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Viernes, 29 de julio de 2016

El filo de la noche
Escrito por Mónica Sánchez Escuer

Antonio de Villa

 

Que se tiendan las sábanas del cielo y abran sus ojos de luz los ángeles estrella: el agua de mi fuente será derramada en esta pila bendita...

 

Así lo dijo él poco antes de introducirse por alguno de los orificios que Emma olvidó cerrar. Y es que todo lo tenía abierto: desde los ojos hasta el cajón de los hilos y botones.

 

Ella había aprendido, en los últimos meses, que la noche dolía. Al principio sólo eran suaves punzadas, pero le fueron creciendo, una a una, como las horas, hasta arrojarla a medio desvelo sobre el rincón más blanco de sus párpados. Ese pulso se le atoraba en la parte más oscura de su cuerpo, le arañaba la piel, ardía, le subía a la cabeza hasta desnucarle la razón y los sueños.

 

Su madre, al verla cada día más pálida, la llevó con médicos y curanderos. Pero Emma seguía mirando lo que nadie veía, lejos, lejísimos, como si mirara el mar al otro lado de la montaña y no la fruta que llevaba en la mano.

 

Hasta que él apareció en el pueblo, enorme, luminoso, como estrella cargada de presagios. Todos decian que era bueno, que él la curaría. Emma se atrevió. Tímida, fue a verlo y, con el latido de su sangre en las palabras, le confesó sus desvelos. Él se acercó: estaba ahí para ayudarla. La cubrió con su manto sagrado y le desvistió las sombras. Llevaba en los labios el aroma del vino rojo y pronto fue regándolo en la sonrisa de ella hasta entintarle el rostro. Por instantes, Emma creyó volar sobre el orbe entero: descubrió que miles de luces la habitaban. Fue cosa de minutos solamente. Él terminó su acto con un beso largo, profundo, en el cuello de Emma y le absorbió todo: su voz, su dolor, sus silencios. Ella lo vio desaparecer por el largo pasillo, llevar, en los faldones del hábito, el mismo ritmo que le dio a sus caderas.

 

Desde entonces, una vez por semana, Emma se confiesa: el filo de la noche le abre la sonrisa más profunda y el Padre, con la señal de la cruz trazada en el cuerpo, le corta el dolor de tajo y la absuelve de todos sus pecados.



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Suite

 

 

 

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