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Viernes, 29 de julio de 2016

Oaxaca, arte en una ciudad artística (Primera parte: Entre tu arte…)
Escrito por Paula Mues Orts

Hace unas semanas comencé un curso de especialidad en Historia del arte en la ciudad de Oaxaca, al que fui invitada para dar una visión sobre problemas figurativos en el arte. Además de que celebro que se prepare a personas que viven en Oaxaca para que se queden laborando ahí mismo, descentralizando así las instancias educativas en humanidades y arte, el reto de un nuevo enfoque con alumnos que han sido preparados muy sólidamente en poco tiempo, fue muy estimulante. No les contaré del contenido del curso ni de sus responsables y patrocinadores (UABJO-Fundación A. Harp), pero sí ciertas experiencias que han quedado en mis impresiones, en busca de ser asimiladas de forma significativa, lo que quizá sucederá mejor si las comparto con ustedes.

 

La sede para algunas de las clases ya de por sí es privilegiada, pues se trata de la Biblioteca Francisco Burgoa, en el Centro Cultural Santo Domingo. Así, entre libros y libros, en una larga estancia de techos pintados, la reflexión artística parece facilitarse después de superada una cierta imponencia, que, en mi caso, viene del respeto absoluto del libro como receptáculo de conocimiento. Los bibliotecarios y personal de apoyo se pasean en una parte del lugar en tanto las clases se dan, así como algunos usuarios de la biblioteca realizan sus indagaciones mientras al fondo, en largas mesas, los estudiantes revisan con atención las imágenes proyectadas para la ocasión. De vez en cuando aquellos que laboran ahí se quedan escuchando las conversaciones, y observan también intrigados las obras. Parece que mucha gente tiene curiosidad sobre el arte, y tanto turistas como locales miran a momentos lo que pasa adentro, desde la reja que separa el espacio de servicio de la Biblioteca (incluso por un instante, se asoman los ojos del maestro Toledo).

 

Esa curiosidad por el arte me recibió desde el primer día. Mientras esperaba a que abrieran las puertas y ventanas de la Biblioteca, uno de los guardias del Museo me preguntó lo que haría allá adentro. “Impartiré un curso sobre arte”, le contesté, a lo que él, interesado, volvió a cuestionar: “¿De qué arte?, ¿de las pinturas y esculturas, o de otras? Porque la comida también es un arte, o hacer una piñata es un arte, o un muy buen mueble, ¿o no?, porque es hacer las cosas bien, con chiste… ¿no?”. Sonreí mientras rápidamente recordaba una de las preguntas que había formulado para el cuestionario “diagnóstico” del grupo, que por lo general lleva a discutir la apertura o restricción de la palabra arte, pensé en su origen griego como tecné, pensé en el “sistema artístico” que puso en evidencia que arte es un concepto social… y antes de poder contestar, ya estaba abierto el espacio para que pasara a conectar mi computadora.

 

Esa misma mañana y la siguiente, los estudiantes y yo platicamos del origen del arte, que para algunos parece tan difícil de definir, mientras que otros planteamos coordenadas de tiempo y lugar cada vez que alguien trata de “agarrarnos de bajada” ante nuestra afirmación de que somos historiadores del arte, o estudiamos arte. Como les digo siempre a mis alumnos, “cuando nos preguntan que qué es arte, debemos contestar con otras preguntas: ¿cuándo? y ¿dónde?”. En efecto no hay una respuesta única, no unas características universales, no un solo concepto. “El arte es todo lo que los hombres llaman arte”, como titula José Jiménez el primer capítulo de su interesante libro Teoría del arte (Ed. Tecnos). Los estudiantes, ya prevenidos de la historicidad del concepto por sus otros profesores, cuestionaron, de cualquier manera, como hacer para tener claridad de cuales “hombres que llaman a algo arte” deciden que en efecto lo es.

 

Inevitablemente en mi cabeza recordé a mi padre, mi irreverente padre, mientras involuntariamente se dibujaba una sonrisa en mi cara. Cada vez que alguno de mis cinco hermanos en alguna comida navideña se pone un poco necio a discutirme el cómo yo, y otros como yo, personas que no son artistas, decidimos que algo es arte (hay que aclarar que tengo dos hermanos músicos que me la ponen difícil todas las veces), mi padre, ya casi esperadamente, pero siempre con simpática malicia, zanja la discusión son su sentencia: “Bueno, bueno, hay que recordar que entre tu arte y mi arte, prefiero mi arte”.

 

En esa mañana decidí no contarles a los presentes mis recuerdos, así que tomé un camino más académico y les hablé de los aportes que hizo alguna vez la historia social marxista a la Historia del arte, y cómo, tras los años, se han refinado las concepciones del “sistema artístico”. En un principio se conformaba sólo por el artista (productor en términos del materialismo histórico), obra (producto), y espectador (consumidor), que era también un legitimador. Hoy a este esquema se le han sumado otros factores que se consideran fundamentales para legitimar una obra de arte y plantear relaciones no tan lineales entre sus partes, pues las influencias son desde todos los campos del esquema. A las tres partes primeras, se le han añadido museos, instituciones académicas, crítica, textos especializados, difusión y publicidad, mercadotecnia y algunos etcs. (sumemos, por supuesto, al internet).

 

Es decir, que antes se consideraba que un artista hacía una obra, que era vista por alguien, que la compraba o contemplaba, y la legitimaba. Pero ahora los historiadores del arte estamos conscientes de que la producción de obras artísticas se ve inmersa en un mundo de relaciones complejas entre el creador, su medio plástico, sus expectativas institucionales o rebeldes, la publicidad, la difusión de las obras, la televisión, etc. Y claro, la televisión, la mercadotecnia, los museos y las instituciones, quedan a su vez influidas por la creación artística. Como ejemplos sólo dos casos. Cuando Leonardo da Vinci se populariza al grado de que todos más o menos lo piensan como un creador loco, genial y con secretos cuasi místicos, se le satiriza en uno de los programas de televisión más interesantes e irónicos de los últimos años: The Simpsons. Es así como el cuerpo perfecto, bello, o lo que es lo mismo, simétrico (proporcionado armónicamente en todas sus partes), se transforma en el comelón, gordo, y desproporcionado Homero, rompiendo con todas las reglas del arte clásico. Será que bajo la perspectiva popular es más fácil ser un Homero, que un hombre con las medias vitruvianas perfectas.

 

    

 

En realidad ¿cómo poder resistirse a usar el arte como un expediente expresivo que admite cambios de sentido y juegos, cambios de perspectiva? Hoy que es tan fácil acceder a las imágenes, que es “tan fácil” tener el arte al alcance de cualquier computadora con internet (por cierto, en Oaxaca un porcentaje altísimo de comercios ofrecen el servicio de internet inalámbrico y hasta hay una plaza pública que proporciona el servicio por medio de una página del gobierno), es lógico que las imágenes de gran claridad y calidad plástica, sean transformadas para vestir nuevos mensajes.

 

Es también el caso de otra obra, curiosamente también clásica, pero ésta del XIX, que tuvo un enorme contendido político, jugando un papel fundamental en la creación de la personalidad de Napoleón Bonaparte. Me refiero por supuesto a la gran obra de Jaques Luis David, en que Napoleón cruza los Alpes en busca de una victoria por la Francia revolucionaria (1801). Hace poco tiempo, las vallas de la ciudad de México se vieron invadidas por una campaña publicitaria del canal de televisión para niños Cartoon Network, sumamente efectiva por divertida. Varias de sus imágenes jugaban con referencias visuales más o menos conocidas por todos, entre las que se incluyó el cuadro de Luis David.

 

     

 

Bajo el lema de “Hacemos lo que queremos”, esta obra de David, solemne, que otorga grandiosidad al futuro emperador por medio de su corporeidad segura y firme, así como su horizonte bajo que lo hace ver aún más alto, fue transformada en una batalla de espadas láser, de las que usaba “Lucas Trotacielos”. La referencia de Homero como el hombre vitruviano quizá sea culta, pero la enorme difusión a últimas fechas de la obra de Leonardo, así como el hecho de que la caricatura sea vista por adultos, hace más accesible la ironía. Creo que en el caso de Cartoon Network quizá la construcción impecable de la imagen de David, así como su inteligibilidad aunque no se reconozca necesariamente al personaje, fueron factores para que se retomara en una publicidad dedicada a los niños.

 

El arte pues, bajo distintas miradas o perspectivas, puede ser una piñata, o un nuevo tipo de cuerpo estándar, o un cartel para que nuestros hijos se rían ante la discordancia del traje napoleónico y su arma futurista. Las imágenes artísticas, como el arte mismo, trascienden hoy las fronteras de su materialidad con una facilidad absoluta, y con esa falta de límites, pueden perder también más fácilmente sus sentidos originales. Algunas obras con ello quizá mueran, mientras otras tal vez respiren un segundo aire. En tanto, los estudiantes de Oaxaca podrán, con un poco de suerte, distinguir mejor ahora porqué Leonardo y David fueron artistas modélicos en su manejo de los cuerpos, reconociendo con ello parte del aura que los hace foco de atención de mercadotecnias o entretenimientos. Ya estará en otros estudiar con mejores y más académicos parámetros las percepciones de las obras por los niños que hayan visto primero la caricaturización de las obras que a las obras mismas. Por lo pronto, y como mi padre siempre dice, “entre tu arte y mi arte…”.

 

 Imágenes tomadas de las siguientes direcciones de internet, en el orden de aparición:

http://www.wga.hu/index1.html

http://memedelflaco.bitacoras.com/archivos/2005/08/13/homer-the-vitruvian-man

http://www.wga.hu/index1.html

http://zamponi.wordpress.com/2008/04/03/hacemos-lo-que-queremos/



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