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Viernes, 29 de julio de 2016

La impresión de lo efímero...
Escrito por Lenice Rivera

La gare Saint-Lazare, de Claude Monet, forma parte de una serie, pintada entre 1876 y 1877, de por lo menos siete lienzos con el mismo tema: la estación, el tren, el humo que lo cubre casi todo. Este es, además, uno de los primeros lienzos del pintor, de temas recurrentes.[1] Todos los cuadros tienen el mismo título, más algunas indicaciones sobre la perspectiva o el cli

ma: Le train de NormandieLe pont de l’EuropeLe signalArrivée d’un trainVue exterieure.

 

 

Esta obra ha jugado un papel interesante a lo largo del tiempo. Se ha visto en ella, por ejemplo, un alejamiento de la pintura al aire libre característica de Monet. Para muchos estudiosos del impresionismo, salta a la vista un artificio entre jardines y marinas. Pero este cuadro en particular no rompe totalmente con la panorámica de los paisajes de Monet, ni con el vigor resultante de la influencia del holandés Jongkind.

 

 

 

La gare Saint-Lazare, como otros cuadros de Monet, es un producto de su estudio de los efectos de la luz en la atmósfera. Con pinceladas yuxtapuestas, la supresión casi total del negro y zonas coloridas de sombras, se logra un efecto óptico que es una interpretación de la realidad por la intervención del autor y del observador: la impresión. De esta forma se conjugan el análisis científico y la emotividad. En la iluminación se van disolviendo e integrando las formas, y es en el humo –como en el agua, en otros casos– donde se encuentra la mayor fuerza del cuadro. Tan efímeras como el sol que se refleja en la catedral son las formas etéreas y cambiantes que se forman en el aire de París. Lo representado es, entonces, un lugar específico con una atmósfera particular: en instante en el constante movimiento. Esto se refuerza por el distinto carácter de los elementos, que responden a diferentes momentos de la composición: la solidez, la permanencia y hasta la pesadez de la ciudad y la arquitectura de la estación; el cambio y movimiento del tren, el humo y el vapor; lo inasible de la luz y casi del ruido.

 

El tema es interesante en otro aspecto: en esta época el tren, como parte de la industrialización y la urbanización crecientes, y algo inusual hasta entonces, empezaba a llamar la atención de los artistas. Por la misma época, Manet incluyo en sus pinturas la estación, con su arquitectura de metal y vidrio propia de finales del siglo xix, pero no como protagonista, sino como el fondo de la representación de una persona, generalmente una mujer. Caillebotte, por su parte, también realizó una serie de cuadros como resultado de su trabajo junto a Monet en Saint-Lazare. El mismo Monet ya había incluido un tren en su obra unos años antes. Más que un medio de transporte de las partidas campestres, la serie de la estación representa momentos de espera del arribo de trenes de pasajeros a la gran urbe de la civilización moderna. La estación es un punto de contacto entre la ciudad y el campo, entre las terminales de París y Argenteuil.

 

No puede dejar de observarse, después de un tiempo, el contraste y el efecto del humo, el vapor, la niebla y el ruido sobre el fondo de las construcciones de la ciudad, entre las que se pueden apreciar algunos edificios de apartamentos rematados por una mansarda, a ambos lados de un boulevard sugerido al centro del cuadro. El tren es, entonces, si no un elemento ajeno, implantado, sí algo lleno de vitalidad y energía que no puede pasarse por alto, que no puede dejar de verse por las mismas nubes de vapor que ocultan y crean una confusión visual al mismo tiempo que hacen destacar la escena en la vista urbana. Este género de paisaje se singulariza precisamente en el siglo xix.

 

Es curioso que, en la época, cuadros como éste dieran al público la sensación de no estar terminados. De su técnica se dice que no son más que manchas de color y que el artista no es más que un ojo.[2] La gare Saint-Lazare es más bien una expresión de su tiempo en tanto que es producto de él y representación del cambio, la apariencia, lo inasible, en el contexto de la Francia decimonónica, y específicamente de París, una ciudad donde los cambios de la vida moderna son claramente perceptibles. La gare Saint-Lazare es también la representación de la actividad urbana, de un espacio de reunión de gente de distintos niveles sociales.

 

La perspectiva, el punto de observación desde que fue pintado el cuadro, no es nada sencilla y sí muy significativa. A diferencia de otros cuadros de la misma serie, en éste el artista se sitúa, no en el extremo donde pasa la gente, sino en el centro de la construcción: en medio del patio de vías, entre los rieles y de frente a las maquinas, a la ciudad y al cielo que se abre más allá. La composición está marcada por el contraste entre las líneas rectas de la techumbre de dos aguas, el tragaluz de cristal y la construcción de dos plantas y arcos, que del lado izquierdo forma parte de la arquitectura de la estación –fiel a la tradición francesa del hierro colado–, y por otra parte, las formas curvas del vapor, la vía, la locomotora del centro. El diseño de la pintura es marcadamente geométrico: queda dividido en dos partes por una línea que comienza en el vértice de la estructura superior y el emparrillado transversal que ayuda a sostenerla. Con el fondo de tonos claros se logra un efecto de contraluz que dibuja distintas siluetas que quedan dentro del marco arquitectónico: un cabús, una locomotora que despide humo grisáceo y un tercer tren más atrás, entre la bruma, los viandantes que cruzan y un personaje en primer plano que podría ser el guardavía. Todos los elementos: arquitectónicos, humanos, el suelo e incluso el mismo aire, se integran en el juego de luz que da un efecto difuminado y un ambiente nebuloso en que predominan los tonos ocres de un atardecer de otoño.

 



* Este texto fue publicado en la revista SaberVer, segunda época, número 14, agosto-septiembre 2001, pp. 48-53. Mi agradecimiento a Jaime Cuadriello.

[1] La primera es la serie de Argenteuil; la más famosa, probablemente, la de la catedral de Rouen a distintas horas del día.

[2] Véase Alberto Martini, “Monet”, Los grandes maestros de la pintura universal, México, Promexa, 1980, pp. 100-109.



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