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Viernes, 29 de julio de 2016

Hacer las Españas (tercera y última parte: La piel de la urbe)
Escrito por Lenice Rivera

Pasados un par de meses desde mi regreso a México, sigo preguntándome hasta qué grado me marcó todo lo visto y vuelto a ver de Madrid y las Españas.

 

Por una parte, es completamente cierto que las carreras y las especializaciones producen innumerables deformaciones profesionales, y que éstas alter

an el paso por cualquier lugar. Al mismo tiempo, tal vez lo más valioso de un curso como el deIntroducción a las fuentes del arte virreinal sea el entrenamiento de la mirada; la observación constante y prolongada de obras de grabado, pintura, platería y más. Sin embargo, sigo creyendo que aunado al análisis de la materialidad de la obra de arte, debe haber algo más en el quehacer del historiador de las imágenes: los significados, los fenómenos de recepción, los procesos históricos, la dimensión social de los objetos... ¿Por qué? y ¿por qué así? La cercanía a las instituciones y a los estudiosos sin duda también tiene un gran valor, dentro de aquel mundo académico que se caracteriza más por las individualidades que por la consistencia de escuelas y colectividades; el diálogo cuando lo hubo.

 

 

Sin duda, tan importante como cualquier ítem académico es la propia experiencia de vivir la urbe, la memoria de los espacios recorridos y vividos. A algunos apuntes sobre ello dedico este post, último de la serie Hacer las Españas.

 

Tal vez lo que más recuerdo ahora es la sensación de disfrutar Madrid, de caminarla y volverla a caminar; de conocer sus museos y observar las obras de sus pintores; de aprenderla y aprehenderla. Madrid, ciudad de historia, de literatura, de pintura y cine; Madrid, llena de movimiento, con una vida cultural más que satisfactoria; Madrid, tan antigua como contemporánea; Madrid leída y vista... Madrid, al fin, recorrida y propia –de nombrada, de vivida. Caminar las ciudades es indispensable en el apropiamiento que hace el viajero de las mismas. Es un ritual maravilloso. Descubrir rincones, muros, lamentaciones en los siglos urbanos, glorias de la arquitectura, y las marcas de la historia en sus habitantes y calles.

 

Cualquier habitante de una megalópolis, que haya caminado una ciudad europea como Madrid, sabrá que la escala humana que las caracteriza resulta políticamente correcta en el mundo actual. Madrid es además sólida y luminosa, fría en el invierno y con un cielo azul profundo que se asoma entre sus nubarrones. A caballo entre el pasado y el querer ser, es también el núcleo de un país dividido en naciones independentistas y comunidades autónomas –lo que sea que todo ello quiera decir. Es, así mismo, la materialización de una sociedad que se enfrenta no sólo a la complejidad territorial e identitaria, sino a las heridas que permanecen abiertas con el paso del tiempo. Cabe recordar que a unos kilómetros de la urbe donde la “ley de memoria histórica” está en boca de todos, se levanta aún el siniestro Valle de los caídos, visible al acercarse a la gloria arquitectónica del Escorial.

 

Madrid es también el centro de la región de Castilla, de la que guardo recuerdos muy diversos. Toledo, por ejemplo, fue para mí todo un descubrimiento: las calles, los interiores, la catedral con su alucinantetransparente, los símbolos de la monarquía desplegados por aquí y por allá... Ávila, vestida de gala en plena fiesta de santa Teresa... A Segovia la recuerdo en medio de una tarde luminosa. La sorprendente ciudad del acueducto se distingue por la orografía irregular que permite vistas hermosas a cada paso, pese a lo intrincado de la traza. La luz de la tarde, dorada y transparente, bañaba las piedras también doradas de la ciudad. Las superficies lisas de la catedral y el alcázar –ambos con sus dejos de morería– relucían entre el marrón y los verdes obscuros de la vegetación otoñal. Segovia me produjo cierta impresión de fragilidad, de fugacidad, de contradicción entre lo sólido y lo efímero. La cálida luz parecía estar a punto de desaparecer, de un momento a otro, llevándose con ella y para siempre a la ciudad entre las largas sombras que proyectaban sus edificios.

 

Todo lo contrario de ese encanto fue mi paso por otro punto de la Castilla profunda: Valladolid. Fuera del Museo de Escultura –que me parece correcto y decoroso–, encontré poco interés en su catedral, un par de museos religiosos y un convento de clausura. La aridez y la reciedumbre castellana me resultaron asfixiantes; el camino de ida y vuelta me hizo recordar estar en medio de uno de los desastres ecológicos más antiguos e irreversibles de Europa.

 

Cometiendo un exceso de simplificación, diré que Andalucía me parece un universo distinto, dado el refinamiento producido por la presencia de los musulmanes en la Península, que allí se deja sentir con su mayor fuerza. No deja, por cierto, de parecerme alarmante que algunos bárbaros de aquellos lares –incluso algún historiador poco informado– en pleno siglo XXI se sigan refiriendo a los árabes como los otros. Cualquier lector suspicaz hará memoria de las veces que ha escuchado, de este lado del Océano, que “los españoles nos conquistaron”.

 

Además de los rincones de Granada –que me hicieron replantearme, hace tiempo, mi concepto de “calidad de vida”– y de la mezquita y la judería de Córdoba, no puedo dejar de mencionar las maravillasde Sevilla. Entre ellas cuento: la Casa de Pilatos; San Luis de los Franceses (en interminable espera por una restauración); El Salvador (reluciente y recién restaurada); la Giralda iluminada de noche, y una caminata al olor de los jazmines que de noche inunda la ciudad; la Caridad (con su alucinante programa iconográfico, memento mori, los famosos cuadros de pudridero de Valdés Leal mandados hacer por el no menos alucinante Manuel de Mañara, y algunos murillos muy respetables. No olvido que en Sevilla fui víctima del carterismo: robo en pueblo bicicletero –en sentido literal, pues me refiero a su programa para el favorecimiento del ciclismo– al que está expuesto cualquiera que permita que una falsa sensación de confianza le lleva a bajar la guardia y el instinto de supervivencia.

 

Finalmente, después del viaje queda el hecho de haber disfrutado de caminar las ciudades, de asomarme a lugares poco vistos, de ver obras imprescindibles, y de percibir con calma el día a día de la Villa de Madrid.

 

 

(Para las interlocutoras de mi periplo transoceánico: Adriana, Sigrid y Marcela).

Febrero de 2009.



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