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Viernes, 29 de julio de 2016

Judith: viuda, seductora y heroína
Escrito por Paula Mues Orts

Todas iguales, todas bellas, todas terribles. Si hubo una época que se complació en los excesos de una estética sensual y exploró los extremos de lo exquisito y al mismo tiempo decadente, fue el tránsito entre el siglo XIX y el XX europeo: la época de Oscar Wilde, Gustav Moreau, Aubrey Beardsley, Gustav Klimt y muchos otros. Como veremos hoy, entre los temas favoritos de la pintura destaca el de las mujeres fuertes que -heroínas o villanas-, confundían a las miradas poco versadas por el tratamiento igualador que les dieron los artistas, haciendo muy difícil su identificación. Salomé, la malvada que pidió la cabeza de Juan Bautista, y Judith, la heroína judía que salvó al pueblo de Israel de la tiranía de Holofernes, aparecían ante los espectadores como mujeres invencibles y peligrosas, atractivas y atemorizantes, ambiguas por su inigualable belleza y su terrible relación con la muerte. En algunas ocasiones incluso la representación de Judith fue identificada como Salomé por sus espectadores, como si las valerosas acciones en servicio de Dios de Judith fueran insignificantes ante la sensualidad desgarradora de la manipuladora y temible servidora del mal, Salomé, sedienta de sangre.

 

  

[a]                                                                        [b]

 

  

[c]                                                                                         [d]

 

Gustav Klimt, por ejemplo, realizó una provocativa imagen de Judith con la cabeza de Holofernes[a], como queda explícitamente señalado en el marco del cuadro. Pero en lugar de representar a la mujer judía que arriesgó su vida y su virtud por salvar a su pueblo,[1]ella aparece ante el espectador como si viviera una experiencia climática-orgásmica tan privada que le hace entrecerrar sus ojos y soltar un gemido, pero tan pública que se muestra hacia adelante, en una especie de marco o ventana –quizá la carpa donde quedó yacente el cuerpo decapitado del victimario victimizado- y que impide que la cabeza de Holofernes se vea plenamente.[2]

 

Muy poco tiempo después de crearse, la obra se exhibió repetidamente con el nombre de Salomé,[3] no obstante la inscripción en el marco que muchas veces se cortó en las fotografías que la reproducían. Klimt no pareció preocupado por enmendar el error, hecho no menor que suscita varias preguntas que no podrán ser contestadas aquí, pero que ponen el dedo en la llaga (¿en la aorta?): ¿eran los espectadores que, sabiendo que Judith era una heroína, se negaban a identificarla con ese rostro seductor y erótico? ¿Klimt conocía las dos historias bíblicas y en una negación de su especificidad, las igualaba?, ¿o más bien nunca las había leído o escuchado y por tanto utilizó su imaginación y su cultura visual para crear la obra?, ¿el tema no le importaba tanto como su propia visión de una mujer sensual y/o asesina?

 

Finalmente, otros artífices por esos años habían creado piezas igualmente ambiguas y provocativas. Franz Von Stuck, por ejemplo, pintó también una Judith que distaba mucho de aparentar ser un modelo de virtud. [b] La mujer, totalmente desnuda a excepción de su lujoso tocado, levanta una espada que se yergue poderosa, aunque parece ser demasiado pesada para su pequeño cuerpo. Ella, sonriente, mira a su enemigo tumbado en el lecho, vencido por el alcohol, mientras se imagina quizá la espada cortando su cuello, o la “gloria” que obtendrá como premio a su acto sangriento. La distancia entre la fuente bíblica y la pintura es realmente mucha:

 

Sólo Judit quedó en la carpa, mientras Holofernes, completamente ebrio, yacía tendido en su lecho. Judit mandó a su servidora que se quedara fuera de su dormitorio y que la esperara a la salida como todos los días, porque había dicho que saldría para hacer oración […] Cuando todos ya se habían retirado de la carpa […] Judit, de pie junto al lecho de Holofernes, dijo en su corazón: "Señor, Dios todopoderoso, mira favorablemente en esta hora lo que voy a hacer para la exaltación de Jerusalén. Ha llegado el momento de acudir en ayuda de tu herencia, y de realizar lo que me había propuesto para aplastar a los enemigos que se alzaron contra nosotros". Judit se aproximó entonces a la barra del lecho que estaba junto a la cabeza de Holofernes, descolgó de allí su espada, y acercándose al lecho, lo tomó por la cabellera y exclamó: "¡Fortaléceme en esta hora, Dios de Israel!". Luego le asestó dos golpes en el cuello con todas sus fuerzas y le cortó la cabeza. Hizo rodar el cuerpo desde el lecho y arrancó el cortinado de las columnas. Poco después, salió y entregó a su servidora la cabeza de Holofernes. (Judith 13, 2-9)

 

El relato bíblico resalta constantemente la súplica que Judith hacía a Dios para que la guiara en su camino, así como en varias ocasiones aclara que ella nunca perdió su pudor y virtud frente a Holofernes, pues éste cayó borracho antes incluso de intentar saciar su deseo por la bella mujer. Se sobreentiende que Judith nunca estuvo desnuda, así como que necesitó pensar varias veces en Dios para atreverse a realizar el asesinato que había planeado con mucho cuidado, valiéndose, eso sí, de sus encantos femeninos.

 

Las imágenes de Salomé dieron rienda suelta a la imaginación finisecular que igualaba a la mujer con la perversidad. La manipuladora, pecadora y vengativa, la bailarina, la suripanta, la insaciable, todas ellas en una misma, podían reconocerse en la figura de la hija de Herodías. Ante la muerte de El Bautista y el desmembramiento de su cabeza, Salomé se obsesionaba con los restos de aquel que se negó a ser su amante (o en otras versiones de su madre) y así los besaba repetidamente.[4] [c]

 

Había, en la literatura, una enorme diferencia entre Salomé y Judith, pero en la plástica de entonces se borraba continuamente. Quizá por ello, en una segunda versión de Judith, Gustav Klimt ya no identificó la escena con su título, y creó a una mujer que todavía se distanciaba más de la viuda judía inspirada en el amor a Dios. [d]

 

  

 [e]                                                                                   [f]

 

Su rostro más parece el de una bailarina maquillada para un acto público que el de la israelita, quizá la razón por la cual a esta imagen siempre se le ha llamado Judith II (Salomé). Las manos, cuasi garras que sujetan la cabeza de Holofernes (Juan Bautista), destacan por el sentido decorativo de la túnica de la mujer, quien por cierto enseña ambos pechos esta vez.

 

Pareciera que esta igualación entre ambas féminas y su decorativo y preciosista entorno que en ocasiones traspasa incluso su corporeidad, tendió a generalizar la imagen de cualquier mujer como peligrosa, y al mismo tiempo, como subyugada a su acto mortal, sensual y carnal, cancelando la posibilidad de que fuese algo más que ejecutora del mismo. Al no reconocer la diferencia entre Judith y Salomé, la sociedad europea de finales del siglo XIX y principios del siguiente, intentó designar un papel único al género femenino, ligado a una sensualidad amenazadora.[5]

 

El “decorativismo” de Klimt ha provocado, curiosamente, que el día de hoy se vendan infinidad de artículos de ropa y joyas con las imágenes de sus judiths-salomés destinadas, por supuesto, a un público femenino. Habría que ver si las usuarias de dichas mascadas, camisetas, pendientes y collares, las toman como algo más que una muestra de su desinhibición sexual y se percatan, de alguna manera, que al portar una prenda de una heroína trastocada en villana, podrían estar simplificando su propia sexualidad. Quizá aquí la belleza de las formas ha sobrevivido a sus muertos contenidos epocales, y nos encontramos simplemente ante una imagen vaciada de sus implicaciones simbólicas originales que ahora llena una necesidad de exhibir la sensualidad como una virtud. Lo cierto es que el día de hoy, con 15 dólares más otros casi tantos por gatos de envío (y unos cuantos clics en e-bay), podemos revestir nuestro cuerpo de la Judith (Salomé) de Klimt.

 

[g]

 

Cierto es también que en épocas mucho más remotas, Judith y Salomé estaban totalmente diferenciadas, y los espectadores podían reconocer las historias sagradas que hacían de una y otra dos realidades y dos historias ejemplares (en sentidos opuestos), no obstante la sensualidad de ambas figuras. Heroína bella y recatada, modelo de virtud; o bien muchacha sensual y ejecutora del mal. Ambas serían, desde el renacimiento, imágenes femeninas contrastadas pero cambiantes, según la sociedad que las creó entendía el poder de una mujer capaz de matar a un hombre, ya fuera con sus propias manos, ya por medio de intermediarios masculinos. La vitalidad en ambas historias no está en duda, por lo que muchos artífices las recrearon en sus pinceles con distintos objetivos y formas de aproximación a sus protagonistas. En siguientes ocasiones, veremos algunas de ellas.

 

  

[h]                                                   [i]

 

 

[a] Gustav Klimt (1832-1918). Judith I, 1901, 84 x 42, Österreichsche Gallery, Viena. Imagen tomada de:http://www.dl.ket.org/webmuseum/wm/paint/auth/klimt/judith1.jpg

[b] Franz Von Stuck (1863-1928), Judith, c. 1893, óleo, col. Particular. Imagen tomada de: http://www.wikipedia.com

[c] Aubrey Beardsley (1872-1898). Ilustración para la obra Salomé de Oscar Wilde, 1893. Imagen tomada de: http://www.Flickr.com

[d] Klimt, Judith II (Salomé), 1909, óleo, 180 x 46, Galleria d’ Arte Moderna, Venecia. Imagen tomada de:  http://sexualityinart.wordpress.com

[e] Klimt, Judith II Detalle.

[f] Klimt, Judith II, Detalle.

[g] Camiseta de venta en e-bay.

[h] Giorgione. Judith, c. 1504, óleo sobre tela, trasferida desde pánel, 144 x 68 cm, El Hermitage, San Petersburgo. Imagen tomada de:  http://www.wga.hu/index1.html

[i] Andrea Solari. Salomé con la cabeza del san Juan el Bautista, (c.1475-1515), óleo sobre madera, 59 x 58 cm, Kunsthistorisches Museum, Viena. Imagen tomada de: http://www.wga.hu/index1.html

 

_____________________ 

[1] Libro de Judith en la Biblia católica.

[2] Respecto a estas representaciones se han escrito muchos textos, véase, por ejemplo, Erika Bornay.Las hijas de Lilith, Madrid: Cátedra, 1995, pp. 215 en adelante.

[3] Para más detalles ver: Nadine Sine, “Cases of Mistaken Identity: Salome and Judith at the Turn of the Century”, German Studies Review, Vol. 11, Núm. 1, (Feb. 1988) , pp. 9-28 (Consultado en JStor).

[4] Beardsley, entre muchos otros como Lucien Lévy-Dhurmer o Georges Privat Livemont, la representó besando la cabeza del santo en sus ilustraciones realizadas para la Salomé de Oscar Wilde de 1893.

[5] Lejos estoy aquí de abarcar el panorama completo del papel de la mujer y su representación en esos años, sino que simplemente quiero ejemplificar, con imágenes concretas, un fenómeno cuya trascendencia fue fundamental tanto para el arte, como para el rol de las mujeres.



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