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Viernes, 29 de julio de 2016

Hacer las Españas (primera parte)
Escrito por Lenice Rivera

Como rezaba la antigua sentencia: “hacer las Américas”. Muchos vivimos el otro lado de la historia, y por diversos motivos pasamos temporadas más o menos largas en el viejo continente, en el Viejo Mundo, en la “Madre Patria”. Además de la recurrente nostalgia por nuestro hábitat original –neurosis y vicios gastronómicos incluídos–, los viajes no sólo amplían nuestra visión del mundo

, sino que no es raro que nos enfrenten a verdaderas crisis ontológicas.

 

 

No es cosa cualquiera recorrer las calles leídas, los lugares estudiados. Los espacios de la historia y los de la literatura sin duda se transforman al ser vividos, al llenarse de recuerdos y cicatrices. Lo mismo ocurre con los museos largamente esperados, con las obras de arte vistas y vueltas a ver en libros, y que de repente están allí frente a nuestros ojos, con sus dimensiones originales que no pocas veces resultan inesperadas. Inevitablemente, la espera y la idealización provocan con facilidad el desencanto. Y así, al final del viaje, siempre habrá que darse un tiempo para pensar en lo vivido, para aceptar que valieron la pena más cosas que aquellas que lo parecían en un primer momento, para sopesar y ponderar... que de eso se trata ser críticos con las realidades culturales y con nosotros mismos.

 

Los viajes siempre tienen algo de descubrimiento. Por más conocido que sea un lugar, no deja de mostrar sus rostros diferentes. Una estancia relativamente larga, además, permite vivir las ciudades de otra manera. Recorrer Madrid, con calma, sin lugar a dudas es una experiencia maravillosa. Su dimensión humana, su trajín, sus rincones, su gente, sus muchas posibilidades reunidas allí donde se cruzan la Gran Vía y Valverde –a unos pasos de la calle de Desengaño–, sus nombres, su ritmo, su pulso de ser vivo. De la urbe a las ciudades pequeñas de la Castilla profunda sin duda hay un gran paso: la reciedumbre de Valladolid; Ávila en plena fiesta de santa Teresa; la luz dorada de una tarde de Segovia, que bañaba sus edificios dándoles un aspecto de fragilidad como si al caer la noche fueran a desaparecer irremediablemente; los magníficos interiores religiosos de Toledo, su Catedral, su “transparente”. Andalucía es, en definitiva, otro universo: sus colores, su pescadito frito, sus gitanos, sus callejuelas intrincadas. Y, claro, sabemos cómo funciona una traza musulmana... pero, por supuesto, entender su sentido no sirve absolutamente de nada al intentar orientarse dentro de ella. Finalmente, nacimos en ciudades trazadas en damero, y en el fondo nos resulta inevitable pensar que el camino más corto entre dos puntos es una línea recta... nunca faltará algún amable nativo que se ofrezca a guiarnos ante nuestra expresión de desconcierto. Al final, el cálido Levante.

 

Ahora bien, la experiencia de contraconquista puede suponer también un enfrentamiento a la antropología americanista que llama a improvisar una taxonomía. Es decir, que resultamos especialmente sensibles a los fenómenos de migración, a la multitud de ecuatorianos ilegales, a los retenes en busca de pasaportes en regla. Más aún, cuando nos encontramos a individuos similares –y otros radicalmente distintos– que, como nosotros, también hacen las Españas a su manera. Los estereotipos son inevitables, o bien terminan inevitablemente fracturados. No es raro que se formen guetos de connacionales, que resultan hirientemente separatistas a ojos de otros; que nos contagiemos un poco del ánimo de los cubanos que siempre tiran pa'lante; que el humor ácido de los argentinos ilumine el día más negro; que nos sorprendamos cómo es que los colombianos y los mexicanos fuimos separados al nacer; que nos preguntemos si en realidad los virreinatos del Perú y la Nueva España pudieron vivir procesos históricos similares, cuando los limeños y los chilangos actuales somos tan distintos. Y entonces, ¿quiénes son los otros? ¿los europeos? ¿los americanos?

 

A todo ello se añaden los estereotipos sobre nosotros mismos con los que nos encontramos. Para mí, éstos dependen en buena manera del poco o mucho conocimiento que se tenga del Nuevo Mundo. No faltará quien nos trate como niños, como buenos salvajes, como indígenas incivilizados; tampoco quien haga comentarios y preguntas inteligentes sobre una realidad que no le resulta extraña. Y así, en cualquier momento, alguno se puede encontrar en el Museo de América, de pie ante la alegoría del continente americano (india vestida de plumas, armada de arco y flecha, acompañada de un cocodrilo) nos preguntemos si así nos miran todavía. ¿Y cómo nos vemos a nosotros mismos? Como individuos acostumbrados a una ciudad inmensa, confiados –tal vez demasiado– en que si podemos sobrevivir en ella, podremos hacerlo también en cualquier parte del mundo.

 

¿Y cómo los vemos nosotros? Como a una nación escindida por múltiples identidades nacionales; como individuos con identidades mucho más complejas que la nuestra; como una entidad que nunca fue “Europa”... lo que sea que eso quiera decir; como la personificación del eterno querer ser; como seres lejanos y cercanos a la vez. Están, además, las heridas históricas: ¿cuántos de nosotros seguimos sintiendo que “nos conquistaron”? ¿cuántos de ellos siguen hablando de las cosas que “os dimos a vosotros”?

 

Al regreso, las preguntas son más que las respuestas...

 



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