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Viernes, 29 de julio de 2016

la historia que sostiene al universo (el último cuento)
Escrito por Ruy Feben

El Dr. Porter narra, sumido en un vodka tonic, que en la Polinesia o el Amazonas hay una tribu que se reúne tres veces al día en un templo para contar la siguiente historia:

 

“Cada noche, un demonio visita al dios creador para preguntarle para qué fueron hechos los hombres. El dios revisa un gabinete infinito (el Dr. Porter da un trago al vodka) y en un pergamino lee siempre la siguiente línea:

 

- Los hombres sostienen el universo recitando de memoria esta conversación.

 

(El Dr. Porter bebe de nuevo, se rasca la nuca, continúa.

 

El demonio ve que los hombres no tienen memoria, así que se las obsequia con engaños: les hace creer que no es memoria, sino imaginación”.

 

***

 

Cuando terminé este cuento hice lo que siempre hago cuando acabo cualquier cuento que haya aparecido aquí antes: se lo leí a la persona que sirvió de involuntaria editora cotidiana para cada una de estas historias. Su reacción no fue lo que yo esperaba. Llevaba varias semanas pensando en la historia que cerraría este proyecto, y estaba decidido a hablar de dios, a tratar de entender (el verbo es excesivo) a un dios, real o no, que funcionara como tal, y no como el que dicen que tenemos. Supongo que no lo logré: la reacción de Azul fue de duda, por no decir de franca animadversión. “No estoy segura de que así deba terminar el Cancerbero”, dijo, “además, me suena mucho al final de Lost”

 

En mi defensa debo decir que yo nunca he visto Lost y que, en todo caso, yo llevaba, como ya dije, varias semanas pensando este cuento. Una vez escrito lo replanteé, le di otras vueltas, incluso pensé en abordar otra historia. Pero no: el hecho de que este cuento, el último de 666 caracteres que aparecerá en este blog, no sea el más novedoso ni el más fuerte de los 66, responde a una necesidad orgánica (diría circunstancial, pero mejor diré: divina), y me doy cuenta de que debo respetarlo como es. Este cuento es el código que descifra de algún modo a los otros 65, y no hay nada que yo pueda hacer. Aunque Lost se haya adelantado: Jung habló ya del inconciente colectivo, y yo no soy nadie para venir a desafiarlo.

 

El texto que ahora escribo, que ni es de 666 caracteres ni es un cuento (si es que existe algún texto que pueda escapar de la narrativa), es una despedida. Hace más de año y medio, en diciembre de 2008, escribí la presentación de este blog. Ahí decía que eran historias de ciudad; que eran de 666 caracteres y que trataban de obsesiones. Con el paso de los textos, el propio blog cobró una vida que no imaginé antes: cada texto se convirtió en una puerta de entrada a algún infierno particular. Eso se entiende desde el punto de vista formal (reducir historias a su mínima expresión de poco más de ocho líneas se convirtió, algunas noches, en un exceso comparable con la alucinación), pero también desde los fondos: no hubo un solo personaje que salvara la vida, y no hubo una sola historia que se resistiera a la concreción: no hubo nada que requiriera por fuerza una sola letra más. Borges supo de esto desde el principio: “desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”; igual Monterroso: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. No digo que este ejercicio llegue a los talones de cualquiera de los dos citados; en la mayoría de los casos, estos cuentos requieren de una amplia revisión (discúlpese la ironía) para siquiera pensar en imprimirlos para su publicación. Digo que como ejercicio ha significado mucho más que el entrenamiento de una obsesión basada en la numerología, mucho más que el arte de la edición implacable: este ejercicio ha sido la puerta de entrada a mi propio infierno personal, que se llama literatura, y que también es mi purgatorio, mi limbo y, acaso, mi paraíso.

 

Lo que sigue es otro infierno: estos cuentos serán editados, en algunos casos reescritos, y, con suerte, publicados. Su primera etapa termina ahora. El blog no acabará, y en un par de meses retomaré el Claxon con otro proyecto. Por lo pronto, a quienes han leído y comentado, a quienes me han impulsado a no dejar a este Cancerbero sin correa, muchas gracias. Ojalá que sus cancerberos sean tan ambles como el mío. Y que no se les cruce el final de Lost.



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