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Viernes, 29 de julio de 2016

El triángulo
Escrito por Mónica Sánchez Escuer

Dante Busquets 

 

Un muchacho llora frente a esa gran ventana triangular que se abre absurda en el muro del puente. Como si acariciara unos labios, toca los bordes de concreto: lisos, suaves, extrañamente húmedos. Los árboles, del otro lado, parecen silbar su nombre.

 

“Me descubrirás de pronto en todo lo que mires; lo que huelas, lo que toques. La memoria te traerá a mí en el sabor de una manzana, en el aroma del té de hierbas, en la ligerísima lluvia de tu frente. Y caminarás por las calles de tu ciudad como si nunca las hubieses pisado, y buscarás mis ojos en alguna ventana, mi piel en un muro de sol. Pero nada de eso será suficiente. No te quitará el insomnio, ni el ardor entre los labios, ni esos golpes repentinos en el vientre. Después de muchas noches querrás tapiar mi nombre. Lo sé. Buscarás abandonar mi olor en otro cuello. Y me olvidarás. Pero si aún después de días y calles caminadas siguen sorprendiéndote mis huellas, y de vez en cuando juegas a juntarlas, y hacer con todas una de mis manos, o uno de mis pechos, mi boca y mi lengua, entonces construiré una puerta. Y un día cualquiera, cuando menos lo esperes, encontrarás mi sexo: en un parque, en un muro: mi bosque más íntimo. Ese triángulo que tanto te enloquecía. Y querrás penetrarlo, perderte en él. Y lo harás. Y me sentirás tan cerca como tu propio aliento. Ahí no habrá relojes, ni dolor, ni muerte; sólo manzanas, y hierbas, y el calor de una tarde desnuda cubriéndote el cuerpo. Ahí estaré siempre. Ahí dejarás esta carta y mis cenizas. Ahí me quedaré.”



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Suite

 

 

 

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