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Viernes, 29 de julio de 2016

Hacer las Españas (segunda parte: Los recintos de la memoria)
Escrito por Lenice Rivera

Tal vez lo mejor de pasar unas semanas en un proyecto del Ministerio de Cultura sea la cercanía a los museos –habitáculos de la memoria–, la posibilidad de observarlos de cerca, desde el interior, con luz directa sobre sus aciertos y errores. Un nivel de lectura de este tipo –desde la perspectiva de la curaduría, la museografía y la conservación– sin duda es muy distinto de aquel del visitante común... aunque no deja de estar contaminado por las deformaciones profesionales y los gustos propios. Todo ello se inserta en la práctica de ejercitar la
mirada, tanto de las obras como de los espacios que las resguardan en sus muros.
 
Ahora bien, una de las sensaciones más fuertes que transmite Madrid y sus museos es la del contraste entre la historia y la modernidad, entre el Madrid de los Austrias y los más contemporáneos de entre sus recintos. Sólo en el llamado “triángulo del arte” se deja sentir tal diferencia, con toda su fuerza.
 
Comencemos este breve recorrido por el Museo del Prado, uno de aquellos lugares de los que se sabe tanto de oídas, que es casi natural esperar que sea más impresionante. No cabe duda de que sus muros están repletos de obras maravillosas, fundamentales para la historia de la pintura occidental. Pero al mismo tiempo salta a la vista una museografía irregular. No es lo mismo visitar alguna de las exposiciones temporales más recientes (Rembrandt, pintor de historias, o bien Entre dioses y hombres) que sumergirse en sus entrañas más profundas en busca del “tesoro del Delfín”, tan fantástico como empolvado por el paso del tiempo. Dicha irregularidad es reforzada por la reciente ampliación del recinto, polémica como toda intervención de un edificio antiguo. En lo personal, el edificio de Villanueva me parece del todo afortunado: su exterior de ladrillo es discreto y respetuoso del sentido arquitectónico del conjunto; su interior, agradable y funcional, provee a la institución de espacios indispensables, además de marcar una sana distancia con el viejo Prado.
 
Quien haya visitado las galerías del Prado sabe bien que en ellas se suceden, uno tras otro, los nombres de Tiziano, el Bosco, Rivera, el Greco, Velázquez, Murillo, Goya... baste recordar que los accesos del museo reciben los nombres de “Puerta de Velázquez”, “Puerta de Murillo”, además de la más reciente “Puerta de los Jerónimos”. La evidencia y redundancia del culto a la personalidad llega hasta tal punto que es necesario detenerse un momento, y preguntarse por el sentido del guión museológico: ¿Es el Prado una pinacoteca salpicada aquí y allá por alguna escultura o una mesa? ¿Es un recinto dedicado a la historia del coleccionismo donde el protagonista es la monarquía hispánica? ¿Exhibe obras de arte o se exhibe a sí mismo, incluido el lastre de su propia historia? Las preguntas se pierden en el aire, sus muros guardan silencio. Es inevitable pensar, por supuesto, en otra gran pinacoteca, cuyo recorrido es mucho más amigable: aquella de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.
 
Unos metros más allá del Prado y del Thyssen, se eleva el Reina Sofía, con una historia completamente distinta: un recorrido manejable, a pesar de la monumentalidad; una museografía impecable y limpia, que evita caer en la tentación del “cubo blanco”. Un gran museo, sin duda, que deja una huella indeleble tras observar el poderosísimo Guernica... portentoso, avasallador, terrible como la guerra, genial como Picasso, con sus luces, sus líneas, sus ángulos y el aire que lo envuelve.
 
Muy cerca de allí, no hay que perderse una de las mejores novedades museísticas de Madrid: Caixa Forum, que depende de la Obra Social del banco La Caixa. Su arquitectura juega con superficies lisas y cubiertas de óxido, y la estructura da la impresión de un delicado equilibrio sobre el vacío. Sin duda valen la pena su jardín vertical, sus escaleras, sus exposiciones, sus actividades y más actividades, su cafetería y la vista que desde allí se tiene. Entre otros espacios patrocinados por instituciones bancarias: Caja Madrid y Fundación Mapfre.
 
Tanto la absoluta modernidad de Caixa Forum, como las dimensiones del Prado y el Reina, contrastan fuertemente con los recintos más íntimos de Madrid y de España en General. Me refiero a los palacios nobiliarios, convertidos en museos y administrados por el Estado. Tal es el caso, por ejemplo del Museo Valencia de don Juan –con su sorprendente colección de cerámica, marfiles y muebles– y la Casa de Pilatos –para mí, una de las más grandes maravillas de Sevilla.
 
Es muy cierto que los espacios domésticos tienden a despertar el morbo del visitante por lo íntimo e incluso lo escatológico. El ejemplo más claro de ello son los llamados Reales Sitios (el Palacio Real de Madrid, el de Aranjuez y la Casita del Labrador, el de la Granja, el Alcázar Real de Sevilla, el Escorial, etc.). Yo estoy convencida de que en cada entrada debería colocarse una advertencia para el visitante desprevenido, algo como: “Peligro. El exceso en la visita a los Reales Sitios puede ocasionar indigestión museística aguda. Antes de tomar una visita guiada, considere que ésta puede distorsionar su percepción del recinto. Entre bajo su propio riesgo”. Palacios y más palacios; los hay sobrios y desbordados, lustrosos y decadentes, de los Austrias y de los Borbones, inmensos todos, cada uno con problemas y grados distintos de conservación. En general, los curadores y restauradores se enfrentan a distintos retos: la imposición de criterios historicistas; la decisión de exhibir una sola época del edificio, y cuál de ellas; el riesgo del pastiche, el del parque temático.
 
Algo similar ocurre con la visita a los conventos femeninos de clausura, entre ellos La Encarnación y las Descalzas Reales. No es raro que la colección más rica y los espacios más sorprendentes queden desvirtuados por las malas visitas guiadas –que también las hay que valen la pena–, la iluminación deficiente, la proliferación de andamios –cubriendo por ejemplo la escalera donde se encuentra la famosa tribuna-trampantojo de los reyes en el último de los recintos mencionados.
 
Otro caso que vale la pena traer a cuenta es el de las llamadas “artes decorativas” –o “aplicadas”, o “útiles”, o “suntuarias”–. Es inevitable que un museo de este tipo resulte sospechoso a primera vista; y no es raro que alguno dé la impresión de ser triste y frágil, inmerso en la disyuntiva de cómo despertar el interés del público por una colección fabulosa, pero marcada por el fantasma de lo cotidiano. De ahí mi sorpresa ante el Museo del Traje, localizado en plena Ciudad Universitaria, más allá de la Moncloa: didáctico, dinámico, inteligente y divertido, con un montaje impecable y un guión bien estructurado. Visitarlo es sin duda una delicia, en comparación drástica con la pretensión y el olor a viejo de otros espacios más famosos.
 
Otro de los museos sumamente interesantes, dadas sus características museográficas, es el Lázaro Galdiano: referencia importante para la historia del coleccionismo y fundación responsable de la publicación de la prestigiada revista Goya. Este recinto se enfrentó desde su apertura, en 1951, primeramente a la dispersión de su colección y el carácter de residencia que había tenido el edificio. Más adelante, entre 2001 y 2004, atravesó por una reorganización museológica y museográfica. El resultado contempla tres niveles radicalmente distintos. El primero –introductorio– presenta un montaje absolutamente contemporáneo y se propone mostrar la variedad de la colección y los principales puntos de interés del Galdiano. La segunda planta se enfrenta a la problemática del edificio histórico que no puede ser intervenido, con todos los problemas de iluminación y mobiliario que ello conlleva. La tercera –y más interesante– está estructurada como un “almacén visitable” que contempla vitrinas y cajoneras en que se van alternando las piezas; permitiendo tanto la exhibición completa de la colección, con fines de investigación, como su correcta conservación.
 
Finalmente, de entre los “recintos de la memoria”, uno de los más significativos para los habitantes del salvaje Nuevo Mundo es el Museo de América. Sin duda llama la atención la variedad de su colección en tanto procedencias geográficas. Sin embargo, al mismo tiempo recuerda los viejos museos antropológicos que han acumulado el polvo de varias décadas. La sincronía de su propuesta de recorrido termina siendo su propia trampa; ¿no sería mejor, en ese caso, extender el análisis antropológico de América hasta el momento actual y los rascacielos neoyorquinos? Si bien en algún momento la falta de protagonismo de la pintura brinda la sensación de descanso –me refiero al “gabinete de curiosidades” donde se puede encontrar la famosa pintura de castas de la colección–, también es cierto que los también celebres enconchados quedan perdidos entre mapas y cronologías en los que el visitante pocas veces se detiene. Probablemente, el Museo de América es el que necesita con mayor urgencia un replanteamiento de su guión de exhibición, a partir de la pregunta fundamental de qué significa el continente americano para la cultura hispana actual.
 
Continuará...


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