María, Refugio de pecadores
Escrito por Helia Bonilla

Para el diácono Mario Bustamante.
 
 
Una de las advocaciones[1] marianas de las cuales es posible encontrar un buen número de
representaciones en los templos virreinales y los museos mexicanos es la de Nuestra Señora del Refugio. Pintada en el sur de Italia en el primer cuarto del siglo XVIII, la imagen fue promovida en la Nueva España por la Compañía de Jesús, para finalmente fijarse y sobrevivir hasta la actualidad en algunos puntos del territorio: Puebla, el Bajío, Zacatecas. Sea, pues, un comentario sobre su historia y su iconografía la oportunidad del resurgimiento de este Gabinete de luz.
 
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El nombre de Nuestra Señora del Refugio corresponde al título de Refugio de pecadores, una de las invocaciones de la letanía lauretana, es decir del rezo mariano que reconoce las excelencias de la Virgen, conformado en torno a la Santa Casa de Loreto.

 
En cuanto a su representación iconográfica, la Virgen del Refugio deriva y a la vez se aleja de las imágenes de la Virgen-trono, solemnes y hieráticas. Muestra a María sentada, con el Niño en su regazo, de acuerdo a la tipología de la Eleusa (la Virgen de la ternura): Madre e Hijo se inclinan hacia el otro con gesto amoroso, rompiendo la simetría y la frontalidad características de las imágenes más antiguas en que la Virgen ejerce potestad sobre el universo. Dicha tipología, junto con los elementos iconográficos que se describen a continuación, se repiten en todas las copias del original, muchos de los cuales también llevan una inscripción con el título de la advocación. Tal cosa está fundamentada en su estatuto de imagen sagrada, pues para asegurar su efectividad debían ser copiadas fielmente, a manera de “icono”, tal como sucede con este cuadro de José de Páez.
 
María viste una túnica encarnada o rosada y un manto azul –ornamentado en muchas imágenes con vivos dorados, aplicaciones de pan de oro que dibujan motivos vegetales, estrellas, y los nombres de María y Cristo. Este último suele mirarse cubierto por una túnica translúcida y un paño de pureza. Cruza los hombros de la Madre un paño también translúcido y ligero, o bien color avellana, sostenido por un rico broche. Los pendientes y el hilo de perlas que suele portar recuerdan las joyas que solían ser regaladas por los fieles a este tipo de imágenes –al igual que las vestimentas cuando se trataba de figuras escultóricas “de vestir”. Las sienes de la Virgen pueden estar ceñidas bien por una corona real –idéntica a la del Niño– o por una diadema imperial. Por último: sobre el fondo neutro del cuadro se recorta el brillo de los resplandores de ambas figuras, que denotan la sacralidad de los personajes y sugieren halos de orfebrería. O bien, el fondo puede estar ocupado por un cúmulo de nubes, en tanto que instrumento de visualización de lo sagrado.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Las más de las veces, la escena aparece rodeada por un marco fingido, a manera de trampantojo otrompe-l'œil. En el caso de la segunda pintura aquí reproducida, sus molduras y motivos vegetales quedan a su vez inscritos dentro de un espléndido marco de plata repujada y cincelada.
 
De acuerdo a la firma que aparece del lado derecho, “Berrveco Fecit.”, la obra fue realizada por un pintor perteneciente a dicha familia de artífices poblanos, presumiblemente Luis, de cuya vida se tienen muy pocas noticias. No resulta extraño que se trate de un cuadro pintado en Puebla, ya que la devoción a la Virgen del Refugio cobró gran auge en esa ciudad durante la segunda mitad del siglo XVIII, como se verá más adelante.
 
El origen de la devoción a Nuestra Señora del Refugio tuvo lugar en Frascati, Italia, a principios del siglo XVIII. Según cuenta la leyenda, en dicha población, el padre jesuita Antonio Valdenucci deseaba una imagen “que fuera su compañera, guía y maestra en las misiones”, que consiguiera reformar las costumbres, suscitara la devoción y atrajera los favores de María sobre sus devotos. A tal propósito, encargó a un pintor una copia de la Virgen de la Encina, cuyo bajorrelieve era venerado en Poggio y de la cual conocía una estampa.
 
Aunque la pintura fue realizada por un artista menor, “de los menos afamados en Roma”, resultó de una sorprendente belleza, hecho que fue tenido como prueba del carácter sagrado de la imagen: “habiéndole dado la idea, consiguió [Valdenucci] con sus oraciones que saliese la imagen tan perfecta, que tuvieron mucho que celebrar y admirar los maestros más acreditados en el arte de la pintura”.[2] Fue entonces colocada en su tabernáculo, y llevada de poblado en poblado como “imagen de misión”, para ser más tarde colocada en una capilla en Frascati. Fue a partir de ese lugar que la Compañía de Jesús difundió la devoción en Italia y el resto del orbe cristiano.
 
Hacia el año de 1717 se fijó la advocación, cuyo título corresponde como ya se dijo a uno de los títulos de la letanía lauretana: Reffugium Peccatorum (Refugio de pecadores) –del cual existieron en la tardía Edad Media representaciones muy distintas a ésta. De acuerdo a dicho título, la Virgen María es el arca viva que preserva a los hombres de los males del alma y del cuerpo; la ciudad que refugia a los miserables y los desamparados; la torre del faro que da luz a los hombres que navegan en el peligroso mar del mundo; aquella que salva a las almas del naufragio. Como intercesora y Madre misericordiosa, ella es la Luna que luce de noche para los pecadores que la invocan, tal como Cristo lo hace de día para los justos.[3] Tal es precisamente el sentido de la estampa aquí reproducida, que corresponde a la Letanía Lauretana comentada por Francisco Xavier Dornn y grabada por los hermanos Klauber (Augsburgo, 1750).
 
En 1719, la imagen llegó a la Nueva España, donde conservó su vocación peregrina y su carácter misericordioso. En ese año que el jesuita Juan José Giuca –quien había presenciado la coronación pontificia de la imagen un par de años atrás– trajo la primera estampa; un poco más tarde habría de llegar procedente de Italia la primera copia pictórica. A partir de ese momento, la devoción comenzó a extenderse, con fines didácticos y propagandísticos, por los templos y colegios de la Compañía, lo mismo entre las elites que entre los indios y las clases bajas.
 
Pero las imágenes de la Virgen del Refugio no sólo habrían de dotar de relieve y magnificencia los concurridos santuarios urbanos de la orden, sino que también fueron utilizadas como estrategia de enclave en sus misiones rurales, en barriadas y andurriales. La devoción se arraigó en Puebla, Zacatecas y el Bajío. En la primera de esas ciudades, cobró forma en una gran fiesta de luces y en el tráfico de la vida urbana: para las últimas décadas del siglo XVIII habían sido erigido más de setenta nichos esquineros, como recurso de protección en la vía pública.[4] En ese lugar, que viera florecer el culto bajo los auspicios del obispo Pantaleón Álvarez de Abreu, aún se alza el templo erigido “en el antiguo lugar de las caleras” localizado en un barrio periférico de la urbe. Por muchos años, hacia él se dirigieron procesiones de rogativa y ofrendas votivas en agradecimiento a los numerosos milagros concedidos por Nuestra Señora del Refugio. Entre ellos, abundaban la devolución de la vista a los ciegos, la salud de los enfermos y la expulsión de espíritus malignos.
 
A partir de su santuario angelopolitano, la devoción se extendió hacia el norte de la Nueva España, como una imagen de avanzada en las fronteras. A partir de 1747 estuvo presente en el Colegio de Propaganda Fide de Guadalupe, Zacatecas. En dicho templo franciscano le fue labrado un retablo y la imagen fue nombrada “patrona” de sus misiones. Acerca de ello, relata el cronista José Antonio de Alcocer: “Llevan consigo los Misioneros una hermosa imagen de María Santísima del título del Refugio de los Pecadores, pintada en un lienzo de enrollar, para que la Madre de Dios, a quien ofrecen sus fatigas, los socorra con su soberana protección y alcance de su Hijo Santísimo la conversión de los pecadores que ellos solicitan”.[5]

 

 
Hacia el septentrión novohispano, la imagen fue conocida hasta la Alta California; hacia el sur, en los altares de la Catedral de Guatemala. En muchos de esos sitios, la iconografía y la devoción permaneció viva hasta finales del siglo XIX, e incluso hasta la actualidad. Aunque, hoy en día, no mucha gente sea capaz de identificarla y desconozca su historia, en honor de la Virgen del Refugio muchos hombres y mujeres recibieron su nombre propio algunas décadas atrás.

 

 

 


[1] Con el término de “advocación mariana” me refiero a una denominación aplicada al nombre de la Virgen, que se refiere a un misterio, una virtud o un atributo; a un momento particular de su vida; a un lugar vinculado a su presencia; o una imagen en particular.
[2] Francisco de Florencia y Juan Antonio de Oviedo, Zodíaco mariano, [introducción de Antonio Rubial García], México, Conaculta, 1995, (Sello Bermejo)., p. 234.
[3] Francisco Xavier Dornn, Letanía lauretana de la Virgen Santísima, expresada en cincuenta y ocho estampas, e ilustrada con devotas meditaciones y oraciones, Valencia, Viuda de Joseph de Orga, 1768, [edición facsimilar: Madrid, Rialp Facsímiles, 1978], p. 95.
[4] Hugo Leicht, Las calles de Puebla, Puebla, Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material del Municipio de Puebla, 1986, p. 378.
También se tiene noticia de que, de igual manera, a un costado del convento de las capuchinas de la ciudad de México, fue colocado un lienzo de Miguel Cabrera.
[5] José Antonio Alcocer, Bosquejo de la historia del Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe y sus misiones (1768), [introducción de Rafael Cervantes], México, Porrúa, 1958, p. 186.
 


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