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Viernes, 29 de julio de 2016

Oaxaca, arte en una ciudad artística (Segunda parte: El artificio del arte y la simulación…)
Escrito por Paula Mues Orts

Al llegar al centro de Oaxaca y caminar en sus calles, con edificios de piedras verdes, o de paredes de colores plagadas de escaparates, me es inevitable pensar en que es una bendición que tantas cosas hermosas se vean saliendo de cada ventana o puerta que las pone en venta. Muchos comercios ofrecen artesanías locales, guatemaltecas, y chiapanecas, así como un sinfín de otras tantas modalidades de artesanías. Muchas Fridas nos miran desde cuadros de lámina, aretes de corcholata y bolsas “como de mercado”. En la calle venden bolsas de palma, unas en forma de cerdito (¡me arrepiento de no haber comprado alguna, pero ¿quién puede salir a la calle hoy con una bolsa en forma de cerdito? Yo no, que ya es demasiado caos en las enormes bolsas que llevo, llenas de compartimientos organizadores…), y otros señores nos ofrecen papel amate pintado, ya sea con personajes “ingenuos” o con ¡calendarios aztecas!, sí, en zona zapoteco-mixteca.

 

En una de las calles al lado del andador, en la que se pone el mercado, venden también, entre las maravillas textiles, aretes que parecen de barro negro pero que en realidad son de plástico, collares de “coral” que son de piedra o pasta, y cuadros que “parecen” toledos o morales o tamayos, o “inocentes” y “soñadoras” versiones de imágenes que se adivinan tomadas de un catálogo o repertorio de mexicanismos para extranjeros que no reconocen la diferencia entre en Istmo y la Ciudadela.

 

Uno de los artificios de Oaxaca es justamente ese: hacer pensar que todo lo hecho a mano es arte popular, y que se puede, ya en las tiendas, “contemporaneizar” la artesanía indígena, esto es “darle formato”, “darle diseño” a una blusa bordada, pero que ahora puede llevar el talle estrecho para complacer a las chicas de talla “S”, o para crear un vestido vanguardista con un tradicional diseño de animalitos en punto de cruz, o hacer una bolsa de un huipil istmeño. Hay que decir que a veces el resultado es muy hermoso, y que se logran encajar los diseños angulosos del bordado en las líneas rectas del corte contemporáneo, o que los colores contrastantes como naranja con verde en formas orgánicas, podrían competir con alguna prenda de Agatha Ruiz de la Prada.

 

Que no es crítica, sino supervivencia, lo que no anula el artificio (a lo que volveré después). Por supuesto es enormemente fácil y placentero caer en el artificio y regodearte de ello: después de ver, todos los días, escaparates llenos de exvotos con leyendas de luchadores, de accidentes automovilísticos, y “naturales”, caí en la tentación. “Oiga”, les dije a los tenderos “¿y quién los hace?” Me contaron que un pintor viejito que antes los pintaba “de verdad”, es decir, como agradecimiento a la intercesión divina y para colgar en los templos, pero que ahora que ya no tiene tanta clientela y a la gente le gustan, repite leyendas e imágenes que fueron ciertas, o que imagina “como artista que es”. “Voy a volver en unas semanas”, les dije “¿puedo encargar unos de verdad, con mi nombre y mi leyenda?”. Pueden ver, ya mismo, uno de los resultados de mi tentación.

 

 

La “historia” en mi exvoto, aunque de forma simbólica, sí sucedió, pero no lo daré, aunque me lo hayan propuesto, a la colección de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, sino que se quedará en mi casa como una especie de exorcismo. Sublimación, sí, pero artificialmente.

 

Entonces, desde las blusas indígenas de diseñador, y los exvotos sin protagonistas ni templos… ¿a qué me refiero con el artificio del arte o lo artificial? El concepto de artificio, como puede constatarse rápidamente, es complejo y no unívoco. Al mismo tiempo se refiere a todo lo producido por el hombre, lo no natural o “falso”, y lo producido por el ingenio (www.rae.es). Quizá será tiempo de revisar una vez más la relación entre arte, naturaleza, artificio y simulación, tareas demasiado complejas para este momento, y que por lo menos desde 1968 Gillo Dorfles auguraba muy complejas en una sociedad en que cada vez estamos más lejos de la naturaleza y más cerca de la máquina.[1]

 

Toda creación del hombre, por opuesto a lo creado por la naturaleza, es ya artificial, pero hay demasiados asegunes en esta relación. La artesanía, por sus materiales naturales (fibras, pigmentos, minerales, etc), se considera en principio más natural que el objeto industrializado, en donde se sustituyen los materiales “de la tierra” por otros sintéticos. Pero también en la valoración de la artesanía se toma en cuenta la cercanía entre el objeto y su creador, es decir, que no sea producto de una máquina sino que sea manual. Y, aunque no se diga en tiempos de la corrección política, la percepción de su “naturalidad” se acrecienta si ese “creador” es más “natural” que “nosotros” es decir, en el caso de Oaxaca, si hablan entre ellos en lenguas indígenas pareciera entonces que sus artesanías son más verdaderas o menos artificiales.

 

Pero como decía, hay demasiadas variantes en esta relación. En un porcentaje altísimo, los pigmentos de las telas e hilos que utilizan en la ropa incluso hecha en telar de cintura, no son naturales. Los colores de moda, que se incorporan fácilmente, no podrían salir de plantas o minerales, o sería demasiado caro producirlos. De hecho, si uno quiere, en Oaxaca, comprar una prenda con fibras y pigmentos naturales, quizá deberá dejar los pasillos del mercado de las artesanías o del mercado sobre ruedas junto al andador, y dirigirse a una tienda establecida en un “centro comercial” llamada “los baúles de JuanaCata”, donde puede encontrar maravillas supertradicionales pero muy muy bien cortadas y cosidas, confeccionadas con materias primas tanto “naturales” como “artificiales”, y diseños un poco más modernizados. Incluso en mi última incursión a tal paraíso, vi algunas prendas “experimentales” según me explicaron, pues son diseños nuevos con fibras hechas a mano y pigmentos tradicionales, con hilos tan delgados como los de coser un botón y que pueden alcanzar precios equivalentes o mucho mayores que toda mi quincena.

 

Quizá debamos entonces marcar una diferencia que hoy es fácil perder, entre lo artificial como engañoso, o lo realizado con artificio, que en el diccionario de la Real Academia se define como “Arte, primor, ingenio o habilidad con que está hecho algo”, o el “predominio de la elaboración artística sobre la naturalidad”. En su última acepción también se incluye el sentido “engañoso”, del artificio, que también es “Disimulo, cautela, doblez” (www.rae.es).

 

Tal vez debamos añadir a la reflexión el concepto de simulación, que posiblemente ayude a clarificar esa relación entre el arte, el artificio y lo artificial. Simular presupone imitar o fingir lo que no es. ¿Qué molesta de que nos vendan unos aretes de plástico que supuestamente son de barro negro?, ¿qué prurito nos da, a los que reconocemos los símbolos, comprar un calendario azteca en territorio zapoteca?, ¿por qué incluso molesta que Frida Kahlo sea reproducida hasta el cansancio en todos los medios sólo por haberse vestido de tehuana? Será quizá que imaginamos que los aretes debieran ser de barro negro porque estamos en Oaxaca (y porque no nos dicen que son de plástico). Quizá nos parece una reducción demasiado fácil y, finalmente negadora de la complejidad nacional, que la piedra del sol sea símbolo de lo mexicano y no lo sea un códice mixteca. Tal vez creemos que debiera haber otros mujeres y hombres que representen la idea, falsa al fin, de “lo mexicano” y que no tuvieran que haber pasado por Madonna para valorar un traje tradicional de la región.

 

Porque al fin y al cabo, hay mucho de simulación en todo esto. Se simula que un material es otro, y se esconde la falsedad en la presentación del mercado sobre ruedas entre cuyos puestos se pasean niños zapotecos que parlan con sus padres en su lengua. Se simula coral donde hay piedra, y ni que hubiera necesidad, pues ambos materiales son igual de bellamente naturales. Y aunque sea una actitud natural y hasta esperada, el comprar lo más barato en una situación económica precaria y, por lo tanto, que los artesanos sustituyan materiales caros por otros más baratos, nos sentiríamos terriblemente engañados si se derritieran nuestros aretes que creíamos de barro.

  

Para la apreciación artística, en fin, y ya lo decía Gombrich, durante siglos fue necesario que el artificio no se descubriera, que fuera tan efectivo que quedara oculto.[2] Así fue como el artista o artífice podía crear su obra por medio de procedimientos ingeniosos que buscaran generar una apariencia, que lograran semejarse a lo que no eran. Esas obras están llenas de correcciones ópticas alejadas de la naturaleza, y fueron creadas con procedimientos racionales que no eran en lo absoluto verdaderos sino inventados por medio de artificio. Su valoración estaba ligada justamente a que los espectadores pudieran ser engañados, se dejaran engañar, por esas apariencias, y creyeran estar ante algo natural, quizá inteligible. De esos artificios del pasado volveremos a hablar próximamente, relacionados, además, con la perspectiva.

 

Por ahora, si van a Oaxaca, o están en esa bellísima ciudad, déjense sorprender por esas intrincadas relaciones entre el arte, el artificio y la simulación. (Pero eso sí, cuiden que el mezcal que tomen no sea artificial y falso, que hace daño a la salud)

  


[1]Gillo Dorfles. Naturaleza y artificio, Traducción de Alejando Saderman, Barcelona: Lumen, 1972, [1968].

[2]E. H. Gombrich. Arte e ilusiónEstudios sobre la psicología de la representación pictórica, China: Phaidon, 2008, [1960].



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