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Viernes, 29 de julio de 2016

Paréntesis entre mi aislamiento académico: Radiohead, o la soledad en multitud
Escrito por Paula Mues Orts

Hace mucho tiempo que no escribía en este espacio, a disgusto mío, porque paso un periodo que, según dicen mis colegas académicos, todos debemos pagar como cuota para culminar nuestros procesos gremiales educativos. Me refiero, por supuesto, a una gran carga de trabajo derivada por mi chamba de tiempo completo, algunas otras cosillas por ahí (véase en este mismo sitio la más reciente entrada delGabinete de luz de Lenice Rivera), y por supuesto, la finalización de mi tesis doctoral, ponerla a punto para que sea leída por mi tribunal (lo que ya está sucediendo) y pueda hacer el dichoso preexamen, que en la UNAM se hace para preparar el examen final (en este periodo, entre espera, trámites, e impresión, las correcciones finales…).

 

El caso es que llevo varios meses entre el agotamiento, el stress, y la búsqueda de la creatividad para poder cumplir con todas mis obligaciones. Así las cosas, he estado aislada un buen rato de mis amigos, o casi, y, de no ser por mis alumnos, que siempre me cuentan cosas interesantes, actuales, a veces también terribles, pero siempre vitales y por ello estimulantes, estaría mucho más sola, a excepción, claro, de mi familia más cercana.

 

El mes pasado, concentrada en todo lo referido arriba, pasé varios días encerrada en casa, que por suerte se juntaron con el puente de la expropiación petrolera. Meses antes (¡cómo nos jinetean nuestro dinero!), le había insistido a mi marido en ir al concierto de Radiohead, grupo que considero uno de los mejores actualmente, y que de verdad me gusta, aunque no podría llamarme fan absoluta de ellos (de hecho soy fan de pocas cosas y me agota el fanatismo excesivo de facebook). El plazo se cumplía, Radiohead había llegado, y tendríamos que encargar al chamaco para poder ir al concierto, lo que se complicó porque andábamos tan ocupados trabajando, que hasta habíamos olvidado qué día era el espectáculo…

 

Y aunque muchos vivimos, o mejor, sufrimos el asunto, hay que decirlo: qué complicado es llegar al Foro Sol y entrar a un concierto. Si vas en coche, pierdes horas buscando estacionamiento, si vas en otros medios, la multitud… Elegida la multitud, la “organización” del Foro te hace embarcarte en una marea de gente que empieza un peregrinar, lenta y a veces tortuosamente, para rodear prácticamente toda la pista de coches. En el camino se topa uno con revendedores, vendedores de la taza, camiseta, lucecita, encendedor o cualquier otro recuerdo del evento, policías que miran feo o de plano no pelan. En este caso, algunos aprovechaban el largo camino para tomarse el six pack de chelas escondido bajo el brazo para llegar al concierto ya a tono, otros entre tramo y tramo le daban una fumada a su porro, algunos caminaban emocionados y quizá más inquietos por la dificultad del camino… otros, como nosotros, la verdad nos preguntábamos porqué en México se necesita recurrir a medidas como hacerte caminar más de 25 minutos para llegar, seguramente para que estés medio cansado al entrar y ocupes más tranquilamente tu plaza.

 

Ya dentro del Foro, con sed, otro síntoma derivado de la procesión, pues nos tomamos unas cervezas, bastante caras, por cierto. Hay que decir nuevamente que para nosotros, que no llegamos a acampar dos días antes al concierto, ni con muchas horas de antelación, y que, por supuesto no pagamos boletos de abajo, la experiencia fue muy diferente a la de los “verdaderos” (y probablemente desempleados) fanáticos que durmieron ahí. Modestamente nosotros nos planteamos salir de casa solos, compartir algo de adultos (o casi), y pasarla muy bien con buena música y buen espectáculo. Sí, lo sé, la diferencia de experiencias entre los que acampan fuera del lugar para tener mejores lugares, y gente como yo, está teñida de una cuestión generacional, pero tampoco somos tan viejos: hasta Thom Yorke, el cantante de Radiohead, es mayor que nosotros  –nació en 1968.

 

Como imaginarán, si habíamos confundido el día del concierto, no teníamos ni idea quién abriría el mismo, así que la cuestión fue toda una sorpresa para nosotros. Como 10 minutos antes de la hora empezaron a tocar, sin aviso, cuatro músicos electrónicos, con caja de ritmo, teclado, micrófono y consola por instrumentos. A mi acompañante le pareció rarísimo el asunto, y no estaba (ni está) muy convencido del todo, pero yo me divertí bastante con su propuesta visual, su beat hipnótico y su reflexión sobre la deshumanización de nuestras vidas. A nuestro alrededor la mayoría de la gente estaba igual que nosotros, sin saber bien a bien que veíamos. Al cabo de unos minutos, en conversación por mensaje telefónico, le dije a una amiga que estaba en su casa, que seguro eran alemanes, quizá rusos, y le pedí que se fijara en la página de internet para saber a quien estaba viendo en vivo. La respuesta fue algo como: “están tocando los de Kraftwerk, padres del electrónico, ¿cómo supiste que eran alemanes?”. Qué risa, mi respuesta fue algo así como “conclusión de la visualidad del espectáculo, prueba de que la historia del arte sirve para algo…”.

 

Kraftwerk. Foto: Aura Daniela Carrillo.

Para una experiencia de este grupo, véase, por ejemplo: http://www.youtube.com/watch?v=3T65NpyfPkQ&feature=related

 

Entre todo, la verdad tomamos mucha cerveza, cacahuates con limón y chile, un buen hotdog. Radiohead tardó todavía un rato en comenzar. Cuando finalmente salieron, a algunos nos sorprendió lo bonito que era el escenario.Comenzaron tocando “15 Step”, del nuevo disco In Rainbows: “How come I end up where I started?/ How come I end up where I went wrong?/ Won't take my eyes off the ball again/ You reel me out then you cut the string”.

 

El escenario me pareció sencillo y complejo al mismo tiempo, tenía que verlo con cuidado y calma, con mirada analítica de historiadora del arte, para, desde la distancia, comprender bien a bien, por qué me gustaba tanto. El espacio rectangular de los músicos, como de unos 15 metros de alto, estaba flanqueado por dos complejos de pantallas, que dividían sus espacios cuadrangulares en tres, cinco o seis recuadros que proyectaban sólo acercamientos de los rostros o manos de los músicos, nunca (o casi nunca) una toma de sus cuerpos o del escenario completo.

 

 

El escenario propiamente dicho tenía en su fondo una pantalla horizontal, del largo del mismo, y estaba colocada como a un metro y medio del suelo, por lo que servía como fondo a los músicos. En ella se proyectaban las mismas imágenes que en las exteriores, pero como el formato era apaisado, se creaba una sensación muy distinta. Algo muy importante de estas proyecciones, es que no reproducían los colores naturalmente, sino que saturaban las imágenes en sólo dos tonos, tres, o en algunos momentos incluso sólo uno, los mismos que eran usados en las luces, curiosamente dispuestas.

 

La mayor parte de la iluminación creaba una sensación vertical, pues se trataba de tubos de luz, que se alineaban a lo largo y ancho del escenario a distancias regulares. En la zona de los músicos los tubos eran más cortos, y caían sobre sus cabezas… éstos a veces se iluminaban completos, en partes, o con dos colores contrastantes, generando sensaciones de movimiento y ritmo que a veces parecían dictados por la batería, mientras otras por el sentimiento emocional de las canciones. Unas luces altas dispuestas en círculos complementaban la iluminación, haciendo contrastes con los tubos o, por el contrario, enfatizando los mismos tonos que producían éstos.

 

Foto tomada de http://www.flickr.com/

 

 

 

Fotos: Aura Daniela Carrillo.

 

Un último grupo de luces estaba situado afuera del escenario, en la parte alta, y enfatizaba los mismos efectos que las anteriores. Por lo regular, en el concierto se usaron sólo combinaciones de hasta tres colores, por ejemplo el naranja y el rojo en las pantallas y en los tubos, y los morados en las luces de atrás. En ocasiones todas las luces se tiñeron del mismo color, verde, azul, y, de manera curiosa, en las partes musicales más enfáticas, es decir, con mayor participación de los instrumentos y en un volumen más alto, el escenario se volvía blanco y negro.

 

Foto tomada de: http://www.rockandradio.net/wp-content/cb605543fc358b29455f82e69f93fe211.jpg

 

Foto: Nora Nava

 

En fin, que las luces y colores servían para enfatizar las emociones de los espectadores, pues a veces la melancolía de las melodías y letras era reforzada por la suavidad y colorido de las luces, mientras otras se buscaba más bien resaltar la complejidad de los sentimientos, muchas veces depresivos (o casi), que Radiohead tocaba con pasión. El público parecía responder a esa pasión, sí, emoción muy particular que, como las luces del espectáculo, parecía envolver a los propios músicos, que los trasportaba, a ellos, por la altura del escenario, y de nuevo los traía hacia abajo.

 

Los encuadres de las cámaras hacían visibles sus gestos o manos, pero al estar siempre concentrados en fragmentos, y teñidos de los colores de las luces, más que para transmitir las emociones de los músicos, servían para marcar una vez más el ritmo y dar la sensación de que los que lo generaban, ensimismados, tocando para ellos, estaban envueltos en su aura de luz y color, casi como seres pertenecientes a otro espacio. A veces los tubos se encendían en partes produciendo la sensación de la lluvia, otras de que se movían, como un aliento que subía hacia el cielo, casi como en una experiencia trascendental.

 

La emoción era sentida así por muchos espectadores. Sentían como si la música y lo que veían los unieran con algo más grande, casi mágico, ya que el hecho de estar ante una verdadera multitud que coreaba las canciones con una emoción derivada de su intensidad y la intensidad del espectáculo de luces, hacía que el sentimiento creciera como espuma, se alimentara a sí mismo, quizá ayudado un poco por el alcohol y la mota que circulaban por todos lados. (Parte de esta intensidad puede sentirse en este video hecho en México cuando tocaron “No Surprises”

 

 

 

 

Esta especie de comunión entre la música, la experiencia y el público, es la que ha hecho que en infinidad de páginas de internet, los fanáticos de Radiohead defiendan que fue uno de los mejores conciertos de la década, sino es que el mejor, opinión que sin embargo no es compartida por todos. La emoción que provocó el concierto, con la que tantas personas subieron sus fotos en sus páginas de redes personales, y que animó varias pláticas en los días posteriores, no se explican, como he tratado de decirles, sólo con la “maestría” de los músicos, que nadie discute. Otros factores, como siempre en la vida, provocaron esa exaltación.

 

Además de la expectación del concierto por la historia de que el grupo no había venido a México después de un atraco que sufrieron en 1994, Radiohead había estrenado varios discos sin que su gira pasara por nuestro país. En ellos se había refinado muchísimo su música, su sentimentalismo depresivo, su instrumentalización también altamente expresiva. Varias personas que conozco habían acompañado sus peores depresiones con música de Radiohead, haciendo eco con su música a sus pasiones mórbidas, otras, que exaltan mucho sus emociones y se dan cuerda con ellas, también son candidatos para el alto disfrute de su música. Para muchos, pues, estar en el concierto significaba poner en evidencia esos sentimientos, que, como dije ya, encontraron un maravilloso eco en la pasión del grupo, pero sobretodo en su propuesta visual, vinculada directamente con la musical, como pocas veces se puede ver en un concierto. Para muchos la experiencia era como estar deprimidos en su propia habitación, con la música a gran volumen, pero estando al mismo tiempo con muchos otros que estaban en la misma circunstancia, y regalados además de un catalizador visual de sus sentimientos.

 

Porque la pasión del grupo, lo digo una vez más, era muy personal. En las dos horas y media que duró el concierto, sólo en cuatro ocasiones el cantante se dirigió a su emocionado público, y sólo fue para decir thank you. No se dieron saludos a México o a la banda. No se guiaron aplausos o coros desde el escenario. No se intercambiaron gritos o palabras entre los 50,000 (o casi) espectadores y los músicos. Ellos tocaron, muy bien, sí, y dieron un muy buen espectáculo, de una belleza muy particular, sí. Pero la soledad no abandonó a los asistentes, sino que fue parte de la propuesta del concierto. Llevar el aislamiento de las personas a un estado multitudinario, pero que en vez de romper con él, se ensalzó al punto de que, con las luces blancas y de colores que subían al cielo, parecía una plegaria colectiva.

 

Hay que recordar que el rock, y los espectáculos que se derivaron de él, parecían tener como principal punto de atracción, el carisma de un líder musical, que llevaba a la gente a una exaltación tal que abandonaba parte de su voluntad individual para seguir la propuesta de comportamiento de ese líder: gritar, cantar, aplaudir, bailar, corear, cuando se los pedía el rock star. Los conciertos anteriores a los que pude ir, como U2, Police, Gorilaz, Peter Gabriel, Moby, etc., no variaron nunca esa relación, es decir, buscaron siempre una conexión con sus espectadores, gritaron, se emocionaron con ellos, dieron un lugar al público en el espectáculo. Quizá ahora estamos ante la llegada de una nueva relación entre el espectador y el grupo.

 

Claro que algunos de los asistentes al concierto de Radiohead, solo fueron para estar ahí. Que lo esperado genera expectación y la expectación más ansias, y las ansias emoción… los que estaban sólo para poder decir que estuvieron, que había estado muy bien, platicaban con sus amigos, o con la chica o chico de sus sueños, en espera de decir algo inspirado en el momento justo en que algún color emanado del escenario, diera un toque poético o dramáticos a sus palabras para llamar la atención de su interlocutor.

 

Por mi parte, creo que disfruté mucho el concierto. Y sobre todo, me pareció muy interesante como motivo de reflexión. Me divertí con mi esposo, que como yo, estaba sorprendido de lo poco que interactuaban los del grupo con el público, y de que esta multitud fuera capaz de cantar con tanta pasión sus canciones, contándoles a sus amigos cómo habían vivido esas notas musicales en su devenir cotidiano. En fin, el concierto me sacó de mi aislamiento académico por un rato, para llevarme a otra experiencia también ligada a la soledad. Quizá porque la soldad nunca me abandonó del todo, fue fácil que al día siguiente me pusiera, una vez más, a trabajar sin tregua, en el encierro de mi mente a otras cosas.



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